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sábado, 22 de diciembre de 2018

Muchachas de Belén Óscar Domínguez


Columna sobre las muchachas de Belén

Belén puso primera dama

A raíz de la muerte del presidente Belisario Betancur (cuya hermana, doña Inés vivía en el barrio Granada, al frente del Colegio San Juan Bosco y las eventuales visitas de Bélico eran toda una novedad que sacudía l rutina del barrio),traemos a cuento la nota que  el periodista Óscar Domínguez (ahora jubilado pero no inactivo, vecino de La Mota) publicó hace más de 20 años en el periódico El Colombiano

Las muchachas de Belén se dieron el lujo haberle dado al país primera dama nacida en una casona que quedaba frente a la vieja heladería Morival  en la carrera 76 con calle 32.

Se llamaba Rosa Elena Álvarez Yepes y fue la esposa del fallecido presidente Belisario Betancur el encantador de serpientes que la enamoró cuando ella volvía hilachas corazones en todo Medellín.

A doña Rosa Elena no la amilanó el hecho de que su amagaseño Romeo viviera “pailo”, pelao, con pocas mudas de ropa, y se ganara la vida y el sueño como mecánico, engrasando la prensa del periódico La Defensa, del cual con el tiempo, y por la pica, sería su jefe de redacción.

A la hora del reparto estético, Belisario tampoco era una Adonis pero como Dios aprieta pero no ahorca, le dio una lengua de padre y señor mío.

Poeta de versos propios y ajenos, BB le recitaba a su frágil belenita con su voz que tenía un “no es sí es” arzobispal, metáforas de este tenor: “Estando los dos estamos todos”. O: “Cuando estamos juntos te recuerdo”.

Años antes había hecho versos de sospechosa factura en el seminario de Yarumal. Por uno de ellos fue expulsado, según contó – y recitó- una noche el Nobel García Márquez durante una velada para celebrarle los setenta a Bélico. Su padre le puso el mismo nombre de un  hermano fallecido: “Murió de nombre. Fue una feliz forma de eutanasia”, comentaría.

Leamos el verso de precaria factura que provocó la expulsión del claustro: "Señor, te rogamos sin fin, que caigan rayos de mierda, al profesor de latín".

Con la complicidad de un suegro visionario y acomodado, don Pedro Luis Álvarez Cano, y  de una suegra hecha en Yarumal, doña Evelia Yepes, Betancur hizo el tránsito de novio impetuoso a marido. La pareja se fue a vivir a las lomas de Buenos Aires.

En par patadas estaba encarretado con la dialéctica del cambio de pañales. De la unión  hubo dos mujeres y un varón que fue activista del MOIR, un movimiento antípoda del conservador de su taita.


Cada ocho días, con puntualidad de reloj atómico los cuñados le llevaban el mercado  que a manera de tardía dote les enviaba don Pedro Luis.

El suegro vio lo que venía en ese híbrido de mecánico sin vocación, seminarista frustrado, poeta huérfano de musas, periodista, abogado ducho en incisos y estadista conservador azul de Prusia, que se alimentaba también de la teológica prosa de Theilard de Chardin a quien solía citar desde las alturas del poder.

En Buenos Aires, BB se enroló en la cuerda del profesor y periodista Antonio Panesso Robledo, Pangloss, quien vivía en el mejor de los mundos posibles.

El Voltaire de Sonsón, quien fue director de El Correo, diario liberal, le pagó algunos arriendos en esas épocas de vacas flacas. También lo convenció de que Medellín le quedaba chiquito a su talento y lo hizo emigrar a Bogotá. Pangloss arrancaría después.

En la nevera BB se movió como pez en el agua. El final de sus días lo sorprendió convertido en el mejor entre los “muebles viejos”. La expresión fue patentada por el expresidente López Michelsen para referirse a quienes después de ocupar la presidencia siguen estorbando desde la viudez del poder.

