lunes, 27 de junio de 2011

CRONICAS DE BELEN: JOHN SALDARRIAGA LONDOÑO

EN BELÉN, CRISTO PADECERÁ DE NUEVO
John Saldarriaga

Oíd, sabios Doctores, lo que Jesús de Nazaret, dice de los Doctores de la Ley...
En el fondo del amplio salón parroquial, Enrique Isaza recita de memoria su libreto. Es Pregonero, un fariseo que ha tenido por misión acumular toda la información posible sobre Jesús, ese falso profeta de Gali1ea, el hijo de un humilde artesano y que se autoproclama Rey - Hasta cuándo vamos a permitirlo..., y la ha cumplido para que ellos, los Doctores de la Ley, tengan más argumentos a la hora de tomar su decisión frente a ese hombre que revolucionaba el ambiente y se convertía en un peligro para los intereses del imperio romano en ese entonces. Pero no se conforma con darles la información, sino que los insta a tomar la drástica decisión, interviene, acusa, acosa.
Sostiene el rollo de unos anchos pergaminos en su mano izquierda. Su mirada directa y firme, el tono de su voz solemne y su discurso grandilocuente, intimidan la columna cuadrada de cemento que sostiene el segundo nivel del lugar, el mismo en donde funcionó una emisora de radio. Y hace temblar la soledad que tiene enfrente. A unos pasos de él, hombres y mujeres se visten en túnicas y parecen meterse en el tiempo pretérito. Otros caminan de aquí para allá llevando espadas, lanzas, corazas, turbantes. Y sujetándoselas en sus cuerpos.
Enrique o el Pregonero, espera que los Doctores de la Ley y los soldados y Jesucristo y los apóstoles Pedro, Juan y Santiago y la Virgen María y la Magdalena terminen de llegar y de vestirse para comenzar de una vez por todas. Pero hasta su rincón llegan dos noticias. La primera, no tan grave: que no todos trajeron el vestuario y otros, no lo trajeron completo. La segunda, un tanto anómala: que Jesucristo no vendrá esta noche al ensayo porque en la fábrica lo dejaron trabajando horas extras. Entonces de Él hará, por hoy, quien habitualmente hace de Poncio Pilatos, Orlando Mesa.
¡Raza de víboras!...
No hay problema, piensa, Orlando fue por mucho tiempo Jesucristo, como nueve años, hasta hace tres que comenzó a hacer de Procurador romano de Judea, de modo que se sabe los diálogos.
Judas Iscariote desdobla su túnica sobre la mesa, junto a Naún. Se quita la camisa de todo el día y muestra su humanidad quemada por el sol, abultada por una alimentación alta en grasas y harinas. El Jesucristo de esta noche se acerca. Camina de aquí para allá, de allá para acá revisando todo; es un líder y anima a su grupo para que empiecen el ensayo de una vez por todas.
¿Quién de vosotros puede agregar a su estatura un codo? ¿Quién de vosotros puede hacer que se vea blanco uno de sus cabellos que no tenga dicho color?
Y como hoy se trata de un ensayo para la puesta en escena de Semana Santa, los Doctores de la Ley no se sientan en butacos de madera como hace mil novecientos setenta años, o como lo hacen en los días santos ante esa multitud enardecida de Belén Rincón, entre la que sudan y sufren como ocurrió en aquel tiempo, sino en sillas plásticas de esqueletos metálicos. Y Caifás tiene pantalón por debajo de la túnica. Es como si el pasado y el presente, las culturas judía y colombiana se debatieran o se abrazaran en un sólo hombre.
El único que se ha vestido completamente es Conrado Mesa, el soldado "malo". Su armadura, su lanza, elaboradas por ellos mismos durante los días previos a la puesta en escena, así como sus sandalias y su túnica, hacen ver a las claras que se trata de Malco, el guardián del Sanedrín que debió tomar preso al galileo. Leed bien las Escrituras: en ellas dice que de Galilea jamás saldrá algo bueno.
“Nunca he dejado de ser Malco; no puedo ser otra cosa", dice Conrado." "Y, además, ya me he ganado demasiados sombrillazos de la gente de Belén Rincón y tantos madrazos por tratar de esta manera a Jesús, como para cambiar de personaje".
¡Necio! El que hizo lo que está afuera, ¿no hizo también lo que está adentro?
Conrado es cofundador de este grupo teatral. Desde la cumbre de sus setenta y cuatro años recuerda que Belén Rincón era, en 1962, un pequeño caserío en el que se albergaban unas mil o mil doscientas personas. Y él, junto a Hernando Agudelo y Ramiro Porras, y bajo la orientación del padre Arturo Ramírez —un entusiasta hombre de iglesia que acompañó el desarrollo del barrio con notas de concertina, ese acordeón de forma hexagonal—, tuvieron la idea de representar la Semana Santa en vivo, pues, no tenían plata para comprar los pasos con santos de pasta, como se acostumbra en los templos. Para colmo de su buena suerte, en Amagá habían abandonado la propuesta de seguir representando la Pasión y Muerte de Jesucristo de esa manera teatral y los rinconeños decidieron ir hasta allá para hacerse a los libretos, que complementaron con base en la Biblia y el libro El mártir del Gólgota. “Por allá en los comienzos, nos vestíamos con camisas y pantalones anchos y pintados, solamente. Esto de usar vestuario y utilería adecuados, vinieron después para darle mayor realismo. ¡Pero es que las cosas tienen principio!"
Es el padre de Pilatos; o, mejor, de Orlando Mesa, quien representa a ese francés que ofició del Procurador Romano. Pero, ¿Para qué diferenciarlos? ¿Por qué no decir que Conrado o Malco es el padre de Poncio, si el actor se mete en su personaje y lo encarna y es él durante un tiempo? ¿Si vive su vida prestada, o al menos, un episodio de ella? ¿Si el actor es un ser y muchos seres? No nos enredemos en este asunto. Por cierto, Orlando dice que siendo Poncio no sufre tanto como cuando era el Mesías, por obvias razones. Su padre, Malco, lo fueteaba de veras, aunque él le dijera en voz baja, "¡Papá, me estás dando muy duro!" y el viejo y fuerte guardián debiera contestarle: "¡No es a usted, mijo, es a Jesús!" Y mientras el guardia de los Doctores recibía el sombrillazo de las señoras conmovidas por semejante trato a Nuestro Señor, éste veía cómo a su paso las mismas damas le tocaban la túnica y el sudor y se persignaban, devotas, y sentía que la Corona de Espinas le hacía sangrar la frente y hasta le dejaba una cicatriz de verdad.
Y hasta la sangre de Zacarías os hace indignos de entrar adonde está el Padre...
"¡Empezamos!, grita Orlando Mesa, ya vestido con su túnica inconsútil. El Pregonero comienza su representación ante los Doctores de la Ley. Estos escuchan y reaccionan furiosos. Oíd, sabios Doctores, lo que Jesús de Nazaret, dice de los Doctores de la Ley... ¡Raza de víboras!...
¿Hasta cuando vamos a permitirlo?
Él dice que construirá el templo de Jerusalén en tres días...
Judas entra en escena con esa consabida intensión de vender al Hijo de Dios. Malco talla su humanidad con la espada. Pero es un negocio rápido que conoce todo el mundo. Te extrañas de que venda a un amigo. No soy el primero ni seré el último... Yo soy su enemigo...
Caifás arroja las monedas a los pies del traidor. Él no opondrá resistencia. Entregará sus manos para que las atéis...
Hace algunos años, la compañía teatral llegaba hasta el episodio de la muerte de Judas, el desprejuiciado, el pragmático: La horca. Pero la Iglesia ha prohibido esta escena, así como la crucifixión, por su carga de violencia. Es a mí al que buscas... Yo soy el que soy... Y tú, ¿con un beso entregas al hijo de Dios?
Una Virgen de senos voluptuosos llora desconsolada ante su hijo amado, hecho preso. Ante las rejas de ese falso profeta de Galilea, el hijo de un humilde artesano y que se auto proclama Rey —Hasta cuándo vamos a permitirlo... ¡Crucifícalo!, ¡Crucifícalo! ¿Hasta cuándo vamos a permitirlo?

