domingo, 1 de marzo de 2020

VIDEOS SOBRE EL PARQUE DE BELÉN

Compartimos una tanda de videos sobre nuestro parque:


Generalidades del Parque de Belén







Historia del PARQUE DE BELÉN de Medellín [Tu Cuadra Me Cuadra] Telemedellín







EPM – Camino al Barrio – Parque de Belén - Historia





Visitamos el Parque de Belén para ver su renovación







Las numerosas palomas del parque de Belén en Medellín






El Parque de Belén todo un casino criollo al mejor estilo de las vegas




Jugadores de dominó en el Parque de Belén



MAS SOBRE EL PARQUE DE BELÉN:



viernes, 22 de noviembre de 2019

Belén nació con un matriarcado



San Antonio de Aburrá, cuna del desarrollo del Occidente de Medellín

Belén nació con un matriarcado
20 de Agosto de 2006


La llegada de don Fernando de Toro y Zapata, su posterior matrimonio con doña María García Ordaz de Figueroa y el nacimiento de su hija, Ana María Toro y Zapata, marcaron el inicio del desarrollo de Otrabanda, concretamente en el sector que hoy se conoce como Belén, donde tuvieron lugares importantes hechos de la historia de la Villa de Medellín.

Hugo Bustillo Naranjo
Especial para EL MUNDO
Tomado de: https://www.elmundo.com/portal/resultados/detalles/?idx=28558

Don Fernando de Toro y Zapata, encomendero, y quien ejerció en la Provincia de Antioquia como Alcalde Ordinario, Contador Real, Tesorero de la Real Hacienda, Alguacil Mayor, Sargento Mayor, Teniente de Gobernador y Capitán de Infantería; se hace cargo de las encomiendas de Alonso de Rodas, cuando éste hace dejación de ellas en manos del gobernador don Manuel Velásquez de Atienza. Los títulos de confirmación sobre las mismas, le son reconocidos en la Ciudad Madre, en abril 3 de 1636.

Don Fernando, quien nació en Nuestra Señora de los Remedios en 1595, ocupa entonces la estancia, su hacienda de campo y ganadería, del Valle de Aburrá, perteneciente a la mencionada encomienda, y que pasaría a llamarse el Sitio del Guayabal por la cantidad de arbustos que con guayabas de todos los tamaños, colores, olores y sabores, existían en esta sabana y ancón de los indios aburráes y yamecíes.

De su unión con la noble dama, descendiente de españoles, doña María García de Ordaz y Figueroa, nace su única y legítima hija Ana María, que heredaría no una sino tres encomiendas (además las de Melchor Márquez y Bartolomé de la Rúa), cuando fallece el ilustre Capitán Toro y Zapata, a mediados de 1653, quien también tuvo como hijo natural y reconocido al clérigo don Jacinto de Toro.

Doña Ana María Toro-Zapata y Ordaz-Figueroa asume el control de las posesiones de la mano de su hijo-dalgo esposo, el español natural de Albacete, don Antonio Zapata Gómez de Múnera.

Ellos, en la ciudad de Antioquia, habían recibido la bendición nupcial en los primeros años de la década de 1640. Don Antonio, probando su linaje, nobleza y su carrera militar en la Armada Española, ocuparía los cargos de Capitán de Infantería, Capitán de Caballos Corazas, Alcalde Ordinario, Alguacil Mayor, Regidor y Maese de Campo General de la Gobernación de Antioquia.

El desarrollo del sector que se conoció también como Otrabanda (por tratarse del otro territorio que dividía el río Aburrá) se le adeuda a estos emprendedores esposos. El ibérico, un enamorado de la minería, pues como buen español seguiría a pié de letra el consejo del Almirante Cristóbal Colón, quien afirmaba que el oro era un metal tan precioso que “hasta almas llevaba al cielo”; descubrió en compañía de su suegro, en los valles de San Nicolás, los Osos, Ovejas y en los distritos de Piedras Blancas, Tierradentro y Guarne, sendas minas que explotó hasta su muerte y que dejó de herencia a sus quince descendientes.

