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domingo, 1 de marzo de 2020

VIDEOS SOBRE EL PARQUE DE BELÉN

Compartimos una tanda de videos sobre nuestro parque:


Generalidades del Parque de Belén







Historia del PARQUE DE BELÉN de Medellín [Tu Cuadra Me Cuadra] Telemedellín







EPM – Camino al Barrio – Parque de Belén - Historia





Visitamos el Parque de Belén para ver su renovación







Las numerosas palomas del parque de Belén en Medellín






El Parque de Belén todo un casino criollo al mejor estilo de las vegas




Jugadores de dominó en el Parque de Belén



MAS SOBRE EL PARQUE DE BELÉN:



viernes, 21 de diciembre de 2018

Parque de Belén, un universo compuesto de mundos entre la ciudad




OPINIÓN  RECOMENDADOS

Parque de Belén, un universo compuesto de mundos entre la ciudad


No niega que muchos de los venezolanos se vienen a hacer el mal, dando una imagen negativa, pero no todos los son. Lo que más pide es paciencia con ellos. En su país si sales a protestar arriesgas tu vida y la de tu familia.
La viscosa, blancuzca y verde rila de paloma cubre cada rincón del parque. Sus plumas rebotan en las ramas de los árboles y en los descascarados bloques de cemento que arman el suelo. El inherente humo de cigarrillo parece ser la medicina que relaja el espíritu de pensionados indefectibles. Un mundo cuadrado zambullido en la particularidad de la vida: gozar.
Parque de Belén, insinúa su significado, bulla, desorden, alboroto, tumulto… El sutil olor a marihuana permea las fosas nasales de las almas del lado. Un prolijo acompañamiento de policías deambulantes en piaras. No importa, igual los relojes robados son producto del mercado del diario vivir de habitantes de calle.
Una máscara sensacionalista cubre los rostros de aquellos que se informan del último muerto de Medellín. “Muere taxista en Las Palmas”, titular del Q´ hubo.
El café, los rellenos y arepas que ofrecen los venezolanos que colonizan el parque reposan en termos y cajas plásticas. No es de extrañarse. Justo pasa una joven de aproximadamente veintitrés años ofreciendo sus empanadas para acompañar con un tinto. Camina dos o tres metros y se detiene ante todo sujeto que habita la plaza. Su ajada blusa color rosa pastel halaga la frase “Oh la la”, pero parece contradecir la emoción de su portadora.
Se acerca y es la oportunidad de hablar. Hace tan solo tres días llegó a Medellín, huyendo de la situación infernal de su país. Como ave desolada que recorre un desierto, esta mujer ha caminado algunas calles de la ciudad. Las imprevisiones la hicieron llegar hasta el Parque de Belén. No sabe ni dónde está parada, pregunta el nombre del lugar.
Su mirada humilde expresa la esperanza que conserva. La necesidad de comer la lleva a ofrecer sus productos. Igual espera que su título de técnica superior universitaria en Informática sea útil para conseguir un empleo. Parece ser que necesita ser escuchada por alguien, quiere contar por qué se vino de Venezuela.
Su cargo como analista junior de procesos no le alcanzaba sino para ganar un sueldo mínimo. Tan solo setecientos cincuenta mil bolívares para pagar pasajes, en los que se gastaba alrededor de quinientos mil bolívares, y la comida. ¡Imposible! Un kilo de carne que cuesta doscientos mil, de pollo trescientos mil, los huevos trescientos mil… Las contadas monedas no daban para nada y menos para dos personas, su novio y ella.
Los estudios, a gatas, que lleva su novio, le impiden trabajar. El poco dinero que ella ganaba tenía que estirarlo hasta más no poder para alcanzar, siquiera, a comer yuca y fríjoles, otras veces solo plátano y cada tres meses una migajita de carne o pollo. El hambre se convirtió en símbolo del país vecino.
Afortunada, así es esta mujer. Al menos tiene su pasaporte que le permitió pasar a Colombia. No tuvo que pagar los cien dólares que miles de venezolanos tienen que dar para poder obtener una firma, una licencia y el pasaporte. Sin contar que un solo dólar puede llegar a costar doscientos treinta mil bolívares, saldo que no alcanzan a ganar. Despavorida, cuenta que hasta hay que pagar por la vacuna contra la fiebre amarilla.
Lo único que queda es comprar el dólar al mercado negro. Para ella era casi imposible vestirse y hasta comer. A duras penas resolvía sus necesidades básicas. Y no es cuento de ficción que hay personas que comen de la calle. En ocasiones, tuvo que ver cómo mientras comía algo se paraban los niños y le decían “¿Me puedes regalar un poquito de comida?”.
La delincuencia se desató, los policías los agarran, pero de nada sirve porque les piden algo para el fresco y los dejan ir.