Colofón

Conrado Mesa es también Machuca. Un payaso que ha hecho reír a Belén Rincón durante mucho tiempo. Durante un tiempo, formó pareja con Aníbal Calle, quien hace de Judas Iscariote. Este era Raspadura. En otro tiempo, con Patachín. "Pero esos personajes están colgados desde hace tiempos".
Porque el veterano hombre de tablas recibió formación actoral en Eduvisión, de Inravisión. Sus maestros fueron Delio González e Iván Betancur Tolosa.
Cuenta que entre 1993 y 1998 no representaron las escenas santas para Belén Rincón, porque el sacerdote que hubo entonces no gustaba de ello. Pero no se quedaban quietos. Los llamaban de Las Violetas y otros lugares de la ciudad y hasta de Popayán, donde sí saben qué es Semana Santa.
El grupo no reduce su arte a las escenas bíblicas —que dan cuenta de todos los pasos de la Semana Santa: de Domingo de Ramos a Sábado Santo, incluido el miércoles— sino que los ha impulsado a montar, entre otras obras, El médico a palos, de Moliere.
Orlando, por su parte, se gana la vida haciendo decoraciones en altorrelieves de yeso. Hace unos días hizo aplicaciones en el Santuario de las Lajas, en Ipiales. Pero el trabajo está malo en estos días. Lo otro que sabe hacer es conversar, "pero por eso no le pagan a uno".
Enrique Isaza enseña el teatro en un colegio del sector. También con El Tinglado y con actores de la Universidad de Antioquia.

CRONICAS DE BELEN: OLGA HELENA MARTINEZ GOMEZ

UN DÍA DE LLUVIA
Olga Helena Martínez Gómez.

Cuando salía diariamente a estudiar hacia el colegio de la Inmaculada iba a pie y solía irme despacio. Pasaba por El Barrio de Jesús y a veces, cuando salía con más tiempo, me sentaba unos minutos en la banca de un pequeño parque cercano a mirar las montañas del frente y a pensar qué haría cuando fuera adulta. Tenía el presentimiento de que mientras más metas lograra en mi vida, más cerca estarían de mí aquellas montañas. Después seguía mi camino y pasaba por un costado de la estación del F-2 para seguir en línea recta por la carrera 76 hasta llegar a la puerta del colegio. Solían tocar un disco en vez de la acostumbrada campana para la entrada en la mañana y la salida al mediodía. Colocaban las melodías de Richard Clayderman, y con particular insistencia la canción “Amor se escribe con A”. Todas esperábamos ansiosas aquella melodía para salir a nuestras casas, pero hubo un día que hizo demasiado frío y no cesó de llover a la hora de la salida. La mayoría vivíamos cerca, así que estábamos acostumbradas a irnos caminando, pero aquel día ninguna pudo salir por sus propios medios. Nos sentamos a esperar a que terminara de llover pero arreciaba con más fuerza como si el cielo tuviera una misteriosa razón para dejarnos por un rato más en el colegio. Comenzamos a charlar durante la espera; Luz María decía que podíamos irnos corriendo hasta su casa pues quedaba detrás del colegio San Carlos el cual estaba a un paso de donde nos encontrábamos; Vicky insistía que sería una buena experiencia correr y jugar bajo la lluvia y Mónica nos invitaba a almorzar a su casa que quedaba en la Urbanización La Palma. De pronto comenzaron a llegar los padres de muchas de ellas en sus carros. En cuestión de media hora sólo quedamos cinco niñas de casi un centenar que estábamos esperando. Nos miramos y pensamos lo mismo. Tal vez no podrían venir por nosotras. En mi caso sabía que tendría que esperar a que amainara la lluvia pues mi padre estaba de viaje y mi madre no sabía conducir el automóvil. Mientras pensaba en ellos llegaron por otras tres. Quedamos sólo dos. La otra se llamaba Teresita y de pronto dijo:
–Ya vendrán por mí. Es que vienen desde Laureles y como las calles están mojadas se están demorando un poco.
Tenía razón, a los diez minutos ya se había ido. Al ver que estaba sola y que el frío se escurría con rapidez dentro de mi piel, no pude evitar que mis lágrimas salieran y entibiaran un poco mi rostro. Cuando ya había hecho acopio de todas mis fuerzas para caminar bajo la lluvia y me dispuse a bajar las escaleras para llegar a la salida, observé que una bicicleta verde se aproximaba a la puerta. Cuando estuvo más cerca pude ver quién era. Era Gustavo, mi hermano mayor. La felicidad me embriagó de inmediato. Llevaba puesto un impermeable pero no le había servido de nada pues estaba completamente empapado.
—¡Galena, te vine a buscar para llevarte a la casa!— me dijo esbozando una bella sonrisa de niño bueno que aún conserva en su rostro cuando sonríe—. Mi mamá no está y yo decidí recogerte.
—¡Muchas gracias Nino! ¡Muchas gracias!— le dije, pues así solía llamarlo. Mientras brincaba a su lado le di un cálido abrazo que aun guardo en mi memoria.
Él me acomodó lo mejor que pudo en la barra de la bicicleta y me colocó con delicadeza el otro impermeable que había traído para mi. Yo me sentía la más afortunada del mundo, contaba con mi hermano en medio de aquella tempestad y no le había importado mojarse.
Cuando me monté Nino comenzó a pedalear con dificultad, sentí su respiración forzada en mi espalda y su esfuerzo para hacer mover la bicicleta por mi peso adicional. Salimos por la carrera ochenta, seguía lloviendo pero a mi ya no me importó. Poco a poco la bicicleta fue cogiendo impulso y ya para mi hermano no fue tan difícil continuar. Estaba feliz, las gotas heladas que caían sobre nuestro cuerpo parecían ahora un juego más y deseé alargar el paseo antes de llegar a la casa.
—¡Sigamos montando Nino! —le dije con euforia—. ¡Vamos a comer pastel al parque!
—Bueno, pero no le diga a mi mamá —me contestó entusiasmado después de pensarlo por unos momentos.
Cuando llegamos a la intersección con la calle treinta mi hermano volteó y comenzamos a bajar hasta el parque. Nos detuvimos en la panadería Pan Pluff que considerábamos la mejor de Belén. Nino me invitó a comer pastel de arequipe que era mi preferido y nos sentamos mojados, sintiendo que había sido un día maravilloso a pesar de la lluvia. Después de aquel día tuve la plena seguridad de que siempre contaría con mi hermano en los momentos difíciles. Y no me equivoqué, porque continuó llegando a mi vida con un impermeable nuevo en cada tiempo de lluvia, su sonrisa optimista y con el poder de un mago para cambiar el tono gris del día por uno añil soleado. Cuando salimos ya había dejado de llover. Nino volvió a subirse a su bicicleta, se quitó su impermeable y me dijo sonriendo:
—¡Vamos Galena, el mundo es nuestro!


UN DIA CUALQUIERA EN MI BARRIO
Olga Helena Martínez Gómez.