Días de terror

En junio 1647, en honor a San Antonio de Padua, inauguran la primera capilla del hoy Belén, la cual es llamada, igual que al territorio de la encomienda, San Antonio de Aburrá. Allí, a partir del siguiente año, bautizan su numerosa descendencia los esposos Zapata-Toro, empezando con su primogénita, a quien su tío-abuelo, el cura doctrinero y propietario de la iglesia de Ciudad de Antioquia, vicario y juez eclesiástico y de diezmos, Comisario y Calificador de la Suprema y General Inquisición, doctor Lorenzo Cortés de Ordaz y Figueroa, la nombra como Marina Gertrudis. En sus dos hijas siguientes, la Matrona, dividiría su nombre y las hace llamar Ana y María. El décimo integrante de la familia recibe el bautizo como Antonio, perpetuando el nombre del padre. Otros (as) fueron llamados como sus abuelos (as) paternos y maternos. En la misma iglesia es llorado, cantado y rezado, don Antonio, cuando fallece, en noviembre 29 de 1672.

Doña Ana María, al empezar su viudez, se transforma en el poder y el terror de aquella extensión, que nacía en el límite con la quebrada doña María en Itagüí, abrazando los cerros, lomas y montañas, que se vislumbran hacia el occidente y que besaba los matorrales y helechales de Hatoviejo, en los terrenos cuarteados de la quebrada la Madera, terminando en la caricia compartida por sus dos afluentes, a norte y sur, con el río de los Aburrás.

Su tenebroso matriarcado lo ejerció a punta de látigo, torturas, sentencias de muerte y ejecuciones, dando con ellas principio a la pena capital, en su latifundio, que impartía su esclavo, el mulato Luis Romero, verdugo oficial.

Esta práctica se extendería hasta 1905 en Belén, cuando Eleuterio Ospina fue ejecutado en el cadalso del parque de Patuca. Al final de esta década se pondría fin a la pena de muerte en Colombia. Desde mediados del siglo XVII y hasta el principio del siglo XVIII, doña Ana María fue la máxima autoridad, dueña, ama y señora, de aquel latifundio y cuya su influencia se extendía al más alto nivel económico, político, religioso, educativo y judicial, respaldada por los cargos que regentaban y detentaban sus hijos y yernos.

Doña Ana María llegó a poseer la más grande cantidad de esclavos, indígenas, mulatos, mestizos y hasta blancos empobrecidos, bajo sus dominios, en virtud de su encomienda la más vasta y poderosa en la historia del Valle de Aburrá. Esta, unida a las dos anteriores, tenía a su cargo los indios llamados Peques, Béjicos, Guaracúes, Aburrás o Aburráes, Yamecíes, Nutabaes o Nutabes, Ciritabaes, Omagaes, Niquíes, Brutos de la Loma de la Fragua y agregados al pueblo de San Antonio de Buriticá y los de la Sabanalarga.

Los negros bozales, o sea los nacidos y capturados en Africa, (Sudán, Congo y Angola) eran sus más preciados trofeos traídos desde Cartagena de Indias. Se consideraban piezas exclusivas de minería llevadas de un lado para otro según las necesidades. Ana María, era la principal abanderada en ese proceso de transculturación, donde se les obligaba a aprender la lengua castellana, a perder la maternal y a adoptar el cristianismo. Por esto también sintió en carne propia las revueltas y fugas cimarronas que darían origen a sus palenques, o fortalezas militares, en el Valle de Aburrá.

El primero de ellos se levantó en el bosque y humedal del Ñeque, en la colina que cobija al Rincón de Belén, donde fieramente opusieron resistencia a la aniquilación física y social los ex-esclavizados, además de retomar sus elementos culturales. Otro se localizó en La Floresta a la altura del sector del Coco. En Robledo despuntó otro ejemplar. Todavía los buses de éste barrio exhiben el distintivo de Palenque-Robledal, ojalá, en su recuerdo. Cerca de la quebrada Santa Helena, en la ahora Media Luna, florecería uno más…

El primer cementerio

Debido a las enfermedades que siempre rondaron entre sus subordinados, como la fiebre tifoidea, la disentería, la enteritis, la diarrea, el beriberi, el tétanos infantil o varillas, el paludismo y (para la época) la incurable viruela, doña Ana María se sintió en la obligación de hacer construir un panteón especial para enterrar a sus esclavos menguados por éstas y contrarrestar en parte las epidemias; sepultándolos en un sitio apartado de su capilla principal.

