lunes, 15 de febrero de 2016

Belén, entre bares y cantinas. Orlando Ramírez Casas(ORCASAS)

Orlando Ramírez Casas –ORCASAS-
(Este artículo fue escrito para la convocatoria de un libro barrial en proyecto, pero por el alto volumen de material recibido en la propuesta no fue seleccionado por el comité editorial y recibí autorización para disponer del contenido. Fue publicado originalmente en: http://postigodeorcasas.blogspot.com.co/2016/02/139-belen-entre-bares-y-cantinas.html ).

El escritor José Libardo Porras, en un relato de su libro “Es tarde en San Bernardo”, dedicado a ese barrio de Belén; habla del café Amarillo, desde donde veía pasar y soñaba con la mujer más bonita de la cuadra, que exhalaba aromas de sensualidad. El café Amarillo hace parte del arqueo, o inventario, de los recorridos por la bohemia de ese sector del occidente de la ciudad; que trajinábamos cuando no estábamos “Desengañados de bares y cantinas, /de tanta hipocresía y tanta falsedad; /de los amigos que dicen ser amigos, /y las mujeres que mienten al besar”, como cantaba Orlando “Contreras” González Soto, un cubano que vino a morir a Medellín y vivió en el sector Santa Clara de Belén La Gloria, en cercanías de la canalización de la quebrada Altavista, muy cerca del bar Coba.


Mora bar o Morabar, de don Bernardo Mora, fue un café famoso de la carrera Junín entre calles de Colombia y Boyacá, contiguo al edificio Fabricato, ese edificio donde a una agraciada mujer ascensorista la picó un portero… en mil pedazos que esparció por los techos vecinos, a cuadra y media de donde Oscar Domínguez Giraldo conoció a doña Gloria Luz, su esposa. Esto se sabe porque en “Breves historias de amor” a Domínguez le dio por hacer arqueo o inventario de sus amores que comienzan con Gloria, la de Aranjuez; pasan por Ángela, la de Envigado; por Margot, Fita, y Beatriz; e incluyen a Leticia, una chiquilla de quien dice que “La conocí cerca del parque de Belén, por los lados de la heladería Morival. A ella le gustaban las muñecas y el croché; y a mí los balones, quebrar bombillos, y montar en zancos. Nos separamos por incompatibilidad de juguetes”.

También dice Oscar Domínguez Giraldo que:


Gloria C., mi otra primera novia,  nos daba casquillo a los muchachos del barrio Belén y de Envigado, que frecuentábamos su casa. Tenía sonrisa, mirada, y caminado de mujer fatal. Su séquito de admiradores no sabíamos qué era una mujer fatal. Ella tampoco. Nos enamoraba con el misterio que sabía crear a su alrededor. La mirábamos con la ternura de Nipper, el perrito de la Víctor. Ella nos miraba con curiosidad de paleontóloga. Aun así, viéndola, nos provocaba creer en Dios, siguiendo el verso de Géraldy. Todos nos proclamábamos novios suyos... pero donde ella no se diera cuenta. Habríamos sido capaces con su amor, pero no habríamos resistido que nos rectificara en público. Nos faltó ropita, audacia y desodorante para enamorarla. A los dos más enamorados nos jugó al que bailara mejor con ella La Bonga, de los Corraleros de Majagual. El nombre del perdedor no es Óscar".

Su tocayo Oscar Hernández Monsalve, que vive por la iglesia de Los Alpes en Belén, también hizo inventario de las suyas que comienzan por:

La Zarca, que no tenía nombre pero tenía catorce años. Pequeña, como su precio en monedas. Conoció mis caricias casi niñas, y recuerdo sus besos iguales a mariposas perdidas…  María, la obrerita, se llevó mis primeros ardores, temblorosos, infantiles, rodando por la hierba; pero no vino la palabra amor. Fue solamente carne ciega al viento de la noche… De Maruja miré sus frescos pies de campesina que siguen descansando en la memoria… Lina, la breve y dulce niña, fue hada sonriente escondida en los años, suave como el sonido de la palabra alondra…”. Hernández hace el recuento de sus amores que incluyen a Bety a quien: “… encontré suspendida en las sombras, bordada en su penumbra, y quise perderme entre su pecho. Nos miramos una hora y nos perdimos una vida. Tenía en sus ojos todo el dolor del mundo, y hui a esconderme en el calor del ron…”.

El calor de los rones de Belén arropó nuestra adolescencia, y nuestro inventario de muchachos tímidos empieza en la heladería o fuente de soda Las Cocacolas, en Belén Altavista parte baja, donde Joaquín Posada nos tenía cuenta abierta de apuntes “pa´las que sea”, que guardaba pacientemente hasta que los entonces muchachos trabajadores le endosábamos la bonificación de la prima navideña. Allí nos sentábamos, porque al descender del autobús por ahí tenían que pasar las muchachas del barrio a sus hogares. 