Cierro mis ojos y mi memoria vuela vertiginosa hacia tiempos atrás cuando era apenas una joven y vivía en el barrio Belén - Linares al sur occidente de la ciudad. Acabábamos de trastearnos y la urbanización en donde viviríamos la habían construido hacía poco y constaba de un centenar de casas multicolores que se parecían un poco al antiguo barrio argentino “Caminito”. No se asemejaba por los tangos ni por ser una zona de encuentro de los pescadores de la región sino por el colorido y la vivacidad de sus moradas. Como en Caminito, las casas estaban pintadas de vivos colores que le daban al barrio un ambiente alegre y pintoresco. La mía era de color naranja y las de mis vecinos más cercanos eran azul y café. Pero a unos metros más estaban las azules, las rojas y las amarillas. Llegó a ser tan importante el color de cada casa que por mucho tiempo identificamos a los vecinos por el color de las fachadas de sus hogares.
Recuerdo con nostalgia aquellas veladas de mis padres con los vecinos. Solían sacar varias sillas a la acera y una mesa redonda para poner las copas y la botella de aguardiente. Ellos tomaban y hablaban de sus anécdotas laborales, de fútbol o de algún pormenor cotidiano que recordaban, y luego, cuando la alegría se diseminaba a través de la sangre en compañía del etanol, aumentaban el volumen del equipo de sonido y los tangos como “Cambalache”, “En esta tarde gris”, “Nostalgia” y varios boleros como “Amar y vivir”, “Usted”, “Morir soñando”, sobrecogían la cuadra entera. De pronto se oía la voz detonante de Gonzalo quien era el que primero se embriagaba y comenzaba a molestar a mi padre porque mi perro se había acostumbrado a orinar en su jardín. Luego seguía Nevardo con su voz ronca y pausada que con unos tragos de más se tornaba aguda y vivaracha. Más tarde escuchaba la voz de mi padre gritando mi nombre o el de alguno de mis hermanos porque no nos veía en nuestra cuadra en donde solíamos jugar escondidijo, chucha o quemado. Una hora después llegaban ellas, sus abnegadas esposas con algo de comer para “bajar los traguitos”. Ellos no vacilaban en invitarlas a su lado para que compartieran aquel alegre momento y era cuando mi madre los invitaba a todos a pasar a la casa porque ya era tarde y el bullicio podía molestar a los otros vecinos. Fue en una de esas noches cuando recibí la visita de mis primeros amigos. Me sentaba en la acera de mi casa a hablar de poesía con Carlos o a compartir algún escrito con Mauricio o a hablar sobre experiencias del colegio con Hernando. La noche se iba rápida y era maravillosa sin que hubiera necesidad de un beso o una caricia. No se si era porque estaba muy joven aún o porque mis padres desde la sala me asediaban con frecuencia.
En aquel barrio había mucho en que distraerse pues el grupo de jóvenes sumaba casi treinta. Cuando nos juntábamos éramos el terror del barrio pues no faltaba el vidrio roto o los improperios de alguna anciana enferma. Recuerdo a mi amiga Ingrid con quien acostumbraba a competir por ser la mejor en cada juego y posteriormente por tener el mayor número de pretendientes.
Cuando mis padres conocieron mejor los otros vecinos del sector fueron más laxos en mis salidas, claro que casi siempre estaba conmigo alguno de mis hermanos que también quería jugar. Nos gustaba montar en bicicleta y nos recorríamos a Belén entero. La carrera 70 era nuestra zona predilecta pues apenas la estaban construyendo y era la calle más larga y más recta de la zona en donde podíamos montar sin peligro.
También me gustaba salir por los alrededores en compañía de Pipo, mi adorado perro que nació en aquel barrio. Cuando creció un poco fue mi asiduo compañero de caminatas. Cierto día, después de llegar del colegio decidí salir con Pipo un poco más allá de la urbanización. Era un ambiente apacible en donde se escuchaban las risas de los niños en las calles o los vozarrones de los vendedores ambulantes de frutas o verduras. Eran casas sencillas pero bien cuidadas en las cuales se veían a las amas de casa limpiando en los balcones o barriendo en las aceras. De pronto el cielo se tornó plomizo y la lluvia cayó de improviso sin darme tiempo para devolverme hasta mi casa. Corrí lo más que pude arrastrando a mi perro para que no se mojara. Por fin encontré una gran construcción de cemento de forma hexagonal. No sabía que era aquello, así que pensé en guarecerme un rato de la lluvia y los relámpagos. Llegué por uno de sus costados y estaba cerrada la entrada, corrí hasta la siguiente puerta que era más grande y estaba abierta de par en par. Al entrar me percaté de inmediato al sitio que había llegado. Seguí sin hacer mucho ruido en compañía de Pipo que estaba asustado por la tormenta. Pensé en dejarlo afuera pues se trataba de la iglesia del barrio, pero mi perro no estaba acostumbrado a estar solo, ni siquiera en mi casa, así que me tomé el atrevimiento de dar unos cuantos pasos más adentro con él. Cuando ya no pensé más en el temor de ser descubierta, pude reparar todo mejor. Caminé por el centro de la nave y algo me hizo mirar hacia arriba, mis ojos quedaron atrapados de inmediato ente aquel espectáculo. Se trataba de una gigantesca cruz de madera que sostenía a Jesús moribundo y semidesnudo. Era semejante a cualquier cristo pero su tamaño descomunal no tenía comparación con ninguno. Nunca había visto un cristo de aquellas proporciones, además aquella semipenumbra que lo iluminaba de forma particular impresionó aún más sentidos. Nunca olvidaré aquellas manos colosales sostenidas por clavos enmohecidos y salpicadas de sangre, ni el color pálido de su rostro. Por largo rato contemplé aquella figura que parecía real para un mundo de gigantes y olvidé el resto de la iglesia. Cuando salí un poco del asombro y me dispuse a recorrer las otras naves del recinto advertí que ya había escampado y de nuevo el temor de ver entre los candiles algún hombre de sotana y ser sorprendida con mi perro me hizo huir. Corrí hasta mi casa y le conté a mi madre mi encuentro cercano con aquel cristo colosal.
—Es la iglesia de San Bernardo hija— me dijo con gracia al ver aún el asombro en mis ojos.
Hace muchos años que no visito aquella iglesia pero al pensar en ella me sigo asombrando con su tamaño, pues en ninguna parte del mundo en donde he visitado iglesias, he encontrado aquel tamaño de cruz. Si alguna vez fuera de nuevo, espero que aquel cristo de madera me vuelva a conmover como lo hizo aquella tarde de invierno al lado de mi perro Pipo.

CRONICAS DE BELEN:OSCAR RESTREPO BAENA

UNA VUELTA POR LA CÉSPEDES
Oscar Jaime Restrepo B.