En el tiempo de la Colonia, los muertos eran enterrados en las iglesias o en recintos contiguos a ellas. Era una costumbre tomada del cristianismo medieval, donde se creía que la proximidad al sitio sagrado, garantizaba al difunto la salvación de su alma. Las familias más adineradas pagaban a perpetuidad su cercanía al altar, donde tendrían el derecho de asiento y sepultura y con toda seguridad su camino al cielo.

Sólo a finales del siglo XVIII, las reformas borbónicas trajeron al Nuevo Reino de Granada nuevas ideas que propugnaban por la salud pública. En los templos, la proximidad entre los vivos y los muertos era contagiosa y contaminante. Los olores fétidos que exhalaban los cadáveres a causa de su inhumación, eran fuente de numerosas enfermedades. El rey Carlos IV, en la Cédula Real de 1804, insistió en la erección de camposantos fuera de los poblados y adjuntó los planos para sus construcciones.

Ana María Toro y Zapata-Ordaz y Figueroa, se adelantó al futuro y levantó sobre el costado derecho, en el ángulo que hoy forman la quebrada Altavista con la carrera 76, hasta la calle 26 y por ésta hasta la carrera 77 hasta empalmar nuevamente con el riachuelo, el cementerio que después se le conocería como de San Luis Gonzaga. Hablamos del primer camposanto que tiene vida propia y separada de los comunes en las iglesias, en el Valle de Aburrá. Este tiene duración hasta el final del siglo XVIII. La Patrona fallece en su hacienda el 12 de noviembre de 1702. Pasado algún tiempo sus descendientes emprenden las reformas que cambiarían la vida cotidiana que se respiraba en San Antonio de Aburrá como después veremos…

sábado, 22 de diciembre de 2018

Muchachas de Belén Óscar Domínguez


Columna sobre las muchachas de Belén

Belén puso primera dama

A raíz de la muerte del presidente Belisario Betancur (cuya hermana, doña Inés vivía en el barrio Granada, al frente del Colegio San Juan Bosco y las eventuales visitas de Bélico eran toda una novedad que sacudía l rutina del barrio),traemos a cuento la nota que  el periodista Óscar Domínguez (ahora jubilado pero no inactivo, vecino de La Mota) publicó hace más de 20 años en el periódico El Colombiano

Las muchachas de Belén se dieron el lujo haberle dado al país primera dama nacida en una casona que quedaba frente a la vieja heladería Morival  en la carrera 76 con calle 32.

Se llamaba Rosa Elena Álvarez Yepes y fue la esposa del fallecido presidente Belisario Betancur el encantador de serpientes que la enamoró cuando ella volvía hilachas corazones en todo Medellín.

A doña Rosa Elena no la amilanó el hecho de que su amagaseño Romeo viviera “pailo”, pelao, con pocas mudas de ropa, y se ganara la vida y el sueño como mecánico, engrasando la prensa del periódico La Defensa, del cual con el tiempo, y por la pica, sería su jefe de redacción.

A la hora del reparto estético, Belisario tampoco era una Adonis pero como Dios aprieta pero no ahorca, le dio una lengua de padre y señor mío.

Poeta de versos propios y ajenos, BB le recitaba a su frágil belenita con su voz que tenía un “no es sí es” arzobispal, metáforas de este tenor: “Estando los dos estamos todos”. O: “Cuando estamos juntos te recuerdo”.

