ENCUENTROS CERCANOS
DE CUALQUIER TIPO
Colaboración de José Libardo Betancur Pérez
Vida, obras y milagros de la Barra del barrio Belén-Rosales, sus instintos y sus destinos.
SELECCION DE CRONICAS
“Seré verídico para que no me crean” Tomas Carrasquilla (Hace tiempos)
Liceo San Rafael:Una flor y puñales para Mascar
“Solo escribo lo que he padecido en cada centímetro de mi cuerpo”. Antonin Artaud.En el salón de clases de Don Julio Obando se hallaba una puerta junto al tablero herméticamente cerrada y que constituía un misterio insondable para nuestras mentes inquietas, De esa entrada a ninguna parte emanaba una energía intrigante, toda vez que el Liceo era una edificación tan antigua como el Barrio Belén y tenía la apariencia casi tétrica de un recinto conventual, de seminario pueblerino venido a menos. El correo de las brujas ya nos había comunicado la intrigante noticia de que dentro de esos muros húmedos funcionaba un internado. Y en los internados pasaban cosas, eran los presidios académicos para los rebeldes sin causa y para el desencarte de campesinos avispados que sacaban las uñas y esquilmaban a su papá finquero.
También eran internados aquellos mancebos proclives a los afeites femeninos y al arrastre de extrañas plumas en los gallineros de pueblos o barrios de la ciudad. De seguro, también temerosos del poder divino o ansiosos de la habilidad clerical para convertir no ostias en la carne del señor, sino en óvulos de oro de 24 kilates.
He ahí pues parte del misterio escolar, parcialmente resuelto al recibir el soplo de los chismosos habituales que le quitaban la honra hasta la mismísima mamá del clérigo Duque.
Cuando Don Julio dijo que salía y se demoraba, responsabilizando a Betancur del dibujo en el tablero del Presidente Guillermo León Valencia con su nariz ganchuda, sus labios carnosos de concupiscente y su mandíbula de mayoral, para que todos lo copiaran en el cuaderno de historia y lo dejaran con Leo Marín al sonar la campana, Machaquito miró a Sardinero, Sardinero miró a Carecrímen y Carecrímen miró a Kol Kana, decidiendo en un segundo abrir la puerta embrujada.
Ernesto Pérez no había hecho pre-escolar, cuando esto eran kínderes de garaje escribiendo a duras penas palabras con la caligrafía de un niño de cuatro años con parálisis cerebral. Torpe por naturaleza, dañaba lo que cogía y sus dedos estaban con los uñeros en carne viva por ser masticados con gustosa violencia por sus gastados dientes gatunos.
Paradójicamente era un delicado orfebre, aprendiz de joyero en sus horas ociosas dedicadas a ayudar al papá., y un cerrajero por vocación.
En un abrir y cerrar de ojos, mientras Perro o Romeo Gaviria hacia su oficio de guardián-campanero, la puerta fantasmagórica se abrió y vaya sorpresa! Era una vieja alacena con cubiertos mil como para un batallón y como nuevos.
Hermanos encaletemos cuchillos que lo otro es pura güevonada. Dele aquí, dele por aquí, en las medias, en los calzoncillos, en las maletas, envueltos en busos y en las pretinas, así tuviésemos que caminar como varillas. A la casa de machaquito.
En la terraza de la casa de los Pérez estaba un completo taller de joyería con toda la instrumentación necesaria y varios empleados. Cautelosamente se cuidaba una considerable fortuna en oro y piedras preciosas. Se fabricaban anillos, cadenas y adornos especiales por encargo. Se montaban y desmontaban esmeraldas, diamantes, zafiros, perlas, etc.
Machaquito sacó el torno y casi que ordenó, Vamos a hacer puñaletas con esos putos cuchillos. Nada que envidiarle a la daga de Kadir el Arabe, ni a los puñales de los Borgia, ni al puñal sevillano del pasodoble argentino. Marcado cada uno con sus iníciales y B.R.M (Barra-Rosales-Muerte).
Se había prendido la Feria de las Flores y esa noche en el Estadio estaban las casetas con sus orquestas y pistas de Baile. Vamos pa’ el estadio. Alisten puñales. Nunca nos hemos podido explicar cómo en una de las fiestas más sangrientas de Medellín (se prohibió la feria por varios años), no nos pasó nada ni a nadie por nuestra culpa. No sería la primera ni la última salvada.
Un Disparo En la Sombra"… Poniendo una letra detrás de otra,… es la única manera que se ha inventado de escribir”
García Márquez.
Luz Mila era la doméstica que laboraba en la casa de los Gaviria, trabajando desde que empezaba a clarear la mañana. Desde el desayuno Luchi por aquí, Luchi por allá. Margarita desde el baño Luchi, Luchi. Doña Aura Luchi, todos los retoños Gaviria Luchi!!
Luchi, mamada con los requerimientos de semejante tropa de buenas vidas, tan enamorados de sus piyamas que querían vivir con esa vestimenta siempre, sin lavarlas y sin asolearlas. A media noche. Toc. Toc. Toc. Luchita-Luchita, hagamos cochita! Bernardo Gaviria Carecrímen, aún imberbe buscando cambiar el sabor lácteo de la leche materna, por otro sabor más generoso de un pezón moreno penetrante de pachulí.
Ya habíamos notado a Carecrímen más carechupado que nunca y más lerdo, dormido, echado, lento e incumplido que siempre. Los más atrevidos como Juaco Alzate y su lenguaje de alcantarilla manifestaba que seguro estaba mojando mecha.
El sábado por la tarde Bernardo me invitó a su casa. Estaba toda la familia en una finca y Luchita estaba cuidando la casa. Temblor, emoción. La mente a mil. Fue la primera vez que filmé, en la mente, mi primera película por si gráfica. Un escenario único, la pieza del servicio de los Gaviria, personaje-estrella Luz Mila-no sé-qué- Personaje invitado por primera vez al programa, Kol-Kana y su patrocinador. Qué desgaste!
Luz Mila se emputeció y trancó la pieza con una varilla de hierro y amenazó desde adentro con darnos un garrotazo a cada uno par de maricones. Debajo de la almohada de
Don Jaime Gaviria había un bello revólver Colt Caballo 38, corto. Y yo me enamoré de él. Fue amor a primera vista y como no existía tanto pudor, ni era arisco, lo tomé muerto del susto y me lo embolsillé. Inicié entonces otra película en mi imaginación, iba a ejecutar un homicidio, para hacerme respetar y quedar bien con las chicas que no me alzaban a ver.
Nos gustaban los licores de sabores raros. Aparecía dinero mágicamente y crema de café, o crema de menta, o vino, o sabajón, o ginebra, o vodka, o champagne. Entre ese combo de sedientos, nos tocaba de a gotas y bueno, pásmese. Y cigarrillos, uno para todos y no tosás, no jodás. No falta el degenerado en potencia, con ideas descabelladas; Hermano, una copa de aguardiente con sal y lo emborracha a uno de una.
Eso hice. Pero no uno, sino varios ensalados. Heladería 5 y 6, más o menos ocho de la noche. Llena de parejas de coca-colos. Carecrímen me agarra, saco el revólver, le apunto a Joaco y le pego a Machaquito. Oh, oh no, escándalo en la familia. Tomá el aparato Bernardo que me pierdo.
Llegan los amigos “más sanos” de la Barra y donde Doña Juanita, liderados por el Gordo H.P Rincón y Raúl Saldarriaga, a contar el desastre. Juanita los trasquiló diciéndoles que uno no tenía obligación sino de morirse. Y yo, debajo de la cama.
Ese tiro, o esos tiros, disparos en la noche bulliciosa fueron un bautizo de fuego para esa patota improvisada, que solo hacía bulla, se auto-denunciaba a la policía y era dichosa burlándose mutuamente unos a otros. Era violenta de gruñidos y puñales escurridizos y que la manera más dramática de luchar era La Lucha libre vista en el coliseo cubierto y ejercida en la manga de la chéfora o en el parquecito de los Villegas.
Adquirió fama la barra peligrosa, Kol-Kana de pistolero, Carecrímen de lo que parecía y Machaquito de sobreviviente de un ajuste de cuentas. Creamos fama y nos sentamos en ella. Si Kol Kana intentaba sacar un corta uñas, se cerraba la Heladería, se ajustaban puertas y ventanas, repiqueteaban las campanas de la capilla y Rosales quedaba en toque de queda.
Había pues que sostener la caña, entonces se citó a un bonche abierto a la Barra de Los Almendros Lugar, bazar Parroquia Jesús de la Buena Esperanza. Hora 3 de la tarde, día domingo. A ver hijueputas saquen su gallo!
Belén y el Teatro Mariscal "El órgano con que yo he comprendido es el ojo” Goethe.
Belén en los años sesenta era todo un pueblo, rodeado de fincas y mangas con ganado vacuno y caballar pastando indiferentes al progreso que se avecinaba. Veíanse aquellas casas con sus abrevaderos, sus corrales, sus gallineros y su olor a leche recién ordeñada. Esos fragmentos pueblerinos se conservarían algún tiempo hasta la llegada irresponsable de los urbanizadores que pusieron el valor de estas tierras por las nubes, constituyéndose en uno de los negocios más espectaculares de esa década en el sector de la finca raíz.
Casonas solariegas de corredores abiertos a la calle, jardines esplendorosos, tiendas y cafetines de mostradores lustrosos y mesas de hierro forjadas al estilo colonial.
El parque, como siempre, ha sido el principal patrimonio urbanístico junto a la Iglesia de Nuestra señora de Belén, con su estilo románico y sus habituales palomas residentes en sus palomares.
La casona más visible y más antigua era –y es- donde funciona la escuela Rosalía Suarez, donde han estudiado casi todas las generaciones de Belemitas.
Casi en la calle treinta 30A con la setenta y seis 76 funcionó el popular teatro Mariscal. Una obra arquitectónica de estilo francés, con una elegante entrada a Luneta y a Palco (con su silletería acolchonada). En la mitad hacia el fondo estaba ubicada galería o el famoso gallinero, dotado de bancas largas de color café, un intenso olor a desinfectante flotaba en el ambiente que era muy soportable media hora antes de la función, por su extraordinaria música ambiental que luego procederíamos a conseguirla. Música italiana, francesa, rapsodias húngaras, Frank Pourcel, Paul Mauriat. Así mismo La Tijuana Brass, Bert Kaempefert…
Antes de describir algunos hechos anecdóticos vamos a dejar constancia de algo fundamental en nuestra vivencia cinematográfica: ¡No existía censura! Siendo la mayoría de edad los 21 años para las películas de adultos-perdón adultas, nosotros aun imberbes ingresábamos por galería y abra bien la boca y ojos que empieza lo bueno.
A mí no me atraía mamar clase para ir a algún lado o a cine, me sentía muy mal y culpado y no gozaba la plenitud de este rato encantador que lo hacía a uno volar con su imaginación.
También sabíamos que había funciones de lunes a domingo en vespertina, matiné y noche. Los lunes era tradicional el doble de películas mexicanas y los miércoles y viernes exhibían ciclos de películas italianas y francesas- la mayoría para mayores de 21 años- y alguna novedad de otros países. No me he podido explicar cómo llegaba cine tan interesante, que no era exhibido en los teatros tradicionales del centro o pasaban por allí esporádicamente.
Fue una oportunidad única que algunos aprovechábamos al máximo. Así fue como aprendimos a educarnos de manera visual y argumenta, reconociendo el valor de un filme o si éste era una desvergonzada lata.
Con los años en tertulias posteriores, intentamos recopilar información acerca de nuestros impactos cinéfilos y cómo nos marcó tal o cual película, ciertos actores-actrices, directores y sus temas musicales.
Hay algo inexplicable, pero ciertos filmes pasajeros, sin gracia alguna y hasta aburridores nos dejaron su huella imperecedera, como si acaso hoy, después de más de cuarenta años, se estuviera proyectando en el teatro Mariscal en este instante de la narración: (en desorden)
→Rocco y sus hermanos con la espectacular Claudia Cardinale, Dir Visconti-Blanco y Negro.
→La Muchacha de la Valija, Visconti. Claudia Cardinale B y N.
→Veracruz: Gary Cooper.
→El Circo: Tony Curtis / Burt Lancaster.
→El Circo: Charles Chaplin
→Abajo el telón: Cantinflas.
→Zabriskie Point: Antonioni.
→El bebé de Rosmary: Polanski
→El Padrino: Coppola / Nino Rota.
→Lo que el viento se llevó: Clark Gable / Vivien Leigth
→Taras Bulba : Jules Brayner.
• Películas de Jean Gabin – Alain Delon – Charles Bronson.
• El Mundo está Loco-loco-loco.
• Películas de Tintan, Resortes, Pedro Infante y Jorge Negrete.
• La Fiesta Inolvidable – Pantera Rosa: Peter Sellers.
• Carmen de la Ronda: Sarita Montiel
• Películas de Gardel.
• La Dulce Vita: Sofía Loren.
• El Extranjero: Camus – Mastroniani.
• Psicosis / vértigo / la ventana Indiscreta Hitchcock.
Un vistazo memorístico que no cubriría toda la filmografía de tantos años en una muestra desordenada no más para dar a entender de qué manera nos conectamos con el 7° arte.
El sector del teatro llamada galería era en ciertos días, como el lunes y en los estrenos espectaculares, un antro de desorden y abierta vocinglería, en donde se fumaba con tanta intensidad que parecía como si la pantalla flotara en una especie de nube gris y sofocante. Los olores era fétidos y se lanzaban colillas, frutas de mango y mamoncillo a diestra y siniestra sin perdonar pinta.
El perfume penetrante de la marihuana se filtraba por los asientos y transmitía ciertos efectos trastornadores que obnubilaban la mente y sensibilizaban ojos y oídos. Si por si acaso la película era erótica, no faltaba el depravado al acecho junto o detrás de la banca o con los ojos desorbitados en los orinales cerca al telón.
Gritar y gritar duro era una especial cualidad para reclamar ante un tijeretazo a la película, una parada intempestiva del rodaje o una descarada flatulencia en un momento sublime iluminado sobre el telón. Era necesario protestar, no pagábamos pues por eso!
Los De La torre, Lorenzo y Andrés cogieron fama y la sostuvieron con su voz de pecho al estilo de los mejores barítonos y tenores operáticos, Octavio hijueputa soltalo. Refiriéndose al irascible Don Octavio el eternísimo administrador del teatro. ¡Ladrones hijueputas, devolvenos la plata!
Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan solo de noche”
Edgar Allan Poe.
Tato Vásquez:
El indomable Tato tenía el rostro impenetrable de un marino solitario con faz tallada por la brisa salina del mar, con una mirada que parecía estar insultando a todo el mundo. Era ya un verdadero proyecto vivo de un camaján, de camiseta sin cuello y mocasines-apaches-sin medias.