Recuerda con horror la travesía para cruzar la frontera. El play station que traía una de las compañeras con las que venía quería ser retenido por la guardia. Roto, sucio y sin factura, aun así, no lo podía pasar. “Hay que mandarlo a guardar y no te aseguro que lo puedas recuperar. Te lo pueden romper, le pueden sacar las piezas, pero si me das algo para el fresco, lo puedes pasar. Te cobro diez dólares por pasar el play”, recuerda que dijo el guarda.
Bienaventurada, a ella no la revisaron. Bueno, al fin y al cabo, lo único que traía era ropa, pero no la inspeccionaron ni le quitaron nada.
Suerte que con la que no contó una joven que venía para Cúcuta y traía un mercado bastante grande y la guardia le quitó la mitad. El hambre que tiene que aguantar la autoridad no se esconde. Lo mismo pasó cuando venían en San Antonio de Táchira, uno de los pasajeros del taxi traía tres costalados de aguacate. El taxista le advirtió y sugirió que le diera a los guardias antes de que le quitaran. Esta mujer nunca dejó de preguntarse, “¿por qué? Si ese aguacate tú lo compraste o tú lo sembraste. Eso es tuyo. ¿Por qué tienes que negociar algo con alguien?”. En ese momento ella entendió que los guardias también están pasando una situación difícil.
La autoridad que vive en Táchira es enviada a trabajar a Caracas, allí deben permanecer uno o dos meses, tiempo que se vuelve eternidad. Lo único que alcanzan a comer es arroz o pasta con agua. El Estado ni siquiera es capaz de suministrarles los alimentos. Es verdad que tienen que conseguir dinero en la calle, pero la situación está al borde del colapso.
“No es que yo me quiera quedar aquí. Mucha gente dice, ´Qué fastidio los venezolanos´. Pero mira, si esto se acomoda, yo creo que todo el mundo se devuelve”. Son estas las palabras de aquella mujer que se le aguan los ojos.
Lo que ella menos quiere es molestar a la gente. En vez de sacar a las personas, ¿por qué no ayudarse unos a otros? Está convencida que las ventas en las calles no se deberían hacer, pero se ve obligada a hacerlo para ayudar en los gastos de la habitación en la que duermen, estrechas, tres personas. Sin embargo, no pierda la fe de encontrar un empleo estable.
No niega que muchos de los venezolanos se vienen a hacer el mal, dando una imagen negativa, pero no todos los son. Lo que más pide es paciencia con ellos. En su país si sales a protestar arriesgas tu vida y la de tu familia. Persiguen a tus familiares y amigos. La salida no se ve cerca. Aún muchas, muchas personas los siguen apoyando, dicen, “Yo no como, no importa, pero yo los apoyo”. Situación alarmante. De nuevo se ven los ojos aguados de esta humilde mujer.
Una manera de salir adelante es por el apoyo de la familia. Algunos compran en un lado y comparten un poco con los otros. “No, mira, ven, vamos a reunir para comer”.
Así se desahoga, se despide y continúa ofreciendo sus empanadas en el parque.
Mientras tanto, el lateral de la calle 30 A se viste de lustradores bajo un viejo toldo verde. Un toque de brillo y quedan listos. Los adultos mayores disfrutan el final de la vida, en medio del juego, cuatro mesas se disputan la partida de cartas, a su alrededor un público que suda el juego.
Una curiosa mesa en la que se diligencian documentos se ubica allí y mejor todavía, al lado una en la que se toma la presión arterial. No vaya a ser que a uno de los adultos le de un ataque en la plaza.
Curioso es que la zona del parque con más amplitud, en la carrera 76, sea la menos frecuentada. Correr, brincar y jugar se podría dar, pero no. Lo único que predomina allí es la tranquilidad, el silencio que podría darse se trunca con el ruido de los carros.
Obleas, dulces, tintos y hasta cremas corporales se pueden encontrar. Palomas van y vienen por todos lados. La timidez que las caracteriza desapareció por completo, el miedo no está presente en ellas. Se vuelven amigas de la gente. Picotean los granos de maíz y arroz que reciben de niños y ancianos.
Una fuente cubierta de lama y basura, pero que es la zona de aseo de las aves y de habitantes calle y el suministro para hacer los tintos. Simón Bolívar, desconocido, sin placa y lleno de rila, observa cada detalle del parque. Único testigo fiel del microtráfico de la plaza que es escondido en las cajas eléctricas del parque. Todos los dan por desprovisto o tal vez se hacen los desprovistos, incluida la policía.
Los estrechos palomares son peleados por la multitud de aves. Cocuelo, el árbol que se une a los de edad avanzada espera a más visitantes. Por ahora, cada persona en su mundo, inmersa en el universo del parque y escondida en una ciudad llamada Medellín.