Años antes había hecho versos de sospechosa factura en el seminario de Yarumal. Por uno de ellos fue expulsado, según contó – y recitó- una noche el Nobel García Márquez durante una velada para celebrarle los setenta a Bélico. Su padre le puso el mismo nombre de un  hermano fallecido: “Murió de nombre. Fue una feliz forma de eutanasia”, comentaría.

Leamos el verso de precaria factura que provocó la expulsión del claustro: "Señor, te rogamos sin fin, que caigan rayos de mierda, al profesor de latín".

Con la complicidad de un suegro visionario y acomodado, don Pedro Luis Álvarez Cano, y  de una suegra hecha en Yarumal, doña Evelia Yepes, Betancur hizo el tránsito de novio impetuoso a marido. La pareja se fue a vivir a las lomas de Buenos Aires.

En par patadas estaba encarretado con la dialéctica del cambio de pañales. De la unión  hubo dos mujeres y un varón que fue activista del MOIR, un movimiento antípoda del conservador de su taita.


Cada ocho días, con puntualidad de reloj atómico los cuñados le llevaban el mercado  que a manera de tardía dote les enviaba don Pedro Luis.

El suegro vio lo que venía en ese híbrido de mecánico sin vocación, seminarista frustrado, poeta huérfano de musas, periodista, abogado ducho en incisos y estadista conservador azul de Prusia, que se alimentaba también de la teológica prosa de Theilard de Chardin a quien solía citar desde las alturas del poder.

En Buenos Aires, BB se enroló en la cuerda del profesor y periodista Antonio Panesso Robledo, Pangloss, quien vivía en el mejor de los mundos posibles.

El Voltaire de Sonsón, quien fue director de El Correo, diario liberal, le pagó algunos arriendos en esas épocas de vacas flacas. También lo convenció de que Medellín le quedaba chiquito a su talento y lo hizo emigrar a Bogotá. Pangloss arrancaría después.

En la nevera BB se movió como pez en el agua. El final de sus días lo sorprendió convertido en el mejor entre los “muebles viejos”. La expresión fue patentada por el expresidente López Michelsen para referirse a quienes después de ocupar la presidencia siguen estorbando desde la viudez del poder.

Muchachas de Belén

Las muchachas de Belén que no fueron primeras damas se quedaron disfrutando su barrio hasta que les llegó el momento de merecer. Muchas emigraron a distintos atardeceres dentro y fuera del país. Tenían con qué impactar en cualquier punto de la rosa de los vientos.

Los domingos había ruidosa asistencia femenina a la misa de doce oficiada por el párroco Duque o por el coadjutor Betancur, de nariz quevediana, pluscuamperfecta.

A la salida de misa, las bellas se encontraban con sus tenorios en el kiosco del parque que administraba el locuaz Mario Vaca.

En ese kiosko, ombligo de Belén, los contertulios dedicaban el tiempo al amor, al fútbol y al ciclismo.

El ciclista Conrado Tito Gallo convirtió el lugar en escenario para que sus fans lo idolatraran. El día que se accidentó bajando del Alto de Minas, después de haber dejado atrás el viento, el kiosco de Belén se convirtió en una sola lágrima.

Agotados los rituales de la misa, los encuentros en el kiosco con agarraditas de la mano por debajo de la mesa, venía el almuerzo en sus casas. Las parejas quedaban listas para ir a cine doble en el teatro Mariscal.

Claro, con candelabro a bordo, o sea, una tercera persona de confianza, generalmente el hermanito menor o una tía quedada, para que frenara los ímpetus de los enamorados una vez se apagaba la luz.

Pasaban películas mexicanas con María Félix, Ceja de Lujo, la Tongolele, Tintán y Marcelo, Clavillazo (el de “nunca me hagan eso”), Cantinflas, Joaquín Cordero, Ana Berta Lepe, Pedro Infante, Miguel Aceves Mejía, el del copete blanco, Jorge Negrete. O Miroslava, la bella que se suicidó de amor por culpa del torero Luis Miguel Dominguín.

Cuando a las pipiolas no las dejaban salir los hombres de graduaban de varones tomando trago, fumando y escupiendo en el suelo, en los Cafés Central, Pilsen o Chipre, de propiedad de la familia de la actriz María Eugenia Dávila.