Básicamente era tahúr y futbolista de armas tomar, gritón, peleador y enemigo de los árbitros. Le daba muy duro al balón y a los jugadores contrarios. Se ufanaba ante el público cuando metía un gol, desafiando a la hinchada del otro equipo. Jugaba también póker todos los días por la tarde siendo experto en la magia del azar camuflado de cartas ocultas. Siempre pelaba a todo el mundo, añadiéndole la consabida ofensa y burla a los según marranos del turno.
No lo hacía mal en el billar haciendo malabares con el taco y las bolas para ganar chico tras chico y salir triunfante.
Tato tenía puños de acero y por lo tanto era el voluntario número uno para enfrentarse a cualquier otra patota. Empezaba el bonche y orientaba los ataques, rápidos, certeros, con estrategias calculadas para retirarse a tiempo.
Estaba en el sanedrín por derecho propio, quién se iba a atrever a no dejarlo entrar, si él era metido por naturaleza, criticón y con un carisma de matón. Por eso y por lo ya descrito le temíamos y evitábamos confrontarnos con su habitual agresividad y sus sátiras verbales. No era de Rosales, era de esas extrañas importaciones proletarias del barrio Granada debido a su conexión con el fútbol y los juegos de azar.
JavierLa marca de El Fantasma
Fue sin duda alguna, Tato Vásquez quien en un juego pactado de póker en el parquecito de los Villegas, cuando en un momento culminante ya tensos ante la posibilidad de perder sus pasajes, el mecato del día, la mesada del fin de semana y hasta la cuota del club de Flamingo, se detalló en el semblante cadavérico y sudoroso de Javier Pérez y exclamó, Te ves como una calavera y rompiéndose el hechizo del juego, se liaron a golpes mientras las cartas volaban por el aire como mariposas de colores.
Jamás Javier se quitaría ese apodo de care esquelético, ayudado por sus facciones de flacura extrema y sus ojos ocultos dentro de sus órbitas. En su vida, al contrario, no sería jamás ni hijo calavera, ni ciudadano calavera.
Hermano de Alonso-Chupa, el polo opuesto, eran fruto de una familia venida a menos alejada de la fortuna paterna de mejores tiempos y estaba emparentada con los Pérez de Rosales.
Aspirante al Sanedrín por sus méritos de criticón y engreído, sería un punto aparte desde que iniciara un eterno noviazgo con una de las Villas , de las familias de más estirpe rancia de un barrio con pretensiones aristocráticas.
Su destino, mucho tiempo exitoso, culminaría con la ironía más trágica de su vida: Que de verdad era una calavera.
Los Gladiadores
Primero fue en cine, en el teatro Mariscal, en los dobles mejicanos de los lunes vespertina y noche. Las series estremecedoras de El Santo, el Enmascarado de Plata. Que luchaba dentro y fuera del ring como adalid de la Justicia.
Algunos adversarios en el ring también usaban máscaras totales de cabeza y rostro, de la cual eran despojados cuando eran vencidos, era el caso de El Águila Negra, Frankestein, La Momia, The Blue Demon, La Araña, El Payaso, en fin una hilera de héroes y malvados que hacían estremecer a los espectadores, que como en las corridas de toros, van ocultando su sed de violencia y de sangre.
Luego olfateando la creciente afición por la lucha libre, se montó un campeonato en el Coliseo cubierto y se disparó la moda con máscaras y todo, trayendo como consecuencia el aumento en la demanda de atención ortopédica, oftalmológica, neurológica, odontológica y urológica.
La fiebre alcanzó con mayor efervescencia al Liceo San Rafael que contaba coincidenciamente con gladiadores propios en sexto bachillerato. Gigantones que aprovecharon su dotación física innata para montar sus propios espectáculos, surgiendo imitadores decididos como Carecrimen, Kol-Kana y el Gorila Arango.
De la noche a la mañana el parquecito de los Villegas fue convertido en un coliseo al aire y noche libre, armando verdaderos combates, innovando llaves maestras, golpes bajos, torcidas de cabeza, apretón de testículos a traición, mordeduras salvajes en las nalgas, apagamientos de ojos, sofocos por estrangulamientos, esguinces y patadas de despedida.
Famoso fue en esos improvisados torneos la patada voladora del Gorila Arango, que casi deja trompón a Kol-Kana de por vida, produciéndole un hematoma sanguinolento como el hígado de un marrano con hepatitis.
No recordamos si la moda de los Gladiadores continuó, el caso es que KolKana pasó su incapacidad en Aranjuez. Se dedicaría a otro tipo de lucha, pero con trompadas morales.
Fair Play Y GRAN ESCAPE
Si no dejamos la lucha, la lucha libre acabaría con nosotros para satisfacción de las cabezas visibles del conglomerado Rosalindo. Ya mejorado de las lesiones en todo el cuerpo y con los yesos de brazos y piernas llenos de firmas y con una costra de mugre superior al grosor primario del yeso, nos dedicamos a leer las revistas de Vea Deportes para enterarnos del ambiente candente que vivía el fútbol, ante la llegada de jugadores extraordinarios de otros países, en especial de la Argentina para los conjuntos del Medellín y del Nacional.
Como el campeonato estaba color de hormiga, todos al estadio, todos al estadio. No escuchastes. Todos al estadio. Nos convertimos en hinchas furibundos y cada uno compró un balón. Empezaría la goma más ardiente y desesperante, pero una medicina eficaz contra el virus de la lobería y un antídoto formidable para la paz.
Se jugaba en todas partes:
En el parquecito abajo donde Gafitas, en el de los Villegas, en la manga Chéfora, en la manga El Maracaná de La Alameda, en la Unidad Deportiva, en el Estadio, en la calle, en el garaje, en la mente y en los juegos de futbolín.
Se fueron pactando desafíos inocentes, partiditos sin árbitro y sin reglas, con piedras como porterías, sin tiempo límite, solo goles –a los veinte terminamos-, hágale pues. Hacíamos picaditos desde la mañana hasta que la noche oscurecía rostros y porterías.
Teniendo un interés común, fueron llegando foráneos a exhibir sus destrezas belonpedicas, a intercambiar opiniones, revistas, láminas y posibles marcadores del fútbol rentado. Sin darnos casi cuenta los jugadores comenzaron a visitarnos más asiduamente, ya sin balones y sin pantalonetas, pero con una expresión en el rostro ya muy afín a nosotros, además de futbolistas, eran… ¡lobos!
Fue entonces cuando…
¡¡Llegas a los Villegas!!In memoriam de Omar Orestes Corbatta
Don Daniel Villegas tenía su estudio en el segundo piso de su casa, desde donde ejercía su profesión de contador y asesor financiero de importantes empresas de la ciudad. Su escritorio era un precioso mueble antiguo de pura caoba. Enorme y cómodo con libros y documentos colocados organizadamente, cada papel u objeto en su lugar. A lado derecho, en su extremo, se destacaba una estatuilla del líder del conservatismo más controvertido de toda la historia: Laureano Gómez. Vaciado en bronce y en un tono oscuro, inspiraba tanto temor como si fuese del tamaño de toda la oficina.
Don Daniel era un godo fanático y recalcitrante, amante del azul de su estilógrafo, de su corbata de tono índigo, del cielo azuloso, de la sangre azul monárquica y del azul íntegro del Directorio Conservador de Antioquia.
Muy cerca a sus inmensos libros de contabilidad, mantenía una agenda-Diario, donde anotaba las ocurrencias del diario vivir y los sucesos más trascendentales del Barrio Rosales en el que él creía que lideraba desde su aposento, extendiendo su dedo índice y su lengua, tan larga, que comulgaba desde allí y no siempre en ayunas.
En ese libraco-anecdotario tenía escrita una lista con su firma y precisa letra de contador, detallando con nombres propios y sus respectivos milagros a los apaches que alteraban la convivencia Rosaleña. La lista empezaba con los de La Torre y culminaba con Kol Kana.
Si alguien, por esos días, le hubiese murmurado al oído a la chitacallando que próximamente el negrito maluco de Kol Kana sería casi parte de su familia, habría padecido una trombosis grado seis, es decir, habría muerto congestionado y de color azulado.Nada de esto ocurrió, por una razón profundamente deportiva: el negrito José alias Kol-Kana era hincha del Deportivo Independiente Medellín y era amigo-según decía o cañaba él- de Omar Orestes Corbatta, de Perfecto Rodríguez y de José María Ramaciotti. Coleccionista de tangos, cuenta chistes y en el parquecito comenzó a jugar con sus hijos –las niñas de sus ojos- Memo y Beto. ¡Hasta simpático el negrito! ¡Invítelo a comer!
Primero fue el caos…Huellas anarquistas
Tedio, eso era lo que se sentía ya atardeciendo o en algunas noches brumosas y oscuras, sin ganas de hablar, y los bolsillos vacíos. Masticando briznas de hierba, pateando algún tarro y rumiando todo lo soez que se pudiera pronunciar.
Ningún baile para dañar. Ninguna familia intentaba alguna fiesta porque se exponía a que les movieran los carros a los invitados, les chuzaran las llantas o les rayaran la carrocería, si estaban de buenas, porque si tenían mala suerte el carro podía aparecer en la manga Chéfora o en la canalización de la quebrada La Picacha. No era esto suficiente, Bernardo Carecrímen era experto en colocar voladores debajo de la puerta o pedos químicos que aromatizaban por algunos días varias cuadras alrededor.
Tan delicada era la situación que la Barra de San Joaquín que tenía hasta uniforme caqui y se robó un show en el radio noticiero Clarín por sus desmanes, fue invitada adrede a un baile en Rosales. Veremos que pasó:
En la casa de las Pérez, otras Pérez, ¡hombre! Se realizaría un baile de graduación. La noche estaba sumida en un silencio sospechoso y no se veía, como dicen, un alma, ni un fantasma desocupado. El celador con un ayudante vigilaban carros, motos y motonetas.
Se escuchaba como desde muy lejos la música de los Golden Boys, los Teen Agers, César Costa, Enrique Guzmán y de unos mechudos que llamaban las escobas que cantan y que descrestaban oídos y corazones, se auto nominaban, The Beatles.
Se fue la luz.
Como siempre tan confiados, no aparecieron linternas y velas.
Se rieron, se tropezaron, se rieron nuevamente. Primero se sintió un intenso olor a amoniaco, luego fueron sintiendo escozor en los ojos acompañado de un lagrimeo incontenible. Algún avispado experimentado se caló que algo raro estaba sucediendo y gritó alarmado que mojaran con agua los pañuelos (tan solo había dos baños, para más de treinta personas), y se formó un pandemonio de sálvese quien pueda. En ese instante fue cuando estallaron los totes y ay sí, cundió el terror.
Adentro todo era oscuridad, llanto obligado, confusión y… sofoco en medio de una misteriosa neblina que los hacía toser y blasfemar. Sin remedio tenían que salir al aire fresco. Ya estaban prevenidos y muy convencidos de que algunos atacantes estaban camuflados en la oscuridad y que habían hecho estallar gases lacrimógenos en el mismo instante del apagón.
Los más templados de San Joaquín salieron y exploraron con linternas alrededor y nada. No se percibía ningún peligro inminente, ni ninguna amenaza cercana. Ante esta situación llamaron a la gente, invitándola a que estuvieran afuera y se liberaran de los molestos efectos lacrimógenos al aire libre.
No habían transcurrido diez minutos cuando empezó una lluvia de algo que les golpeaba, sin herir, pero que causaba algo raro en el rostro, en el pelo y en las elegantes ropas de las damas: Era boñiga.
Ya no había terror, ni confusión, solo una rabia infinita y acabándose los buenos modales todo el mundo gritó al unísono. Son los hijueputas de la barra de Rosales. Sintiendo que a diez metros de allí huían un par de sombras muertas de la risa, salieron tras de ellas.
Jairo el estratega
Jairo Arango fue un loco soportable desde niño, un verdadero animal superior, de una inteligencia desconcertante. Bajo de estatura, atlético, rubio de ojos verdes, pero con facciones bruscas como
de un campesino ruso. Simpático y gozón con sus amigos, con sus enemigos se convertía en un León furioso dispuesto a devorarlos huesito por huesito. Para no olvidarnos, era un entusiasta del Jazz y un estratega natural, tanto que haría historia en los motines del Liceo Antioqueño y de la Universidad de Antioquia. Era un anarquista por vocación y devoción y un centro delantero demoledor dentro y fuera de la cancha.
Él y su tutor Poe Mejía prepararon el golpe que hemos estado describiendo, con detalles minuciosos, que iban desde vestirse de negro y pintarse la cara con betún, conseguir los gases lacrimógenos con un soldado sin cinco, suspender la luz eléctrica dañando un transformador con ácido, comprar una libra de totes y armar el ataque final en una operación que se llamó “la batalla de Palo Negro”
Continuemos la historieta…La luz no llegaba. Tampoco la Postobón. Es un chiste viejo, adaptando el nombre de la Lux, la otra marca de gaseosas. Ya había transcurrido más de un rato y no aparecían ni perseguidores, ni perseguidos. Ya todos los otrora felices festejantes se mostraban acongojados. Pasaban simultáneamente de la tristeza a la rabia, de la rabia a la desesperación, de la desesperación a la angustia, no encontraban solución alguna, solo esperaban que llegara la luz y tomar las de Villadiego.
Llamaron a la Policía, les describieron los hechos y les respondieron que ya estaban cansados de atender llamadas de emergencia de Rosales para luego ir y a pasar por pendejos. Ya sabemos cómo son esos mariquitas y algún día los vamos a coger para llevarlos al preventorio. Culicagaos, jódanse ya les habíamos advertido que no más fiestas en Rosales.
Otros tres veteranos del grupo juvenil visitante tomaron sus linternas y salieron a averiguar qué había sido de sus compañeros. Como en la calle no vislumbraron nada, fueron al parquecito de donde Jaime Gafitas, escucharon unos gemidos y vieron entonces los cuerpos encostalados de sus amigos y un letrero: ¡la próxima vez los capamos!
El circo Maltica
La Manga Chéfora era un rezago de finca con sus correspondientes vacas Holstein y el reguero de boñiga esparcido entre el pastizal. Era un lugar obligado, para elevar cometas, lanzar jabalinas, jugar escondidijo o guerra, luchar cuerpo a cuerpo, machacar enemigos, tirar piedras de noche a la Heladería Los Alcázares, jugar torneos relámpagos de fútbol, hacer groserías de pipi cogido y hacer comelonas en medio de fogatas veraniegas
Allí se instaló el famoso circo Maltica patrocinado por Cervunión), tenía un atractivo: te daban una maltica o una clarita- cerveza pequeña- por boleta.
Fuimos varias veces la patota completa para degustar las claritas y para extasiarnos con una trapecista que nos ponía a babearnos y a sentir corrientazos en el sentadero. La moda era la lucha libre y el circo no era ajeno a ello.
Masámbula se enfrentaría a Blue Demon y prometía quitarle su máscara azul en menos que canta un gallo. El ambiente era tenso en demasía y no se veía la hora de este enfrentamiento, no parándole bolas a trapecistas, malabaristas, perros amaestrados, contorsionistas, magos y payasos.