Bueno, no diría que hubiéramos conducido carro de caballos ni que lo hubiéramos llevado de la rienda, eso no, para qué presumir de lo que no tenemos ni hemos tenido; pero en los recorridos por la carrera 76 de Belén tal cual tangueada nos pegamos en otros tiempos sentados en la primera mesa del café, con los ojos convertidos en atarrayas, para ver pasar las chicas por la acera; y de andar por la carrera podemos decir que “también carrero fui, y a mucha honra señores”.


Yo también carrero fui”, tango con letra de Héctor Marcó y música de Antonio Stacasso, interpretado por Alberto Castillo.


Con mi perro a la culata
-yo silbando presumido-
no hubo amor ni china ingrata
que no prendiera en su bata
mi corazón atrevido.
Y a la vuelta de una esquina,
con un mate bien servido,
allí me esperó Manuela,
Rosa, Elvira, Inés, Leonor.
¡Y hoy guardarán todas ellas
de mi cariño, una flor!

En el Kiosko del parque de Belén, junto al cocuelo que dejaba caer sus frutos de bala de cañón, los muchachos del barrio rematábamos noches de amanecida atendidos por don Mario “Vaca”, que fue testigo de esos recorridos. Por allí cerca estaban las heladerías La Casita, y La Casona. En La Casona, cuando don Alberto Buitrago contrataba al grupo musical de Los Ayer´s, había lleno completo y se agotaban sus picadas de chorizos importados de Santa Rosa de Cabal cocidos al vapor y luego fritos a gusto crujiente. Al frente estaba la heladería Tampa. Diagonal al Kiosko quedaba la heladería El Portal, contigua a Pollos Candela el asadero cuyo consomé de pollo con menudencias curaba guayabos de amanecida y de los otros. Candela se trasladó frente a la estación de servicio de la Bolivariana a una cuadra del parque, pero El Portal se acabó. Diagonal a la iglesia estaban las heladerías Los Sauces y Los Alpinos. Diagonal a Los Sauces estaba la heladería Palmaseca, y a continuación la heladería Soraya donde la que es mi esposa de hogar, y la que fue mi amante de café, se juntaron marcando el principio y el fin de dos etapas de mi vida. “Y esa mujer, ¿Por qué te saluda y te reclama que no volviste?”. Mi voz temblorosa quizás no sonara convincente, pero me aventuré con una respuesta: “Por lo mismo. Porque no he vuelto. Es un capítulo cerrado de mi vida”. Ese encuentro bien pudo haber frustrado mis planes matrimoniales, pero logré sortearlo con dignidad. Más heladerías hubo seguramente en el Belén de mis años juveniles, pero estas fueron las que marcaron mis recorridos, quizás con algún error de ubicación en cuanto al sitio preciso donde quedaban, pero sí todas cercanas al parque de Belén. 

Tal vez la más famosa de esos tiempos haya sido la heladería Morival, cuyo nombre parece apócope del valle de las moras. No sé de dónde salió. Pudieron sus propietarios ser algún Mora y algún Valencia. Eso es posible, pues es menos posible que algún francodesciendiente de apellido Morival hubiera llegado a estas tierras. En Europa los hay, en la Commune de Neufchâteau de Bélgica.

En todos lados hubo, seguramente, salones de billares en Belén. Los del viejo Carlos, en la vía de la fábrica Vicuña hacia el barrio de Altavista, eran unos. Los de Belén Terminal, frente a la fábrica, eran otros. El Jinete y el Salón Mariscal en la carrera 76, cerca al parque, eran otros. Todavía hay billares diagonal a la iglesia, en el costado sur del parque; los hay contiguo a lo que era Conavi (hoy Bancolombia), por la calle 30-A, en donde antes estuvo el Teatro Mariscal; y los hay en la calle 30 con carrera 76-A, de don Gustavo Ramírez el dueño de la Prendería la 76 que también fue dueño del café Amarillo. En los bajos del salón de billares, de lo que fue el Teatro Mariscal, estuvo por un tiempo el famoso restaurante de “Conejo”, cuya oreja de cerdo sudada para el desenguayabe lo ponía a uno a chuparse los dedos y hacía estremecer de emoción los depósitos de triglicéridos y colesterol.


Los tiempos han cambiado, y los jóvenes se reúnen en “parches” a escuchar sus músicas que a los oídos de mi generación septuagenaria suenan estridentes. El sector de La Mota es uno donde los vecinos se quejan del volumen que sale de los bafles y altavoces instalados en sus vehículos. Compiten a cual suena más duro, sin respetar las horas de sueño y de descanso del vecindario. La calle 33, desde el puente del río Medellín hasta Santa Gema y La Castellana, se convirtió en zona rosa con música a altísimo volumen y abundante afluencia de clientes y de vehículos hasta la madrugada. La avenida 80 tiene la misma característica desde los Campos de Paz hasta Robledo. Las heladerías y cafés fueron sustituidos por parches, tabernas, y discotecas, que tienen otras características. Hacer un inventario de estos lugares no me es posible, son otro cuento, son otra generación; y eso ha hecho que se acaben los bares temáticos, como tales. No hay un bar de tangos, no hay uno de boleros, no hay uno de música andina colombiana, no hay uno de música vieja de los años 50, no hay uno de música de antaño de los años 30 y 40. Se oyen vallenatos, de los de ahora; y rancheras norteñas, de las de ahora; y los hay especialistas en música de los años 60 o en música de los 80 que para los jóvenes de comienzos del siglo XXI es “música vieja”. Los negocios existentes han derivado hacia la modalidad denominada “cross over” o todo terreno, que consiste en poner variedad de música según el pedido de los clientes que haya en el establecimiento. En algunos, antes de que uno se haya tomado el segundo aguardiente, se pasa de un bolero a un vallenato, de una balada a un merengue, de un vals peruano a un tango, en una mezcla de gustos que sabe a tanto que no sabe a nada, a diferencia de aquellos tangueros bares donde escribí muchas cuartetas “A la niña más hermosa, que en el parque conocí. Fue en tu mesa, cafecito, donde me sentí poeta y aprendí a rimar los versos…”.