El atleta vallecaucano Pedro Grajales entrenaba para los 200 y 400 metros planos bailando rock al ritmo de Bill Halley y sus cometas. Que no falten las canciones de Elvis Presley. Los cocacacolos (muchachos, novios)  imitaban su forma de bailar  para impresionar al hembraje.

Muchachos de Belén fueron en sus quince, el médico Jorge Franco Vélez, Oscar Hernández Monsalve, Alvaro Tirado Mejía, Fabio Rincón Tamayo, Farita, el hijo de doña Luciela y don Hernando, Rodrigo Álvarez, abogado, cuñadísimo de Belisario, Rodrigo Fonnegra, Carlos Lebrún… Siempre faltarán datos.

Hacían nube las bellas como Fabiola, María Elena, Gloria, Elvira y Clara, las cinco hijas casaderas de doña Jael, venidas de Carolina del Príncipe. Con ellas íbamos a Morival a gastarnos la plata que no teníamos. Pero siempre había algo para empeñar en casa de alguno de nosotros... Como eran asediadas a morir se decidían por el noviecito que mejor bailara la música de Lucho Bermúdez o de Pacho Galán.

En fin, muchachas que quitaban el sueño las hubo siempre. Para muestra doña Rosa Elena, la esposa de Belisario.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Parque de Belén, un universo compuesto de mundos entre la ciudad