Suelo ir a Belén con mucha frecuencia y aunque no vivo allí sigo perteneciendo al barrio, por lo menos así lo siento. Creo que uno es de donde quiere ser y no importa si vive en otro sitio, mientras por su cabeza se crucen imágenes que lo amarren a ese espacio en el que están referenciados muchos momentos de vida.
Por mi mente cruzan con frecuencia imágenes sin tiempo, pero con lugar y muchas de ellas se refieren a los sitios en los que jugué de local, en los que me sentía propio y hasta propietario, aunque no tuviera nada contable o atesorable; en verdad, puros espacios por los que estaba dispuesto a pelear y a defender por encima de otras cosas que tal vez si fueran tangibles. Estoy hablando de las calles del barrio Granada y sus geografías, La Cuadra y mi Casa, la Canalización, el San Juan Bosco, el Bar Coba, el Puerto Granada, la Tienda de don Guillermo, La Selva de Tarzán y hasta la Casa de doña Ligia. Algo similar sucedía con los sitios cercanos, el Parque de Belén, la Unidad Deportiva, las calles de San Bernardo y por supuesto la Céspedes.
La Escuela Juan María Céspedes era el espacio natural donde estudiábamos los “pelaos” que vivíamos en el Belén de los 70´s. Opciones había, pero la Céspedes era inigualable. Y no estoy hablando de nivel académico, estrato social o consideraciones especiales de formación, simplemente era la escuela pública que nos iba a recibir y de la que aspirábamos egresar, tal como lo habían hecho los “grandes” del barrio. En la Céspedes había fiestas y paseos, pero también tareas y si nos iba bien, al terminar quinto podíamos pasar al Marco Fidel o al Liceo Antioqueño. En la Escuela íbamos a encontrar eso y mucho más.
Entrar a la Escuela Juan María Céspedes era adquirir un estatus que daba orgullo y cuando a uno le preguntaban dónde estudiaba, levantaba la cabeza y lo decía duro, “en la Céspedes”. Hoy después de tantos años, me pregunto cual sería la razón y lo que más me suena es que la escuela tenía el mejor equipo de fútbol escolar y año tras año disputaba las finales en los campeonatos de la ciudad. No lo sé, tal vez esté escribiendo con nostalgia, pero no encuentro otra explicación, pues las escuelas del barrio en aquella época no se diferenciaban mucho entre ellas.
Cuando entrábamos a la escuela lo recibía don Diego, el rector, un personaje singular, quien era al mismo tiempo una mezcla de maestro estricto y bacán de barrio (creo que era de La Loma). Sobre él recaía la disciplina y la organización de la escuela y todos los maestros le debían respeto, pues él lo tenía bien ganado. Don Diego organizaba las fiestas y participaba en ellas, definía las actividades académicas y coordinaba los cursos, daba felicitaciones y no se perdía partido de fútbol, pero no le faltó nunca autoridad para el control y caer en sus manos era un verdadero suplicio, ya que sus castigos eran famosos; todos sentíamos temor de ser reportados a la rectoría, porque ello significaba tener que firmar el libro de disciplina y esa era la peor falta que se podía cometer.
La disciplina de la Céspedes, supongo, no era muy distinta a la que existía por aquella época en las otras escuelas públicas de los barrios de clase media. Allí estaban las profesoras estrictas (“La Señorita” era la manera de dirigirnos a ellas), siempre pendientes de garantizar el silencio y de evitar cualquier conato de insurrección, sobre todo de los más pequeños; los profesores charlatanes y los solapados, estos últimos muy serios con los colegas y padres de familia y muy relajados en el salón de clase; con ellos aprendimos los primeros chistes de “alto calibre” y también a poner apodos que hoy en día todavía nos hacen sonrojar, aunque también mucho nos quedó de Historia y Ciencias Naturales; todo hay que decirlo.
De los profesores recuerdo a, doña Olga, doña Leticia, don Jairo, doña Ligia, don Nolasco, doña Cecilia, doña Amparo, don Hernando, don Norberto, doña Cita, John Jairo, doña Dora, don Mario y muchos más; entre ellos había de todo, desde la señora muy respetable, cuyos hijos eran nuestros compañeros, hasta el recién graduado que hacía sus primeras experiencias docentes con nosotros; el homosexual no declarado que de vez en cuando dejaba entrever sus tendencias y el fanático religioso que trataba de adoctrinarnos en sus creencias; la “Señorita” de tercero, elegante y dulce y el gordo de cuarto que usaba el mismo vestido meses enteros y dejaba su halo inolvidable a su paso. También había allí otros personajes como El Loco, entrenador de la selección de fútbol, árbitro de micro, reparador de edificios, guardián de exámenes, en fin, todo lo que se requiriera, un personaje extraño y oscuro, quien nos generaba temor, mas no respeto. Nunca supimos por qué estaba allí o quién le pagaba, ni cómo se llamaba; creo que esas preguntas nunca las hicimos.
Cuando hago memoria de la Escuela Céspedes no puedo dejar de pensar en las calles del barrio que tenía que recorrer para ir a estudiar, las travesías por Granada para salir al parque, los caminos secretos de Patuca y los recovecos de Miravalle. La ubicación de las tiendas que vendían objetos raros para mostrar a los compañeros o la última construcción donde se iba a ubicar un nuevo almacén. A veces ir a la escuela era ya un paseo porque siempre era posible ir en busca de algo nuevo en un Belén que se trasformaba más rápido de lo que éramos capaces de procesar. Por eso sentíamos cierta lástima, y no envidia, por los compañeros que vivían frente a la escuela y no tenían que levantarse temprano o que incluso, durante el descanso, podían ir a la casa a tomar la media-mañana.
En aquellos años los alumnos de Belén no nos diferenciábamos entre ricos y pobres, éramos los de la Céspedes y los de otras escuelas, no del barrio donde vivíamos. En el día a día aprendíamos a convivir y a compartir y por eso cuando fuimos al bachillerato fue fácil la integración. Tal vez lo que ahora se añora era el carácter masculino que tuvo la escuela durante muchos años, pues las niñas estudiaban en la Rosalía Suárez. Fue quizás en el año 78 cuando se recibieron las primeras niñas en la Céspedes y entraron a quinto de primaria. Debió ser muy difícil para ellas ser las pioneras, pues nadie más cruel que aquellos niños de entonces que perdieron su carácter exclusivo; muchos de ellos no perdonaron sus bromas y travesuras hacia aquellas niñas que se atrevieron a ser las primeras.
Fue en la escuela Céspedes donde aprendimos a valorar la geografía de nuestro barrio. Allí nos contaron que existía una biblioteca y que la podíamos visitar y disfrutar, porque nos pertenecía. Con los compañeros de clase fuimos a cine al teatro Mariscal, sin que nuestras madres se asustaran o nos cuestionaran. La clase de educación física nos enseñó a disfrutar la piscina de la Unidad Deportiva y de paso, ésta se nos volvió un punto de encuentro durante los fines de semana o las vacaciones. Por la escuela conocimos el Centro de Salud, donde nos enseñaron a cuidar los dientes y nos vacunaron. También conocimos la Iglesia de las Vacas en Altavista, El Cerro del Padre Manyanet y los Tres Morros, las mangas del Rodeo y el circo que llegaba a Las Playas y por supuesto, El Desierto, la gran cancha de fútbol donde años después se construyó una urbanización.
Estudiar en la Céspedes era algo más que ir a sentarse en los salones de clase y aprender muchas cosas, conocer mucha gente y disfrutar muchos sitios; era también conocer personajes ligados a la entrada y salida de la escuela como El Paisa aquel vendedor de cachivaches que se recorría toda la ciudad en una bicicleta llenando las ilusiones de coleccionistas principiantes; El Loquillo, vendedor de mangos que con una carretilla llena de mangos biches, agua de dudosa procedencia y sal grumosa y húmeda se paraba en una de las esquinas del parque de Belén tratando de captar la clientela de la Rosalía, la Céspedes y los visitantes ocasionales de aquel sitio.
Todos esperábamos con mucha ilusión las fiestas de la Céspedes, porque no sólo era una semana sin clases, sino porque también incluían el paseo, el sancocho y, por supuesto, los concursos con su respectiva recompensa. La vara de premios llegó a ser el más esperado por todos, incluso llegaban personas ajenas a la escuela a tratar de conquistarla. Se trataba de una vara de bambú de unos cinco metros de largo que se embadurnaba con varias capas de grasa automotriz y cuyo premio consistía en una sorpresa amarrada en lo más alto. Las filas para acceder a una oportunidad eran de hasta tres cuadras alrededor y nadie se molestaba por ello, simplemente se intentaba subir hasta donde se podía y el cansancio permitía; finalmente, después de toda una mañana de intentos, los héroes dispuestos a conseguir el premio mayor persistían e insistían con rabia y mucho sudor; quien lo conseguía se volvía el centro de atracción y objeto de todas las miradas. Era el personaje más importante de las fiestas y su mayor reto era repetir al año siguiente. Casi siempre la vara de premios coincidía con el sancocho, una especie de ritual donde cada salón cocinaba su propio almuerzo con los aportes de los miembros del grupo. No tengo idea de donde provenía la carne, pero estoy seguro de que nunca faltó.
Fue también en las fiestas de la Céspedes donde por primera vez participé en una carrera de encostalados, comí cofio y vendí minisigüí. Si me lo preguntan no sabría describir a que sabe el cofio, han pasado más de treinta años de todo aquello, pero creo que si hoy me tocara identificarlo lo podría hacer sin dudarlo. En la escuela hice mi primer negocio cambiando bolas de cristal, por caramelos de chocolatina y fui juez en una carrera de cucharas en la boca. En las fiestas de la Céspedes me lancé a cantar en público y puedo asegurar que a los ocho años uno nunca hace el ridículo, así se le olvide la letra de una canción tan simple como “Yo solo quiero” de Roberto Carlos. Mis primeros recuerdos de un Mundial de fútbol están asociados a la escuela y no precisamente por el deporte, sino mas bien por el álbum de caramelos, al cual también le debo alguno de mis más dolorosos castigos maternos, por quedarme negociando figuras hasta “altas horas de la madrugada” (léase ocho de la noche).
Las fiestas de la escuela Céspedes siempre estuvieron acompañadas por el paseo, una especie de escapada de la casa, acolitada por los profesores. Y digo escapada porque ese día las reglas de comportamiento eran otras muy distintas a las de todos los días. En el paseo se gritaba y se cantaba, se hacían bromas y hasta se comía. Allí las “Señoritas” aunque nos cuidaban y estaban pendientes de nosotros, se reían y además se vestían diferente, con lo cual las veíamos más cercanas, aunque sólo fuera por un día. Los destinos eran muy variados, Comfama de La Estrella, Comfama de Rionegro, Comfama de Girardota, pero para nosotros aquello era como ir al cielo.
No se que pasó con la escuela Céspedes: Hoy la miro desde afuera con nostalgia, pero la reconozco como uno de los lugares de referencia de este barrio que sigue siendo el mío aunque no viva en él.

CRONICAS DE BELEN: ENRIQUE POSADA RESTREPO

LA VISITA DE ALBERTO LLERAS A BELÉN
Enrique Posada

Estábamos jugando en el muro que lindaba con nuestra casa en Belén Terminal, cuando salió mi padre a la puerta, todo animado, exclamando: ¡Vengan a ver, que va a pasar el presidente! En efecto, venía el presidente Alberto Lleras a inaugurar los nuevos edificios de la Universidad de Medellín en el barrio Los Alpes. En aquella época una visita presidencial era más sencilla, no cerraban la calle ni la llenaban de ejército o de policía o por lo menos no recuerdo que lo hicieran, de tal manera que nada nos impidió sentarnos en el corredor de nuestra casa a esperar el paso de la comitiva presidencial.
Al cabo de un rato se sintió una caravana de carros que subían por la calle 30 A, que estaba recién pavimentada. El rumor ya se había regado y de las pocas casas que había en la cuadra salió la gente a mirar. De pronto pasó raudo el carro del presidente. Yo supe que era Alberto Lleras por esas muelas grandes, por esa dentadura y notable que sobresalía inconfundible. El presidente asomó la cabeza, agitó su mano y nos sonrió desde su Cadillac presidencial. A mí me quedaron grabadas la cara del presidente y sus famosos dientes y sentí una sensación de importancia, de exclusividad, como si el presidente hubiera pasado por el frente de mi casa solamente para que lo viéramos nosotros. En cuanto a mi padre, que era ferviente miembro del partido liberal, estoy seguro de que sintió una emoción intensa y un orgullo al ver que la larga mano del gobierno nacional, personificada en un famoso presidente liberal, pasaba por nuestro barrio para impulsar las nuevas obras.
Pudiéramos decir que esta visita señaló el inicio de las grandes transformaciones que cambiaron a Belén de ser un pueblo de ciudad para convertirse en un polo de atracción, dinámico y complejo.