Lo más selecto de la infancia, pre-adolescencia y adolescencia estaba presente en las graderías. Soltó Blue Demon al improvisado ring y fue recibido con una estruendosa ovación por chicos y chicas.
Redoblaron los tambores, se apagó la luz, chillidos y gritería y se prendieron los reflectores de luces de colores y surgió en medio de una espesa neblina, el aterrador Masámbula. Un morenazo gigantesco y corpulento, melenudo, con la cara pintada como un indígena guerrero. Sin respetar árbitro, ni esperar la presentación protocolaria de esta esquina tal… y en la otra pascual, se le abalanzó al desprevenido Blue, lo levantó en el aire y lo lanzó a luneta.
Antes que Blue Demon se recobrara de la sorpresa, Masámbula sacó una bolsita donde tenía un limón partido y sal y se dedicó como un salvaje oftalmólogo, a curarle una pretendida conjuntivitis en los ojos de Blue.
Estremecidos por el horror de este salvajismo, Kol Kana, Care crímen y el Gorila Arango, que estaban a metro y medio de la escena sádica, levantaron sus sillas y arremetieron contra Masámbula. Se prendieron las luces, aumentó la gritería, entró la policía y se armó una descomunal bronca en donde intervinieron hasta los payasos y la mujer barbuda.
Ignorábamos en ese entonces que habíamos dañado la engañosa comedia de los tradicionales farsantes de la Lucha libre. A los días Masámbula saldría en la página roja del periódico Sucesos Sensacionales, por haber sido detenido en un escándalo prostibulario en el sector El Fundungo de la zona de la tolerancia de Lovaina ahí mismito cerquita al cementerio de San Pedro.
A las 1:38 minutos de esa tarde el mundo se conmovió: Había sido asesinado en Dallas (Texas) John F. Kennedy el carismático presidente de EE.UU. No se sabría si por luchador o qué.
Volvamos a los rastros de otros rostros…
¡¡El Aficionado a Todo!!
Rodrigo Díaz de Vivar.El Cid Campeador- de la manga Chéfora pues- del Ducado Rosaleño.
Merece un capítulo aparte.
Súper sano, de costumbres ostrogodas. Casi camandulero. Atlético con un rostro bien esculpido por sus genes hispánicos, seguramente de estirpe vasca. Alegre, transparente y aficionado a todo. Fue el líder indiscutible en las gomas de las tradicionales temporadas lúdicas.
Aunque con la mano izquierda semi-deforme de fragmentos de dedos mal curados, que parecía haber sido mutilados por una máquina de moler maíz, tenía una fantástica motricidad fina para diseñar, hacer, rehacer y poner en funcionamiento todo tipo de artificios, juguetes y artefactos funcionales para entretener ocios vacacionales o sostener competencias creativas y gimnásticas.
Parecía estar alcanzado de tiempo a toda hora, por eso, no caminaba: trotaba, lento o a toda. Que yo sepa nunca caminó como todo el mundo, casi desfilando en pasarela, sino con una carrerita corta como tal vez caminaban los incas.
No fue de ninguna barra. Compartía con quieres era necesario intercambiar alguna experiencia constructiva para obtener mutuos beneficios en lo recreativo y personal.
Su gran ventaja, además de sus habilidades artesanales, era su brillante dotación física y mental para el fútbol, que lo practicaba con sin igual fantasía, expresando un perfil propio de un crack. Sin mermar su talento, se manifestaba de igual manera para otros deportes, incluyendo el cerebral ajedrez.
Pirinola, trompos, cometas, bolas de cristal, globos, patinetas artesanales, carritos de rodillos y, en fin, todo lo que sirviera para recrearse, era fabricado o utilizado por este émulo del legendario héroe español el Cid Campeador.
Cuando se convirtió en un mito de niños y jóvenes la serie de T.V Guillermo Tell, Rodrigo diseñó una original ballesta que funcionaba a la perfección, imitando al arma del personaje de la pantalla chica.
Música y cultura se respiraba en su casa. Para empezar, las paredes del garaje estaban totalmente pintadas con vistosas copias de murales egipcios.
Kol Kana le ayudó para hacerse a una cabeza de tigre que él disecó con maestría para ser exhibida junto a su extraña colección de objetos y su curiosa disposición de todo tipo de rarezas indígenas y restos arqueológicos, animales e insectos disecados y originales utensilios y juguetes artesanales.
Los fines de semana, en las escalas de su casa, se sentaban su hermana Beatriz, algunos amigos y él, para cantar y tocar con destreza la guitarra y el acordeón Honer de tamaño profesional. Memorables fueron esas tertulias por ser un maravilloso ejemplo del buen vivir.
El fue pues un héroe lúdico de un barrio de anti-héroes: nosotros. Jamás pudimos entender que ser normales y disciplinados como Rodrigo Díaz, significaba más que salud física y mental, una admirable disposición espiritual para aprovechar con gratitud el talento que Dios le había obsequiado sin esperar recompensas.
Rodrigo merecerá un Busto en el ombligo de Rosales: El parquecito de los Villegas.
“Un buen retrato es una biografía pintada”
Anatole France.
DESES-PEREZ de los PEREZ
A Ernesto le quedaba muy grande su cachaco Everfit, precisamente porque no era un vestido de los que diseñaban en Everfit y vendían por cuotas tipo club en Almacenes Flamingo. Éste, confeccionado con los mismos paños indulana de Everfit, para Ernesto Machaquito Pérez, era muy elegante, oscuro de rayas rojas y un exquisito chaleco tipo inglés.
Solo había una diferencia notable: El vestido que se estaba midiendo estaba relleno hasta los botones, de la mejor marihuana de la Sierra Nevada de Santa Marta, tan prensada que se confundía con el paño.
La musaraña de los Pérez había comenzado como un negocio más, dándose cuenta que se obtenían más dólares con la hierba en una semana, que en un año comerciando con joyería.
Otros lares con y con solares
Alameda es un bello nombre que evoca paisajes bucólicos, agrestes, verdosos y extensos, poblados de álamos y de otros árboles floridos dentro de un marcocampestre pleno de efluvios naturales, al lado cantarino de arroyuelos y en compañía de olores diáfanos de tierra y yerbales húmedos. Una alameda sin pájaros no es una Alameda, es un paisaje sordo de musicalidad. Así que la alameda cobra vida por los trinos gozosos de decenas de variedades de pajarillos posados en las frondosas ramas de los árboles y arbustos asentados en el entorno paisajístico.
La Manga de la Alameda era quizás la más extensa de las zonas aledañas a Belén y conservaba casi en el centro una vieja casona campesina, habitada por labriegos y expertos vaqueros, que ignorando el mal llamado progreso, laboraban de tal manera, que estaban estancados en la década de principios de siglo XX
Pescar renacuajos nos apasionaba en esos primeros años, cuando alrededor de Rosales, se extendían vastos semi-bosques, con laberintos de follajes, cañaduzales, arroyuelos, senderos y curiosos insectos y animales, ya temerosos instintivamente del futuro que les esperaba.
Sorprendía, a cualquier visitante que recorría la avenida Bolivariana, el gigantesco y añejoso árbol de algarrobo que se divisaba a lo lejos junto a una inmensa casa de techos café-verduscos, con sus corrales repletos de vacas, terneros y cerdos.
Hacía allí nos íbamos lo más temprano que pudiéramos, para sentir el disfrute de la leche con quesito y panela negra. Había mucho que ver y degustar, pero nosotros nos íbamos a la quebrada del algarrobo a pescar renacuajos. Eso lo sabríamos después, porque estábamos convencidos de que eran pintorescas truchas. Llenábamos los baldes y nos encaminábamos a la casa con nuestra muestra de flora acuática. A los tres días no había un solo renacuajo vivo.
Una mañana en medio de un ruido ensordecedor llegaron las máquinas. Empezaba la urbanización de La Alameda.
¡Vea y así que no hay plata en este pueblo!!
Con justificada razón.
La urbanización Alameda es un conjunto de residencias y edificios de apartamentos construidos con todo el lujo y el refinamiento posible. Su diseño consideró con gran sentido estético las zonas verdes y fue –y es- muy digno representante de su nombre.
Barrio sin granero no es barrio, más si el barrio es popular. Si es en una zona residencial, debe asumirse el estilo de vida de sus moradores y sus consumos ocasionales, creando un ambiente acogedor tal, en donde se compre y se sienta bien. Hasta ofreciendo una sutil y deliciosa degustación o el tinto que nunca hace mal ¿No es cierto?
Así surgió La Rotonda. No granero, no. Una charcutería-Heladería-revueltería y Cueva de refugio de una manada de lobos que venía en las noches de luna llena a aullar lastimeramente y a olfatearse entre ellos mismos para protegerse del frío que produce la soledad. No era una casa. Era una esquina. No era una cueva, era el salón mercantil de la LA ROTONDAN’S CLUB. ¡¡Visitémosla!
Don Jesús era fiel a la tradición de los tenderos, que se resume en muchas máximas y aforismos populares: si tienes tienda, que el dueño la atienda. Si tienes mal genio no te metas a tendero. Agregaríamos, si no sabes aritmética y calcular a mil mentalmente con porcentajes para todo, no te metas a tendero y, mucho menos, a un barrio de estrato medio burgués. Porque nada hay más intrigante que la tacañería en minucias de quienes han escalado y escaldado sus rodillas, subiendo las escaleras del edificio social. Nadie más cositero y más mala paga. Está comprobado: se vende más y se mueve mucho mejor la cartera morosa en un barrio popular que en una charcutería en Laureles, Rosales o en… la Alameda.
Entonces Don Jesús tuvo muy bien merecido su remoquete de la Máquina Usurera, basada en un principio de la filosofía bancaria Antioqueña: No pongás tu interés en el dinero, pero pon tu dinero a interés.
Incursiones y Confusiones.Bernardo- MALO:
Juntos pero no revueltos estos Bernardos de Rosales. Éste tildado de MALO, obedecía a su temperamento alevoso cruel y libidinoso.
Le conocimos cuando era casi un niño. Con unos cejones que parecían gusanos negros y peludos repasando en su frente abovedada, como dando sombra a unos ojillos irritados y maliciosos. No crecería mucho, tal vez lo suficiente para sujetar un físico grueso y altanero. Le encantaba estar untado de grasa y reparando un carro, una moto o una bicicleta. Jamás de los jamases un artefacto doméstico.
Socialmente es inexplicable que una familia casi aristocrática y rezandera por sumisión, haya engendrado un ser dueño de tantos defectos de carácter, que no es que lo avergonzaban, sino que le producían un jocoso placer. Ya crecidito el muchacho y consecuente del prestigio de la barra a la cual iba a pertenecer, tomó el teléfono público de la misma Rotonda, marcó y casi desde el frente del mostrador, saludó por la bocina ¿Don Jesús? Sí ¿Qué desea? Nada… ¡viejo hijueputa!
Fue su bautizo de ingreso y la simbólica y telefónica inauguración de LA ROTONDAN’S CLUB.
No estaría solo en su vileza. Llegarían algunos cómplices para explotar ese anti-talento perverso y darle la bomba para mejorar su autoestima maleva.
De pronto había un plan tan gracioso que se revolcaban en el pradito manguita del club. Nadie se percataba de qué diablos pasaba ahí.
Un sábado por la tarde, con mucho agite socio-comercial en el negocio-club, fueron sucediendo una serie de hechos inexplicables:
- Llegaron varios ramos de Floristería Kennedy.
- Tres carros de tax Belén.
- Dos avisos funerarios y una carroza fúnebre.
- Domicilios de cuatro farmacias.
- Una patrulla, una ambulancia y un carro del anfiteatro para levantar un supuesto cadáver.
- El padre Valencia para una misa de aniversario.
- Del aeropuerto por una encomienda.
En coro: ¿Usted es Don Jesús? Sí, pero yo no llamé a nadie. Entonces qué vamos a hacer, Jódanse y coman mierda.
Autor: Bernardo MALO.
Compinches: luego los citaremos.
Bernardo gozaba, no seamos injustos, de una cualidad muy apreciada y justificada en la barra: odiaba a las mujeres. Con toda la intensidad y se derretía por un Efebo gracioso, lampiño, de culito rosado recién despañalizado y con olor a talco Johnson. Esos gustos tan especiales lo convertirían en un cucarra de respeto. Porque era seductor pero bravo. Más ordinario que un olor a pecueca en una noche de bodas.
Legendarios fueron los tropeles, enredos, malos negocios y pasiones turbulentas. El tiempo cobraría caro.
PERFIL DEL AUTOR:José Libardo Betancur Pérez-josébetancourth
Medellín 1950
Licenciado Facultad de Educación U de M. Estudios: Literatura – Francés – Periodismo U de A y U P B. Realiza actualmente cursos de extensión en Psicoanálisis en la Facultad de Ciencias Humanas de la
U de A, departamento de Psicoanálisis.
Experiencia docente y directivo-docente en la Universidad Pontificia Bolivariana, Seminario Salvatoriano, Escuela Rémington de Comercio ( Vicer-rector), Universidad San Buenaventura (Facultad de Educación)y en el Colegio Santa Bertilla Boscardín como Rector.
En espera de mecenas e inversionistas con ideales o algún espontáneo patrocinador de proyectos originales e innovadores de la cultura, se hallan en el tintero pre-editorial:
· Folleto Didáctico de inducción al Desarrollo del pensamiento Creativo..
· Huellas: Ensayo Autobiográfico o Memorias amnésicas.
· Confieso Que He Bebido, vivido y… resucitado. Crónicas reflexivas.
· Episodios De la Primera Dimensión: Historia novelada de la trágica epopeya urbana de la Familia Betancur Pérez: Narración multibiográfica.
· Encuentros Cercanos De cualquier Tipo: La otra Historia- Crónicas Autobiográficas de la tristemente célebre Barra del Barrio- Belén-Rosales, en las alucinantes décadas de los años 60 y 70, episodios que estremecieron la cultura urbana de la Bella Villa.
· El Padrino de Guayaco: Relato surrealista de revelaciones truculentas y mágicas de submundo paisa.
· La Cosa Nostra, Pues. Novela basada en el aprestamiento delincuencial en el Kinder Cartel barrial de norte a sur, durante la escolaridad hampesca de las décadas de las décadas de los 60 y 70.
· Yo, Educastrador, me confieso. ( 7 volúmenes) Crónicas y ensayos críticos, basados en las vivencias tragicómicas como discípulo y pedagogo dentro del absurdo y surreal sistema educativo colombiano.
· Ensayo sobre la lucidez… del $alario mínimo estelar…e ilegal colombiano. Crónica paranormal de vigencia muy, pero muy hiperreal.
· Colección de relatos y crónicas sobre la ciudad de Medellín y artículos críticos sobre las amargas contradicciones sociales.
· Crónicas Pedagógicas. La melancólica visión de un maestro jubilado auto desplazado del tétrico mundillo académico...
· FM Abril AM. La Bailarina de las zapatillas de cristal. Homenaje a las discípulas que aprendieron a defender su fantasía a pesar de la mediocridad de un aprendizaje impuesto.
· Amada amante. La otra historia tras los prostíbulos de Medallo.