jueves, 6 de septiembre de 2018

MEMORIAS DE MI INFANCIA EN BELEN - Maria Cecilia Toro Londoño


MEMORIAS DE MI INFANCIA EN BELEN
Después de algunos años recorrí de nuevo mi barrio, llegaron a mi memoria gratos momentos de mi infancia, reconocí la iglesia donde tantas veces oré. Sus fiestas patronales y la Semana Santa. No podíamos faltar a la celebración del domingo de ramos y al sermón de las 7 palabras. Las procesiones con sus estaciones, cuyos frentes eran adornadas con altares florecidos. Un paso obligado era la calle 30ª con la carrera 82, donde hoy se encuentra el centro comercial Los Molinos. Las cantinas y bares cerraban en señal de respeto.
Las fiestas de la patrona eran financiadas por los conductores de la flota; la programación incluía la temida “vaca loca” que consistía en rellenar una caja en forma de vaca, con toda clase de pólvora; era carreteada por los alrededores del parque, esto creaba una gran confusión, los niños corríamos disfrutando del peligro y las mamás desconcertadas nos llamaban a gritos.
Un personaje recordado de Belén, fue el padre Cadavid , quien estableció el día lunes para venerar al Señor de la Misericordia y también es recordado por incluir en los sermones injurias contra el dueño del teatro Mariscal, por proyectar películas que para él eran inmorales y contra las mujeres de todas las edades que entraran a la iglesia sin mangas, a las jóvenes no las llamaba como era costumbre “ coca colas” sino “colas cocas, había que verlo sacar de las orejas a mas de una señora y negarle la comunión a otras tantas, por andar mal vestidas.
Tengo en mi memoria, la mujer de vestido largo y cabello cano, dicen que tiene locura mística, cuando en algunas ocasiones visito el parque, veo su figura todavía intacta como un espíritu, entrando a la iglesia.
A un costado del parque había un hermoso laurel y bajo su sombra, un Kiosco, ambos fueron testigo de bromas juveniles, encuentros pasajeros, de grandes amores y profundas decepciones, de estas últimas doy fe, ya que fue en este espacio embrujador conocí personas que marcaron mi vida.
Recuerdo cuando estaba niña, que los cerros cercanos a nuestra casa, eran los toboganes por donde bajábamos sobre cartones hacia la hondonada. El dueño de estos predios se quedó en la memoria del barrio, no por la filantropía como muchos paisas ricos de su época, sino por sus pantalones que amarraba con una cabuya, los chicos le hacían burla y gritaban…Ahí viene Kiko jalémosle la cabuya. En estas mangas jugaban futbol mis hermanos y sus amigos, un día Kiko decidió dañar todo el terreno con una pala, para que no pudieran jugar en el.
En la carrera 76 con la calle 30, a un costado de la estación del tranvía, vivió Jorge Franco, médico cirujano, quien escribió la historia de Hildebrando (su propia historia), fue médico de la familia y en una ocasión en que sufrí un desmayo, fue él quien me atendió y cuando volví de mi inconsciencia, me preguntó cómo me sentía, bien padre-respondí- todos soltaron la carcajada cuando él dijo, ” Yo no soy San Pedro soy el médico”.
Cuando llegaban al barrio los juegos mecánicos, nos escapábamos y corríamos a subirnos a la rueda, a veces con tan mala suerte que se iba la energía y nos quedábamos suspendidos, cuando llegábamos a casa teníamos nuestro consabido regaño.