LA QUEBRADA LA PICACHAEnrique Posada

Siempre he sentido atracción por las quebradas. Nuestro Valle de Aburrá es quizás el lugar del mundo más rico en arroyos, en corrientes, en riachuelos, que nosotros llamamos quebradas. Estos cuerpos de agua, verdaderas venas de nuestra tierra hermosa, han sido maltratados desde siempre por la ciudad, que nunca pudo distinguir a tiempo el valor enorme paisajístico, ictiológico, cultural, ecológico, estético, recreativo y espiritual de las quebradas. Nuestras quebradas no han sido en general sitios para la poesía ni para la caminata natural, ni para la meditación, ni para la fotografía ni para la obra de arte. Más bien se han usado para arrojar basuras y desperdicios y para derramar de todo tipo de porquería y de aguas de alcantarilla. Se las ha considerado por nuestros gobernantes y urbanistas y por todos nosotros, como estorbos al desarrollo urbano, un desafortunado diseño natural. Por eso se las ha rectificado en su cause (como si las curvas y los caprichos de las aguas no tuvieran un misterioso encanto femenino); se las ha canalizado con cemento (como si sus riberas cubiertas de flores, de bosques, de matorrales no tuvieran sentido ecológico ni espiritual); se las ha cubierto con frías y rígidas cubiertas (como si no valiera la pena contemplar el agua en su paso continuo e inevitable).
Ya poco se puede hacer. La propiedad ha invadido los cauces y casi todas las quebradas de Belén están condenadas a ser huecos lineales bordeados por canales de cemento perforados por tubos de alcantarilla, sin ninguna gracia, con avenidas a ambos lados, solo mitigado el desastre por hileras de árboles a la espera de ser cortados cuando las avenidas reclamen el espacio de las aguas que discurren monótonas y sucias sin ser vistas ni apreciadas.
¿Nos quedaremos entonces con el recuerdo? Cuando estaba niño, la quebrada La Picacha era muy distinta de ese canal humilde que hoy cicatriza nuestros barrios. Más allá del último puente que la atravesaba, que comunicaba a Las Mercedes con Las Violetas, era una quebrada vibrante, llena de vida, cristalina y cantarina. Famosos eran los charcos y remansos que atraían a los paseantes en fines de semana y un bosque verde la cubría al bajar de la montaña de Aguas Frías. Pero cuando yo era niño, allá en los años 50´s, ya la quebrada sentía la amenaza del progreso, a partir del puente que iba de Belén Terminal a Las Mercedes y empezaba a oler mal, agobiada por las aguas podridas y ya no era bella ni cristalina. Con humildad entregaba sus aguas a la fábrica de paños Vicuña, que se las devolvía manchadas y la dejaba más gris y más triste, hasta convertirse en un canal de aguas sin encanto.
Ahora no huele mal, pues en parte las aguas negras van por alcantarillas paralelas. Ahora tiene en sus riberas canalizadas árboles abundantes y frondosos. Pero ya no es una quebrada, nadie escucha el cantar de las aguas, nadie la observa meditabundo, no hay corronchos en sus aguas ni remansos ni poesía, ni rocas de quebrada la traviesan. Tan solo una que otra crónica la contempla o algún plan maestro urbano la observa con ganas de volverla todavía más recta, más humilde y más escondida.


LOS AHOGADOS DE BELÉNEnrique Posada

Desde niño le tengo respeto a las aguas. Aún recuerdo vivamente las historias de los que se ahogaban con cierta frecuencia en mi barrio. Varios de ellos en el tristemente famoso Charco de La Peña en la quebrada La Picacha, allá más arriba de Las Violetas. Este era un hoyo de la quebrada de forma circular, rodeado por peñascos altos, que tenía fama asesina y siniestra. Oíamos decir que tenía remolinos y que atraía al que se atrevía hacia el fondo y muchos quedaron atrapados por su canto de sirena maligno. Nosotros decíamos, qué tan bruta la gente que se baña en ese charco, sabiendo que se puede ahogar. Yo apenas lo miré un día, con pánico, desde una prudente distancia. Pero se seguían bañando y ahogando y en mi memoria hay una impresión que todavía perdura, de bomberos que pasaban por el barrio a rescatar a algún ahogado en el Charco de La Peña.

* * *

Había también una laguna en los terrenos que hoy ocupa la Nueva Villa del Aburrá. Era quizás un remanente de alguna explotación de arcillas de una de las ladrilleras de la zona. Tenía aguas más bien estancadas y oscuras, poco atractivas para el baño. Pero el espíritu del deporte extremo se hacía presente en los jóvenes y algunos se volaban de la escuela y se iban a retozar en esas aguas, quizás imaginando que se trataba de un lago bello, sugestivo y limpio. Alguno de ellos pagó cara su aventura, pues quedó atrapado en los lodos del fondo y se ahogó. Nosotros comentábamos, igualmente, cómo puede ser que la gente sea tan aventada, meterse en esa laguna traicionera de fondo pantanoso y pegajoso, que se lo traga a uno. Bueno, hoy de la laguna solo queda el recuerdo en algunos de nosotros, el recuerdo triste de los niños aventureros que se ahogaron en sus aguas.

* * *

Veníamos de la escuela y escuchamos el rumor: Un niño se cayó a la canalización de la quebrada la Picacha, que estaba crecida, y el agua se lo llevó. Nosotros nos asomamos a la quebrada y estaba todavía henchida de agua, con el canal lleno. ¡Asustaba! Los que vieron la escena de la caída del niño, empezaron a gritar y a pedir que le tiraran lazos, pero nada, nada se pudo hacer y la quebrada se lo llevó. A nosotros nos tenían prohibido “canalizar” que era atravesar la quebrada saltando en los canales inclinados de cemento. No obedecíamos, pues la quebrada se veía tranquila, humilde, casi sin agua. Era fácil de atravesar. Pero de ahí a “canalizar” con la quebrada crecida, eso era otra cosa, que ni en sueños pensábamos intentar. Nunca sabremos que pensaba aquel niño que cayó a la quebrada crecida. De nuevo decíamos “¿Cómo se atreve a meterse con la quebrada cuando está torrentosa y enfurecida? Pero la verdad es que nunca sabremos que pasa por las mentes de los hombres cuando intentan imposibles y mueren en el intento.


CANTOS GREGORIANOS EN BELÉN
Enrique Posada

La iglesia de Belén es una de esos templos de la ciudad que nos pueden encantar porque tiene identidad propia, es reconocible y se queda atada al recuerdo. Cuando era niño me atraía ir a la iglesia; en parte motivado por mi tía abuela Anita que nos decía continuamente a todos los nietos de la abuela Elvira, allá en la casa del Barrio Granada de Belén: “Mira que te mira Dios, mira que te está mirando, mira que vas a morir, mira que no sabes cuándo”; en parte motivado por el templo mismo; en parte por un sentido de lo sagrado que me acompaña desde pequeño.
Fue así que muchas veces pude ver al que en aquella época era el sacerdote coadjutor de la Iglesia, el padre Cadavid. Era un hombre imponente, alto, más bien flaco, asertivo, regañón, de nariz aguileña y pelo escaso, que predicaba con cierta picaresca, entre regañona y agradable. En los sermones de las misas del domingo, con frecuencia despotricaba de las tentaciones malignas del barrio, entre ellas la de la heladería El Portal, situada en una de las calles del parque de Belén y eso me dejaba con una sensación incómoda, pues la tal heladería me parecía más bien un lugar común y corriente y no tanto un lugar peligroso. Pero hubo un hecho que asocio con el Padre Cadavid que se quedó en mis recuerdos y que me dejó una imagen agradable y definitiva: una sesión de cantos gregorianos en el templo.
Bien recuerdo la invitación que el padre Cadavid hizo en sus sermones. Se trataba de una ceremonia especial, ya que el templo iba a ser declarado como santuario de la Virgen de Belén, en nada inferior a los más importantes del mundo. En mi imaginación y en las palabras entusiastas del padre Cadavid, Belén era nuestra Fátima, un Lourdes cercano y vital. La imagen coronada de la Virgen de Belén, allá arriba en el altar mayor, se veía hermosa, amable, tierna, amante y generosa, madre cercana de todos nosotros. Para celebrar debidamente, se invitó a diversas ceremonias que vagamente recuerdo, pero una de ellas dejó la impresión que ahora les comparto: El templo se llenó de un coro de cantantes de cantos gregorianos. Con ellos estaba el Padre Cadavid. Era la primera vez que yo escuchaba semejante imponencia, voces que inundaron el espacio y que evocaron escondidas resonancias musicales, sonidos de los ángeles. Se cantaba en latín, eran cantos repetidos, mágicos, meditacionales, entonados por un grupo grande de sacerdotes, ceremoniosos, dignos, que le dieron al recinto una razón de ser profunda y eterna, más allá del significado y del entendimiento. Yo estaba cerca de la cúpula central y escuchaba embelezado los ecos de los cantos, que iban a lo alto y retornaban desde arriba.
Fue un momento único. No se ha vuelto a repetir en la Iglesia de Belén. En ese momento sellé un pacto de amistad con la música eterna que los hombres, sean los más sencillos o los más imponentes, cantan a veces para que los cielos escuchen, para que los niños se enamoren para siempre de su ser trascendente y potente.