· Comentarios literarios en la página Web Lecturalia.
· Diseño de Guías de apoyo didáctico para video conversatorios: Con base en películas con trascendencia socio humanística y psicológica.
En este blog se consignan crónicas que tienen que ver con la ciudad de Medellín. En la primera parte, publicamos la edición electrónica del libro "ALGUNAS COSAS NUESTRAS"(Crónicas de Belén), ya agotado luego de dos ediciones patrocinadas por el Municipio de Medellín, de gran aceptación entre el público. Invitamos a los interesados a escribir y a publicar en este blog.
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domingo, 31 de julio de 2011
lunes, 27 de junio de 2011
LIBRO "ALGUNAS COSAS NUESTRAS" (Crónicas de Belén)

LIBRO "ALGUNAS COSAS NUESTRAS" (Crónicas de Belén)
Carátula de la primera edición.
PRESENTACIÓN
Esta muestra de crónicas del barrio Belén de Medellín, hace parte del proyecto MUESTRA ARTÍSTICA BELÉN 2006 patrocinada por la Secretaría de Cultura Ciudadana del Municipio de Medellín y ejecutado por la Unión Temporal Café Literario EL TALLER, Corporación Cultural Cuentos & Co y Rapsodia Negra. Otras actividades de este proyecto fueron talleres de música, conciertos, exposiciones, conferencias y numerosas presentaciones de cuenteros, grupos de danzas y otras manifestaciones artísticas.
La crónica es un género literario muy importante en los medios de comunicación actuales, debido a la posibilidad que ofrece al escritor de desarrollar su creatividad con gran libertad y con carácter informativo y recreativo, no carente de algo de ficción, y que lo hace más asequible a los lectores. Se combina el manejo de la información, la interpretación de la historia referida y la opinión sobre la realidad, que con un sustento ético de su planteamiento, sobrepasa el simple registro ó anécdota y se convierte en un documento que será memoria, reconstruye la realidad con imágenes rescatando el sentido de lo que es el barrio: Un ente vivo, dinámico, permanente.
Para la selección que conforman las páginas de este libro, doce reconocidos escritores de la ciudad, de alguna manera vinculados con este importante barrio de Medellín, han escrito una buena colección de crónicas, semblanzas y ensayos que tratan de dibujar un sector que se ha caracterizado por su liderazgo, su pujanza y un elevado nivel cultural. Este es un material que lleva al lector por distintos caminos y épocas, ofreciendo un testimonio de lo que somos, de nuestras cosas, de la idiosincrasia de un sector de Medellín, que desde su inicio ha buscado el progreso y la cultura.
Se han publicado dos ediciones del presente libro con un notable éxito y total aceptación. Ya agotadas en físico, cumplimos con la promesa hecha a muchos lectores que querían ver la colección en la red para poder leerlas en todo momento y difundirlas como se merecen por la calidad de los textos. Esperamos que todos los potenciales lectores se contagien de nuestro entusiasmo y nos sirvan de multiplicadores de una recopilación que por su calidad merece estar en todos los hogares y bibliotecas.
Guillermo E. Baena L.
Editor
Director Corporación Cultural EL TALLER
corporacion.cultural.eltaller@gmail.com
Medellín, Junio de 2011
Ficha técnica del libro.
ISBN: 978-44-0592-0
Primera Edición: Febrero de 2007
Segunda Edición: Agosto de 2007
Foto de la carátula: Iglesia de Belén (2007) por Guillermo E. Baena L.
Foto de la contra carátula: Iglesia de Belén. Anónimo. (Sin fecha) (Biblioteca Pública Piloto, Archivos fotográficos).
Texto de las solapas: John Jairo Llano Cano
Diseño, diagramación y dirección editorial: Guillermo E. Baena L.
Carrera 76A # 45C . 53 Tel.: 411 39 30 Medellín, Colombia
E-mail: gbaena@une.net.co
Impreso en Todográficas Ltda., todograficas@une.net.co Medellín, Colombia
Permitida la reproducción con permiso previo del director editorial.
CONTENIDO
PRESENTACIÓN
Oscar Giraldo Mesa
Parque de Belén
De un orate con cuerda
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/oscar-giraldo-mesa.html
Patricia López Restrepo
Recuerdos del San Juan Bosco, del Yucal y de la primera vez
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/patricia-lopez-restrepo.html
Gustavo Escobar Vélez
Las tiendas de antaño
Las fruteras del parque
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/cronicas-de-belen-gustavo-escobar-velez.html
Enrique Posada R.
La visita de Alberto Lleras a Belén
La quebrada La Picacha
Los ahogados de Belén
Cantos Gregorianos en Belén
La casa de la sentencia
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/cronicas-de-belen-enrique-posada.html
Oscar Jaime Restrepo B.
Una vuelta por la Céspedes
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/cronicas-de-belenoscar-restrepo-baena.html
Olga Helena Martínez Gómez
Un día de lluvia
Un día cualquiera en mi barrio
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/cronicas-de-belen-olga-helena-martinez.html
John Saldarriaga
En Belén, Cristo padecerá de nuevo
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/cronicas-de-belen-john-saldarriaga.html
Emilio Alberto Restrepo Baena
El mariscal
Los bacanes y la puchologia
En poder de los arrechocitos
Las carangas
De pelafustanes y tragaldabas
La esquina, la cuadra
Ñapa
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/cronicas-de-belen-emilio-alberto.html
Beatriz Villegas
Recuerdo de la iglesia Santo Cura de Ars
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/cronicas-de-belen-beatriz-villegas.html
Mario H. Valencia Alzate
Dos puntos de vista
Instrucciones para saborear a una naranja
Contrasentido de la vida
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/cronicas-de-belen-mario-h-valencia.html
William Álvarez
La repetición acaba con la resistencia: Declaración pública para construir una Biblioteca
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/cronicas-de-belen-william-alvarez.html
Javier Velásquez López De Mesa
Mientras camino...
http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com/2011/06/cronicas-de-belen-javier-velasquez-lde.html
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ALGUNAS COSAS NUESTRAS-CRONICAS DE BELEN - LISTA DE AUTORES
Oscar Giraldo Mesa. (1939). Ingeniero químico de la U de A. Durante 35 años ha trabajado en Producción. Aficionado a la lectura y a la Historia de Colombia. Escribe relatos tomados de su experiencia vital y los ha publicado en folletos y boletines de circulación cerrada. Desde hace poco publica en las páginas web: www.micolumna.com y www.elgrifo.com.co
oscardejg@une.net.co
Patricia López Restrepo(1968). Médica de la Universidad de Antioquia. Cuentista y pintora. Cuentos suyos han sido publicados en revistas y periódicos del país y en una antología de la nueva narrativa colombiana. Ha participado en varias exposiciones colectivas e individuales.
Puede escribirle a su dirección electrónica:
patricialopezrestrepo@gmail.com
Gustavo Escobar Vélez (1944). Licenciado por el Ministerio de Comunicaciones de Colombia. Comentarista de música colombiana y folclórica. Locutor profesional e investigador de la historia de la música en Latinoamérica. Fundador de varios programas radiales, especialmente en Radio Bolivariana en la que ha trabajado durante más de 20 años. Conferencista y colaborador del periódico El Colombiano y otros medios escritos.
Enrique Posada Restrepo (1948). Ingeniero Mecánico de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín). Ha hecho estudios de ingeniería y maestría en Ingeniería Mecánica en la Universidad de Maine (USA), de Gestión Tecnológica en la Universidad de Sao Paulo (Brasil) y de Gestión del Medio Ambiente con la CDG.
Ha sido profesor en la Universidad Pontificia Bolivariana, en la Universidad EAFIT y en el Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid. Actualmente trabaja como asesor en proyectos especiales en la firma de ingeniería INDISA S.A., de la cual es socio.
Ha publicado “La Contemplación Creativa- Aplicación de los Aforismos de Patanjali a la vida”, “La enseñanza y el Aprendizaje de la Creatividad”, “Bioética”, “Guía de Buenas Prácticas en Uso Racional de la Energía para el Sector de las Pyme´s” y “Teoría y Práctica de la Pequeña Comunidad”.
posadaj@une.net.co
Oscar Jaime Restrepo B. (1967) Ingeniero de Minas y Metalurgia de la Universidad Nacional de Colombia. Trabajó en la explotación carbonífera y en la fabricación de pigmentos inorgánicos. En Europa realizó estudios de postgrado en Evaluación de Impactos Ambientales y es Doctor en Metalurgia y Materiales. Se desempeña como docente e investigador en la Facultad de Minas en la Universidad Nacional de Colombia y es el director-editor de la Revista Dyna, de dicha facultad. Es autor de varios artículos científicos publicados en revistas nacionales e internacionales de divulgación científica y escritor de cuentos, crónicas, memorias y reflexiones sobre la sociedad española contemporánea.
ojrestre@unal.edu.co
Olga Helena Martínez Gómez (1966) ganadora del concurso de cuento “Facultad de Medicina U. de A”.en 1991, con el cuento “Plazo Cumplido” que trata de una experiencia que tuvo en el año rural. Finalista en el Concurso de Cuentos Cámara de Comercio en el año 2000 con el libro de cuentos “Encuentro con el asombro y otros cuentos”. Ha publicado:
* Lecturas y Lectores del Quijote. Fondo Editorial Biblioteca Pública Piloto.1997
* Antón Chéjov: Entre la pluma y el escalpelo. Colección Rojo y Negro Editorial U.P.B. 1999.
* Rompiendo el silencio. Relatos de nuevas escritoras colombianas. Editorial Planeta. 2002.
* Literatura Antioqueña Clásica y Contemporánea. Multimedia PC. 2004
Ha publicado varios cuentos en distintos periódicos del país, además tiene múltiples cuentos inéditos. Actualmente se dedica a la elaboración de su primera novela.
olgama@une.net.co
John Saldarriaga. Actualmente trabaja como periodista en el diario El Colombiano de la ciudad de Medellín. Obtuvo el premio a la excelencia periodística 2006 otorgado por la Sociedad Interamericana de Prensa —SIP— en la categoría de Crónica Periodística, por su trabajo "Aurora levantó los hijos con basura", la historia sobre María Aurora Cardona Aguirre, una mujer que lleva más de 40 años dedicada al reciclaje en el basurero de Moravia, de la ciudad de Medellín.
johns@elcolombiano.com.co
Emilio Alberto Restrepo Baena(1964) Médico gineco-obstetra laparoscopista. Autor de los libros “Textos para pervertir a la juventud” y las novelas “Los círculos perpetuos” y “El pabellón de la mandrágora”, "Qué me queda de ti sino el Olvido" y "Crónica de un proceso". Ganador de varios premios locales y nacionales de literatura. Columnista de varios periódicos y revistas del país.
emiliorestrepo@gmail.com
Beatriz Villegas. Médica otorrinolaringóloga egresada de la Universidad Pontificia Bolivariana y postgrado de la Universidad de Antioquia. Hace parte del taller de escritores que dirige Mario Escobar Velásquez en Asmedas. Ha publicado cuentos en la revista Agenda Cultural de la Universidad de Antioquia y ensayos en la revista de Asmedas. Hace parte de la antología de autores jóvenes antioqueños patrocinado por el IDEA.
bevillegas@une.net.co
Mario H. Valencia Alzate. Licenciado en Educación en la Universidad de Antioquia y especialista en literatura de la Universidad Pontificia Bolivariana. Ha participado en numerosos talleres de escritores en la Universidad de Antioquia, en Empresas Públicas de Medellín y en la Asociación Médica de Antioquia. Ha publicado “Florentina Quintero”, cuento publicado por la revista “Agenda Cultural” de la Universidad de Antioquia. “El escritor como agente de transmisión”, Ensayo publicado por la revista “Obra maravillosa” de la Universidad Pontificia Bolivariana y Cuentos de varias edades, libro de cuentos realistas en los que se narran las carencias, preocupaciones e infortunios de los infantes, las búsquedas y aventuras de los adultos y los olvidos e inventarios de los viejos. Tiene novelas y cuentos inéditos.
mvalenci@une.com.co
William Álvarez (1962). Bibliotecólogo de la Escuela Interamericana de Bibliotecología. Integrante del equipo coordinador del proyecto Piel de la Memoria: Barrio Antioquia, Pasado, Presente y Futuro (1998 – 2000); Aspirante a la Maestría en Educación y Desarrollo Humano en CINDE. Actualmente es director de la Biblioteca Pública Comfenalco Belén y es columnista del Periódico Gente de Belén.
walvarez39@hotmail.com
Javier Velásquez López De Mesa. Economista apasionado por la literatura. Asistente por varios años a la tertulia de poesía Fernando González en Envigado y al taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto desde 1991 (con Manuel Mejía Vallejo) hasta 1999 (con Jairo Morales). Participó en el taller de poesía de Jaime Jaramillo E. de la Biblioteca Pública Piloto. Ha publicado ensayos literarios y económicos en el periódico El Mundo y dictado conferencias de literatura en Comfama. Tiene cuentos inéditos y ensayos sobre las obras de Thomas Mann y Marguerite Yourcenar.
lodemesa@gmail.com
OTRS COLABORADORES DEL BLOG
José Libardo Betancur PérezMedellín 1950
Licenciado Facultad de Educación U de M. Estudios: Literatura – Francés – Periodismo U de A y U P B. Realiza actualmente cursos de extensión en Psicoanálisis en la Facultad de Ciencias Humanas de la
U de A, departamento de Psicoanálisis.
Experiencia docente y directivo-docente en la Universidad Pontificia Bolivariana, Seminario Salvatoriano, Escuela Rémington de Comercio ( Vicer-rector), Universidad San Buenaventura (Facultad de Educación)y en el Colegio Santa Bertilla Boscardín como Rector.
stendhal48@hotmail.com
ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
Escritor de crónica urbana nacido en Medellín en el año de 1945, ha publicado los libros “En Altavista se acaba Medellín” y “Buenos Aires, portón de Medellín”; y publica en distintos medios la sección “Postigo de Orcasas” en donde trata temas variados desde su óptica personal.
CRONICAS DE BELEN: JAVIER VELASQUEZ L.de M.
Mientras camino...
Javier Velásquez López De Mesa
Mientras Antonio mendiga un empleo, aunque sea sin paga, en la librería de Luis, yo camino hasta el parque de Belén. Son las tres y media de la tarde. Cuento más de cien pasos que ya delatan las vetas mojadas de sudor en mi camisa, alrededor del estómago. No siento pena, tal vez piensen que salí a hacer el ejercicio que exige mi pronunciada barriga, o que soy un mensajero acelerado que le corre a su patrón. Sonrío irónico.
Paso por la Nueva Villa de Aburrá, donde una barra de muchachos, sentados en un muro, le hacen juego al ocio inconsciente, recreo de una autoridad. Cada uno, con un cigarrillo de marihuana entre los dedos, le apuesta con su admiración y respeto al que parece ser el más fuerte. Éste sostiene, sentada entre sus piernas, a la única niña que los acompaña y veo cómo sus manos le rodean la cintura hasta juntarse en el ombligo. Ella, maquillada muy bien, abre la boca roja con un gesto que parece de recién nacido, mientras sale el humo como un alarido que no se oye, y luego escupe. Sonrío de nuevo al imaginar a su madre en el corredor de un patio, allá, más arriba, por Belén-Rincón, planchando su ropa y escuchando atenta El baúl de los recuerdos en Radio Reloj, mientras su pensamiento se resiste al dolor de las várices.