En un rincón del café”, tango con letra de Francisco Laíno y música de Gabriel “Chula” Clausi, cantado a dúo por Enrique Motto “Chito Faró” Arenas y Carlos Viván:


Existe todavía el bar Coba en la carrera 76 nro. 28-80, fundado hace más de 60 años, en 1949, por don Gilberto Escobar; y hasta hace poco atendido por su hijo, John Jairo Escobar Castaño. En el portal de la Red de Bibliotecas.org hay una página de Medellín Cultural con el título genérico de Medellín es Tango, en la que reseñan los bares tangueros La Boa, Salón Málaga, Homero Manzi, La Payanca, Tarki, Patio del Tango, Adiós Muchachos, y… el ¡Bar Coba! La periodista Jenny Giraldo lo seleccionó para escribir su artículo “Bar Coba, sobreviviendo a la avalancha”. Gracias a este artículo me entero de que “cobar o dar coba” es empollar, y también adular con zalamería. 



El bar Coba se especializaba en tangos, pero acaba de ser adquirido por don Guillermo López Rodas que lo ha remodelado y piensa poner variedad de música al gusto de la clientela “porque yo soy comerciante, y la clientela es la que manda en cualquier negocio”. Por culpa de los tangueros que se han venido muriendo o encerrando en sus casas, y de los muchachos amigos del hip hop y el reguetón, el bar Coba cambiará de orientación musical. Don Guillermo y su hermano Fabio son propietarios de Bonanza, en la carrera 76-A con calle 30, y durante mi visita se escucharon principalmente boleros y música vieja. Tiene más de 40 años de existencia y fue de don Víctor Martínez antes de pertenecer a los hermanos López. Al dar la vuelta está el Club de los Tranquilos, en la calle 30 nro. 76-A 15, donde se oye principalmente música caribeña. Fue fundado sin nombre por don Octavio Villa en una esquina del parque de Belén, que se conocía simplemente como “la esquina de don Octavio”. Todavía sin nombre se trasladó a la carrera 77 con la canalización de la quebrada La Picacha, donde el municipio los obligó a inscribirse en el registro de comerciantes y pidieron a los clientes que sugirieran nombres para el lugar. Varias propuestas se oyeron, pero de la mesa de habituales jubilados que no guardaban afán ni para ir a almorzar surgió el nombre de Club de los Tranquilos, que desde 1982 se trasladó al lugar actual y es atendido por su propietario don Leonel Villa Álvarez, y por su hermano Mario, hijos de don Octavio. Frente al que fue Colegio Montini en la carrera 78 con calle 30-A, esquina, lleva muchísimos años El Buen Gusto, que fue propiedad de don Gustavo Salinas. La música es variada y va de los 50 a los 70, de los 60 a los 80. “Le ponemos lo que guste. Deme el título o el cantante, y se lo consigo”. Esto se facilita porque las discotecas ya no son arrumes de discos, casetes, o CDs, sino que están sistematizadas por computador. En Belén Granada todavía está el legendario bar El Yucal de música antigua, y en la carrera 76 con calle 21 está La Milonga donde no se oyen milongas sino música de los 60. Esta Milonga es distinta de La Milonga que había cerca al parque y era más conocida como Bar Pilsen. Cerca al parque estuvo también el bar Luka, y en Belén Miravalle hasta hace poco todavía existía el apodado “Consulado de Pácora”, de don Alonso. En la carrera 78 nro. 31-02 está el bar Peñaranda, de don Hernando Valencia Henao, que tiene más de 20 años de existencia. En la carrera 78 con calle 32 estuvo el Sol y Sombra, y en la calle 30 entre carreras 76 y 77 todavía está el Rincón de Antaño, que fue de don Mario Escobar Vélez con música, naturalmente, de antaño. Contiguo quedaba el Restaurante Ambrosia, cuyos tamales fueron legendarios para calmar la hambruna bohemia de la madrugada, y en algún momento fue propiedad de don Gerardo “Negativo” Castañeda cuyo apodo corría por cuenta del color de su piel “quemada al horno”. Muy cerca hubo un bar que en algún momento fue propiedad de un señor cuyas aventuras en el juego hicieron historia. De pronto se veía propietario de un café en una esquina de Guayaquil, un hotel, una casa, un carro, una finca. Y a la semana siguiente estaba diciéndole a su esposa: “Mija, vámonos para otra parte que perdí la casa con todo lo que hay adentro”. Enredados en la suerte de los dados, se iban la finca, el café, el hotel, el restaurante, el carro; y se veía el hombre empleado como ayudante en un negocio de tomates, mientras la suerte volvía a sonreírle. De él se decía que era capaz de jugar hasta la mujer, y que hubo momentos en que perdió hasta la camisa. Los locales del parque donde antes funcionaban cafés, bares, cantinas, y heladerías, han venido convirtiéndose en casinos. Seguramente el juego es mejor negocio que la venta de licor.