Muchachas de Belén

Las muchachas de Belén que no fueron primeras damas se quedaron disfrutando su barrio hasta que les llegó el momento de merecer. Muchas emigraron a distintos atardeceres dentro y fuera del país. Tenían con qué impactar en cualquier punto de la rosa de los vientos.

Los domingos había ruidosa asistencia femenina a la misa de doce oficiada por el párroco Duque o por el coadjutor Betancur, de nariz quevediana, pluscuamperfecta.

A la salida de misa, las bellas se encontraban con sus tenorios en el kiosco del parque que administraba el locuaz Mario Vaca.

En ese kiosko, ombligo de Belén, los contertulios dedicaban el tiempo al amor, al fútbol y al ciclismo.

El ciclista Conrado Tito Gallo convirtió el lugar en escenario para que sus fans lo idolatraran. El día que se accidentó bajando del Alto de Minas, después de haber dejado atrás el viento, el kiosco de Belén se convirtió en una sola lágrima.

Agotados los rituales de la misa, los encuentros en el kiosco con agarraditas de la mano por debajo de la mesa, venía el almuerzo en sus casas. Las parejas quedaban listas para ir a cine doble en el teatro Mariscal.

Claro, con candelabro a bordo, o sea, una tercera persona de confianza, generalmente el hermanito menor o una tía quedada, para que frenara los ímpetus de los enamorados una vez se apagaba la luz.

Pasaban películas mexicanas con María Félix, Ceja de Lujo, la Tongolele, Tintán y Marcelo, Clavillazo (el de “nunca me hagan eso”), Cantinflas, Joaquín Cordero, Ana Berta Lepe, Pedro Infante, Miguel Aceves Mejía, el del copete blanco, Jorge Negrete. O Miroslava, la bella que se suicidó de amor por culpa del torero Luis Miguel Dominguín.

Cuando a las pipiolas no las dejaban salir los hombres de graduaban de varones tomando trago, fumando y escupiendo en el suelo, en los Cafés Central, Pilsen o Chipre, de propiedad de la familia de la actriz María Eugenia Dávila.

El atleta vallecaucano Pedro Grajales entrenaba para los 200 y 400 metros planos bailando rock al ritmo de Bill Halley y sus cometas. Que no falten las canciones de Elvis Presley. Los cocacacolos (muchachos, novios)  imitaban su forma de bailar  para impresionar al hembraje.

Muchachos de Belén fueron en sus quince, el médico Jorge Franco Vélez, Oscar Hernández Monsalve, Alvaro Tirado Mejía, Fabio Rincón Tamayo, Farita, el hijo de doña Luciela y don Hernando, Rodrigo Álvarez, abogado, cuñadísimo de Belisario, Rodrigo Fonnegra, Carlos Lebrún… Siempre faltarán datos.

Hacían nube las bellas como Fabiola, María Elena, Gloria, Elvira y Clara, las cinco hijas casaderas de doña Jael, venidas de Carolina del Príncipe. Con ellas íbamos a Morival a gastarnos la plata que no teníamos. Pero siempre había algo para empeñar en casa de alguno de nosotros... Como eran asediadas a morir se decidían por el noviecito que mejor bailara la música de Lucho Bermúdez o de Pacho Galán.

En fin, muchachas que quitaban el sueño las hubo siempre. Para muestra doña Rosa Elena, la esposa de Belisario.

viernes, 4 de diciembre de 2015

A LOS OJOS DE OSCAR, BELÉN ES CULTURA

A LOS OJOS DE OSCAR, BELÉN ES CULTURA
La oferta lúdico-cultural de Belén
Óscar Domínguez G.

Texto publicado originalmente en GENTE DE BELÉN, Noviembre de 2015, gentilmente autorizado por su autor para ser compartido en el blog. Gracias, Maestro Oscar

(Mr. Emilio, a la carga con mi ladrillo. Encantado, además. Ya miraré qué tengo para enviarte.
Saludos od)



Tomemos la carrera Ochenta como punto de partida y pasemos  revista a algunas opciones culturales y de entretenimiento que ofrece el populoso barrio Belén.

