Mostrando entradas con la etiqueta cotidianidad en el barrio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cotidianidad en el barrio. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de septiembre de 2018

MEMORIAS DE MI INFANCIA EN BELEN - Maria Cecilia Toro Londoño


MEMORIAS DE MI INFANCIA EN BELEN
Después de algunos años recorrí de nuevo mi barrio, llegaron a mi memoria gratos momentos de mi infancia, reconocí la iglesia donde tantas veces oré. Sus fiestas patronales y la Semana Santa. No podíamos faltar a la celebración del domingo de ramos y al sermón de las 7 palabras. Las procesiones con sus estaciones, cuyos frentes eran adornadas con altares florecidos. Un paso obligado era la calle 30ª con la carrera 82, donde hoy se encuentra el centro comercial Los Molinos. Las cantinas y bares cerraban en señal de respeto.
Las fiestas de la patrona eran financiadas por los conductores de la flota; la programación incluía la temida “vaca loca” que consistía en rellenar una caja en forma de vaca, con toda clase de pólvora; era carreteada por los alrededores del parque, esto creaba una gran confusión, los niños corríamos disfrutando del peligro y las mamás desconcertadas nos llamaban a gritos.
Un personaje recordado de Belén, fue el padre Cadavid , quien estableció el día lunes para venerar al Señor de la Misericordia y también es recordado por incluir en los sermones injurias contra el dueño del teatro Mariscal, por proyectar películas que para él eran inmorales y contra las mujeres de todas las edades que entraran a la iglesia sin mangas, a las jóvenes no las llamaba como era costumbre “ coca colas” sino “colas cocas, había que verlo sacar de las orejas a mas de una señora y negarle la comunión a otras tantas, por andar mal vestidas.
Tengo en mi memoria, la mujer de vestido largo y cabello cano, dicen que tiene locura mística, cuando en algunas ocasiones visito el parque, veo su figura todavía intacta como un espíritu, entrando a la iglesia.
A un costado del parque había un hermoso laurel y bajo su sombra, un Kiosco, ambos fueron testigo de bromas juveniles, encuentros pasajeros, de grandes amores y profundas decepciones, de estas últimas doy fe, ya que fue en este espacio embrujador conocí personas que marcaron mi vida.
Recuerdo cuando estaba niña, que los cerros cercanos a nuestra casa, eran los toboganes por donde bajábamos sobre cartones hacia la hondonada. El dueño de estos predios se quedó en la memoria del barrio, no por la filantropía como muchos paisas ricos de su época, sino por sus pantalones que amarraba con una cabuya, los chicos le hacían burla y gritaban…Ahí viene Kiko jalémosle la cabuya. En estas mangas jugaban futbol mis hermanos y sus amigos, un día Kiko decidió dañar todo el terreno con una pala, para que no pudieran jugar en el.
En la carrera 76 con la calle 30, a un costado de la estación del tranvía, vivió Jorge Franco, médico cirujano, quien escribió la historia de Hildebrando (su propia historia), fue médico de la familia y en una ocasión en que sufrí un desmayo, fue él quien me atendió y cuando volví de mi inconsciencia, me preguntó cómo me sentía, bien padre-respondí- todos soltaron la carcajada cuando él dijo, ” Yo no soy San Pedro soy el médico”.
Cuando llegaban al barrio los juegos mecánicos, nos escapábamos y corríamos a subirnos a la rueda, a veces con tan mala suerte que se iba la energía y nos quedábamos suspendidos, cuando llegábamos a casa teníamos nuestro consabido regaño.
En mi recorrido pasé por el lugar donde quedaba la fábrica de cigarrillos llamados Ciento Uno, que mi abuela nombraba todo el tiempo.
Eran famosos los campesinos que bajaban de Aguas Frías y de AltaVista a vender azucenas al parque, ellos suministraban las flores para las fiestas de María Auxiliadora patrona del colegio San Juan Bosco dirigido por las hermanas salesianas. No puedo dejar pasar esta oportunidad sin mencionar una de las muchas anécdotas que viví en dicho colegio; además de todas las veces que me bajaron el ruedo del uniforme porque las normas no permitían mostrar las piernas, pero que a mí me encantaba, también recuerdo con horror el día en que me encerraron en un salón donde una imagen del diablo colgaba de la pared y mis esfínteres no soportaron la amenaza del tenedor y lo cachos que apuntaban hacia mí. Cuando tocaba la clase de manualidades, me aburría y para pasar el tiempo decidí hacer 25 barcos de papel, a cada uno le puse el nombre de cada una de las compañeras, los metí en el talego donde guardábamos la costura, la monja se dio cuenta y fueron a dar al bote de la basura.
Nuestra casa tenía un solar con arboles de manzanas y de granadillas, nos encantaba cuando llovía pues se desprendían por montones y esperábamos a que escampara para poder comerlas.
En el cerro Nutibara donde hoy es el Pueblito Paisa solo había un estadero con pista de baile y una rock ola, que para nosotros era un instrumento mágico ya que por una moneda, acomodaba en su sitio el disco que uno quería escuchar para bailar con nuestro novio de turno, en aquel cerro, en medio de bosque nativo y árboles que jugaban con las nubes, estaba la Madre Monte, su rostro casi oculto en la maraña, sus ojos amenazantes y alertas a cualquier depredador, asustaba a grandes y chicos desprevenidos.
En la carrera 77 y entre la calle 30 y 30ª, estaba foto Cruz, donde los padres orgullosos, llevaban a sus hijos a tomarles la foto del recuerdo de la primera comunión o de algún cumpleaños. Cuentan que si la persona prefería la foto a color, el fotógrafo no tenía inconveniente de sacar algunas pinturas y las coloreaba.
En la calle 30 con la 77, estaba el centro de comercio dirigido por Doña Sofía, allí iban las señoritas del barrio a estudiar mecanografía, taquigrafía y contabilidad y como allí daba clases de Ortografía un chico que me gustaba mucho, decidí acudir a dicha asignatura, este joven mas tarde fue mi primer novio.
También existía el kínder de chavita, donde estudiaban los niños antes de pasar a la primaria, recuerdo a mi hermano Alberto, mi madre lo enviaba a estudiar y en más de una ocasión lo encontró sentado en la acera de la farmacia Caribe, sin asistir a clases.
En la 76 con la 28 estaba el café amarillo donde los jóvenes iban a escuchar tangos. Allí cerca había un puesto donde alquilaban revistas y mis hermanos por unos pocos centavos, leían al Santo (El enmascarado de Plata) El Llanero Solitario y alguna revista de Corín Tellado.
Cuando tengo la oportunidad de recorrer sus calles, siento una gran alegría por los recuerdos que me transportan a esos tiempos y a la vez un gran regocijo al ver que su parque se ha conservado como pocos a través de los años y que no ha perdido su esencia