OPINIÓN  RECOMENDADOS

Parque de Belén, un universo compuesto de mundos entre la ciudad


No niega que muchos de los venezolanos se vienen a hacer el mal, dando una imagen negativa, pero no todos los son. Lo que más pide es paciencia con ellos. En su país si sales a protestar arriesgas tu vida y la de tu familia.
La viscosa, blancuzca y verde rila de paloma cubre cada rincón del parque. Sus plumas rebotan en las ramas de los árboles y en los descascarados bloques de cemento que arman el suelo. El inherente humo de cigarrillo parece ser la medicina que relaja el espíritu de pensionados indefectibles. Un mundo cuadrado zambullido en la particularidad de la vida: gozar.
Parque de Belén, insinúa su significado, bulla, desorden, alboroto, tumulto… El sutil olor a marihuana permea las fosas nasales de las almas del lado. Un prolijo acompañamiento de policías deambulantes en piaras. No importa, igual los relojes robados son producto del mercado del diario vivir de habitantes de calle.
Una máscara sensacionalista cubre los rostros de aquellos que se informan del último muerto de Medellín. “Muere taxista en Las Palmas”, titular del Q´ hubo.
El café, los rellenos y arepas que ofrecen los venezolanos que colonizan el parque reposan en termos y cajas plásticas. No es de extrañarse. Justo pasa una joven de aproximadamente veintitrés años ofreciendo sus empanadas para acompañar con un tinto. Camina dos o tres metros y se detiene ante todo sujeto que habita la plaza. Su ajada blusa color rosa pastel halaga la frase “Oh la la”, pero parece contradecir la emoción de su portadora.
Se acerca y es la oportunidad de hablar. Hace tan solo tres días llegó a Medellín, huyendo de la situación infernal de su país. Como ave desolada que recorre un desierto, esta mujer ha caminado algunas calles de la ciudad. Las imprevisiones la hicieron llegar hasta el Parque de Belén. No sabe ni dónde está parada, pregunta el nombre del lugar.
Su mirada humilde expresa la esperanza que conserva. La necesidad de comer la lleva a ofrecer sus productos. Igual espera que su título de técnica superior universitaria en Informática sea útil para conseguir un empleo. Parece ser que necesita ser escuchada por alguien, quiere contar por qué se vino de Venezuela.
Su cargo como analista junior de procesos no le alcanzaba sino para ganar un sueldo mínimo. Tan solo setecientos cincuenta mil bolívares para pagar pasajes, en los que se gastaba alrededor de quinientos mil bolívares, y la comida. ¡Imposible! Un kilo de carne que cuesta doscientos mil, de pollo trescientos mil, los huevos trescientos mil… Las contadas monedas no daban para nada y menos para dos personas, su novio y ella.
Los estudios, a gatas, que lleva su novio, le impiden trabajar. El poco dinero que ella ganaba tenía que estirarlo hasta más no poder para alcanzar, siquiera, a comer yuca y fríjoles, otras veces solo plátano y cada tres meses una migajita de carne o pollo. El hambre se convirtió en símbolo del país vecino.
Afortunada, así es esta mujer. Al menos tiene su pasaporte que le permitió pasar a Colombia. No tuvo que pagar los cien dólares que miles de venezolanos tienen que dar para poder obtener una firma, una licencia y el pasaporte. Sin contar que un solo dólar puede llegar a costar doscientos treinta mil bolívares, saldo que no alcanzan a ganar. Despavorida, cuenta que hasta hay que pagar por la vacuna contra la fiebre amarilla.
Lo único que queda es comprar el dólar al mercado negro. Para ella era casi imposible vestirse y hasta comer. A duras penas resolvía sus necesidades básicas. Y no es cuento de ficción que hay personas que comen de la calle. En ocasiones, tuvo que ver cómo mientras comía algo se paraban los niños y le decían “¿Me puedes regalar un poquito de comida?”.
La delincuencia se desató, los policías los agarran, pero de nada sirve porque les piden algo para el fresco y los dejan ir.
Recuerda con horror la travesía para cruzar la frontera. El play station que traía una de las compañeras con las que venía quería ser retenido por la guardia. Roto, sucio y sin factura, aun así, no lo podía pasar. “Hay que mandarlo a guardar y no te aseguro que lo puedas recuperar. Te lo pueden romper, le pueden sacar las piezas, pero si me das algo para el fresco, lo puedes pasar. Te cobro diez dólares por pasar el play”, recuerda que dijo el guarda.
Bienaventurada, a ella no la revisaron. Bueno, al fin y al cabo, lo único que traía era ropa, pero no la inspeccionaron ni le quitaron nada.
Suerte que con la que no contó una joven que venía para Cúcuta y traía un mercado bastante grande y la guardia le quitó la mitad. El hambre que tiene que aguantar la autoridad no se esconde. Lo mismo pasó cuando venían en San Antonio de Táchira, uno de los pasajeros del taxi traía tres costalados de aguacate. El taxista le advirtió y sugirió que le diera a los guardias antes de que le quitaran. Esta mujer nunca dejó de preguntarse, “¿por qué? Si ese aguacate tú lo compraste o tú lo sembraste. Eso es tuyo. ¿Por qué tienes que negociar algo con alguien?”. En ese momento ella entendió que los guardias también están pasando una situación difícil.
La autoridad que vive en Táchira es enviada a trabajar a Caracas, allí deben permanecer uno o dos meses, tiempo que se vuelve eternidad. Lo único que alcanzan a comer es arroz o pasta con agua. El Estado ni siquiera es capaz de suministrarles los alimentos. Es verdad que tienen que conseguir dinero en la calle, pero la situación está al borde del colapso.
“No es que yo me quiera quedar aquí. Mucha gente dice, ´Qué fastidio los venezolanos´. Pero mira, si esto se acomoda, yo creo que todo el mundo se devuelve”. Son estas las palabras de aquella mujer que se le aguan los ojos.
Lo que ella menos quiere es molestar a la gente. En vez de sacar a las personas, ¿por qué no ayudarse unos a otros? Está convencida que las ventas en las calles no se deberían hacer, pero se ve obligada a hacerlo para ayudar en los gastos de la habitación en la que duermen, estrechas, tres personas. Sin embargo, no pierda la fe de encontrar un empleo estable.
No niega que muchos de los venezolanos se vienen a hacer el mal, dando una imagen negativa, pero no todos los son. Lo que más pide es paciencia con ellos. En su país si sales a protestar arriesgas tu vida y la de tu familia. Persiguen a tus familiares y amigos. La salida no se ve cerca. Aún muchas, muchas personas los siguen apoyando, dicen, “Yo no como, no importa, pero yo los apoyo”. Situación alarmante. De nuevo se ven los ojos aguados de esta humilde mujer.
Una manera de salir adelante es por el apoyo de la familia. Algunos compran en un lado y comparten un poco con los otros. “No, mira, ven, vamos a reunir para comer”.
Así se desahoga, se despide y continúa ofreciendo sus empanadas en el parque.
Mientras tanto, el lateral de la calle 30 A se viste de lustradores bajo un viejo toldo verde. Un toque de brillo y quedan listos. Los adultos mayores disfrutan el final de la vida, en medio del juego, cuatro mesas se disputan la partida de cartas, a su alrededor un público que suda el juego.
Una curiosa mesa en la que se diligencian documentos se ubica allí y mejor todavía, al lado una en la que se toma la presión arterial. No vaya a ser que a uno de los adultos le de un ataque en la plaza.
Curioso es que la zona del parque con más amplitud, en la carrera 76, sea la menos frecuentada. Correr, brincar y jugar se podría dar, pero no. Lo único que predomina allí es la tranquilidad, el silencio que podría darse se trunca con el ruido de los carros.
Obleas, dulces, tintos y hasta cremas corporales se pueden encontrar. Palomas van y vienen por todos lados. La timidez que las caracteriza desapareció por completo, el miedo no está presente en ellas. Se vuelven amigas de la gente. Picotean los granos de maíz y arroz que reciben de niños y ancianos.
Una fuente cubierta de lama y basura, pero que es la zona de aseo de las aves y de habitantes calle y el suministro para hacer los tintos. Simón Bolívar, desconocido, sin placa y lleno de rila, observa cada detalle del parque. Único testigo fiel del microtráfico de la plaza que es escondido en las cajas eléctricas del parque. Todos los dan por desprovisto o tal vez se hacen los desprovistos, incluida la policía.
Los estrechos palomares son peleados por la multitud de aves. Cocuelo, el árbol que se une a los de edad avanzada espera a más visitantes. Por ahora, cada persona en su mundo, inmersa en el universo del parque y escondida en una ciudad llamada Medellín.