Sigo por la acera de la canalización hasta llegar a la 76, la de Belén, donde vivieron y todavía viven algunos de mis ascendientes. Paso por la vieja casa de Berta, la prima de mi papá. Sin necesidad de tocar o de asomarme por la ventana de alas, que imagino como gemelas centenarias, la veo a ella caminando coja hasta llegar al nuevo estadero del antiguo solar, el que hoy humilla a los diminutos cuartos de ropa de la urbanización vecina al que llaman Mall. Los dos limoneros, el mandarino y el mango le dan sombra a una provocativa tarima vestida de croché y a una mesa que orgullosa saca la cabeza de una máquina Singer, tan vieja como el solar. A su lado, como si fuesen pareja fiel, un radio de tubos deja leer su marca: Philips. Los dos funcionan bajo la aquiescencia de Berta y se unen al coro que le dará el ajuar a los recién nacidos de los desplazados que ahora protege la parroquia. Berta quiere ser útil para los demás, como Antonio, sacrificando la paga. Como yo, que ahora camino para que no se me envenene el alma. Mientras me alejo, en un segundo, me puedo sentar en una de las primitivas sillas que le dan la cara al patio principal de Berta, y vuelo a mirar la sala cerrada que sólo se abre a las visitas que no son de su confianza o por la elegancia de los que respiren señorío. Entonces pienso en doña Inés de Azorín. Veo las grandes fotos en añejos marcos que sólo enrostran la edad. Allí está Clementina, la madre de Berta, la tía de mi papá. En la pared del frente veo al Nazareno, con la túnica caída y el látigo marcado en su espalda y en su cabeza, la corona de espinas. Dos soldados romanos lo sujetan, parados en un balcón donde parezco estar yo. Puedo ver la multitud allá, abajo, agitada. Entonces voy, en un instante, a la casa de mamá Carlina, mi bisabuela, donde el mismo cuadro, alguna vez, me llenó de compasión y miedo. Y me digo que no me gusta, que jamás lo tendré yo.
Llego al parque, en la escuela contigua a la iglesia hay una gran aglomeración: padres y acudientes esperan la salida de los niños mientras los vendedores ambulantes tienden en el piso, sobre plásticos negros, las sorpresas, los muñecos, las pelotas llenas de aserrín que cuelgan de un resorte para que el dedo índice de cualquiera de ellos las sujete y así domine la guerra imaginada. Miles de cacharros, de mango biche con sal, panelitas con coco, papitas criollas fritas o en tajadas con limón, se venderán. Me siento en una de las bancas mientras, quizás, Ligia le acaba de coser las cortinas a Marta, adivinando que después estará frente al computador para disfrutar los nuevos mensajes de Amparo. Respiro profundo cuando siento la ráfaga de viento que me revuelve el pelo y ahuyenta rápido el humo del cigarrillo que acabo de encender. Pasa una mujer, me gustan su mirada, sus senos y sus piernas. Tanto la miro que me sonríe. Y pienso en el tiempo que llevo sin que alguien me sonría en la calle. Disfruto la tarde mientras miro las torres de la iglesia contrastadas con el cielo. Salgo del ensueño cuando pasan incontables viejos. Van de acá para allá. Caminan sin el cansancio de la edad de sus casas. Esperan quizás la mesada de la jubilación, se cuentan historias pasadas, alardean por machos, por verracos, o porque no están solos. Son muchos, todo en ellos parece repetido. El parque ya tiene la fama de los jubilados que allí pueden disfrutar del ambiente de pueblo.
Mientras camino a la iglesia oigo a Antonio enumerando autores de la literatura como ninguno lo puede hacer. Parece que tuviese un directorio en su cabeza. Los rusos, los africanos, los húngaros, los ingleses, hasta los antioqueños son de su saber. Y siempre incluye una pequeña reseña de sus principales obras, que con memoria prodigiosa no necesita releer. Se las aprende de los libros, de periódicos, de las revistas, o de oradores que poco a poco se van acabando en la ciudad. Con esta cualidad reta, sin ninguna ínfula y silenciosamente, a quien no le entiende su imposibilidad de concentración y de habilidad manual. Por eso nunca ha tenido un trabajo aunque muchos lo quieran o lo necesiten. Tiene a tanta gente y no tiene a nadie. Tal vez a Ligia, la que vive aquí en Belén. Ella, generosa e inteligente, lo conoce sin la necesidad de hablar. A las tres o cuatro de la tarde, después de golpear la puerta más fuerte que cualquier visitante, un almuerzo milagroso, con sopa de plátano verde, banano, aguacate y un buen seco, que incluye pepinos rellenos, arroz, tajadas de maduro y yuca frita, le devuelven la vida a Antonio, que disfruta y analiza como el mejor sicólogo de Medellín. Pero nadie lo sabe y él se los goza, llevándoles la contraria con mucha seriedad, aunque por dentro se ría. A veces me pide que le ayude a defender sus derechos que otros le ultrajan, como el de aquel macancón del minimercado de Bostón, quien después de que Antonio pagara la pasta de dientes y el jabón, que no le dan en su casa, lo humilló delante de todos y lo obligó a desnudarse en el último cuarto para una requisa total, buscando un ladrón. Al no encontrarle nada, lo echó furioso sin pedirle disculpas.
Huele a cirio, a vela, a iglesia, a Antioquia y aún se escucha el eco del tranvía cuando entro a la iglesia de Belén. Ya son las cinco, leo en el papel de la pared que los osarios se abren todos los días de cinco a seis. Cuento las veces que he visitado a mi papá. Ya, con ésta, son seis. No encuentro el rectángulo. Dos señoras rezan, y sólo les oigo un psss, sss, sss. Al fin lo veo, y me grabo el 49 para otra vez. Miro y miro por varios minutos, en los que no rezo. Hablo pensando y le cuento qué ha pasado desde que murió. El remordimiento me acosa por no haberle cumplido la promesa de dejarle sus cenizas esparcidas en el parque de Belén.
Salgo, la algarabía de la escuela pasó. Ya no hay tanta gente, los viejos se fueron a comer. Son las seis. Las palomas, cojas y aporreadas, por tapar con sus excrementos los bajantes de los techos, empiezan a tomar los lugares fijos en la fachada de la iglesia. Pienso que Maria Elena debe estar en la reunión de la junta directiva de la Cámara de Comercio y que hoy expondrá las últimas estrategias de mercadeo que sus obligados viajes internacionales le exigen. Ella, estando en la universidad, venía con Teresita a darle de comer a las palomas de Belén. Teresita no hace mucho venía con Manuel. En una heladería vecina a la colchonería, cada uno se tomaba dos cuba libre para después caminar, como ejercicio, hasta su casa y así, poder dormir. Hoy esa bebida es el mismo ron con soda, limonada o ginger ale. Con sal mezclada de zumo de limón y untado en el vaso, la llaman michelada.
Voy caminando hasta Unicentro por la Avenida Bolivariana, paso por la frontera del barrio, veo la casa de Otilia que ahora está en Barbosa. La puedo ver recateando la compra del horno de segunda para reemplazar el quemado. Corre y corre, hace y lleva las galletas, las tortas que por tajadas vende en las tiendas y una sonrisa la confiesa satisfecha porque ya ajustó la plata para pagar la cuenta de los servicios. Le digo que me muestre el papel y para mis adentros envidio la suma total, la tercera parte de lo que pagamos en Medellín. Le advierto que 38 metros cúbicos de consumo de agua son mucho para dos personas, en una casa que está en las afueras del pueblo; que se imagine la piscina de la Universidad de Medellín. Me recuerda que cuente a Alejandro, el nieto de cinco años, que casi vive allí, mientras su madre vende ropa. Salimos a mirar el contador y después me dice que ya hizo el reclamo.
Al avanzar por la Avenida Bolivariana me detengo a mirar cómo sacan los carros de perros, de hamburguesas, de arepas de chócolo, de tacos mexicanos, que ahora inundan a Medellín. Compiten por el menor precio, mientras sus equipos a todo volumen dejan oír el reguetón. Y pienso en los $2.500 de un combo de perro y gaseosa frente a los $17.000 de un combo en “EL Corral”. Llego a Unicentro, a las vitrinas no les interesa la situación del país; en las librerías, los precios parecen la primera cuota de un seminario en la universidad. Caigo en la cuenta de que hoy es viernes. La parranda, el gentío, el alcohol, le dicen a Colombia que todo eso de la crisis es mentira. Recuerdo a Gonzalo Arango y empiezo a recitar la estrofa que me aprendí de memoria, de su poema Medellín a solas contigo, cada paso se vuelve una frase:
“Francamente, Medellín, eres peligrosa. Eres como el Diablo para comprarte las almas, con la diferencia de que tú no las condenas al infierno, sino al no-Ser”.
“No te enojes, mi querida, te amo más de lo que crees, pues al fin tú me has hecho posible. A ti que no me has dado nada, salvo soledad y un poco de dura miseria, te debo la riqueza infinita de mi ser, que no cambio por todo el oro de tus bancos comerciales”.
“Después de todo, eres milagrosa. Haces posible lo imposible: hasta eres capaz de producir un loco idealista como yo. ¡Bendita seas!”.
¡Bendito! ¡Bendito! Y vuelvo a repetir este dicho tan paisa, tan de Diego-papá, mientras imagino de nuevo a Ligia, tan callada, sólo para proteger la unión de la familia. A nadie le cuenta lo que le hacen aquellos que no llevan su sangre, pero que está mezclada con la de los suyos. Con la hijueputa disculpa de la tercera edad, le cambian, le botan las cosas y hasta le dicen de qué debe hablar. Le quitan su biblioteca que es como quitarle su espíritu. Pero ella más bien no dice nada y sale a acompañar a La Abuela, la vecina de gran corazón con disfraz de fiera, que día a día, con los años encima, teje paciente los canastos que vende en la Placita de Flores. Ahora puedo estar sentado donde La Abuela, mientras ella me prepara el ponche para la gripa —tan boyacense como ella— y para muchos males: penca de sábila con tres limones cocinados y unas hojas de casco de vaca, y de penicilina, pero sin miel. Muchos se la piden para que no les quede tan amargo. Y ella dice que también se le puede mezclar “calíndula”. Y que es mejor hacer una gran cantidad que se envasa en una “barraja” de aguardiente. “A yo me tocaba hacer mucha y no dibasto cuando se enfermó mi cuñado Puno, si... el que se pone cotizas... ” “¡No siga ahumando mijo!... eso li hace daño, haga más bien ginasia o metase en una perapia”. Mientras hace y dice, me cuenta historias de don Juan y de la vieja que una vez le pilló en Manrique, a la que le dio casa. Y luego vuelve a las mismas historias repetidas de los atracos que le hicieron en la plaza, mientras ella les daba con la cuchara grande de palo, metiéndose la plata por el bolsillo secreto, o en el “blasiel, que ahí naide le manda la mano a uno”. Ella repite sus “haigas” y habla de las “posas” que los “polecías” le ponen a los ladrones cuando los cogen y de la “mulsión de escoty” que le levantó los hijos de la enfermedad.
Casi llego a la iglesia de Santa Teresita, la noche está embrujada por la luna y una brisa fresca me reconforta el cansancio de la caminada. Entonces miro al balcón de Luz Haydeé; allí están los cuernos que le hacían compañía a las pinturas, a las esculturas, que le daban ese toque de elegancia a su casa, mientras ella, ahora, lucha en otro país con el diseño de interiores que al parecer un computador gringo le niega. Más lejos de ella, al este, Lucía se soba las rodillas con “Vacol”, mientras calla y tampoco le cuenta a nadie de sus piernas hinchadas, de su mareo frecuente, de la nube en el ojo y de su dificultad para caminar. Y del ansia tan grande que como sueño se estalla en una finca en La Ceja, rodeada de comadres que nunca la van a dejar sola. Allí pensó acabar sus días, sin los hijos, que parecen gringos, y como una verdadera colombiana. Nunca imaginó que su jubilación en dólares no le iba a alcanzar.
Ya voy llegando a la casa, es la hora del reality. Pienso, al ver los libros, que hoy no leí. Cuando me siento en la cama suena el teléfono. Luis y Amparo se desahogan, por turnos, en la bocina. ¡Su hermana los volvió a humillar! Ahora la empresa no les paga la cuenta del celular. La tarjeta prepago la tienen como si fuera un carné, el que sus compañeros de trabajo aún no poseen porque no son familia de la dueña. Guardaron el carro porque no les alcanza para gasolina. Me molesto y me pregunto ¿Y a mí por qué me da tanta rabia oír esto?
Aún están los clasificados del periódico sobre mi cama; al verlos, pregunto si me llamaron. Con el no, pienso en los de mañana. Todavía tengo la esperanza tatuada, antes de cumplir los 48. Y después pienso en Yolanda, en que le vaya muy bien, cuando le saquen el riñón. Entonces, al apagar la luz, ya muy tarde, aparece Lucas, a quien la juventud le tapó los oídos y lo sentó en un trono, donde sueña como alguna vez lo hice yo. Hasta que un día, quizás lo despierte una suma, como me pasó a mí.
Entre sueños, casi dormido, veo a Rosilda sentada en su silla de ruedas, mientras me recibe la visita. Luego hace una pausa para tomarse las gotas de prednisolona, y sigue rasguñando la guitarra que le dejó al morir Leontina. Parece que musicaliza uno de sus poemas, el que poco a poco me arrulla como lo hizo con mi papá en Belén.
Javier Velásquez López De Mesa
Mientras Antonio mendiga un empleo, aunque sea sin paga, en la librería de Luis, yo camino hasta el parque de Belén. Son las tres y media de la tarde. Cuento más de cien pasos que ya delatan las vetas mojadas de sudor en mi camisa, alrededor del estómago. No siento pena, tal vez piensen que salí a hacer el ejercicio que exige mi pronunciada barriga, o que soy un mensajero acelerado que le corre a su patrón. Sonrío irónico.
Paso por la Nueva Villa de Aburrá, donde una barra de muchachos, sentados en un muro, le hacen juego al ocio inconsciente, recreo de una autoridad. Cada uno, con un cigarrillo de marihuana entre los dedos, le apuesta con su admiración y respeto al que parece ser el más fuerte. Éste sostiene, sentada entre sus piernas, a la única niña que los acompaña y veo cómo sus manos le rodean la cintura hasta juntarse en el ombligo. Ella, maquillada muy bien, abre la boca roja con un gesto que parece de recién nacido, mientras sale el humo como un alarido que no se oye, y luego escupe. Sonrío de nuevo al imaginar a su madre en el corredor de un patio, allá, más arriba, por Belén-Rincón, planchando su ropa y escuchando atenta El baúl de los recuerdos en Radio Reloj, mientras su pensamiento se resiste al dolor de las várices.