Maria Cecilia Toro Londoño







lunes, 27 de junio de 2011

CRONICAS DE BELEN: OLGA HELENA MARTINEZ GOMEZ

UN DÍA DE LLUVIA
Olga Helena Martínez Gómez.

Cuando salía diariamente a estudiar hacia el colegio de la Inmaculada iba a pie y solía irme despacio. Pasaba por El Barrio de Jesús y a veces, cuando salía con más tiempo, me sentaba unos minutos en la banca de un pequeño parque cercano a mirar las montañas del frente y a pensar qué haría cuando fuera adulta. Tenía el presentimiento de que mientras más metas lograra en mi vida, más cerca estarían de mí aquellas montañas. Después seguía mi camino y pasaba por un costado de la estación del F-2 para seguir en línea recta por la carrera 76 hasta llegar a la puerta del colegio. Solían tocar un disco en vez de la acostumbrada campana para la entrada en la mañana y la salida al mediodía. Colocaban las melodías de Richard Clayderman, y con particular insistencia la canción “Amor se escribe con A”. Todas esperábamos ansiosas aquella melodía para salir a nuestras casas, pero hubo un día que hizo demasiado frío y no cesó de llover a la hora de la salida. La mayoría vivíamos cerca, así que estábamos acostumbradas a irnos caminando, pero aquel día ninguna pudo salir por sus propios medios. Nos sentamos a esperar a que terminara de llover pero arreciaba con más fuerza como si el cielo tuviera una misteriosa razón para dejarnos por un rato más en el colegio. Comenzamos a charlar durante la espera; Luz María decía que podíamos irnos corriendo hasta su casa pues quedaba detrás del colegio San Carlos el cual estaba a un paso de donde nos encontrábamos; Vicky insistía que sería una buena experiencia correr y jugar bajo la lluvia y Mónica nos invitaba a almorzar a su casa que quedaba en la Urbanización La Palma. De pronto comenzaron a llegar los padres de muchas de ellas en sus carros. En cuestión de media hora sólo quedamos cinco niñas de casi un centenar que estábamos esperando. Nos miramos y pensamos lo mismo. Tal vez no podrían venir por nosotras. En mi caso sabía que tendría que esperar a que amainara la lluvia pues mi padre estaba de viaje y mi madre no sabía conducir el automóvil. Mientras pensaba en ellos llegaron por otras tres. Quedamos sólo dos. La otra se llamaba Teresita y de pronto dijo:
–Ya vendrán por mí. Es que vienen desde Laureles y como las calles están mojadas se están demorando un poco.
Tenía razón, a los diez minutos ya se había ido. Al ver que estaba sola y que el frío se escurría con rapidez dentro de mi piel, no pude evitar que mis lágrimas salieran y entibiaran un poco mi rostro. Cuando ya había hecho acopio de todas mis fuerzas para caminar bajo la lluvia y me dispuse a bajar las escaleras para llegar a la salida, observé que una bicicleta verde se aproximaba a la puerta. Cuando estuvo más cerca pude ver quién era. Era Gustavo, mi hermano mayor. La felicidad me embriagó de inmediato. Llevaba puesto un impermeable pero no le había servido de nada pues estaba completamente empapado.
—¡Galena, te vine a buscar para llevarte a la casa!— me dijo esbozando una bella sonrisa de niño bueno que aún conserva en su rostro cuando sonríe—. Mi mamá no está y yo decidí recogerte.
—¡Muchas gracias Nino! ¡Muchas gracias!— le dije, pues así solía llamarlo. Mientras brincaba a su lado le di un cálido abrazo que aun guardo en mi memoria.
Él me acomodó lo mejor que pudo en la barra de la bicicleta y me colocó con delicadeza el otro impermeable que había traído para mi. Yo me sentía la más afortunada del mundo, contaba con mi hermano en medio de aquella tempestad y no le había importado mojarse.
Cuando me monté Nino comenzó a pedalear con dificultad, sentí su respiración forzada en mi espalda y su esfuerzo para hacer mover la bicicleta por mi peso adicional. Salimos por la carrera ochenta, seguía lloviendo pero a mi ya no me importó. Poco a poco la bicicleta fue cogiendo impulso y ya para mi hermano no fue tan difícil continuar. Estaba feliz, las gotas heladas que caían sobre nuestro cuerpo parecían ahora un juego más y deseé alargar el paseo antes de llegar a la casa.
—¡Sigamos montando Nino! —le dije con euforia—. ¡Vamos a comer pastel al parque!
—Bueno, pero no le diga a mi mamá —me contestó entusiasmado después de pensarlo por unos momentos.
Cuando llegamos a la intersección con la calle treinta mi hermano volteó y comenzamos a bajar hasta el parque. Nos detuvimos en la panadería Pan Pluff que considerábamos la mejor de Belén. Nino me invitó a comer pastel de arequipe que era mi preferido y nos sentamos mojados, sintiendo que había sido un día maravilloso a pesar de la lluvia. Después de aquel día tuve la plena seguridad de que siempre contaría con mi hermano en los momentos difíciles. Y no me equivoqué, porque continuó llegando a mi vida con un impermeable nuevo en cada tiempo de lluvia, su sonrisa optimista y con el poder de un mago para cambiar el tono gris del día por uno añil soleado. Cuando salimos ya había dejado de llover. Nino volvió a subirse a su bicicleta, se quitó su impermeable y me dijo sonriendo:
—¡Vamos Galena, el mundo es nuestro!