En dirección sur-norte, la Ochenta alberga  uno de los iconos más antiguos del turismo paisa: la cabecera del aeropuerto Olaya Herrera donde suele agolparse  la multitud a ver aterrizar y decolar aviones.

Una multinacional proletaria del entretenimiento y del mecato se ha montado allí. Y como en turismo también  se dan las contradicciones, frente al “tontódromo”, como le dicen los pilotos al lugar,  funciona el Club el Rodeo, donde el estrato alto va a consentir su  ego.

El Club opera  como escenario  de ruidosas fiestas que arruinan el sueño de los vivos … y de los muertos porque al lado está Campos de paz. Los cementerios – y Belén tiene tres mal contados- hacen parte de la oferta lúdico-religioso-turística de la localidad.

Campos de paz alberga nuevos inquilinos: estudiantes que van a  preparar sus exámenes “lejos del mundanal ruido”.  No pocos aprovechan para ejercer el libre desarrollo de su personalidad y meterse su cachito de marihuana.

La Ochenta nos depara  un oasis para disfrutar el cine-arte. Nada de megaproducciones estilo Hollywood. Las pequeñas salas quedan al lado de la Clínica de las Américas… donde es un placer aliviarse.  Cerca está la clínica de Saludcoop que pronto cambiará de piel.

Siempre sobre la dichosa Ochenta por donde algún día transitará otra línea del tranvía, aparece la joya de la corona cultural de Belén: su parque-biblioteca.  Variopinta la oferta que  ofrece incluida ludoteca y sala de música. 

En deportes el gigantesco aeroparque Juan Pablo II es imbatible.

Como todos los de su especie, el centro comercial  La gran vía es  sitio de encuentro para cultivar una de las bellas artes:  la conversación.

Los Molinos, arriba de la Ochenta, frente a la Nueva Villa del Aburrá, es otro lugar obligado para dejar la quincena, ver cine, disfrutar el menú gastronómico. Pensionados como quien escribe estas líneas, encuentran allí mesas para la cháchara.

La geografía belenita es pródiga en centros geriátricos. Interesados  favor presentar hojas de vida.

En la vieja Nueva Villa del Aburrá está el parque con la escultura de Los Obreros. El tiempo y el  polvo apenas permiten leer el nombre del autor:  Justo  Arosemena.

La Comunidad Cannabica de Colombia, con inmenso  aviso, notifica que es territorio libre para meter maracachafa. El consumo se ha vuelto denominador común en los parques. 

Señoras de perrito y abuelos que empujan niños en sus coches prefieren pasar por la acera de enfrente para no trabarse.

Cerca de este allí, hace 35 años funciona el animado Centro Cultural. Ofrecen clases de gimnasia, yoga, pintura… Hasta cartilla sobre cultivos hidropónicos. El día que lo visité “interactuaban” boda árabe, primera comunión y misa.

En el llamado Preventorio que conserva el viejo nombre hay amplia una propuesta para todos los gustos. Con el encanto de lo gratuito.

Cerca  funciona el viejo café Coba que ha cambiado la receta: adiós tangos, bienvenida la música Cross Over.  No se pierdan el bar de Los tranquilos donde está prohibido el estrés.

La Universidad de Medellín ofrece rica opción cultural y de entretenimiento. No olvide sintonizar la emisora en los 9-40 AM.

El parque de Belén tiene el encanto de pueblo eterno con su mercado campesino dominical. Los parroquianos invierten su  tiempo jugando  ajedrez,  cartas,  dominó.