Malibú, el barrio que se construyó en medio de palmeras y aviones


Malibú, el barrio que se construyó en medio de palmeras y aviones


  • Habitantes de Belén Malibú disfrutan del parque de este lugar para conversar y pasear a sus mascotas. FOTORÓBINSON SÁENZ
Habitantes de Belén Malibú disfrutan del parque de este lugar para conversar y pasear a sus mascotas.
 FOTO: RÓBINSON SÁENZ




Tomado de: http://www.elcolombiano.com/antioquia/historia-de-belen-malibu-BF9205322



POR DANIEL QUINTERO MESA | PUBLICADO EL 23 DE AGOSTO DE 2018

Infografía

EN DEFINITIVA
El nombre del barrio Belén Malibú proviene del tipo de palmeras que se encuentran en este lugar. Pese a que el sector se ha vuelto muy comercial aún se pueden ver casas antiguas.



Un grupo de cinco jóvenes conversan y se ríen en una de las esquinas del
parque de Belén Malibú. Las amplias calles de este barrio permanecen vacías
 y pareciera que las antiguas casas que hacen parte de este lugar prestaran
atención a cada una de las palabras que salen de estos muchachos.
En los jardines se elevan altos árboles y palmeras del tipo Malibú, que son las
 que le dan el nombre a este barrio de la ciudad, de casas grandes y muy
antiguas, pintadas de color marrón y tonos pastel, que contrastan con sus
tejas color ladrillo.