LA CASA DE LA SENTENCIA

Enrique Posada

Así llamaban muchas personas a mi casa, situada en la calle 30 A con la carrera 82 C, Belén Terminal, donde terminaba dicha calle, detenida por una imponente casa finca, ya desaparecida. Hoy en día la casa de mi niñez tiene un aspecto muy distinto y está ocupada por una iglesia cuadrangular. Nuestra casa era alquilada, pertenecía a doña Ernestina, nuestra vecina de cabellos blancos, a quien mis padres pagaban 110 pesos mensuales de renta.
Era abril en 1957, Viernes Santo a las 10 de la mañana, cuando se fue formando una gran multitud en la calle, al frente de mi casa. De pronto llegó el padre Cadavid y sin mayores preámbulos entró a la casa con varios monaguillos y pidió que le trajeran una mesita, donde colocó una vasija con incienso, una jarra con agua, una ponchera y un libro de oraciones. Allí habló con mi mamá mientras nosotros, los hijos, escuchábamos curiosos, encantados por la importancia que significaba tener a un cura dentro de la casa hablando con la mamá. Es que nuestra casa era la Casa de la Sentencia, lugar singular desde donde arrancaba la procesión del Viernes Santo en Semana Santa, el Vía Crucis. Esa era la tradición y por ello el padre Cadavid entró a mi casa a organizarlo todo, de forma muy natural, sin duda ninguna. A los pocos minutos empezó la primera estación: Jesús es condenado a muerte. Mi casa era el lugar desde el cual Poncio Pilatos dictaba la sentencia y la multitud que había al frente de mi casa oía atenta, tal como sucedió hace 2000 años en Jerusalem. Sacaron el agua y la ponchera y el padre se lavó las manos, para que recordáramos el famoso episodio.
Mi casa era en verdad el lugar más apropiado. Tenía un porche al frente, techado y amplio, con barandas, elevado sobre la calle, desde el cual se podía ver toda la multitud y desde el cual la escena de la sentencia discurrió maravillosamente, mientras nosotros nos sentíamos importantes y únicos, contemplando aquel gentío, pendiente de lo que sucedía en nuestra casa. En la semana siguiente me reconocían en la escuela Carlos Franco, señalándome, ¿Vos sos el de la casa de la sentencia?

* * *

Nuestra casa era de tapia, antigua, cómoda, con zaguán y patio interior, donde jugábamos fútbol, sin quebrar jamás un vidrio, a pesar de las zozobras de mi madre, que sufría pensando que si el vidrio se quebraba habría que pagarlo. Estaba situada al frente de la antigua fábrica de paños Vicuña, hoy convertida en Centro Comercial Los Molinos. Era un día cualquiera y oíamos la radio en familia a las 7 de la noche, cuando se empezó a sentir ruido de gente en la calle. Salimos y de pronto nos dimos cuenta de que un gran incendio había estallado en la fábrica, a todo el frente de nuestra casa y que el porche del frente estaba repleto de personas que contemplaban el espectáculo, ardiente y excitante, de la fábrica en llamas. El cielo se iluminó de un naranja ardiente y los comentarios eran ricos en negros presagios. Nosotros pensábamos: ¿Y si de pronto las llamas llegan a nuestra casa? Pero el miedo se disipó cuando llegaron los bomberos y fueron apagando las llamas, en medio de la admiración de los presentes. De nuevo nuestra casa se convirtió en lugar importante y privilegiado, el mejor lugar para contemplar el incendio de Vicuña.
A propósito de Vicuña: Al frente de nuestra casa había un muro de ladrillos muy bien construido que remataba en una reja muy elegante, separando la fábrica de la calle. Más allá de la reja, estaba una cancha de fútbol que era la envidia del barrio por tener un césped verde, precioso, donde entrenaba el equipo de los trabajadores de la fábrica. Nos subíamos al muro y a través de la reja veíamos a los jugadores haciendo maravillas con el balón y ellos, sabiendo que tenían público, se lucían.

* * *

Un día domingo estábamos desayunando en familia, cuando se oyó en la calle un estruendo enorme, como si se estuviera acabando el mundo. El ruido se sintió bien cercano y la casa tembló, así que mi madre dijo: hay un terremoto y se va a caer esta casa, salgamos a la calle. Al salir, vimos una escena terrible: nuestro porche en el piso, destruido, en medio de un polvero y un enorme desorden. Pilas de cañabrava y de tejas estaban amontonadas en el suelo. De pronto comprendimos qué había sucedido: Una grúa de las Empresas Públicas de Medellín había golpeado el poste principal que sostenía el tejado del porche, al dar una vuelta en la calle y este se vino abajo con gran estruendo. No hubo una tragedia de milagro, pues el porche era un lugar de juegos en las mañanas de los domingos, pero estábamos desayunando dentro de la casa. Yo pensé: Y ahora, ¿De dónde sacaremos plata para arreglar todo esto? Pero mi padre dijo con enorme seguridad y tranquilidad: Empresas Públicas hizo el daño, ellos lo arreglarán. Así fue, en menos de un mes teníamos porche nuevo. Lo cierto del caso es que mi casa se convirtió de nuevo en centro de atención y de curiosidad.

CRONICAS DE BELEN: GUSTAVO ESCOBAR VELEZ

LAS TIENDAS DE ANTAÑO
Gustavo Escobar Vélez

A excepción de El Yucal, que aún existe, las tiendas que menciono en esta crónica histórica del barrio Belén existieron hace más de 50 años. Estaban ubicadas en el parque principal y sus alrededores, en locales amplios casi todas, y muy bien surtidas de víveres, parva “de cargazón” y de la fina, frescolas y gaseosas, cerveza, aguardiente o anisado y ron. En algunas vendían cuadernos y lápices y, en diciembre, papel para globos, globos hechos y pólvora no detonante. Los vecinos tenían “fiado” con registro en libreta y a los niños nos daban la “encimita”.
Los hermanos Eugenio y Valentín Cuartas eran los dueños de las más importantes de la plaza. Situadas sobre la calle 30A, en la carrera 77 la primera, y en la 76 la segunda, se conocían como la de Tuque y la de Tin, ya que este era el nombre familiar de los propietarios. Frente a los ventanales de la escuela Rosalía Suárez, por la calle 31, quedaba la de don Bertoldo, la cual, años después, pasó a ser de don Pacho. Detrás de la iglesia estaba la de Chucho Salinas, llamada “Granero Popular”. En la calle 30A con la carrera 75, fueron famosas la de José Escobar, “Tropical”, se llamaba y también la tienda de Polo Mesa.
En la Avenida Bolivariana, frente a la bomba, quedaba “El Bolivariano” de propiedad de don Avelino y en el barrio Granada estaban la de Tristán, “Puerto Granada” y “El Yucal”. Fue famosa la tienda de Suso Peña, cerca de la fábrica de cigarrillos de don Ricardo Escobar en la calle 30A con la 73 y, en la carrera 76 con la 30 “El “Baratón”, de don Francisco Naranjo. Posteriores a estas tiendas, se recuerdan la Proveeduría Parroquial de don Lorenzo Jaramillo, en todo el parque y la Proveeduría Departamental en la misma cuadra. Por supuesto que en sectores como San Bernardo, el barrio Peláez, el cementerio, El Rincón y Miravalle existieron tiendas famosas y tradicionales.
Recientemente visité la tienda “El Yucal” y en su homenaje, “cometí” estos versos que, a su vez, dieron origen a esta croniquilla:

DE REGRESO A LA TIENDA
He regresado al Yucal
para calmar mis dolores,
para cantar mis amores
y hallar alivio a mi mal.

Para beberme unos rones…
saborearme dos chorizos
conversar con los amigos
y escuchar bellas canciones.

Recitar en tono bajo
los poemas de mi gente
y brindarle un aguardiente
a don Alfonso Naranjo.

¡Oh Yucal, tienda querida
de Belén, mi barrio amado,
en tus mesas he olvidado
el dolor de mis heridas!