UN DIA CUALQUIERA EN MI BARRIO
Olga Helena Martínez Gómez.

Cierro mis ojos y mi memoria vuela vertiginosa hacia tiempos atrás cuando era apenas una joven y vivía en el barrio Belén - Linares al sur occidente de la ciudad. Acabábamos de trastearnos y la urbanización en donde viviríamos la habían construido hacía poco y constaba de un centenar de casas multicolores que se parecían un poco al antiguo barrio argentino “Caminito”. No se asemejaba por los tangos ni por ser una zona de encuentro de los pescadores de la región sino por el colorido y la vivacidad de sus moradas. Como en Caminito, las casas estaban pintadas de vivos colores que le daban al barrio un ambiente alegre y pintoresco. La mía era de color naranja y las de mis vecinos más cercanos eran azul y café. Pero a unos metros más estaban las azules, las rojas y las amarillas. Llegó a ser tan importante el color de cada casa que por mucho tiempo identificamos a los vecinos por el color de las fachadas de sus hogares.
Recuerdo con nostalgia aquellas veladas de mis padres con los vecinos. Solían sacar varias sillas a la acera y una mesa redonda para poner las copas y la botella de aguardiente. Ellos tomaban y hablaban de sus anécdotas laborales, de fútbol o de algún pormenor cotidiano que recordaban, y luego, cuando la alegría se diseminaba a través de la sangre en compañía del etanol, aumentaban el volumen del equipo de sonido y los tangos como “Cambalache”, “En esta tarde gris”, “Nostalgia” y varios boleros como “Amar y vivir”, “Usted”, “Morir soñando”, sobrecogían la cuadra entera. De pronto se oía la voz detonante de Gonzalo quien era el que primero se embriagaba y comenzaba a molestar a mi padre porque mi perro se había acostumbrado a orinar en su jardín. Luego seguía Nevardo con su voz ronca y pausada que con unos tragos de más se tornaba aguda y vivaracha. Más tarde escuchaba la voz de mi padre gritando mi nombre o el de alguno de mis hermanos porque no nos veía en nuestra cuadra en donde solíamos jugar escondidijo, chucha o quemado. Una hora después llegaban ellas, sus abnegadas esposas con algo de comer para “bajar los traguitos”. Ellos no vacilaban en invitarlas a su lado para que compartieran aquel alegre momento y era cuando mi madre los invitaba a todos a pasar a la casa porque ya era tarde y el bullicio podía molestar a los otros vecinos. Fue en una de esas noches cuando recibí la visita de mis primeros amigos. Me sentaba en la acera de mi casa a hablar de poesía con Carlos o a compartir algún escrito con Mauricio o a hablar sobre experiencias del colegio con Hernando. La noche se iba rápida y era maravillosa sin que hubiera necesidad de un beso o una caricia. No se si era porque estaba muy joven aún o porque mis padres desde la sala me asediaban con frecuencia.
En aquel barrio había mucho en que distraerse pues el grupo de jóvenes sumaba casi treinta. Cuando nos juntábamos éramos el terror del barrio pues no faltaba el vidrio roto o los improperios de alguna anciana enferma. Recuerdo a mi amiga Ingrid con quien acostumbraba a competir por ser la mejor en cada juego y posteriormente por tener el mayor número de pretendientes.
Cuando mis padres conocieron mejor los otros vecinos del sector fueron más laxos en mis salidas, claro que casi siempre estaba conmigo alguno de mis hermanos que también quería jugar. Nos gustaba montar en bicicleta y nos recorríamos a Belén entero. La carrera 70 era nuestra zona predilecta pues apenas la estaban construyendo y era la calle más larga y más recta de la zona en donde podíamos montar sin peligro.
También me gustaba salir por los alrededores en compañía de Pipo, mi adorado perro que nació en aquel barrio. Cuando creció un poco fue mi asiduo compañero de caminatas. Cierto día, después de llegar del colegio decidí salir con Pipo un poco más allá de la urbanización. Era un ambiente apacible en donde se escuchaban las risas de los niños en las calles o los vozarrones de los vendedores ambulantes de frutas o verduras. Eran casas sencillas pero bien cuidadas en las cuales se veían a las amas de casa limpiando en los balcones o barriendo en las aceras. De pronto el cielo se tornó plomizo y la lluvia cayó de improviso sin darme tiempo para devolverme hasta mi casa. Corrí lo más que pude arrastrando a mi perro para que no se mojara. Por fin encontré una gran construcción de cemento de forma hexagonal. No sabía que era aquello, así que pensé en guarecerme un rato de la lluvia y los relámpagos. Llegué por uno de sus costados y estaba cerrada la entrada, corrí hasta la siguiente puerta que era más grande y estaba abierta de par en par. Al entrar me percaté de inmediato al sitio que había llegado. Seguí sin hacer mucho ruido en compañía de Pipo que estaba asustado por la tormenta. Pensé en dejarlo afuera pues se trataba de la iglesia del barrio, pero mi perro no estaba acostumbrado a estar solo, ni siquiera en mi casa, así que me tomé el atrevimiento de dar unos cuantos pasos más adentro con él. Cuando ya no pensé más en el temor de ser descubierta, pude reparar todo mejor. Caminé por el centro de la nave y algo me hizo mirar hacia arriba, mis ojos quedaron atrapados de inmediato ente aquel espectáculo. Se trataba de una gigantesca cruz de madera que sostenía a Jesús moribundo y semidesnudo. Era semejante a cualquier cristo pero su tamaño descomunal no tenía comparación con ninguno. Nunca había visto un cristo de aquellas proporciones, además aquella semipenumbra que lo iluminaba de forma particular impresionó aún más sentidos. Nunca olvidaré aquellas manos colosales sostenidas por clavos enmohecidos y salpicadas de sangre, ni el color pálido de su rostro. Por largo rato contemplé aquella figura que parecía real para un mundo de gigantes y olvidé el resto de la iglesia. Cuando salí un poco del asombro y me dispuse a recorrer las otras naves del recinto advertí que ya había escampado y de nuevo el temor de ver entre los candiles algún hombre de sotana y ser sorprendida con mi perro me hizo huir. Corrí hasta mi casa y le conté a mi madre mi encuentro cercano con aquel cristo colosal.
—Es la iglesia de San Bernardo hija— me dijo con gracia al ver aún el asombro en mis ojos.
Hace muchos años que no visito aquella iglesia pero al pensar en ella me sigo asombrando con su tamaño, pues en ninguna parte del mundo en donde he visitado iglesias, he encontrado aquel tamaño de cruz. Si alguna vez fuera de nuevo, espero que aquel cristo de madera me vuelva a conmover como lo hizo aquella tarde de invierno al lado de mi perro Pipo.