Mientras hacía el recorrido me encontré el bar Donde la Guagua en la carrera 76 nro. 27-09, de don Jairo Osorno. Aunque su administrador me dijo que allí se pone toda clase de música, al gusto de la clientela, me sorprendió al pasar porque sonaba música de Silva y Villalba y de Garzón y Collazos. Esa música en un bar de la actualidad es una verdadera rareza. “Pero este bar no es nuevo”, me dijo el administrador, “porque tiene muchos años. Lo que pasa es que la dueña lo tuvo primero como tienda, después como tienda mixta, y después solamente como bar”. Recordando un viejo chiste, sonreí y le dije: “No me vaya a decir que a esa señora le decían La Guagua”. Se puso serio. “No, señor, a ella no le decían así. La Guagua era su ayudante, y por eso los clientes decían que vamos donde La Guagua”.

No es venganza”, de Santiago García, interpretado por Carmen Delia Dipiní:


Junto con el Coba, Bonanza, y el Club de los Tranquilos, que son tal vez los establecimientos más mencionados en los artículos de prensa; están los muy conocidos bares Central y el Amarillo, que ya desaparecieron. 

Hasta aquí el mapa de los recuerdos de nuestros recorridos, unos vividos y otros de oídas, por los trasnochaderos de Belén. No soy el primero en escribir sobre estos lugares. En el blog Crónicas de Belén aparece un escrito de don Gustavo Escobar Vélez titulado “Memoria de los cafés de Belén”, cuya visión invito a leer en este enlace:


Anuncia don Gustavo un nuevo escrito, referido a las heladerías del sector, y es posible que estas crónicas animen a otros a escribir sobre ese tema y aportar sus propias anécdotas y experiencias que enriquecen el acervo de la microhistoria de este rincón de ciudad, no tan pequeño. Pero es posible que al sumar los distintos aportes se sigan encontrando vacíos, como lo predice el verso ramoncampoamoriano del sainete Cuerdos y Locos, “En esta santa mansión, /como lo dice el refrán, /no están todos los que son, /ni son todos los que están”. Nosotros cumplimos la tarea y vivimos lo vivido; y, como se dice, “nadie nos quita lo bailado”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Mensajes recibido del urbanohistoriador Hugo Bustillo Naranjo:

Querido Orlando:

Te agradezco participarme el borrador con ese estupendo relato. Sin desear molestarte (me disculpo de antemano, por si algo) quisiera recordarte, muy rápidamente, de otros lugarcitos de trago, juerga y amores encendidos; en ese latifundio añorado de Belén de los Yamesíes, o San Antonio de Aburrá o como a vos te gusta, el Sitio de Guayabal. Vámonos, pues, por entre las tiendas.

Mirá Orlando, sobre la carrera Bolívar de Belén (la 76) con la calle la Pola (la 31) se adornaba de boleros y baladas ese amañadero nocturno que conocíamos como La Tía. Bajando por esta última vía mencionada, derechito hasta la carrera 70, sobre el costado norte de la iglesia de NUESTRO SEÑOR JESÚS DE LA BUENA ESPERANZA en Rosales, alumbraba un delicioso cantón llamado La Noche, atendido por sus bellas y gentiles propietarias Estela y Gloria Álvarez.

Orlando, antes de irnos al Rincón, disfrutando la arteria madre, te invito a que te tomés un trago doble (porque falta trechito por recorrer) con pasante de coco, piña y uvas, en La Bucarica; con la excelente atención de Uriel, ahí al bordito de la entrada a la Cachucha y la Armería. 

Sobre la ronda al Rincón, después de sortear la carrera 80, tomamos la antigua trocha de Cubiletes y pasamos La Virginia para reposar en Tres Esquinas. Acamalados y en confianza le pedimos a Joselito Cuervo que nos sirva otro doble (pero no del chirrinche que fabrican en Manzanillo) y ese sí lo pasamos con sodita y hielo, porque está calentando un poquito. Desde ese lugar que es la cantina de Lolo Santa, y es la más vieja de este ancestral Palenque del Rinconcho, observamos la Farmacia Blanca; para recordar que ese mismo sitio albergó a Los Claudios y las rumbas guaracheras que derretían los amaneceres. 