En mi recorrido pasé por el lugar donde quedaba la fábrica de cigarrillos llamados Ciento Uno, que mi abuela nombraba todo el tiempo.
Eran famosos los campesinos que bajaban de Aguas Frías y de AltaVista a vender azucenas al parque, ellos suministraban las flores para las fiestas de María Auxiliadora patrona del colegio San Juan Bosco dirigido por las hermanas salesianas. No puedo dejar pasar esta oportunidad sin mencionar una de las muchas anécdotas que viví en dicho colegio; además de todas las veces que me bajaron el ruedo del uniforme porque las normas no permitían mostrar las piernas, pero que a mí me encantaba, también recuerdo con horror el día en que me encerraron en un salón donde una imagen del diablo colgaba de la pared y mis esfínteres no soportaron la amenaza del tenedor y lo cachos que apuntaban hacia mí. Cuando tocaba la clase de manualidades, me aburría y para pasar el tiempo decidí hacer 25 barcos de papel, a cada uno le puse el nombre de cada una de las compañeras, los metí en el talego donde guardábamos la costura, la monja se dio cuenta y fueron a dar al bote de la basura.
Nuestra casa tenía un solar con arboles de manzanas y de granadillas, nos encantaba cuando llovía pues se desprendían por montones y esperábamos a que escampara para poder comerlas.
En el cerro Nutibara donde hoy es el Pueblito Paisa solo había un estadero con pista de baile y una rock ola, que para nosotros era un instrumento mágico ya que por una moneda, acomodaba en su sitio el disco que uno quería escuchar para bailar con nuestro novio de turno, en aquel cerro, en medio de bosque nativo y árboles que jugaban con las nubes, estaba la Madre Monte, su rostro casi oculto en la maraña, sus ojos amenazantes y alertas a cualquier depredador, asustaba a grandes y chicos desprevenidos.
En la carrera 77 y entre la calle 30 y 30ª, estaba foto Cruz, donde los padres orgullosos, llevaban a sus hijos a tomarles la foto del recuerdo de la primera comunión o de algún cumpleaños. Cuentan que si la persona prefería la foto a color, el fotógrafo no tenía inconveniente de sacar algunas pinturas y las coloreaba.
En la calle 30 con la 77, estaba el centro de comercio dirigido por Doña Sofía, allí iban las señoritas del barrio a estudiar mecanografía, taquigrafía y contabilidad y como allí daba clases de Ortografía un chico que me gustaba mucho, decidí acudir a dicha asignatura, este joven mas tarde fue mi primer novio.
También existía el kínder de chavita, donde estudiaban los niños antes de pasar a la primaria, recuerdo a mi hermano Alberto, mi madre lo enviaba a estudiar y en más de una ocasión lo encontró sentado en la acera de la farmacia Caribe, sin asistir a clases.
En la 76 con la 28 estaba el café amarillo donde los jóvenes iban a escuchar tangos. Allí cerca había un puesto donde alquilaban revistas y mis hermanos por unos pocos centavos, leían al Santo (El enmascarado de Plata) El Llanero Solitario y alguna revista de Corín Tellado.
Cuando tengo la oportunidad de recorrer sus calles, siento una gran alegría por los recuerdos que me transportan a esos tiempos y a la vez un gran regocijo al ver que su parque se ha conservado como pocos a través de los años y que no ha perdido su esencia