LAS FRUTERAS DEL PARQUEGustavo Escobar Vélez

“Tres de coco y dos de velitas” repetíamos los niños a las tres fruteras más recordadas del viejo y añorado parque de nuestro Belén. Los habitantes antiguos del lugar recuerdan aún a “Tenchita” una de las primeras fruteritas del sector.
Las fruteras ofrecían su apetitoso surtido en amplia y cuadrada mesa de diseño especial y, a los lados, cajoncitos con mangos o naranjas y un costal con guamas y cañafístulas. Tras la mesa, el infaltable banquito de la dueña; sobre la mesa, en perfecto orden, el variado surtido de frescas y maduras frutas simulando una acuarela: mangos, jugosa piña en charol protegido con campana de fina rejilla metálica. Enseguida, en recipiente con agua, marfileños trozos de coco que nos entregaban envueltos en un papel grueso, acompañados de las infaltables velitas amarillas o rojitas. En época de cosecha abundaban racimos de mamoncillos y corozos grandes, los bananos pecosos y los racimos de “murrapitos”, pomas rosadas y olorosas, las malolientes algarrobas y los duraznos. No faltaban los corozos pequeños de roja corteza que quebrábamos y que jugábamos a los “pares y nones”. El mango biche con sal tenía mucha demanda entre las señoras.
Pero casi todos los sesentones de hoy nos acordamos de Salvadora, Esperanza y Teresa. La trilogía más asediada por chicos y mayores. Cada una estaba ubicada en sitios demarcados de la plaza así: Salvadora a un lado del andén de la casa cural, hacia la esquina de la calle 30A con la carrera 77; Esperanza contiguo a la iglesia, cerca de la escuela Rosalía Suárez y Teresa, “La Negra”, a quien apodaban “mamoncillo” en la esquina sudeste del parque.
Salvadora era una mujer trigueña, vestía traje sencillo y limpio y usaba delantal. Acostumbraba cargar una jíquera de cabuya en la cintura para echar las monedas. Callada, pero amable, trataba bien a su clientela y era paciente con la chiquillada. Fue la más calmada de todas: ¡Toda una señora!
Pero, brevemente, recordemos a las otras dos fruteras de antaño. Esperancita, como la llamábamos cariñosamente, era bajita, rechonchita, de ojos azules y piel blanca. En su cara el paso de los años dejó algunas arrugas confundidas con el rubor que ostentaban sus mejillas; boca pequeña y un geniecito de los mil demonios. Era brava Esperanza, pero, en el fondo, una mujer buena y trabajadora. Teresa era una negra de cabello abundante y semicrespo; usaba aretes de oro y, a quienes le decían su apodo, les pegaba su insultada y hasta los agredía con un palo. ¡Se hacía respetar la negra Teresa y era muy liberal!
Seguramente esas fruteras del Belén de antaño, al igual que la del poema de Roberto Muñoz Londoño, bañaban con sus lágrimas las frutas dulces y deliciosas. Al recordarlas me resta decir:

Fruterita de antaño,
ventera de ilusiones:
quedaste en nuestras vidas
y en nuestros corazones
como aquel trompo alegre
de los siete colores
dormida en la nostalgia
de una vieja canción.
Te repito frutera:
¡Tu recuerdo es la magia
de una grata emoción!

Nota. El autor dirige unos programas de música popular en la radio, con una amplia audiencia.

Estos programas radiales son: en Radio Bolivariana los domingos de 8 a 10 A.M "Pentagrama del recuerdo" En la frecuencia 1110 A.M o bien en www.radiobolivariana virtual.com opción A.M.
El otro los domingos a las 12 meridiano a través de la emisora de la U de A (1410 A.M) Se llama "Al compás de los recuerdos".  La música es de su colección personal.

CRONICAS DE BELEN: PATRICIA LOPEZ RESTREPO

RECUERDOS DEL SAN JUAN BOSCO, DEL YUCAL Y DE LA PRIMERA VEZ
Patricia López Restrepo

Ese 28 de septiembre tenía ya motivos suficientes para ser recordado por la inundación. La quebrada se desbordó y anegó el barrio. El colegio San Juan Bosco también sufrió severos problemas y un ejército femenino ayudaba en labores de limpieza. Apenas eran las dos y cuarto de la tarde, cuando después del fuerte aguacero y un arco iris que más parecía una advertencia que una amenaza conciliada, llegó el profesor de química, inusualmente una hora antes de empezar la clase. El salón, situado en el segundo piso, tenía una ventana con una magnífica divisa al barrio pudiendo apreciar diversos aspectos de ese Belén-Granada, —un pedazo tranquilo y amable de la ciudad—, como si fuera una isla en ese Medellín, que soportaba en ese año —mediados de los años 80— un alto grado de violencia causada por las bandas armadas del narcotráfico, de las fuerzas del gobierno y de la guerrilla.
Bueno, en ese año terminaba mi bachillerato. Vivía en El Nogal - Laureles en la carrera 76A con la calle 32 y rutinariamente caminaba unas buenas cuadras, pues el colegio estaba en la carrera 73 con la calle 28. El ejercicio entonces era obligado y esa tarde especialmente, estaba cansada. El profesor de química me solicitó que le ayudara con la preparación del experimento que más tarde realizaríamos en clase, ya que esa semana ejercía la monitoría; sentí su aliento tan cerca de mí, que casi se me caen los tubos de ensayo. Notó de inmediato mi ansiedad y mi susto y se me acercó más, hasta rozar mi mano. (Todavía recuerdo su perfume, aunque han pasado más de 23 años).
Su olor era una mezcla de sudor, perfume, dentífrico, chicle, fruta madura exótica y madera resinosa. Por lo primero me atraía, por lo otro me embriagaba, por otro me daba confianza y por los otros me enamoraba y me apegaba.
Cuando se acercó más me miró a los ojos y me di cuenta, que aunque era doce años mayor, tenía más miedo que yo con diecisiete.
Su abrazo me dejó sin defensas, pues los tubos que me había encomendado lo impedían. Lo que siguió fue ese fuego en nuestras bocas y su urgencia para voltearme y para levantar mi faldita. Sentí un gigante en mi cuerpo que me dejó paralizada y su voz nerviosa que me decía: “Mira allí, nenita, ese cielo tan lindo, míralo allá en la ventana, mira allá esa nube, allá está esa tienda, se llama El Yucal y allí te llevaré a oír un bello bolero, allá está ese otro pedazo de cielo; mira nenita —y sus manotas en mis pechos— mira nenita ¡Qué perfume más maravilloso tienes!” Y así me iba mostrando pedacitos de cielo, mi cielito, decía con voz entrecortada, la respiración agitada. “Mira allí en El Yucal se cocinan éstas y otras historias y allí está la peluquería de Alba y allí la fábrica de buñuelos. Mira nenita: ¿Ves el aeropuerto? En ese avión gigantesco nos iremos al mar, y por allí, por aquella calle vamos a tu casa nenita, por allí se va, subimos por la 28 hasta la 76, en el parque de Belén nos comemos un helado que por muy rico que sea no será tan rico como tú” —y me daba otro beso— y me apretaba más. “Seguiremos por la escuela Rosalía Suárez que es una casa vieja que se derrumba, ¡Ay que miedo! ¡Amenaza ruina! ¡Vamos, vamos pronto!” —y me daba otro beso— y yo a todas éstas con los ojos cerrados oyéndole ese tour, imaginando esa caminada y mientras tanto sentía cómo ese primer hombre me llevaba cadenciosa y ardientemente a esa dicha incomparable. Me seguía contando la caminada por Miravalle, y yo seguía con los ojos cerrados —y me apretaba más fuertemente— hasta que ¡Ay mi cielo! Ese estallido de mil estrellas, ese volcán en erupción, ese séptimo cielo que se ilumina, ese bing bang, ese momento inicial, ese origen del universo... —y me seguía susurrando—: “cierto que ese helado no es tan rico como tú?”
Mis rodillas temblaban, las fuerzas me abandonaban...
Cuando abrí los ojos no sabía dónde estaba, pero lo primero que vi, allá abajo, fue el granero El Yucal y recordé de nuevo el tour que mi hombre había iniciado allí, donde me compraba las cajitas de chicle.
Entonces, ya mi vida cambiaría, otros colores luminosos se añadían a la paleta.
— ¿La primera vez?— Me preguntó. —Si, ¡Qué maravilla que fue contigo!—, le dije lentamente en el oído, dándole un beso. Todavía me abrazaba cuando sonó la campana. Eran las tres menos cinco de esa incomparable tarde y pronto empezaría la clase de química...

Mes y medio después me graduaba y la hermana rectora Paula Elena Q. me daba el diploma, la hermana Marta Elena M., coordinadora académica, me felicitaba, Melania O., los profesores Sofía Celina T., Óscar B., Mario E., y Raúl A. me miraban y Luz Adriana F. daba gracias a Dios porque ya no volvería el próximo año, pues también estaba enamorada de mi profe. En esta foto que ahora veo quedó congelada su mueca de envidia y rabia.

Terminaba así esa tercera y casi definitiva etapa de mi vida y ahora me esperaba Medicina en la Universidad de Antioquia.

CRONICAS DE BELEN: OSCAR GIRALDO MESA

PARQUE DE BELÉN
Oscar Giraldo Mesa.