Antes de que nos bañe un aguacero de esos que sin pedir permiso se desploma desde el Cerro Pelao o de las Tres Cruces, como ahora le llaman, sigamos por esta senda de siempre y busquemos, en la subida que conduce al Ñeque, los cantares de Peronet e Izurieta, o mejor de Valente y Cáceres, arribita de la escuela que lleva el nombre de aquel inolvidable trovador, Ñito Restrepo. 

Ese fuerte apretón de mano de Héctor Restrepo significa que estamos en su casa, el Bar del Mono. Aquí, mi estimado Orlando, no se preocupe que los primeros dos son por cuenta de la casa. Luego de este agradable rato despidámonos de abrazo, porque tanta bondad no se la encuentra uno así como así. 

Busquemos de nuevo el camino, que también lo apodaron Real, y vámonos derechitos al solariego terminal de buses e imaginemos los encantos de aquel legendario Bosques de Viena. Dejando las nostalgias a un lado pasemos por otro ilusionador de luceros: el Rincón Estadero de Willian Correa y RIP (rece todo lo que pueda) porque, como sabés, esto ha sido bravito. Orlando, despidámonos de estos muchachos tan queridos, guardianes y colaboradores; y agarremos el próximo taxi amarillo que venga. 

“Buenas tardes amigo, por favor, ¿Nos lleva de pasada a la Gloria y después al barrio Bingo?”

“¿Cuál es ese, paisano?”

“Ah, sí, discúlpeme por favor, es el barrio Las Mercedes”.

“Está bien. Es que yo trabajo más por el Hospital General y casi no vengo por estos lados”.

El barrio Las Mercedes recibió el apodo de Bingo, porque las amas de casa en sus estrechas callejuelas jugaban bingo mientras hacían los oficios domésticos y se cantaban los resultados de una acera a la otra. ¡Bingo!

Orlando, aquí en la calle 25 y la carrera 80 doble A quedaba el negocito de mi recordado y estricto profesor de Español y Literatura en el Liceo Gilberto Alzate Avendaño, el Licenciado don Domingo Agudelo, y él jocosamente diseñó un cartel que decía El Club. Muchos de sus exalumnos lo visitábamos, sin falta, para que no nos pusiera falla.

“Muchas gracias amigo, por esperar. Por favor, ¿Nos lleva al otro barrio?

Orlando, por esta carretera se va a Aguas Frías; y por esta otra, a la izquierda, nos entramos.

“Amigo, déjenos por favor en la esquina, y ¿Cuánto es?

Estáte tranquilo Orlando que para ese billete de cincuenta el señor no tiene devuelta. “Mire, señor, y muy agradecimos le estamos”. ¡A la orden! 

Orlando, tranquilo que  acá en el Flecha Roja, te reciben hasta Lleritas, si todavía tenés de esos billeticos que te daban cuanto hiciste la primera comunión.

Con un abrazo,

Hugo Bustillo Naranjo

Orlando Ramírez Casas

Archivos adjuntos10:19 (Hace 3 horas.)
para Cco:
Hola, jóvenes:

Ayer nos sentamos en una mesa bajo un paraguas, a ver caer la tarde en la carrera 76 a una cuadra del Parque de Belén. En el momento de la foto, el alcoholímetro marcaba tercer grado. Cuando dijimos "Veee, están tumbando la que fue Heladería La Casona", ya nos habíamos tomado el primero. Cuando dijimos"Mirá, en aquel restaurante quedaba la Heladería Morival", ya nos habíamos tomado el segundo. Cuando dijimos "Y ahí donde está ese casino era la Heladería Tampa", ya habíamos pasado del tercero e íbamos para el cuarto. Nuestros recuerdos del viejo Belén fueron pasados con agua y con picadita de cábanos y quesos. Fue una buena noche, la de anoche, y la comparto con ustedes. El medio calvo, el asegurador Rodrigo Ramírez, es de los Ramírez de suroeste y no somos nada. El flaco desvertebrado es el periodista en uso de buen retiro Oscar Domínguez. El de sombrero soy yo, que soy de los Ramírez del oriente. Algún día moriremos, y quedará esta foto para el recuerdo. No somos nada.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

Mostrando Rodrigo, Oscar, y Orlando en Pecos de Belén.JPG
Mostrando Rodrigo, Oscar, y Orlando en Pecos de Belén.JPG
Rodrigo Ramirez, el periodista y escritor Oscar Dominguez y Orcasas, el autor

viernes, 4 de diciembre de 2015

A LOS OJOS DE OSCAR, BELÉN ES CULTURA

A LOS OJOS DE OSCAR, BELÉN ES CULTURA
La oferta lúdico-cultural de Belén
Óscar Domínguez G.

Texto publicado originalmente en GENTE DE BELÉN, Noviembre de 2015, gentilmente autorizado por su autor para ser compartido en el blog. Gracias, Maestro Oscar

(Mr. Emilio, a la carga con mi ladrillo. Encantado, además. Ya miraré qué tengo para enviarte.
Saludos od)



Tomemos la carrera Ochenta como punto de partida y pasemos  revista a algunas opciones culturales y de entretenimiento que ofrece el populoso barrio Belén.