Sigo por la acera de la canalización hasta llegar a la 76, la de Belén, donde vivieron y todavía viven algunos de mis ascendientes. Paso por la vieja casa de Berta, la prima de mi papá. Sin necesidad de tocar o de asomarme por la ventana de alas, que imagino como gemelas centenarias, la veo a ella caminando coja hasta llegar al nuevo estadero del antiguo solar, el que hoy humilla a los diminutos cuartos de ropa de la urbanización vecina al que llaman Mall. Los dos limoneros, el mandarino y el mango le dan sombra a una provocativa tarima vestida de croché y a una mesa que orgullosa saca la cabeza de una máquina Singer, tan vieja como el solar. A su lado, como si fuesen pareja fiel, un radio de tubos deja leer su marca: Philips. Los dos funcionan bajo la aquiescencia de Berta y se unen al coro que le dará el ajuar a los recién nacidos de los desplazados que ahora protege la parroquia. Berta quiere ser útil para los demás, como Antonio, sacrificando la paga. Como yo, que ahora camino para que no se me envenene el alma. Mientras me alejo, en un segundo, me puedo sentar en una de las primitivas sillas que le dan la cara al patio principal de Berta, y vuelo a mirar la sala cerrada que sólo se abre a las visitas que no son de su confianza o por la elegancia de los que respiren señorío. Entonces pienso en doña Inés de Azorín. Veo las grandes fotos en añejos marcos que sólo enrostran la edad. Allí está Clementina, la madre de Berta, la tía de mi papá. En la pared del frente veo al Nazareno, con la túnica caída y el látigo marcado en su espalda y en su cabeza, la corona de espinas. Dos soldados romanos lo sujetan, parados en un balcón donde parezco estar yo. Puedo ver la multitud allá, abajo, agitada. Entonces voy, en un instante, a la casa de mamá Carlina, mi bisabuela, donde el mismo cuadro, alguna vez, me llenó de compasión y miedo. Y me digo que no me gusta, que jamás lo tendré yo.
Llego al parque, en la escuela contigua a la iglesia hay una gran aglomeración: padres y acudientes esperan la salida de los niños mientras los vendedores ambulantes tienden en el piso, sobre plásticos negros, las sorpresas, los muñecos, las pelotas llenas de aserrín que cuelgan de un resorte para que el dedo índice de cualquiera de ellos las sujete y así domine la guerra imaginada. Miles de cacharros, de mango biche con sal, panelitas con coco, papitas criollas fritas o en tajadas con limón, se venderán. Me siento en una de las bancas mientras, quizás, Ligia le acaba de coser las cortinas a Marta, adivinando que después estará frente al computador para disfrutar los nuevos mensajes de Amparo. Respiro profundo cuando siento la ráfaga de viento que me revuelve el pelo y ahuyenta rápido el humo del cigarrillo que acabo de encender. Pasa una mujer, me gustan su mirada, sus senos y sus piernas. Tanto la miro que me sonríe. Y pienso en el tiempo que llevo sin que alguien me sonría en la calle. Disfruto la tarde mientras miro las torres de la iglesia contrastadas con el cielo. Salgo del ensueño cuando pasan incontables viejos. Van de acá para allá. Caminan sin el cansancio de la edad de sus casas. Esperan quizás la mesada de la jubilación, se cuentan historias pasadas, alardean por machos, por verracos, o porque no están solos. Son muchos, todo en ellos parece repetido. El parque ya tiene la fama de los jubilados que allí pueden disfrutar del ambiente de pueblo.
Mientras camino a la iglesia oigo a Antonio enumerando autores de la literatura como ninguno lo puede hacer. Parece que tuviese un directorio en su cabeza. Los rusos, los africanos, los húngaros, los ingleses, hasta los antioqueños son de su saber. Y siempre incluye una pequeña reseña de sus principales obras, que con memoria prodigiosa no necesita releer. Se las aprende de los libros, de periódicos, de las revistas, o de oradores que poco a poco se van acabando en la ciudad. Con esta cualidad reta, sin ninguna ínfula y silenciosamente, a quien no le entiende su imposibilidad de concentración y de habilidad manual. Por eso nunca ha tenido un trabajo aunque muchos lo quieran o lo necesiten. Tiene a tanta gente y no tiene a nadie. Tal vez a Ligia, la que vive aquí en Belén. Ella, generosa e inteligente, lo conoce sin la necesidad de hablar. A las tres o cuatro de la tarde, después de golpear la puerta más fuerte que cualquier visitante, un almuerzo milagroso, con sopa de plátano verde, banano, aguacate y un buen seco, que incluye pepinos rellenos, arroz, tajadas de maduro y yuca frita, le devuelven la vida a Antonio, que disfruta y analiza como el mejor sicólogo de Medellín. Pero nadie lo sabe y él se los goza, llevándoles la contraria con mucha seriedad, aunque por dentro se ría. A veces me pide que le ayude a defender sus derechos que otros le ultrajan, como el de aquel macancón del minimercado de Bostón, quien después de que Antonio pagara la pasta de dientes y el jabón, que no le dan en su casa, lo humilló delante de todos y lo obligó a desnudarse en el último cuarto para una requisa total, buscando un ladrón. Al no encontrarle nada, lo echó furioso sin pedirle disculpas.
Huele a cirio, a vela, a iglesia, a Antioquia y aún se escucha el eco del tranvía cuando entro a la iglesia de Belén. Ya son las cinco, leo en el papel de la pared que los osarios se abren todos los días de cinco a seis. Cuento las veces que he visitado a mi papá. Ya, con ésta, son seis. No encuentro el rectángulo. Dos señoras rezan, y sólo les oigo un psss, sss, sss. Al fin lo veo, y me grabo el 49 para otra vez. Miro y miro por varios minutos, en los que no rezo. Hablo pensando y le cuento qué ha pasado desde que murió. El remordimiento me acosa por no haberle cumplido la promesa de dejarle sus cenizas esparcidas en el parque de Belén.
Salgo, la algarabía de la escuela pasó. Ya no hay tanta gente, los viejos se fueron a comer. Son las seis. Las palomas, cojas y aporreadas, por tapar con sus excrementos los bajantes de los techos, empiezan a tomar los lugares fijos en la fachada de la iglesia. Pienso que Maria Elena debe estar en la reunión de la junta directiva de la Cámara de Comercio y que hoy expondrá las últimas estrategias de mercadeo que sus obligados viajes internacionales le exigen. Ella, estando en la universidad, venía con Teresita a darle de comer a las palomas de Belén. Teresita no hace mucho venía con Manuel. En una heladería vecina a la colchonería, cada uno se tomaba dos cuba libre para después caminar, como ejercicio, hasta su casa y así, poder dormir. Hoy esa bebida es el mismo ron con soda, limonada o ginger ale. Con sal mezclada de zumo de limón y untado en el vaso, la llaman michelada.
Voy caminando hasta Unicentro por la Avenida Bolivariana, paso por la frontera del barrio, veo la casa de Otilia que ahora está en Barbosa. La puedo ver recateando la compra del horno de segunda para reemplazar el quemado. Corre y corre, hace y lleva las galletas, las tortas que por tajadas vende en las tiendas y una sonrisa la confiesa satisfecha porque ya ajustó la plata para pagar la cuenta de los servicios. Le digo que me muestre el papel y para mis adentros envidio la suma total, la tercera parte de lo que pagamos en Medellín. Le advierto que 38 metros cúbicos de consumo de agua son mucho para dos personas, en una casa que está en las afueras del pueblo; que se imagine la piscina de la Universidad de Medellín. Me recuerda que cuente a Alejandro, el nieto de cinco años, que casi vive allí, mientras su madre vende ropa. Salimos a mirar el contador y después me dice que ya hizo el reclamo.
Al avanzar por la Avenida Bolivariana me detengo a mirar cómo sacan los carros de perros, de hamburguesas, de arepas de chócolo, de tacos mexicanos, que ahora inundan a Medellín. Compiten por el menor precio, mientras sus equipos a todo volumen dejan oír el reguetón. Y pienso en los $2.500 de un combo de perro y gaseosa frente a los $17.000 de un combo en “EL Corral”. Llego a Unicentro, a las vitrinas no les interesa la situación del país; en las librerías, los precios parecen la primera cuota de un seminario en la universidad. Caigo en la cuenta de que hoy es viernes. La parranda, el gentío, el alcohol, le dicen a Colombia que todo eso de la crisis es mentira. Recuerdo a Gonzalo Arango y empiezo a recitar la estrofa que me aprendí de memoria, de su poema Medellín a solas contigo, cada paso se vuelve una frase:
“Francamente, Medellín, eres peligrosa. Eres como el Diablo para comprarte las almas, con la diferencia de que tú no las condenas al infierno, sino al no-Ser”.
“No te enojes, mi querida, te amo más de lo que crees, pues al fin tú me has hecho posible. A ti que no me has dado nada, salvo soledad y un poco de dura miseria, te debo la riqueza infinita de mi ser, que no cambio por todo el oro de tus bancos comerciales”.
“Después de todo, eres milagrosa. Haces posible lo imposible: hasta eres capaz de producir un loco idealista como yo. ¡Bendita seas!”.
¡Bendito! ¡Bendito! Y vuelvo a repetir este dicho tan paisa, tan de Diego-papá, mientras imagino de nuevo a Ligia, tan callada, sólo para proteger la unión de la familia. A nadie le cuenta lo que le hacen aquellos que no llevan su sangre, pero que está mezclada con la de los suyos. Con la hijueputa disculpa de la tercera edad, le cambian, le botan las cosas y hasta le dicen de qué debe hablar. Le quitan su biblioteca que es como quitarle su espíritu. Pero ella más bien no dice nada y sale a acompañar a La Abuela, la vecina de gran corazón con disfraz de fiera, que día a día, con los años encima, teje paciente los canastos que vende en la Placita de Flores. Ahora puedo estar sentado donde La Abuela, mientras ella me prepara el ponche para la gripa —tan boyacense como ella— y para muchos males: penca de sábila con tres limones cocinados y unas hojas de casco de vaca, y de penicilina, pero sin miel. Muchos se la piden para que no les quede tan amargo. Y ella dice que también se le puede mezclar “calíndula”. Y que es mejor hacer una gran cantidad que se envasa en una “barraja” de aguardiente. “A yo me tocaba hacer mucha y no dibasto cuando se enfermó mi cuñado Puno, si... el que se pone cotizas... ” “¡No siga ahumando mijo!... eso li hace daño, haga más bien ginasia o metase en una perapia”. Mientras hace y dice, me cuenta historias de don Juan y de la vieja que una vez le pilló en Manrique, a la que le dio casa. Y luego vuelve a las mismas historias repetidas de los atracos que le hicieron en la plaza, mientras ella les daba con la cuchara grande de palo, metiéndose la plata por el bolsillo secreto, o en el “blasiel, que ahí naide le manda la mano a uno”. Ella repite sus “haigas” y habla de las “posas” que los “polecías” le ponen a los ladrones cuando los cogen y de la “mulsión de escoty” que le levantó los hijos de la enfermedad.
Casi llego a la iglesia de Santa Teresita, la noche está embrujada por la luna y una brisa fresca me reconforta el cansancio de la caminada. Entonces miro al balcón de Luz Haydeé; allí están los cuernos que le hacían compañía a las pinturas, a las esculturas, que le daban ese toque de elegancia a su casa, mientras ella, ahora, lucha en otro país con el diseño de interiores que al parecer un computador gringo le niega. Más lejos de ella, al este, Lucía se soba las rodillas con “Vacol”, mientras calla y tampoco le cuenta a nadie de sus piernas hinchadas, de su mareo frecuente, de la nube en el ojo y de su dificultad para caminar. Y del ansia tan grande que como sueño se estalla en una finca en La Ceja, rodeada de comadres que nunca la van a dejar sola. Allí pensó acabar sus días, sin los hijos, que parecen gringos, y como una verdadera colombiana. Nunca imaginó que su jubilación en dólares no le iba a alcanzar.
Ya voy llegando a la casa, es la hora del reality. Pienso, al ver los libros, que hoy no leí. Cuando me siento en la cama suena el teléfono. Luis y Amparo se desahogan, por turnos, en la bocina. ¡Su hermana los volvió a humillar! Ahora la empresa no les paga la cuenta del celular. La tarjeta prepago la tienen como si fuera un carné, el que sus compañeros de trabajo aún no poseen porque no son familia de la dueña. Guardaron el carro porque no les alcanza para gasolina. Me molesto y me pregunto ¿Y a mí por qué me da tanta rabia oír esto?
Aún están los clasificados del periódico sobre mi cama; al verlos, pregunto si me llamaron. Con el no, pienso en los de mañana. Todavía tengo la esperanza tatuada, antes de cumplir los 48. Y después pienso en Yolanda, en que le vaya muy bien, cuando le saquen el riñón. Entonces, al apagar la luz, ya muy tarde, aparece Lucas, a quien la juventud le tapó los oídos y lo sentó en un trono, donde sueña como alguna vez lo hice yo. Hasta que un día, quizás lo despierte una suma, como me pasó a mí.
Entre sueños, casi dormido, veo a Rosilda sentada en su silla de ruedas, mientras me recibe la visita. Luego hace una pausa para tomarse las gotas de prednisolona, y sigue rasguñando la guitarra que le dejó al morir Leontina. Parece que musicaliza uno de sus poemas, el que poco a poco me arrulla como lo hizo con mi papá en Belén.
CRONICAS DE BELEN: WILLIAM ALVAREZ
LA REPETICIÓN ACABA CON LA RESISTENCIA:
Declaración Pública para Construir una Biblioteca.
William Álvarez
“Para conocer el gusto de una pera hay que transformarla comiéndola.”
(Mao Tse – Tung )
Desde las bibliotecas queremos pensar, sentir y percibir las expresiones que significan o simbolizan los escenarios y los sujetos que integran los servicios bibliotecarios. Para nosotros, es importante lo que acontece en medio de los estantes, en el puesto de circulación, entre los libros, en una hora del cuento, en la cartelera; pero también, en la cafetería, en la calle, en la escuela, en el semáforo, en la acción comunal, en la organización juvenil, en el parque, en la ciudad y sus planes de desarrollo. Por eso, la reflexión —dentro y fuera— sobre los servicios, los hechos o las tendencias que se expresan en la biblioteca, nos deja con la alternativa de estructurar y singularizar aún más lo que se realiza a diario.
Imaginamos y concebimos la biblioteca como un gran escenario de humanidad, en el cual los hombres se conocen, comunican, conviven, ritualizan y descubren el resto de la especie, su microcosmos, los fenómenos, lo íntimo o lo público y las visiones del mundo.