La vieja Iglesia de Belén domina la escena. Ofician misas como arroz para el diálogo con el que fabrica estrellas. Allí se pueden escuchan homilías que son a la vez maná espiritual, lúdica y entretenimiento.



miércoles, 26 de noviembre de 2014

Muchachos de Rosales Oscar Domínguez Giraldo

Muchachos de Rosales   Oscar Domínguez Giraldo
Perfil escrito por el destacado periodista, amablemente cedido para el blog:
(Adelante, Emilio. De ese barrio junté dos notas en una. Siguen otras notas sobre esos muchachos.o)

Esos muchachos de Rosales, modelo sesenta, aprendieron a leer y a echarse la bendición en el kínder de la señorita Amelia. Con este bagaje se le enfrentaron después al fútbol, al amor, a  la música, a Dios y a la vida, en ese desorden.

Algunas divas vendían besitos en las ventanas a cinco centavos la unidad. Ellos se iban creyendo en la existencia del amor y de  todos los dioses.

Pa pretendidas, las Londoño. En las vacaciones de julio no daban abasto recibiendo declaraciones de amor. La competencia estaba por el lado de la cocacola Beatriz Díaz, gran bailarina, y de Gloria, Marta Elena y la Negra, anfitriona de todas las rumbas.

Los noviazgos eran tan veniales que no había besitos al saludarse ni al despedirse. Las parejas llegaban intactas al altar. Si a  los novios se les iba la mano en caricias, el padre Valencia los casaba antes de que el amor empezara a notarse en el silencio mudo de la cintura.

Las serenatas se daban con los hermanos Acosta, vecinos del lugar, que se extrovertían ante las ventanas por puro amor al  amor. Cuando las tusas eran muy grandes empeñaban hasta libros para contratar a Los Romanceros que casaron más gente que los monseñores García Benítez y Botero Salazar en sus mejores momentos.

La banda musical de la época la pusieron los Beatles, Leo Dan, Palito Ortega, el “afiebrado” del César Costa, Enrique Guzmán, Oscar Golden.

En las recochas, fiestas de quince o bailes de bachilleres, se escuchaban en las radiolas Teen Agers, Graduados, Clave, Éxitos y Golden Boys. El que no esté endeudado musicalmente con el Loco Gustavo Quintero miente como Telma.

Fútbol y ciclismo iban de la mano. Una ruidosa minoría de estoicos eternos eran hinchas del poderoso DIM que de chiripa la ganaba al Nacional. Entonces hacían fiesta. (Claro que Sigifredo Arenas Jiménez tiene estadísticas distintas: En los años sesenta jugaron 45 clásicos de los cuales el DIM ganó 23 y anotó 76 goles. Nacional ganó 14 y metió 51 goles. El resto, empates).

La muchachada era hincha de Cochise Rodríguez. Por llevar la contraria, otras estaban con el Ñato Suárez, señor de la bicicleta.

Cuando los muchachos iban creciendo los dejaban ir una cuadra más lejos a jugar fútbol. Los jugadores más tesos eran los de la 30 C.

Las mamás les robaban tiempo a sus oficios domésticos para prohibirles a sus vástagos que se juntaran con malas compañías, entre ellos los integrantes de la llamada “Barra de los grandes” que fumaban cigarrillo, se volaban a Tenche a comprar maracachafa, decían la grande, escupían en el suelo y llegaban a la casa a las diez de la noche. Ni un segundo más tarde.

Decir que fulano era marihuanero era peor que rotular de ateo, feo y pobre a cualquiera.

Otros que clasificaban como malandros eran los hermanos Vanegas, Mario Chucha, Calavera y Físico, quien pegaba ensordecedores gritos vagabundos.

La mitad más uno estudiaban en Bolivariana. Para pertenecer a la barra de los grandes había que poner la mano sobre un hormiguero  o arrojarse contra la palma, un arbusto lleno de púas. Así adquirían un tempranero máster en hombría. Esta prueba espartana tiene la paternidad responsable del poeta Edgar Poe. Otra orden del poeta: dañar todos los bailes donde azotaran baldosa los riquitos de Laureles.