En dirección sur-norte, la Ochenta alberga  uno de los iconos más antiguos del turismo paisa: la cabecera del aeropuerto Olaya Herrera donde suele agolparse  la multitud a ver aterrizar y decolar aviones.

Una multinacional proletaria del entretenimiento y del mecato se ha montado allí. Y como en turismo también  se dan las contradicciones, frente al “tontódromo”, como le dicen los pilotos al lugar,  funciona el Club el Rodeo, donde el estrato alto va a consentir su  ego.

El Club opera  como escenario  de ruidosas fiestas que arruinan el sueño de los vivos … y de los muertos porque al lado está Campos de paz. Los cementerios – y Belén tiene tres mal contados- hacen parte de la oferta lúdico-religioso-turística de la localidad.

Campos de paz alberga nuevos inquilinos: estudiantes que van a  preparar sus exámenes “lejos del mundanal ruido”.  No pocos aprovechan para ejercer el libre desarrollo de su personalidad y meterse su cachito de marihuana.

La Ochenta nos depara  un oasis para disfrutar el cine-arte. Nada de megaproducciones estilo Hollywood. Las pequeñas salas quedan al lado de la Clínica de las Américas… donde es un placer aliviarse.  Cerca está la clínica de Saludcoop que pronto cambiará de piel.

Siempre sobre la dichosa Ochenta por donde algún día transitará otra línea del tranvía, aparece la joya de la corona cultural de Belén: su parque-biblioteca.  Variopinta la oferta que  ofrece incluida ludoteca y sala de música. 

En deportes el gigantesco aeroparque Juan Pablo II es imbatible.

Como todos los de su especie, el centro comercial  La gran vía es  sitio de encuentro para cultivar una de las bellas artes:  la conversación.

Los Molinos, arriba de la Ochenta, frente a la Nueva Villa del Aburrá, es otro lugar obligado para dejar la quincena, ver cine, disfrutar el menú gastronómico. Pensionados como quien escribe estas líneas, encuentran allí mesas para la cháchara.

La geografía belenita es pródiga en centros geriátricos. Interesados  favor presentar hojas de vida.

En la vieja Nueva Villa del Aburrá está el parque con la escultura de Los Obreros. El tiempo y el  polvo apenas permiten leer el nombre del autor:  Justo  Arosemena.

La Comunidad Cannabica de Colombia, con inmenso  aviso, notifica que es territorio libre para meter maracachafa. El consumo se ha vuelto denominador común en los parques. 

Señoras de perrito y abuelos que empujan niños en sus coches prefieren pasar por la acera de enfrente para no trabarse.

Cerca de este allí, hace 35 años funciona el animado Centro Cultural. Ofrecen clases de gimnasia, yoga, pintura… Hasta cartilla sobre cultivos hidropónicos. El día que lo visité “interactuaban” boda árabe, primera comunión y misa.

En el llamado Preventorio que conserva el viejo nombre hay amplia una propuesta para todos los gustos. Con el encanto de lo gratuito.

Cerca  funciona el viejo café Coba que ha cambiado la receta: adiós tangos, bienvenida la música Cross Over.  No se pierdan el bar de Los tranquilos donde está prohibido el estrés.

La Universidad de Medellín ofrece rica opción cultural y de entretenimiento. No olvide sintonizar la emisora en los 9-40 AM.

El parque de Belén tiene el encanto de pueblo eterno con su mercado campesino dominical. Los parroquianos invierten su  tiempo jugando  ajedrez,  cartas,  dominó.

La vieja Iglesia de Belén domina la escena. Ofician misas como arroz para el diálogo con el que fabrica estrellas. Allí se pueden escuchan homilías que son a la vez maná espiritual, lúdica y entretenimiento.



martes, 6 de octubre de 2015

Barrio Belén Altavista, parte baja -Altavista, el de nosotros-

 Barrio Belén Altavista, parte baja

 -Altavista, el de nosotros-


Tomado de la revista "Ciudad" en su número 23 de septiembre de 2015.

Por Orlando Ramírez-Casas(1)

“Señor, muy buenos días; señora, buenos días.
Decidme: ¿es esta casa la que fue de Ricard?”(2) 

Humberto García Gómez, Humggo, antiguo habitante del vecindario, me telefoneó a finales del año 2013:

¿Sabés, Orlando, que la parroquia de María Madre Admirable va a cumplir veinte años de erigida, y Altavista medio siglo de fundado?

Haciéndome el despistado, para enfatizar que hay dos Altavistas, le pregunté:

¿Cuál de los dos, la urbanización o el corregimiento? 

El de nosotros. Altavista, parte baja – me respondió. 

Me referí al hecho de que hace una década él hizo el prólogo de “En Altavista se acaba Medellín”, mi libro acerca del barrio “de nosotros”, donde llegamos a vivir cuando éramos adolescentes.