CRONICAS DE BELEN: ENRIQUE POSADA RESTREPO

LA VISITA DE ALBERTO LLERAS A BELÉN
Enrique Posada

Estábamos jugando en el muro que lindaba con nuestra casa en Belén Terminal, cuando salió mi padre a la puerta, todo animado, exclamando: ¡Vengan a ver, que va a pasar el presidente! En efecto, venía el presidente Alberto Lleras a inaugurar los nuevos edificios de la Universidad de Medellín en el barrio Los Alpes. En aquella época una visita presidencial era más sencilla, no cerraban la calle ni la llenaban de ejército o de policía o por lo menos no recuerdo que lo hicieran, de tal manera que nada nos impidió sentarnos en el corredor de nuestra casa a esperar el paso de la comitiva presidencial.
Al cabo de un rato se sintió una caravana de carros que subían por la calle 30 A, que estaba recién pavimentada. El rumor ya se había regado y de las pocas casas que había en la cuadra salió la gente a mirar. De pronto pasó raudo el carro del presidente. Yo supe que era Alberto Lleras por esas muelas grandes, por esa dentadura y notable que sobresalía inconfundible. El presidente asomó la cabeza, agitó su mano y nos sonrió desde su Cadillac presidencial. A mí me quedaron grabadas la cara del presidente y sus famosos dientes y sentí una sensación de importancia, de exclusividad, como si el presidente hubiera pasado por el frente de mi casa solamente para que lo viéramos nosotros. En cuanto a mi padre, que era ferviente miembro del partido liberal, estoy seguro de que sintió una emoción intensa y un orgullo al ver que la larga mano del gobierno nacional, personificada en un famoso presidente liberal, pasaba por nuestro barrio para impulsar las nuevas obras.
Pudiéramos decir que esta visita señaló el inicio de las grandes transformaciones que cambiaron a Belén de ser un pueblo de ciudad para convertirse en un polo de atracción, dinámico y complejo.