Maria Cecilia Toro Londoño







jueves, 23 de noviembre de 2017

Belén Parque, un barrio con vocación de pueblo Periódico EL COLOMBIANO

Belén Parque, un barrio con vocación de pueblo


  • Belén Parque no ha sido ajeno a las transformaciones de Medellín. Sus sitos de diversión ya no existen, pero como si fuera un pueblo, aún es un lugar de encuentro de ciudad. FOTO Julio C. herrera
    Belén Parque no ha sido ajeno a las transformaciones de Medellín. Sus sitos de diversión ya no existen, pero como si fuera un pueblo, aún es un lugar de encuentro de ciudad. FOTO JULIO C. HERRERA
POR RODRIGO MARTÍNEZ ARANGO | PUBLICADO HACE 7 HORAS
Infografía
EN DEFINITIVA
Belén Parque sigue siendo un referente de Medellín. El templo de Nuestra Señora de Belén es un santuario frecuentado visitantes y turistas y su plaza aún no ha perdido su ambiente pueblerino.
En el parque de Belén rondan las historias del tranvía, el teatro Mariscal, 
la fábrica de cigarrillos Cruz, la lavanderas de la quebrada Altavista y las 
citas de los novios en las heladerías y estaderos que alegraban ese sector 
del occidente de Medellín.
El miembro de la Academia Antioqueña de Historia Germán Suárez 
Escuderoopinó que Belén fue el epicentro de la conquista del Valle de 
Aburrá, porque en el sector de San Bernardo (calle 25 con carrera 77, 
donde funcionó el Preventorio de Medellín) había un poblado indígena 
al que llegó, en agosto de 1541, el conquistador Jorge Robledo, quien 
estuvo en el lugar durante 15 días, tras hacer amistad con los aborígenes.
Luego, en 1550, este sitio le sirvió de hospedaje al también conquistador 
españolHernando de Cepeda y Ahumada, hermano de Santa Teresa de Jesús, 
la Doctora de Ávila, quien fue enviado desde Popayán por su suegro, 
Sebastián de Belalcázar. En ese lugar, Céspedes construyó la primera 
capilla de lo que posteriormente sería el poblado de Guayabal (otros 
historiadores lo llaman Otrabanda) y el templo recibió ese nombre.
Agregó que para la época de la Independencia, la zona de la plaza de 
Belén pertenecía a una familia de apellido Pérez, y el sector se llamó 
“llano de los Pérez”. Estos construyeron allí una capilla consagrada 
a San Juan de Dios. En 1814 esta capilla es mejorada y erigida en 
parroquia de Nuestra Señora de Belén por el vicario superintendente 
de la Arquidiócesis de Popayán, Lucio de Villa. Su primer párroco 
fue Juan María Céspedes (1814-1815), sucedido por el sacerdote 
Pedro José Pérez.