Recordé, entonces, los días en que escribía “Buenos Aires, portón de Medellín”, el libro sobre el barrio donde nací y pasé la niñez, y reflexioné en que esos barrios a la antigua han venido desapareciendo en el urbanismo y han sido reemplazados por urbanizaciones y conjuntos cerrados; edificios con porterías, mallas, y muros, cuya finalidad es separar a los habitantes y protegerlos de los peligros del exterior. A esas unidades residenciales no puede aplicarse el calificativo de barrios en el sentido que conocimos cuando recorríamos las calles de la niñez.

¿Qué es un barrio? Podría pensarse que es un conjunto de casas, con trazado de calles distribuidas en manzanas; lo que me lleva a rememorar los primeros días de la urbanización para trabajadores de estrato tres en Belén, construida por el Instituto de Crédito Territorial en la manga de don Juan Medina y sus hijos, “los Medina”, a un lado de las casas de la Fábrica de Textiles Vicuña, e inaugurada en septiembre de 1963. Los Medina tenían predios de su propiedad desde Belén San Bernardo, incluido su hijo Francisco “Quico”, que en la década de los sesenta ordeñaba vacas en su finca de la carrera 76 con calle 28. Recuerdo la Urbanización Altavista con sus 11 manzanas y sus 308 casas de un solo piso, según diseño y construcción uniforme de los proyectistas del Instituto. Todas con sus grises techos de asbesto menos una, la de mi padre, que tenía losa de hormigón; a pesar de que el ingeniero se oponía a que apareciera ese lunar en las fotografías de prensa. “No iba yo a malgastar plata en tejas de lo que sea, y a tumbar después para construir un segundo piso”, fue el argumento irrebatible de mi padre. Irrebatible sí, como irrebatible fue el argumento que el ingeniero expuso a las directivas del Instituto: “¿Y si a todos les da por hacer lo mismo; qué hacemos, entonces, con las tejas que tenemos compradas?”. La terquedad de mi padre le ganó a la del ingeniero, y fue autorizada esa excepción. Si un barrio fueran sus casas, de ese barrio ya no queda casi nada; puesto que las casas de un piso se fueron convirtiendo en casas de dos y tres, con alturas a criterio de cada reformador, y con fachadas y distribución de espacios según múltiples criterios. 

Del barrio original queda sólo un puñado de casas, camufladas entre la variopinta profusión de diseños y modificaciones que hay por todos lados. Una es la de los fallecidos don Alfonso Uribe y doña Ester López de Uribe, que ocupan sus hijos en la entrada del barrio; otra la de don Sigifredo Echavarría, en la esquina de la iglesia, que al enviudar de doña Mercedes Baena se fue a vivir a otro lado y dejó la casa a los suyos. Alguna más por los lados de la Tienda Gilco de Gilberto Colorado, alguna otra a orillas de la quebrada, y alguna por los lados de la escuela o de la antigua terminal de buses. No son muchas las que conservan la apariencia original.

Es que ya tiene más cara de barrio que de urbanización, hombre Orlando. 

También podría pensarse que un barrio es un nombre. Al Instituto se le ocurrió la idea de bautizar la urbanización con el nombre del corregimiento vecino, que queda en el camino de entrada de los conquistadores españoles al Valle de Aburrá, lo que ha puesto a explicar a los unos que ellos son de los de arriba, y a los otros que ellos son de los de abajo; a la manera de aquellas familias de padre e hijo homónimos que tienen que precisar “¿Cuál de los dos, el grande o el chiquito?”. Un intento de cambiar el nombre de la Urbanización Altavista por Manantiales no prosperó, y sus habitantes siguen sintiendo que viven en el barrio Altavista de Belén; así tengan que aclarar, al dar la dirección a los taxistas, que se trata de Altavista, parte baja.

Un barrio no es una frontera, ni un territorio separado por un muro; y, menos, un territorio dividido por una frontera invisible de las que se trazan a punta de bala. No es fácil decir que las casas de este lado son de un barrio, y las casas del frente son de otro; cosa que hacen, a lo sumo, dos barrios a los que separe una quebrada y dos estilos de construcción, como son nuestro Altavista y La Nubia. A los habitantes de Altos del Poblado y a los de Bajos del Chispero, aunque los distancian miles de pesos, no los separa sino un paso y una malla.(3) No se puede decir, pues, que un barrio es un estilo de vida, ya que “la pobreza no está determinada exclusivamente por el nivel de ingresos”.(4) Hay estudios sociológicos que, aparte la capacidad económica, hablan de pobreza cultural.

Como decía mi abuela, “brutos con plata pican más duro que carangas resucitadas. Podrán tener plata, pero no son gente de bien”.

Un barrio, a la hora de la verdad, es su gente. Así como una casa hecha de adobes no es un hogar, hasta que alguien vive en ella; un sector hecho de casas no es un barrio, mientras no sea habitado por la gente. Un barrio es la gente, y cabe preguntar: ¿Cuál gente? Porque la población de un barrio es dinámica y las personas que lo habitan no son siempre las mismas, sin contar la población flotante de los foráneos que se acercan a la iglesia para los oficios religiosos, o los afuereños que transitan por los lugares de comercio.