La iglesia de la vieja foto tiene una torre central en el frontispicio y una cúpula, la actual, en el ábside. Una casona de alta portada con reja sobre un muro y la escuela Rosalía la escoltan a lado y lado. Dos caballos pastan en la manga del parque y unos árboles adornan el conjunto. No hay bancas, se ve un camino hacia la escuela, la calle está destapada y la tranquilidad por ausencia de moradores lleva a entender que Belén era un pueblo cercano a Medellín.
El padre Duque derrumbó la casa y construyó la Cural de ahora. Algún sacerdote o un sismo (para el caso, da lo mismo) tumbó la torre y en su lugar erigió las dos torres laterales con sus correspondientes cúpulas.
Aún no había llegado cronos cargado de relojes y navajas, con su caminado de caballero con armadura y su cohorte de súbditos que permutan y venden el tiempo troquelado en metales.
La torre, de sección cuadrada, tenía reloj en cada cara y de seguro nuestros queridos alcohólicos, con sus cuerpos momificados y las mentes destruidas por la FLA, se habrían deleitado viéndolos marcar diferentes horas.
Ahí mismo, en donde los caballos pulían el césped, se acomodan hoy nuestros campesinos que traen de la montaña (o de la plaza minorista) sus comestibles térreos para ofrecer cada semana a los habitantes tradicionales del parque.
La santidad y rigidez del padre Duque no admitían escotadura en la camisa ni vestidos ceñidos que distrajeran la solapada mirada de los varones hacia las damas. Hoy, todos los pensionados contemplan tranquilamente a las mujeres, algunas cargadas de silicona, que nos hacen recordar que nuestra finca se llama Parque de los pájaros caídos.
Las maldiciones sacras hicieron desaparecer el vecino teatro Mariscal: penumbra complaciente que cobijaba los besos furtivos de los enamorados que se escapaban hacia el cine para deleitarse con ese pecado sublime, hoy mandado a recoger.
De aquellos caballos, han migrado hasta sus fantasmas. Hoy, como representante de la fauna, en una esquina del parque duerme un perro de color indefinido, alérgico al agua y cuya lengua negra despabila a los mendigos no autorizados por el alcalde.
Siempre, tiene quórum el parque; hay reemplazos y muchos lugares están separados por personas que se incomodan si encuentran ocupado el lar. En la mañana, un grupo de académicos intercambian conocimientos y corrigen el país mientras queman calorías con las continuas vueltas al predio. Regresan a la querencia y descansan para volver a la rutina.
A la hora del almuerzo rebaja la asistencia y después de la siesta, cuando los árboles crecen más despacio y en silencio, una dama preside un cenáculo para entonar el rosario por las intenciones de los jubilados pensionados en el cielo. Entre los apóstoles está la vendedora de bananos que a precio justo los ofrece y espera que el comensal devuelva la cáscara para llevarla a la basura.
Hacia las diez de la mañana, en el lado oriental, un señor con pantalón marca AC, camisa ídem, gafas y celular, mantiene vigente el corazón mediante una interminable caminata alrededor de un rectángulo imaginario
Las palomas vuelan de las cornisas del templo a la alberca refrescante vecina al Libertador en estatua vertido. Mitigan la sed, se bañan con pudor y regresan a la iglesia a defecar el granito que colapsará hacia el final del universo.
Cada mes llegan los artesanos a ocupar una amplia zona. Hay ventorrillos y cuerdas por doquier, quien camine descuidado puede llegar a ahorcarse en un cable eléctrico. El pueblo disfruta con los artífices de pulseras, relojes chinos, panelitas de coco, discos compactos, música pirata, libros para llegar raudo al paraíso y hasta ropaje de lana traído desde Ecuador con indio incluido.
Esta feria aporta su propia soledad y los jugadores de dominó deben suspender sus apuestas de altos caudales hasta que el parque quede listo para la llegada de un castillo inflado con un soplador de aire para divertimento de los niños.
Quien cuente las zancadas y los recorridos del loco Iván puede hallar una fórmula matemática (sin logaritmos) para calcular el área exacta del parque de acuerdo con las fases lunares. Y quien haya degustado a Víctor Hugo, el francés, podrá comprobar que ese giboso, cortito de estatura y peludo que se hace cerca de la ferretería es su jorobado escapado de Notre Dame de París.
Algunas personas, con razón o humor, ¡vaya a saberse!, llaman a este Parque de Belén, la Planta de acabados. Es ésta, una zona que respira amistad, aceptación y armonía entre todos. A veces creo que este parque es el verdadero atrio del templo vecino. Sólo falta entre los contertulios, un clérigo.
Como lugar público tiene la vigilancia de los vendedores de suerte encarcelados tras los barrotes de sus propias celdas.


DE UN ORATE CON CUERDA
Oscar Giraldo Mesa.

Le pido el valor de X para llegar a cinco desde dos. Me mira desde sus ojos desorbitados, pasea la lengua por la huella de su dentadura en ambos maxilares. Antes de invitarlo a desayunar le solicito que me acredite su credencial de profesor de álgebra mediante la resolución del problema. Arruga el papel y lo esconde en la chaqueta que se ha mimetizado hasta alcanzar el color pardo de la piel del hombre.
El hambre le hace sorber sin precaución el primer trago de café calentado cerca de la ebullición; cual serpiente airea la lengua por la boca desdentada y amaina la temperatura engullendo pedazos de pan que se ven descender por la garganta.
Lo había visto caminar a paso largo, las manos las balanceaba al unísono con la chaqueta que bailaba al vaivén del cuerpo, como atalayado miraba desde su demencia y lanzaba improperios contra los paseantes del Parque. No había reacción alguna contra el loquito, todos lo ignoraban y alguna vendedora de lotería decía: Hoy si que está mal Iván, debe tener hambre.
El lustrabotas me golpea en un zapato, el Loco del Parque me enfrenta con la grande y yo le tiendo la mano con unas galletas. Avanza a zancadas hasta la cabina del teléfono de los taxis, cavila y regresa por las galletas cuando compruebo el brillo creado por Lucho. Las desenvuelve ansioso y agradece con timidez.
Este acercamiento a Iván me ha deparado, desde entonces, un trato personal en que éste hace un oasis en su desvarío, saluda, lo invito a comer algo y le pido me agradezca con un insulto. Me ausculta y apunta: eso es para los otros. Se escabulle y vuelve a su trabajo de insultar, aún a los policías, en medio de la indiferencia más respetuosa del pueblo.
Los taxistas del Parque lo molestan con cariño; el perro negro, especie de león trasquilado, no le ladra; Cuasimodo, mendigo encorvado lo mira indiferente; sólo el desaparecido cojo del pasadizo de La Céspedes lo insultaba y no permitía se le arrimara. Algunas personas aseguran que su locura procede de la soledad posterior a la muerte de la madre. Muchos lo recuerdan cuerdo cuando vendía escobas que él mismo fabricaba.
He descubierto a un ser atormentado por la soledad, enloquecido por las voces interiores que lo reclaman desde otro universo, desarraigado de su propia casa por los malandrines y por el Estado que tomará su vivienda por no pagar impuestos y que sólo encuentra descanso, a pesar de sí mismo, en una clínica que desdobla su identidad con sedantes.
Cuando regresa de “allá arriba, en Robledo” lo veo taciturno, caminando al borde de la levitación y que trata de hacerme entender su dominio de lenguas que su cerebro atropellado despide en jerigonza.
Hace mucho desapareció del Parque. El niño lotero me asegura encontrarlo en las escaleras del F2 y una señora vendedora de tiempo en celular me recomienda ir a las cercanías de la escuela Valencia. Todo ha sido inútil, creo que lo han llevado para “allá arriba” después de adormecerlo con tranquilizante mezclado en algún alimento, cosa que el siempre ha sospechado.
Todos lo conocen y extrañan en el Parque, muy pocas personas saben de su familia, él mismo ignora su edad, en ocasiones habla con propiedad en términos castrenses y parece olvidarse de él mismo cuando se sienta con la cabeza entre las manos y fuma hasta quemarse los dedos con la colilla.
De seguro tuvo cariño maternal, jugó con la lluvia, persiguió globos, robó frutas y disfrutó a plenitud las mangas del antiguo Belén. Debió maltratarse en las incómodas bancas del Teatro Mariscal, seguro incumplió alguna norma del Padre Duque impartida desde el púlpito barroco y se embriagó en el quiosco frontal al actual Bancolombia.
Alguna vez se cansó de la rutina de las personas normales y creó sus propios fantasmas que invadieron su interioridad hasta llegar a hacerle creer con certeza que sólo él era cabal entre todos los locos, normalmente anormales, que habitaban el Parque como su propio feudo.
En ocasiones creo que somos seres imperfectos que por no querer comprender la locura tenemos que presumir de ser depositarios de la cordura.
Si ven a Iván, él suele destacar su apellido: Franco, díganle que un loco lo está buscando con un par de tenis de segunda envueltos en una bolsa plástica no biodegradable del Éxito.

Con cariño para Iván