Concluyó Suárez que Belén, hasta finales del siglo XIX, perteneció a 
la ciudad de Anápolis, ubicada en el sector de Robledo, que fue arrasada 
en su totalidad por la quebrada La Iguaná, el 23 de abril de 1880, la cual
 tuvo casa consistorial a la que perteneció el templo de Belén.
Empieza a poblarse
Bernardo Isaza llegó con sus padres al naciente barrio 
Granada, en el centro Belén, desde Fredonia, cuando tenía 
13 años, en 1948. “En esa época toda la gente se conocía 
y era muy agradable ir al parque, porque lo frecuentaban 
damas muy bonitas y parejas de Medellín que aprovechaban 
las heladerías con reservados y los bailaderos lo rodeaban”.
Indicó que entonces el centro de Belén estaba urbanizado hasta lo que hoy 
es la carrera 80 y no existía La Palma.
Dijo que para ese año se llegaba al parque de Belén por la calle 30A o por 
el tranvía, que tenía una estaciones en la calle 30 con la 76, y la última quedaba 
en el sector de lo que hoy es Los Molinos. El tranvía pasó por allí de 1922 a 1951.
Recordó que en los años 50 había varias casas de material de dos pisos y 
quedaban unas pocas de tapia.
En la esquina de la carrera 76 con la calle 30A fue construido, a mediados 
de los 50, el teatro Mariscal, que desapareció a finales de los 70 para darle 
paso a un banco, contó.
Jorge Restrepo, otro habitante del centro de Belén, desde 1961, agregó que 
hasta 1998, en la carrera 76 con la calle 29, se observaban, en la quebrada 
Altavista, las famosas lavanderas de Belén.
El médico y escritor Emilio Restrepo, autor de Las Crónicas de Belén, se 
lamentó de que la vida social nocturna del parque de Belén no hubiera logrado
 pasar al Siglo XXI.
“Desde comienzos de los 90 empezaron a desaparecer y dar paso a bancos, 
oficinas, panaderías y almacenes, los bailaderos Soraya y Palmaseca y las 
heladerías, sitio de encuentro de los novios de Medellín, El Portal, Los Sauces, 
La Tampa y Morival.
También se perdieron el kiosco del parque y la caseta de tax Belén.
Otro ícono de Belén en los mediados del siglo XX fue la fábrica de cigarrillos 
Cruz 114 y Victoria, ubicada en la calle 30A con la carrera 73. Los cigarrillos 
con filtro la sacaron del mercado.
El conductor Francisco Álvarez destacó que en esta empresa trabajaban muchos 
jóvenes del centro de Belén.
Álvarez anotó que su padre, Alfredo Álvarez, fue uno de los primeros transportadores
 de Belén con buses de escalera modelos 39, 46 y 50. Las chivas eran identificadas 
por nombres como Mosquerola, Bismarck, Cordonazo y Sebastopol.
Comentó que él manejó el Mosquerola y viajaba desde el sitio donde hoy son 
los Barrios de Jesús, por carreteras muy malas hacia El Rincón, Cerro Manzanillo 
y Altavista.

CONTEXTO DE LA NOTICIA

· El historiador Hugo Bustillo recordó que el primer camino que comunicó a Medellín en el costado oriental del río Aburrá, con Belén, en el occidente, fue a través de una playa que formaba en la desembocadura las quebradas La Guayabala y Altavista, sitio por el cual se cruzaba en balsa, por lo que el sitio se llamó la Puerta de Guayabal,
· El parque de Belén fue un sitio de encuentro de arriería, ya que se comunicaba por el camino de El Cardal con San Antonio de Prado y la vereda La Valeria (Caldas), paso de ganado que venía de las riberas del río Cauca.
· Con el tiempo este camino en Belén se convirtió en la carrera 80.
· Belén era rodeado de ladrilleras y tejares.


Rodrigo Martínez Arango
Comunicador social-periodista de la Universidad de Antioquia. Redactor del área Metro hace 20 años. Periodista judicial hace 30 años. También ha trabajado como locutor y periodista de radio en la Cadena Caracol. Autor del libro Expresión oral para periodistas, editorial UPB.