Así como la Urbanización Belén Altavista cambió su fisonomía a medida que los propietarios reformaron las casas, los habitantes del barrio fueron cambiando. Con el tiempo algunas familias se fueron a vivir a otros lugares y llegaron otras a ocupar su espacio. O los hijos crecieron, formaron hogares, y tuvieron hijos. Algunos lo hicieron y continuaron viviendo en el barrio, reformando la casa paterna; casa que se llenó de apéndices en el garaje, en un lado de la casa, en el solar de atrás, en el segundo piso, en la terraza del tercer piso. Formaron un fogón familiar. Algunas casas han cambiado dos o tres veces de dueños y de ocupantes. Algunas han sido ocupadas por una sucesión de inquilinos temporales, que han aportado sus vidas y vivencias a la identidad del barrio; y luego se han ido, dejando una huella y un recuerdo. Otros se han ido sin dejar ninguno, o uno muy vago.

No sé cuántas familias habiten en la actualidad, pero hace diez años la parroquia censó más de setecientas ocupando los 308 lotes originales, o sea que el barrio se duplicó con creces.

Si determinamos que un barrio es la gente, de la gente original del barrio Belén Altavista queda mucha que uno encuentra en el recorrido por las calles. Los muchachos, que otrora jugaban pelota en la cancha, ya son abuelos; y se les ve sentados en la acera con sus nietos. Los que eran hijos supeditados a la autoridad de sus padres, son ahora cabezas de familia; convertidos, a su vez, en patriarcas. Pero sus padres, los adjudicatarios originales, han ido desapareciendo. Se han marchado con la “señora muerte, que se lleva /todo lo bueno que en nosotros topa”.(5)

Don Hugo Restrepo, el de la casa frente a la Escuela Ramón Giraldo Ceballos, asistió a la reunión del comité de celebraciones en que presenté el borrador de mi libro hace diez años. A finales de año, cuando salió publicado, don Hugo ya se había ido. Ahora me entero de que doña Elena Casas de Restrepo, su viuda, se fue a hacerle compañía sin esperar a que celebráramos las bodas de oro de la urbanización. Esos son unos, entre los muchos que se fueron, hombre Humberto.

Elena Casas Restrepo es el nombre de tu madre, que aún vive.

Eran  homónimas, pero mi madre ahora vive en otro barrio; y de otra Elena Casas, ya fallecida, que vivía por los lados de la quebrada.

¿Por qué no escribís un artículo en homenaje a los que se fueron, Orlando?

No acabaría. Los que han muerto, son ya más que los que viven; y los que se han ido, van siendo más que los que quedan.

Entonces hacé homenaje a los que quedan.

Un inventario de nombres sería largo e insustancial, pero nos podemos limitar a los adjudicatarios fundadores cabeza de familia, o sus viudas. Hagamos una lista de los que viven y aún permanecen en el barrio.

De los fundadores que conocimos los niños y jóvenes llegados al barrio en 1963, quedan muy pocos. Los demás están en el mapa de los recuerdos. 

Vos tenés razón. Un barrio, para serlo, tiene que ir más allá de su construcción material y es el resultado de que la gente se apropie de él, tenga sentido de pertenencia, sienta amor por su patria chica. El barrio de nuestra juventud ya va quedando sólo en la memoria.

Dicen que “La verdadera patria del hombre es la infancia”,(6) amigo Humggo.

Para las nuevas generaciones, que nacieron y se criaron en él, el barrio es la patria. Es el territorio donde se reúnen los recuerdos y los afectos que el hombre guarda en el corazón. Cada generación vive los suyos y los cultiva. Los de nuestra generación, ya respiramos el aire de la nostalgia porque el barrio nuestro prácticamente agoniza. El aire de ahora lo respiran otras generaciones y el barrio que ellos viven, podría decirse, es otro barrio. 

Ya no vive nadie en ella, 
y a la orilla del camino silenciosa está la casa. 
Se marcharon. Unos, muertos; 
y otros, vivos que tenían muerta el alma”.(7) 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Notas

(1) Orlando Ramírez Casas, autor de “En Altavista se acaba Medellín” y “Buenos Aires, portón de Medellín”.
(Este artículo fue escrito para un impreso que se publicará próximamente con motivo de los 50 años de fundado el barrio Altavista –parte baja– de la comuna 16 (Belén) en la ciudad de Medellín).

(2) Parábola del retorno”, poema de Porfirio Barba Jacob.

(3) La chispa de El Poblado”, artículo publicado en la edición 439 del periódico “Vivir en El Poblado”:



(4) Alcaldía de Medellín, Plan de Desarrollo formulado por la Asamblea del Corregimiento de Altavista”, capítulo 2 “Componente metodológico”, aparte 2.1 “Enfoque de desarrollo en escalas humanas”:


(5) Señora muerte”, poema de León de Greiff.

(6) Frases de Rainer Maria Rilke:


(7) Las Acacias”, pasillo de Vicente Medina Tomás (L) y Jorge Molina Cano (M).