LA QUEBRADA LA PICACHAEnrique Posada

Siempre he sentido atracción por las quebradas. Nuestro Valle de Aburrá es quizás el lugar del mundo más rico en arroyos, en corrientes, en riachuelos, que nosotros llamamos quebradas. Estos cuerpos de agua, verdaderas venas de nuestra tierra hermosa, han sido maltratados desde siempre por la ciudad, que nunca pudo distinguir a tiempo el valor enorme paisajístico, ictiológico, cultural, ecológico, estético, recreativo y espiritual de las quebradas. Nuestras quebradas no han sido en general sitios para la poesía ni para la caminata natural, ni para la meditación, ni para la fotografía ni para la obra de arte. Más bien se han usado para arrojar basuras y desperdicios y para derramar de todo tipo de porquería y de aguas de alcantarilla. Se las ha considerado por nuestros gobernantes y urbanistas y por todos nosotros, como estorbos al desarrollo urbano, un desafortunado diseño natural. Por eso se las ha rectificado en su cause (como si las curvas y los caprichos de las aguas no tuvieran un misterioso encanto femenino); se las ha canalizado con cemento (como si sus riberas cubiertas de flores, de bosques, de matorrales no tuvieran sentido ecológico ni espiritual); se las ha cubierto con frías y rígidas cubiertas (como si no valiera la pena contemplar el agua en su paso continuo e inevitable).
Ya poco se puede hacer. La propiedad ha invadido los cauces y casi todas las quebradas de Belén están condenadas a ser huecos lineales bordeados por canales de cemento perforados por tubos de alcantarilla, sin ninguna gracia, con avenidas a ambos lados, solo mitigado el desastre por hileras de árboles a la espera de ser cortados cuando las avenidas reclamen el espacio de las aguas que discurren monótonas y sucias sin ser vistas ni apreciadas.
¿Nos quedaremos entonces con el recuerdo? Cuando estaba niño, la quebrada La Picacha era muy distinta de ese canal humilde que hoy cicatriza nuestros barrios. Más allá del último puente que la atravesaba, que comunicaba a Las Mercedes con Las Violetas, era una quebrada vibrante, llena de vida, cristalina y cantarina. Famosos eran los charcos y remansos que atraían a los paseantes en fines de semana y un bosque verde la cubría al bajar de la montaña de Aguas Frías. Pero cuando yo era niño, allá en los años 50´s, ya la quebrada sentía la amenaza del progreso, a partir del puente que iba de Belén Terminal a Las Mercedes y empezaba a oler mal, agobiada por las aguas podridas y ya no era bella ni cristalina. Con humildad entregaba sus aguas a la fábrica de paños Vicuña, que se las devolvía manchadas y la dejaba más gris y más triste, hasta convertirse en un canal de aguas sin encanto.
Ahora no huele mal, pues en parte las aguas negras van por alcantarillas paralelas. Ahora tiene en sus riberas canalizadas árboles abundantes y frondosos. Pero ya no es una quebrada, nadie escucha el cantar de las aguas, nadie la observa meditabundo, no hay corronchos en sus aguas ni remansos ni poesía, ni rocas de quebrada la traviesan. Tan solo una que otra crónica la contempla o algún plan maestro urbano la observa con ganas de volverla todavía más recta, más humilde y más escondida.


LOS AHOGADOS DE BELÉNEnrique Posada

Desde niño le tengo respeto a las aguas. Aún recuerdo vivamente las historias de los que se ahogaban con cierta frecuencia en mi barrio. Varios de ellos en el tristemente famoso Charco de La Peña en la quebrada La Picacha, allá más arriba de Las Violetas. Este era un hoyo de la quebrada de forma circular, rodeado por peñascos altos, que tenía fama asesina y siniestra. Oíamos decir que tenía remolinos y que atraía al que se atrevía hacia el fondo y muchos quedaron atrapados por su canto de sirena maligno. Nosotros decíamos, qué tan bruta la gente que se baña en ese charco, sabiendo que se puede ahogar. Yo apenas lo miré un día, con pánico, desde una prudente distancia. Pero se seguían bañando y ahogando y en mi memoria hay una impresión que todavía perdura, de bomberos que pasaban por el barrio a rescatar a algún ahogado en el Charco de La Peña.

* * *

Había también una laguna en los terrenos que hoy ocupa la Nueva Villa del Aburrá. Era quizás un remanente de alguna explotación de arcillas de una de las ladrilleras de la zona. Tenía aguas más bien estancadas y oscuras, poco atractivas para el baño. Pero el espíritu del deporte extremo se hacía presente en los jóvenes y algunos se volaban de la escuela y se iban a retozar en esas aguas, quizás imaginando que se trataba de un lago bello, sugestivo y limpio. Alguno de ellos pagó cara su aventura, pues quedó atrapado en los lodos del fondo y se ahogó. Nosotros comentábamos, igualmente, cómo puede ser que la gente sea tan aventada, meterse en esa laguna traicionera de fondo pantanoso y pegajoso, que se lo traga a uno. Bueno, hoy de la laguna solo queda el recuerdo en algunos de nosotros, el recuerdo triste de los niños aventureros que se ahogaron en sus aguas.

* * *

Veníamos de la escuela y escuchamos el rumor: Un niño se cayó a la canalización de la quebrada la Picacha, que estaba crecida, y el agua se lo llevó. Nosotros nos asomamos a la quebrada y estaba todavía henchida de agua, con el canal lleno. ¡Asustaba! Los que vieron la escena de la caída del niño, empezaron a gritar y a pedir que le tiraran lazos, pero nada, nada se pudo hacer y la quebrada se lo llevó. A nosotros nos tenían prohibido “canalizar” que era atravesar la quebrada saltando en los canales inclinados de cemento. No obedecíamos, pues la quebrada se veía tranquila, humilde, casi sin agua. Era fácil de atravesar. Pero de ahí a “canalizar” con la quebrada crecida, eso era otra cosa, que ni en sueños pensábamos intentar. Nunca sabremos que pensaba aquel niño que cayó a la quebrada crecida. De nuevo decíamos “¿Cómo se atreve a meterse con la quebrada cuando está torrentosa y enfurecida? Pero la verdad es que nunca sabremos que pasa por las mentes de los hombres cuando intentan imposibles y mueren en el intento.