Otros de parecida calaña eran Carecrimen, Basura y Kolcana, reencarnación en vivo del crac argentino Orestes Omar Corbata, jugador del poderoso DIM, ideólogo de la zurda.

El rito del fútbol se oficiaba en las canchas de Chéforae, el Maracaná y en el parquecito. Estos lugares eran adicionalmente, ágora y parlamento de la piernipeludocracia.

Esta barra se enfrentaba con la de Los Almendros a la salida de misa de ocho de la mañana los domingos en la capilla de Jesús de la Buena Esperanza. La movida era a puño limpio. De pronto se les iba la mano y sacaban… correa.

La barra de los menores que venía empujando,  merece plato aparte. La integraban Memo Villegas, regañón y goleador,  Hugo, alias Charles Atlas, el Mocho Díaz, Pimienta, el gordo Gonzalo y Pareja el de Belén.

En los bazares que no faltaran las dedicatorias. En los reinados, la familia Gutiérrez imponía candidata disidente, importada del barrio Alameda. Esto ocasionaba peleas tan duras que la gente terminaba “brava para toda la vida”. A los dos días estaban partiendo un confite. Perdonaban y encimaban olvido.

Era pecaíto  ir a la heladería Los Almendros a escondidas de mamá. Una Coca-Cola vestida de ron se encargaba de ratificar hombrías y feminidades prematuras. También se echaba carreta en la tienda La Dulcinea, donde la Costeña o en la casa de las Villegas.

Los de Rosales se creían de mejor familiar que los de Belén aunque no dejaban de frecuentar Los Alcázares y Morival. Los domingos iban al teatro Mariscal a ver sus cintas preferidas.

Desde el púlpito el padre Humberto Bronx lanzaba anatemas contra los dueños del Mariscal por presentar películas prohibidas para todo católico los viernes. El teatro estaba parcelado en palco, luneta y galería, según el poder del bolsillo.

Don Octavio, el administrador de ese cinema paradiso, con mano tendida y linterna firme, tiene estatua propia en el corazón de los rosaleños del antier. Sacaba tallados a quienes lanzaban colillas de cigarrillos contra la nuca de la aristocracia de gallinero.

Los  lunes había doblete de películas mexicanas. Ana Luisa Pelufo y Ana Berta Lepe era las novias imposibles de muchachos como el mencionado Sergio y Lorenzo de la Torre, hermanos de María Cristina, de belleza felina.

Brigitte Bardot y Claudia Cardinale eran la cuota europea en el corazón y en la libido de los jugadores de yo-yo de la época.

En una autobiografía, Libardo Betancur Pérez, alias Kolcana, cuenta que era activista teso en las veladas de lucha libre que se celebraban en el parquecito. Dice que tenía personalidad secreta y en las noches de luna llena se les aparecía enmascarado a las Vélez.

Mención aparte merece la heladería Los Alcázares; por entonces no existía La Alameda. Vicky y Harold y otras figuras del Club del Clan hicieron tiritar de amor a más de una pareja que se daba piquitos en un descuido del candelabro o chaperona que les habían impuesto.

Pagaban escondederos a peso cuando llegaban los chinches del barrio Granada. Le corrían leguas a Goche y a Carriquí.

No se perdían procesiones de Semana Santa ni novenas de navidad. No para rezar, que quede claro: iban a tropezarse con unos ojos repetidos y pispos.

El Rosales de los años sesenta produjo gente como el sacrificado Pablo Peláez, el senador Daniel Villegas Díaz, cronista mayor del barrio y Sergio de la Torre, quien cuando estaba chiquito soñaba con remplazar al camarada Gilberto Vieira en el Partido Comunista.

Un responso apretado por Ana Cecilia Ortiz. Se exige no declararle el olvido a Olguita Vélez, “heroínas apetecidas por los tesos de las barras”, según otro biógrafo de Rosales.

Muchachos y muchachas así no le podían tener bronca a la vida.