La biblioteca, por su parte, se abre entonces a esas dimensiones que permite conocer los modos y experiencias de vida, a su vez las concepciones y tendencias; por ello, es un hábitat, un movimiento, un flujo, una institución que permite construcciones sociales; que posibilita crecer y creer en las relaciones humanas, tejer pensamientos —y por qué no, emociones— hacia el desarrollo favorable de las potencialidades de los seres humanos: En el planteamiento de los discursos y debates, en las tensiones de las ideas, en la búsqueda y encuentros con los fantasmas sociales, entre la incertidumbre que desordena la rutina; en medio de las razones, los sueños, las pasiones, las diásporas, las paradojas y contradicciones; en esa relación cara a cara que nos plantea por momentos que el otro soy yo y que Alfred Schutz lo recuerda en este hermoso pasaje:
“Supongamos que tú y yo estamos mirando un pájaro en vuelo. El pensamiento pájaro en vuelo está en cada una de nuestras mentes y es el medio por el cual uno de nosotros interpreta sus propias observaciones. Ninguno de los dos podría decir si las vivencias en esa ocasión fueron idénticas. (…) Sin embargo, durante el vuelo del pájaro, tú y yo hemos envejecido juntos; nuestras vivencias han sido simultáneas. Quizá mientras yo seguía el vuelo del pájaro noté por el rabillo del ojo que tu cabeza se movía en la misma dirección que la mía. Podría decir entonces que los dos, que nosotros, mirábamos el vuelo del pájaro. Lo que hago en este caso es coordinar temporalmente una serie de mis propias vivencias con una serie de las tuyas. (…) No pretendo poseer ningún conocimiento del contenido de tus vivencias. (…) Me basta saber que tú eres un congénere humano que estaba mirando la misma cosa que yo. Y si tú has coordinado de una manera similar mis experiencias con las tuyas, ambos podremos decir entonces que nosotros hemos visto un pájaro en vuelo”
Creemos que la biblioteca tiene sentido cuando se le mira no de forma textual, sino contextual; entonces, la cultura, la proxemia y la toponimia, la memoria y sus olvidos, los problemáticas sociales, los conflictos de la humanidad, la sociedad de consumo, los deseos colectivos y secretos, las represiones y silencios, los modelos económicos, las representaciones o imaginarios sociales, los medios de comunicación masiva, la casa, la calle, el barrio, la ciudad, aparecen vinculados en las entrañas del cuerpo de la biblioteca —en su piel, huesos, cartílagos, venas, lengua, corazón y cerebro—
Nos queda entonces el reto que Kant nos plantea “No se deben enseñar pensamientos, sino enseñar a pensar”. En esa medida pensar, sentir, soñar y actuar son sólo caminos, caminos de nunca acabar que cada quien emprende —solos, con su par, en tribu—.
Compartimos con ustedes cuatro capacidades o facultades inherentes en el ser humano que debe ser parte de nuestra cotidianidad dentro del trabajo en la biblioteca: Las capacidades de descubrir, de asombrar, de conversar y de comprender.
La biblioteca debe enseñar a descubrir: Que tanto los bibliotecarios como los usuarios emprendan la tarea de explorar infatigablemente; es decir, de encontrar para después empezar a buscar, de buscar aunque necesariamente no lleguemos a encontrar —y darse la oportunidad de volver para no tener la desazón de encontrarnos con la última vez— y ello debe ser permanente, en los estantes, en la calle, en el hogar, en los recuerdos, en lo íntimo, en el paradero del bus, en la estación del Metro, en los programas y servicios que la biblioteca tiene con su comunidad. De esta manera el conocimiento estará en constante tránsito y renovación, y pondrá en permanente cuestión nuestro modo de vida, tanto para solucionar los problemas, como también para problematizar las soluciones. —Claro está que siempre habrá dudas sobre los hallazgos que dentro de la biblioteca se tenga, claro está que siempre llegaremos con temores a las incertidumbres, a las dudas—.
Enseñar el asombro: Esa capacidad de sorpresa y de conmoverse ante la vida y de saltar el muro de la rutina. Esa forma de quitarnos la anestesia; de estar siempre preparados para recibir la visita de lo que no se esperaba. Asombrarnos ante una noticia, por lo que acontece en las calles —ante esa brutalidad de los sucesos— ante la miseria del semáforo, de algo que pasa en el barrio, ante un concepto, un número o una frase, ante una mirada que ensueñe la ausencia; es decir, todo lo que nos falta dentro de la mirada y fuera de ella, y que a veces nos deja con esa irreductible capacidad de cerrar los ojos para poder empezar a ver. Sorprendernos por lo que le pasa al vecino, al congénere. La biblioteca del asombro, que nos cambie el lenguaje prosaico y rayado, y muestre la piel al revés del sentido común, que nos dé sentido de pertenencia y nos ayude a poner la “mirada donde terminan nuestros ojos”, para ver a veces más allá, más lejos; más allá de los anaqueles, y así observar cómo nos acecha la realidad.
Enseñar la capacidad de conversar: Acostumbramos a ir del monólogo al discurso, y desde esos estados imponemos, somos soberanos o súbditos, ponemos barreras, parapetos, desencuentros, exilios —tú eres el alumno, yo soy el maestro; tú eres el hijo, yo el padre; tú eres el empleado, yo soy el jefe; tú eres el usuario, yo el bibliotecario—. En la conversación existe la posibilidad del consenso, del acuerdo, de escuchar al otro, del intercambio, del trueque. Es ver horizontal al otro, su palabra, su concepto, sus ideas, su vida. Que conversen los saberes, las disciplinas con las experiencias de vida, la biblioteca con la calle, el bibliotecario con el usuario, con el líder comunitario, con el desplazado, con el señor de la tienda, con el ciudadano. Octavio Paz decía “conversar es humano”.
La biblioteca debe enseñar a comprender: El saber de los sujetos y de las culturas, los modos y condiciones de vivir. Desde allí, se tiene la posibilidad de discernir, comparar, diferenciar. Las prácticas o usos se manifiestan en relación con los contextos particulares —en la cotidianidad, en la micro historia— y son concomitantes con los contextos universales (culturales, históricos, políticos, económicos, etc.); es decir, que la relación permite la mezcla de las historias singulares —dentro de la biblioteca y fuera de ella— con los acontecimientos universales de las sociedades.
Toda acción es la causa o el resultado de niveles de aprendizajes significativos —pero también insignificantes, invisibles, ineluctables— que se elaboran en los procesos de cognición, en el sentimiento y en las experiencias de vida. Cuando se logra comprender el grado de significación de las vivencias se tiene la posibilidad de ser conscientes, conocedor de los derechos propios y de los derechos de los demás; de ser justo en el gobierno de sí mismo.
Por eso, cuando siempre entramos a la biblioteca, como habitantes o pobladores, para emprender conquistas, descubrimientos o encuentros, dejamos de repetirnos y sentimos que nos inventamos, a veces con el cuerpo de homo sapiens, a veces con el de homo faber o también con el de homo ludens, en medio de esos “días unos tras otros, que son la vida”.
Bibliografía:
Antropología del Territorio. José Luis García. Taller Ediciones. Madrid.
El Aula sin Muros. E. Carpenter y M. McLuhan. Ediciones de Cultura. Barcelona.
La Construcción Significativa del Mundo Social. Alfred Schutz. Paidos. Barcelona.
Una Ciudad Imaginada. Armando Silva Téllez. Universidad Nacional. Bogotá.
Declaración Pública para Construir una Biblioteca.
William Álvarez
“Para conocer el gusto de una pera hay que transformarla comiéndola.”
(Mao Tse – Tung )
Desde las bibliotecas queremos pensar, sentir y percibir las expresiones que significan o simbolizan los escenarios y los sujetos que integran los servicios bibliotecarios. Para nosotros, es importante lo que acontece en medio de los estantes, en el puesto de circulación, entre los libros, en una hora del cuento, en la cartelera; pero también, en la cafetería, en la calle, en la escuela, en el semáforo, en la acción comunal, en la organización juvenil, en el parque, en la ciudad y sus planes de desarrollo. Por eso, la reflexión —dentro y fuera— sobre los servicios, los hechos o las tendencias que se expresan en la biblioteca, nos deja con la alternativa de estructurar y singularizar aún más lo que se realiza a diario.
Imaginamos y concebimos la biblioteca como un gran escenario de humanidad, en el cual los hombres se conocen, comunican, conviven, ritualizan y descubren el resto de la especie, su microcosmos, los fenómenos, lo íntimo o lo público y las visiones del mundo.
La biblioteca, por su parte, se abre entonces a esas dimensiones que permite conocer los modos y experiencias de vida, a su vez las concepciones y tendencias; por ello, es un hábitat, un movimiento, un flujo, una institución que permite construcciones sociales; que posibilita crecer y creer en las relaciones humanas, tejer pensamientos —y por qué no, emociones— hacia el desarrollo favorable de las potencialidades de los seres humanos: En el planteamiento de los discursos y debates, en las tensiones de las ideas, en la búsqueda y encuentros con los fantasmas sociales, entre la incertidumbre que desordena la rutina; en medio de las razones, los sueños, las pasiones, las diásporas, las paradojas y contradicciones; en esa relación cara a cara que nos plantea por momentos que el otro soy yo y que Alfred Schutz lo recuerda en este hermoso pasaje:
“Supongamos que tú y yo estamos mirando un pájaro en vuelo. El pensamiento pájaro en vuelo está en cada una de nuestras mentes y es el medio por el cual uno de nosotros interpreta sus propias observaciones. Ninguno de los dos podría decir si las vivencias en esa ocasión fueron idénticas. (…) Sin embargo, durante el vuelo del pájaro, tú y yo hemos envejecido juntos; nuestras vivencias han sido simultáneas. Quizá mientras yo seguía el vuelo del pájaro noté por el rabillo del ojo que tu cabeza se movía en la misma dirección que la mía. Podría decir entonces que los dos, que nosotros, mirábamos el vuelo del pájaro. Lo que hago en este caso es coordinar temporalmente una serie de mis propias vivencias con una serie de las tuyas. (…) No pretendo poseer ningún conocimiento del contenido de tus vivencias. (…) Me basta saber que tú eres un congénere humano que estaba mirando la misma cosa que yo. Y si tú has coordinado de una manera similar mis experiencias con las tuyas, ambos podremos decir entonces que nosotros hemos visto un pájaro en vuelo”
Creemos que la biblioteca tiene sentido cuando se le mira no de forma textual, sino contextual; entonces, la cultura, la proxemia y la toponimia, la memoria y sus olvidos, los problemáticas sociales, los conflictos de la humanidad, la sociedad de consumo, los deseos colectivos y secretos, las represiones y silencios, los modelos económicos, las representaciones o imaginarios sociales, los medios de comunicación masiva, la casa, la calle, el barrio, la ciudad, aparecen vinculados en las entrañas del cuerpo de la biblioteca —en su piel, huesos, cartílagos, venas, lengua, corazón y cerebro—
Nos queda entonces el reto que Kant nos plantea “No se deben enseñar pensamientos, sino enseñar a pensar”. En esa medida pensar, sentir, soñar y actuar son sólo caminos, caminos de nunca acabar que cada quien emprende —solos, con su par, en tribu—.
Compartimos con ustedes cuatro capacidades o facultades inherentes en el ser humano que debe ser parte de nuestra cotidianidad dentro del trabajo en la biblioteca: Las capacidades de descubrir, de asombrar, de conversar y de comprender.
La biblioteca debe enseñar a descubrir: Que tanto los bibliotecarios como los usuarios emprendan la tarea de explorar infatigablemente; es decir, de encontrar para después empezar a buscar, de buscar aunque necesariamente no lleguemos a encontrar —y darse la oportunidad de volver para no tener la desazón de encontrarnos con la última vez— y ello debe ser permanente, en los estantes, en la calle, en el hogar, en los recuerdos, en lo íntimo, en el paradero del bus, en la estación del Metro, en los programas y servicios que la biblioteca tiene con su comunidad. De esta manera el conocimiento estará en constante tránsito y renovación, y pondrá en permanente cuestión nuestro modo de vida, tanto para solucionar los problemas, como también para problematizar las soluciones. —Claro está que siempre habrá dudas sobre los hallazgos que dentro de la biblioteca se tenga, claro está que siempre llegaremos con temores a las incertidumbres, a las dudas—.
Enseñar el asombro: Esa capacidad de sorpresa y de conmoverse ante la vida y de saltar el muro de la rutina. Esa forma de quitarnos la anestesia; de estar siempre preparados para recibir la visita de lo que no se esperaba. Asombrarnos ante una noticia, por lo que acontece en las calles —ante esa brutalidad de los sucesos— ante la miseria del semáforo, de algo que pasa en el barrio, ante un concepto, un número o una frase, ante una mirada que ensueñe la ausencia; es decir, todo lo que nos falta dentro de la mirada y fuera de ella, y que a veces nos deja con esa irreductible capacidad de cerrar los ojos para poder empezar a ver. Sorprendernos por lo que le pasa al vecino, al congénere. La biblioteca del asombro, que nos cambie el lenguaje prosaico y rayado, y muestre la piel al revés del sentido común, que nos dé sentido de pertenencia y nos ayude a poner la “mirada donde terminan nuestros ojos”, para ver a veces más allá, más lejos; más allá de los anaqueles, y así observar cómo nos acecha la realidad.
Enseñar la capacidad de conversar: Acostumbramos a ir del monólogo al discurso, y desde esos estados imponemos, somos soberanos o súbditos, ponemos barreras, parapetos, desencuentros, exilios —tú eres el alumno, yo soy el maestro; tú eres el hijo, yo el padre; tú eres el empleado, yo soy el jefe; tú eres el usuario, yo el bibliotecario—. En la conversación existe la posibilidad del consenso, del acuerdo, de escuchar al otro, del intercambio, del trueque. Es ver horizontal al otro, su palabra, su concepto, sus ideas, su vida. Que conversen los saberes, las disciplinas con las experiencias de vida, la biblioteca con la calle, el bibliotecario con el usuario, con el líder comunitario, con el desplazado, con el señor de la tienda, con el ciudadano. Octavio Paz decía “conversar es humano”.
La biblioteca debe enseñar a comprender: El saber de los sujetos y de las culturas, los modos y condiciones de vivir. Desde allí, se tiene la posibilidad de discernir, comparar, diferenciar. Las prácticas o usos se manifiestan en relación con los contextos particulares —en la cotidianidad, en la micro historia— y son concomitantes con los contextos universales (culturales, históricos, políticos, económicos, etc.); es decir, que la relación permite la mezcla de las historias singulares —dentro de la biblioteca y fuera de ella— con los acontecimientos universales de las sociedades.
Toda acción es la causa o el resultado de niveles de aprendizajes significativos —pero también insignificantes, invisibles, ineluctables— que se elaboran en los procesos de cognición, en el sentimiento y en las experiencias de vida. Cuando se logra comprender el grado de significación de las vivencias se tiene la posibilidad de ser conscientes, conocedor de los derechos propios y de los derechos de los demás; de ser justo en el gobierno de sí mismo.
Por eso, cuando siempre entramos a la biblioteca, como habitantes o pobladores, para emprender conquistas, descubrimientos o encuentros, dejamos de repetirnos y sentimos que nos inventamos, a veces con el cuerpo de homo sapiens, a veces con el de homo faber o también con el de homo ludens, en medio de esos “días unos tras otros, que son la vida”.