CANTOS GREGORIANOS EN BELÉN
Enrique Posada

La iglesia de Belén es una de esos templos de la ciudad que nos pueden encantar porque tiene identidad propia, es reconocible y se queda atada al recuerdo. Cuando era niño me atraía ir a la iglesia; en parte motivado por mi tía abuela Anita que nos decía continuamente a todos los nietos de la abuela Elvira, allá en la casa del Barrio Granada de Belén: “Mira que te mira Dios, mira que te está mirando, mira que vas a morir, mira que no sabes cuándo”; en parte motivado por el templo mismo; en parte por un sentido de lo sagrado que me acompaña desde pequeño.
Fue así que muchas veces pude ver al que en aquella época era el sacerdote coadjutor de la Iglesia, el padre Cadavid. Era un hombre imponente, alto, más bien flaco, asertivo, regañón, de nariz aguileña y pelo escaso, que predicaba con cierta picaresca, entre regañona y agradable. En los sermones de las misas del domingo, con frecuencia despotricaba de las tentaciones malignas del barrio, entre ellas la de la heladería El Portal, situada en una de las calles del parque de Belén y eso me dejaba con una sensación incómoda, pues la tal heladería me parecía más bien un lugar común y corriente y no tanto un lugar peligroso. Pero hubo un hecho que asocio con el Padre Cadavid que se quedó en mis recuerdos y que me dejó una imagen agradable y definitiva: una sesión de cantos gregorianos en el templo.
Bien recuerdo la invitación que el padre Cadavid hizo en sus sermones. Se trataba de una ceremonia especial, ya que el templo iba a ser declarado como santuario de la Virgen de Belén, en nada inferior a los más importantes del mundo. En mi imaginación y en las palabras entusiastas del padre Cadavid, Belén era nuestra Fátima, un Lourdes cercano y vital. La imagen coronada de la Virgen de Belén, allá arriba en el altar mayor, se veía hermosa, amable, tierna, amante y generosa, madre cercana de todos nosotros. Para celebrar debidamente, se invitó a diversas ceremonias que vagamente recuerdo, pero una de ellas dejó la impresión que ahora les comparto: El templo se llenó de un coro de cantantes de cantos gregorianos. Con ellos estaba el Padre Cadavid. Era la primera vez que yo escuchaba semejante imponencia, voces que inundaron el espacio y que evocaron escondidas resonancias musicales, sonidos de los ángeles. Se cantaba en latín, eran cantos repetidos, mágicos, meditacionales, entonados por un grupo grande de sacerdotes, ceremoniosos, dignos, que le dieron al recinto una razón de ser profunda y eterna, más allá del significado y del entendimiento. Yo estaba cerca de la cúpula central y escuchaba embelezado los ecos de los cantos, que iban a lo alto y retornaban desde arriba.
Fue un momento único. No se ha vuelto a repetir en la Iglesia de Belén. En ese momento sellé un pacto de amistad con la música eterna que los hombres, sean los más sencillos o los más imponentes, cantan a veces para que los cielos escuchen, para que los niños se enamoren para siempre de su ser trascendente y potente.


LA CASA DE LA SENTENCIA

Enrique Posada

Así llamaban muchas personas a mi casa, situada en la calle 30 A con la carrera 82 C, Belén Terminal, donde terminaba dicha calle, detenida por una imponente casa finca, ya desaparecida. Hoy en día la casa de mi niñez tiene un aspecto muy distinto y está ocupada por una iglesia cuadrangular. Nuestra casa era alquilada, pertenecía a doña Ernestina, nuestra vecina de cabellos blancos, a quien mis padres pagaban 110 pesos mensuales de renta.
Era abril en 1957, Viernes Santo a las 10 de la mañana, cuando se fue formando una gran multitud en la calle, al frente de mi casa. De pronto llegó el padre Cadavid y sin mayores preámbulos entró a la casa con varios monaguillos y pidió que le trajeran una mesita, donde colocó una vasija con incienso, una jarra con agua, una ponchera y un libro de oraciones. Allí habló con mi mamá mientras nosotros, los hijos, escuchábamos curiosos, encantados por la importancia que significaba tener a un cura dentro de la casa hablando con la mamá. Es que nuestra casa era la Casa de la Sentencia, lugar singular desde donde arrancaba la procesión del Viernes Santo en Semana Santa, el Vía Crucis. Esa era la tradición y por ello el padre Cadavid entró a mi casa a organizarlo todo, de forma muy natural, sin duda ninguna. A los pocos minutos empezó la primera estación: Jesús es condenado a muerte. Mi casa era el lugar desde el cual Poncio Pilatos dictaba la sentencia y la multitud que había al frente de mi casa oía atenta, tal como sucedió hace 2000 años en Jerusalem. Sacaron el agua y la ponchera y el padre se lavó las manos, para que recordáramos el famoso episodio.
Mi casa era en verdad el lugar más apropiado. Tenía un porche al frente, techado y amplio, con barandas, elevado sobre la calle, desde el cual se podía ver toda la multitud y desde el cual la escena de la sentencia discurrió maravillosamente, mientras nosotros nos sentíamos importantes y únicos, contemplando aquel gentío, pendiente de lo que sucedía en nuestra casa. En la semana siguiente me reconocían en la escuela Carlos Franco, señalándome, ¿Vos sos el de la casa de la sentencia?

* * *

Nuestra casa era de tapia, antigua, cómoda, con zaguán y patio interior, donde jugábamos fútbol, sin quebrar jamás un vidrio, a pesar de las zozobras de mi madre, que sufría pensando que si el vidrio se quebraba habría que pagarlo. Estaba situada al frente de la antigua fábrica de paños Vicuña, hoy convertida en Centro Comercial Los Molinos. Era un día cualquiera y oíamos la radio en familia a las 7 de la noche, cuando se empezó a sentir ruido de gente en la calle. Salimos y de pronto nos dimos cuenta de que un gran incendio había estallado en la fábrica, a todo el frente de nuestra casa y que el porche del frente estaba repleto de personas que contemplaban el espectáculo, ardiente y excitante, de la fábrica en llamas. El cielo se iluminó de un naranja ardiente y los comentarios eran ricos en negros presagios. Nosotros pensábamos: ¿Y si de pronto las llamas llegan a nuestra casa? Pero el miedo se disipó cuando llegaron los bomberos y fueron apagando las llamas, en medio de la admiración de los presentes. De nuevo nuestra casa se convirtió en lugar importante y privilegiado, el mejor lugar para contemplar el incendio de Vicuña.
A propósito de Vicuña: Al frente de nuestra casa había un muro de ladrillos muy bien construido que remataba en una reja muy elegante, separando la fábrica de la calle. Más allá de la reja, estaba una cancha de fútbol que era la envidia del barrio por tener un césped verde, precioso, donde entrenaba el equipo de los trabajadores de la fábrica. Nos subíamos al muro y a través de la reja veíamos a los jugadores haciendo maravillas con el balón y ellos, sabiendo que tenían público, se lucían.