El paso constante de los aviones retumba en los cielos 
azules de este punto de la ciudad, Malibú es un 
corredor del aeropuerto Olaya Herrera, la vibración 
de estos aparatos sacude las copas de los árboles 
y hace que estos se balanceen de un lado a otro.
A la par de ese vaivén llegaron los primeros pobladores, entre las décadas
de 1950 y 1970, situación que aprovecharon ingeniosos constructores de
la época, quienes ofertaban las primeras casas de una manera muy singular:
 “Señores, les decían, en esta zona de la ciudad hay tres barrios donde usted
 puede vivir, escojan entre Laureles, que es para ricos, y Belén Rosales y
 Malibú para los intelectuales”.
Muchos, como era de esperar elegían la segunda y tercera opción y más
 aún porque eran hombres y mujeres que trabajaban en la Universidad
 Pontificia Bolivariana, además venían en búsqueda de zonas tranquilas
 que aún conservaran la ruralidad.
Inés Jaramillo, una de las habitantes con más tiempo en este sector recuerda
 con nostalgia aquellos días en los que no había edificios, “las casas no
 eran muy lujosas, eran grandes y habitadas por un gran número de personas,
además la gente siempre ha sido muy amable y con la construcción de la
iglesia de Jesús de la Buena Esperanza nuevos vecinos y pobladores llegaron
a este sector”.
Floreció en inundaciones
Durante los años 50, el lugar se inundaba constantemente por el desbordamiento
 de la quebrada La Picacha, a pesar de esto el barrio ubicado en el sector de
 Otrabanda, como era conocido el occidente de la ciudad, fue creciendo y
 teniendo otros referentes como lo fueron el barrio Rosales y Laureles.
Johny Quintero contó que el desarrollo surgió en medio de los barrios Belén
 Rosales y San Joaquín, el primero recibe ese nombre por los cultivos de flores
 que había a mediados del siglo XX en ese lugar y el segundo por los árboles
 San Joaquín que crecían en esta parte de la ciudad.
La construcción de la calle 30, la carrera 70 y la avenida Bolivariana, entre los
años 1960 y 1970, le dieron forma al sector. Lentamente fueron apareciendo
los negocios comerciales y los habitantes encontraron nuevas maneras de
ganarse la vida.
Las personas del Malibú parecen haber envejecido a la par del sector, casi
 no se ven niños jugando en las aceras y en las calles. Sin embargo, los jóvenes
 que aún comparten en el parque dicen lo contrario, “como puede darse cuenta
aún hay muchachos en las calles de Malibú, somos una generación que ha
heredado de nuestros padres y abuelos las antiguas casonas que fueron
construidas hace más de 40 años”.
Al tiempo, uno de los vigilantes del barrio hace ronda por el lugar. Su nombre
es Rodolfo Chaverra y dijo que “la comunidad es muy unida y respetuosa, nos
tienen mucha confianza, porque algunas familias viajan frecuentemente y nos
dejan las llaves para que nosotros le demos vuelta la casa y entremos a regar
los jardines”.
Los jóvenes finalmente se fueron, uno dijo que debía ir a trabajar, el otro a
visitar a un pariente que estaba enfermo y aquel que se lamentaba por la
discusión con su novia, dijo que nuevamente la buscaría y así uno a uno
se marchó surcando los rincones y cuadras de este barrio que se resiste ante
 el olvido y que lucha como muchos otros de Medellín contra los problemas
 de seguridad, ruido y movilidad.

CONTEXTO DE LA NOTICIA

Diego Orozco, presidente de la Junta Acción Comunal de Belén Rosales aseguró que el barrio
al igual que otros de Medellín enfrenta problemas de seguridad. “Son muchas las dificultades
que tenemos, una de ellas son los robos. Se ha vuelto común que en algunas partes los ladrones
 asaltan a mujeres y a los ancianos. Requerimos mayor presencia de las autoridades, el hecho
 de que el cuadrante sea demasiado grande porque va desde el parque de Belén hasta el cerro
Nutibara dificulta la labor de la Policía, además no contamos con una sede para las reuniones
de la acción comunal. En el momento realizamos todas nuestras labores desde el telecentro
de Belén”.







Daniel Quintero Mesa

Periodista en formación de la Universidad Luis amigó. Me gusta leer, escuchar y redescubrir lugares que el tiempo y las personas han olvidado.