* * *

Un día domingo estábamos desayunando en familia, cuando se oyó en la calle un estruendo enorme, como si se estuviera acabando el mundo. El ruido se sintió bien cercano y la casa tembló, así que mi madre dijo: hay un terremoto y se va a caer esta casa, salgamos a la calle. Al salir, vimos una escena terrible: nuestro porche en el piso, destruido, en medio de un polvero y un enorme desorden. Pilas de cañabrava y de tejas estaban amontonadas en el suelo. De pronto comprendimos qué había sucedido: Una grúa de las Empresas Públicas de Medellín había golpeado el poste principal que sostenía el tejado del porche, al dar una vuelta en la calle y este se vino abajo con gran estruendo. No hubo una tragedia de milagro, pues el porche era un lugar de juegos en las mañanas de los domingos, pero estábamos desayunando dentro de la casa. Yo pensé: Y ahora, ¿De dónde sacaremos plata para arreglar todo esto? Pero mi padre dijo con enorme seguridad y tranquilidad: Empresas Públicas hizo el daño, ellos lo arreglarán. Así fue, en menos de un mes teníamos porche nuevo. Lo cierto del caso es que mi casa se convirtió de nuevo en centro de atención y de curiosidad.

CRONICAS DE BELEN: OSCAR GIRALDO MESA

PARQUE DE BELÉN
Oscar Giraldo Mesa.

La iglesia de la vieja foto tiene una torre central en el frontispicio y una cúpula, la actual, en el ábside. Una casona de alta portada con reja sobre un muro y la escuela Rosalía la escoltan a lado y lado. Dos caballos pastan en la manga del parque y unos árboles adornan el conjunto. No hay bancas, se ve un camino hacia la escuela, la calle está destapada y la tranquilidad por ausencia de moradores lleva a entender que Belén era un pueblo cercano a Medellín.
El padre Duque derrumbó la casa y construyó la Cural de ahora. Algún sacerdote o un sismo (para el caso, da lo mismo) tumbó la torre y en su lugar erigió las dos torres laterales con sus correspondientes cúpulas.
Aún no había llegado cronos cargado de relojes y navajas, con su caminado de caballero con armadura y su cohorte de súbditos que permutan y venden el tiempo troquelado en metales.
La torre, de sección cuadrada, tenía reloj en cada cara y de seguro nuestros queridos alcohólicos, con sus cuerpos momificados y las mentes destruidas por la FLA, se habrían deleitado viéndolos marcar diferentes horas.
Ahí mismo, en donde los caballos pulían el césped, se acomodan hoy nuestros campesinos que traen de la montaña (o de la plaza minorista) sus comestibles térreos para ofrecer cada semana a los habitantes tradicionales del parque.
La santidad y rigidez del padre Duque no admitían escotadura en la camisa ni vestidos ceñidos que distrajeran la solapada mirada de los varones hacia las damas. Hoy, todos los pensionados contemplan tranquilamente a las mujeres, algunas cargadas de silicona, que nos hacen recordar que nuestra finca se llama Parque de los pájaros caídos.
Las maldiciones sacras hicieron desaparecer el vecino teatro Mariscal: penumbra complaciente que cobijaba los besos furtivos de los enamorados que se escapaban hacia el cine para deleitarse con ese pecado sublime, hoy mandado a recoger.
De aquellos caballos, han migrado hasta sus fantasmas. Hoy, como representante de la fauna, en una esquina del parque duerme un perro de color indefinido, alérgico al agua y cuya lengua negra despabila a los mendigos no autorizados por el alcalde.
Siempre, tiene quórum el parque; hay reemplazos y muchos lugares están separados por personas que se incomodan si encuentran ocupado el lar. En la mañana, un grupo de académicos intercambian conocimientos y corrigen el país mientras queman calorías con las continuas vueltas al predio. Regresan a la querencia y descansan para volver a la rutina.
A la hora del almuerzo rebaja la asistencia y después de la siesta, cuando los árboles crecen más despacio y en silencio, una dama preside un cenáculo para entonar el rosario por las intenciones de los jubilados pensionados en el cielo. Entre los apóstoles está la vendedora de bananos que a precio justo los ofrece y espera que el comensal devuelva la cáscara para llevarla a la basura.
Hacia las diez de la mañana, en el lado oriental, un señor con pantalón marca AC, camisa ídem, gafas y celular, mantiene vigente el corazón mediante una interminable caminata alrededor de un rectángulo imaginario
Las palomas vuelan de las cornisas del templo a la alberca refrescante vecina al Libertador en estatua vertido. Mitigan la sed, se bañan con pudor y regresan a la iglesia a defecar el granito que colapsará hacia el final del universo.
Cada mes llegan los artesanos a ocupar una amplia zona. Hay ventorrillos y cuerdas por doquier, quien camine descuidado puede llegar a ahorcarse en un cable eléctrico. El pueblo disfruta con los artífices de pulseras, relojes chinos, panelitas de coco, discos compactos, música pirata, libros para llegar raudo al paraíso y hasta ropaje de lana traído desde Ecuador con indio incluido.
Esta feria aporta su propia soledad y los jugadores de dominó deben suspender sus apuestas de altos caudales hasta que el parque quede listo para la llegada de un castillo inflado con un soplador de aire para divertimento de los niños.
Quien cuente las zancadas y los recorridos del loco Iván puede hallar una fórmula matemática (sin logaritmos) para calcular el área exacta del parque de acuerdo con las fases lunares. Y quien haya degustado a Víctor Hugo, el francés, podrá comprobar que ese giboso, cortito de estatura y peludo que se hace cerca de la ferretería es su jorobado escapado de Notre Dame de París.
Algunas personas, con razón o humor, ¡vaya a saberse!, llaman a este Parque de Belén, la Planta de acabados. Es ésta, una zona que respira amistad, aceptación y armonía entre todos. A veces creo que este parque es el verdadero atrio del templo vecino. Sólo falta entre los contertulios, un clérigo.
Como lugar público tiene la vigilancia de los vendedores de suerte encarcelados tras los barrotes de sus propias celdas.


DE UN ORATE CON CUERDA
Oscar Giraldo Mesa.

Le pido el valor de X para llegar a cinco desde dos. Me mira desde sus ojos desorbitados, pasea la lengua por la huella de su dentadura en ambos maxilares. Antes de invitarlo a desayunar le solicito que me acredite su credencial de profesor de álgebra mediante la resolución del problema. Arruga el papel y lo esconde en la chaqueta que se ha mimetizado hasta alcanzar el color pardo de la piel del hombre.
El hambre le hace sorber sin precaución el primer trago de café calentado cerca de la ebullición; cual serpiente airea la lengua por la boca desdentada y amaina la temperatura engullendo pedazos de pan que se ven descender por la garganta.
Lo había visto caminar a paso largo, las manos las balanceaba al unísono con la chaqueta que bailaba al vaivén del cuerpo, como atalayado miraba desde su demencia y lanzaba improperios contra los paseantes del Parque. No había reacción alguna contra el loquito, todos lo ignoraban y alguna vendedora de lotería decía: Hoy si que está mal Iván, debe tener hambre.
El lustrabotas me golpea en un zapato, el Loco del Parque me enfrenta con la grande y yo le tiendo la mano con unas galletas. Avanza a zancadas hasta la cabina del teléfono de los taxis, cavila y regresa por las galletas cuando compruebo el brillo creado por Lucho. Las desenvuelve ansioso y agradece con timidez.
Este acercamiento a Iván me ha deparado, desde entonces, un trato personal en que éste hace un oasis en su desvarío, saluda, lo invito a comer algo y le pido me agradezca con un insulto. Me ausculta y apunta: eso es para los otros. Se escabulle y vuelve a su trabajo de insultar, aún a los policías, en medio de la indiferencia más respetuosa del pueblo.
Los taxistas del Parque lo molestan con cariño; el perro negro, especie de león trasquilado, no le ladra; Cuasimodo, mendigo encorvado lo mira indiferente; sólo el desaparecido cojo del pasadizo de La Céspedes lo insultaba y no permitía se le arrimara. Algunas personas aseguran que su locura procede de la soledad posterior a la muerte de la madre. Muchos lo recuerdan cuerdo cuando vendía escobas que él mismo fabricaba.
He descubierto a un ser atormentado por la soledad, enloquecido por las voces interiores que lo reclaman desde otro universo, desarraigado de su propia casa por los malandrines y por el Estado que tomará su vivienda por no pagar impuestos y que sólo encuentra descanso, a pesar de sí mismo, en una clínica que desdobla su identidad con sedantes.
Cuando regresa de “allá arriba, en Robledo” lo veo taciturno, caminando al borde de la levitación y que trata de hacerme entender su dominio de lenguas que su cerebro atropellado despide en jerigonza.
Hace mucho desapareció del Parque. El niño lotero me asegura encontrarlo en las escaleras del F2 y una señora vendedora de tiempo en celular me recomienda ir a las cercanías de la escuela Valencia. Todo ha sido inútil, creo que lo han llevado para “allá arriba” después de adormecerlo con tranquilizante mezclado en algún alimento, cosa que el siempre ha sospechado.
Todos lo conocen y extrañan en el Parque, muy pocas personas saben de su familia, él mismo ignora su edad, en ocasiones habla con propiedad en términos castrenses y parece olvidarse de él mismo cuando se sienta con la cabeza entre las manos y fuma hasta quemarse los dedos con la colilla.
De seguro tuvo cariño maternal, jugó con la lluvia, persiguió globos, robó frutas y disfrutó a plenitud las mangas del antiguo Belén. Debió maltratarse en las incómodas bancas del Teatro Mariscal, seguro incumplió alguna norma del Padre Duque impartida desde el púlpito barroco y se embriagó en el quiosco frontal al actual Bancolombia.
Alguna vez se cansó de la rutina de las personas normales y creó sus propios fantasmas que invadieron su interioridad hasta llegar a hacerle creer con certeza que sólo él era cabal entre todos los locos, normalmente anormales, que habitaban el Parque como su propio feudo.
En ocasiones creo que somos seres imperfectos que por no querer comprender la locura tenemos que presumir de ser depositarios de la cordura.
Si ven a Iván, él suele destacar su apellido: Franco, díganle que un loco lo está buscando con un par de tenis de segunda envueltos en una bolsa plástica no biodegradable del Éxito.

Con cariño para Iván