Bibliografía:
Antropología del Territorio. José Luis García. Taller Ediciones. Madrid.
El Aula sin Muros. E. Carpenter y M. McLuhan. Ediciones de Cultura. Barcelona.
La Construcción Significativa del Mundo Social. Alfred Schutz. Paidos. Barcelona.
Una Ciudad Imaginada. Armando Silva Téllez. Universidad Nacional. Bogotá.
CRONICAS DE BELEN: MARIO H. VALENCIA ALZATE
DOS PUNTOS DE VISTA
Mario H. Valencia Alzate
Los dos hombres, con claros ademanes de impaciencia, estaban sentados en sendas sillas, cercana una a la otra, de las que hay frente a la Iglesia, en el parque de Belén. Casualmente, cuando yo pasaba por allí, escuché cómo uno de ellos empezó a cantar:
“Yo que nací altivo y libre
Sobre una sierra antioqueña…”
No terminó la estrofa porque el hombre de la otra silla lo interrumpió:
-¡Llegaste! ¿En dónde estabas?
-Aquí: en donde acordamos vernos.
-¿Cómo que ahí? Era en esta silla en donde dijimos que nos encontraríamos. Hace rato que estoy aquí.
-Ojalá pudieras comprobarlo. Sabes que este punto de encuentro no tiene pierde.
Terminada la discusión los dos hombres extendieron sus bastones telescópicos y se alejaron, cada uno apoyado en el hombro del otro.
INSTRUCCIONES PARA SABOREAR A UNA NARANJA
Mario H. Valencia Alzate
Cuenta el Escritor Fernando González, en “Viaje a pie”, que al pasar cerca a la población de El Retiro vieron a una bella mujer de la cual hace una analogía con la naranja: “Esta serrana –dice el escritor González– vestida con un faldón prensado, en esa mañana de plenitud, nos trajo algunas emociones e ideas. Pensamos que la belleza es la gran ilusión; pensamos que la naranja es una esfera de oro, y que para comérsela se tira la corteza dorada. ¡Aquella falda prensada!… Pero no; nosotros no queremos describir lo que pasaría, si fuéramos a comernos aquel fruto de la altiplanicie andina…”
Si tan bellas las vio Fernando González cuando pasó por El Retiro, qué tal que hubiera venido al barrio Belén. Yo podría decir que las de acá son tanto o más bellas que las del retiro. Hay que verlas caminando por el parque, o en dirección a la Universidad de Medellín, o hacia alguno de los centros comerciales que tenemos en el barrio. Parodiando las palabras dichas por el escritor, yo digo que es necesario poner todos los sentidos para degustar a estas frutas, tan preciadas en estas tierras. Para conocer su sabor, para saber de sus propiedades, para deleitarse con estos frutos, hay que seguir ciertas instrucciones:
Primero, la vista: antes que nada, quedarse contemplando la naranja: su belleza, alegre belleza que caracteriza a las antioqueñas; su forma hermosa, configuración externa imposible de pasar desapercibida; y su textura, esa fuerza que está presente en los cuerpos y lo tienta a uno a palpar, casi enternecido. Esta contemplación ha de tenerse bastante tiempo. Bastante, dije, es decir el suficiente para convencerse de que aquella es una naranja digna de gustarse, de saborear su jugo, gajo a gajo.
Después, el tacto: ese roce suave que le permite a uno comprobar que aquello de lo cual se tuvo un primer contacto con la vista, es realmente tan hermoso como se apreció en su textura. Poder palparla, hasta sentir aquellos indescriptibles estremecimientos interiores que le dicen también a uno lo que es la felicidad, que llega por momentos.
Luego, el olfato: al tenerla cerca, no puede uno abstraerse de olerla. Es un olor a naturaleza, delicado, que penetra agradablemente hasta llenarlo a uno de delicia. Así son las de aquí: tan agradablemente olorosas, que su olor se queda pegado a la nariz de todo aquel que esté a su paso. Tal vez por ello sean tan apetecidas en otras partes.
Más tarde, el gusto: degustarla es tan delicioso como sólo podremos saberlo los que hemos podido tener una así tan cerca, aunque sea por un momento. Después de pelarla, delicada y despaciosamente, saborear sus jugos. Ricos jugos que vienen a calmarle a uno esa sed que se tiene de antes, desde cuando al verla quisimos saber del gusto que tenían sus gajos. Beber sus jugos, en una y otra vez, y embadurnarse con ellos para que la piel también sepa de sus sabores.
Ya saben pues, cómo es que se degusta a una fruta de estas.
CONTRASENTIDO DE LA VIDA
Mario H. Valencia Alzate
Amanecía y en los alrededores del parque de Belén empezaban a aparecer hombres y mujeres presurosos, con olor a baño reciente, encaminándose hacia la carrera 76, en busca del autobús que los llevara, seguramente, hacia su lugar de trabajo o de estudio. De ello podía sospecharse por la vestimenta que casi todos llevaban. No había tiempo para detenerse a observar las vitrinas. Tal vez por eso todos caminaban indiferentes por las aceras sin prestar atención a los que a esa hora temprana todavía derrochaban placidez con sus sueños imperturbables. Aunque sin tanta prisa como la mayoría, yo caminaba con mi hija hacia el colegio San Juan Bosco del barrio Granada. Disponíamos de buen tiempo y por eso pudimos detenernos a observar aquello que todos los demás miraron indiferentes. Nuestros ojos se alargaron para ver un colchón de esos que tienen la propiedad de tomar la forma del cuerpo que se pone encima, para darle a éste la sensación de abrigo, de pleno descanso. Seguramente al estar sobre él podría parecerse que se está sumergido en una piscina de plumas. Por su forma, parecía que hubiera sido fabricado en un lugar lejano, para satisfacer las extravagancias de algún príncipe de un país remoto. Estaba puesto sobre una alfombra, fabricada con un fino tejido cuyos hilos entrelazados formaban figuras de diversos tipos.
A la vez, pudimos ver a una persona que, por su tamaño, parecía que fuera un hombre. Tenía el cuerpo cubierto y, por el ritmo pausado de su respiración, dedujimos que estaba dormido. Me quedé mirándolo y noté que mi hija también lo miraba, como tratando los dos de atravesar los cobertores con la vista. O tal vez lo que estábamos queriendo era satisfacer la curiosidad por saber si en verdad se trataba de un hombre o, por el contrario, de una mujer.
Lo miramos por largo rato, como esperando a que se despertara. Hasta que se despertó, quizá por ruido de la corneta de un autobús de los que cubren alguna de las muchas rutas de Belén. Lo primero que asomó fue su mano derecha y entonces vimos uno de sus brazos, cubierto de vellos. Descorrió el cobertor y apareció la cabeza, con un cabello de varios meses sin cortar, completamente desordenado. Luego abrió la boca hasta casi descoyuntarse la mandíbula y tomó una ruidosa bocanada de aire, al tiempo que estiraba los brazos en sentidos contrarios. Sólo después de esto nos lanzó una mirada de indiferencia. Cuando terminó de despabilarse, apoyó las manos en el piso y se sentó. Luego, sin importarle nuestra mirada, empezó a doblar el papel periódico que le servía de cobertor. Después se paró de la acera y empezó a caminar, alejándose de la vitrina. Antes de irnos, leímos por última vez el aviso que estaba escrito en la vidriera, justo al lado de la acera en la que estaba acostado el hombre: “Colchones Comodísimos: el placer de dormir profundamente nunca estuvo tan cerca“
Mario H. Valencia Alzate
Los dos hombres, con claros ademanes de impaciencia, estaban sentados en sendas sillas, cercana una a la otra, de las que hay frente a la Iglesia, en el parque de Belén. Casualmente, cuando yo pasaba por allí, escuché cómo uno de ellos empezó a cantar:
“Yo que nací altivo y libre
Sobre una sierra antioqueña…”
No terminó la estrofa porque el hombre de la otra silla lo interrumpió:
-¡Llegaste! ¿En dónde estabas?
-Aquí: en donde acordamos vernos.
-¿Cómo que ahí? Era en esta silla en donde dijimos que nos encontraríamos. Hace rato que estoy aquí.
-Ojalá pudieras comprobarlo. Sabes que este punto de encuentro no tiene pierde.
Terminada la discusión los dos hombres extendieron sus bastones telescópicos y se alejaron, cada uno apoyado en el hombro del otro.
INSTRUCCIONES PARA SABOREAR A UNA NARANJA
Mario H. Valencia Alzate
Cuenta el Escritor Fernando González, en “Viaje a pie”, que al pasar cerca a la población de El Retiro vieron a una bella mujer de la cual hace una analogía con la naranja: “Esta serrana –dice el escritor González– vestida con un faldón prensado, en esa mañana de plenitud, nos trajo algunas emociones e ideas. Pensamos que la belleza es la gran ilusión; pensamos que la naranja es una esfera de oro, y que para comérsela se tira la corteza dorada. ¡Aquella falda prensada!… Pero no; nosotros no queremos describir lo que pasaría, si fuéramos a comernos aquel fruto de la altiplanicie andina…”
Si tan bellas las vio Fernando González cuando pasó por El Retiro, qué tal que hubiera venido al barrio Belén. Yo podría decir que las de acá son tanto o más bellas que las del retiro. Hay que verlas caminando por el parque, o en dirección a la Universidad de Medellín, o hacia alguno de los centros comerciales que tenemos en el barrio. Parodiando las palabras dichas por el escritor, yo digo que es necesario poner todos los sentidos para degustar a estas frutas, tan preciadas en estas tierras. Para conocer su sabor, para saber de sus propiedades, para deleitarse con estos frutos, hay que seguir ciertas instrucciones:
Primero, la vista: antes que nada, quedarse contemplando la naranja: su belleza, alegre belleza que caracteriza a las antioqueñas; su forma hermosa, configuración externa imposible de pasar desapercibida; y su textura, esa fuerza que está presente en los cuerpos y lo tienta a uno a palpar, casi enternecido. Esta contemplación ha de tenerse bastante tiempo. Bastante, dije, es decir el suficiente para convencerse de que aquella es una naranja digna de gustarse, de saborear su jugo, gajo a gajo.
Después, el tacto: ese roce suave que le permite a uno comprobar que aquello de lo cual se tuvo un primer contacto con la vista, es realmente tan hermoso como se apreció en su textura. Poder palparla, hasta sentir aquellos indescriptibles estremecimientos interiores que le dicen también a uno lo que es la felicidad, que llega por momentos.
Luego, el olfato: al tenerla cerca, no puede uno abstraerse de olerla. Es un olor a naturaleza, delicado, que penetra agradablemente hasta llenarlo a uno de delicia. Así son las de aquí: tan agradablemente olorosas, que su olor se queda pegado a la nariz de todo aquel que esté a su paso. Tal vez por ello sean tan apetecidas en otras partes.
Más tarde, el gusto: degustarla es tan delicioso como sólo podremos saberlo los que hemos podido tener una así tan cerca, aunque sea por un momento. Después de pelarla, delicada y despaciosamente, saborear sus jugos. Ricos jugos que vienen a calmarle a uno esa sed que se tiene de antes, desde cuando al verla quisimos saber del gusto que tenían sus gajos. Beber sus jugos, en una y otra vez, y embadurnarse con ellos para que la piel también sepa de sus sabores.
Ya saben pues, cómo es que se degusta a una fruta de estas.
CONTRASENTIDO DE LA VIDA
Mario H. Valencia Alzate
Amanecía y en los alrededores del parque de Belén empezaban a aparecer hombres y mujeres presurosos, con olor a baño reciente, encaminándose hacia la carrera 76, en busca del autobús que los llevara, seguramente, hacia su lugar de trabajo o de estudio. De ello podía sospecharse por la vestimenta que casi todos llevaban. No había tiempo para detenerse a observar las vitrinas. Tal vez por eso todos caminaban indiferentes por las aceras sin prestar atención a los que a esa hora temprana todavía derrochaban placidez con sus sueños imperturbables. Aunque sin tanta prisa como la mayoría, yo caminaba con mi hija hacia el colegio San Juan Bosco del barrio Granada. Disponíamos de buen tiempo y por eso pudimos detenernos a observar aquello que todos los demás miraron indiferentes. Nuestros ojos se alargaron para ver un colchón de esos que tienen la propiedad de tomar la forma del cuerpo que se pone encima, para darle a éste la sensación de abrigo, de pleno descanso. Seguramente al estar sobre él podría parecerse que se está sumergido en una piscina de plumas. Por su forma, parecía que hubiera sido fabricado en un lugar lejano, para satisfacer las extravagancias de algún príncipe de un país remoto. Estaba puesto sobre una alfombra, fabricada con un fino tejido cuyos hilos entrelazados formaban figuras de diversos tipos.
A la vez, pudimos ver a una persona que, por su tamaño, parecía que fuera un hombre. Tenía el cuerpo cubierto y, por el ritmo pausado de su respiración, dedujimos que estaba dormido. Me quedé mirándolo y noté que mi hija también lo miraba, como tratando los dos de atravesar los cobertores con la vista. O tal vez lo que estábamos queriendo era satisfacer la curiosidad por saber si en verdad se trataba de un hombre o, por el contrario, de una mujer.
Lo miramos por largo rato, como esperando a que se despertara. Hasta que se despertó, quizá por ruido de la corneta de un autobús de los que cubren alguna de las muchas rutas de Belén. Lo primero que asomó fue su mano derecha y entonces vimos uno de sus brazos, cubierto de vellos. Descorrió el cobertor y apareció la cabeza, con un cabello de varios meses sin cortar, completamente desordenado. Luego abrió la boca hasta casi descoyuntarse la mandíbula y tomó una ruidosa bocanada de aire, al tiempo que estiraba los brazos en sentidos contrarios. Sólo después de esto nos lanzó una mirada de indiferencia. Cuando terminó de despabilarse, apoyó las manos en el piso y se sentó. Luego, sin importarle nuestra mirada, empezó a doblar el papel periódico que le servía de cobertor. Después se paró de la acera y empezó a caminar, alejándose de la vitrina. Antes de irnos, leímos por última vez el aviso que estaba escrito en la vidriera, justo al lado de la acera en la que estaba acostado el hombre: “Colchones Comodísimos: el placer de dormir profundamente nunca estuvo tan cerca“
CRONICAS DE BELEN: BEATRIZ VILLEGAS
RECUERDO DE LA IGLESIA SANTO CURA DE ARS
Beatriz Villegas
El recuerdo de la iglesia SANTO CURA DE ARS en Belén Los Alpes se asimila con los más conmovedores de lo que significa la investidura de sacerdote. Le conocí a la edad de doce años. Hacía pocas semanas vivíamos en Belén Los Alpes, un barrio joven construido inicialmente por una entidad de crédito que solventó buena parte del precio a familias de jubilados o a trabajadores del estado a precios módicos para la época.
Mi familia venía de un barrio más popular y por lo tanto el cambio significaba un ascenso en la dura cuesta socioeconómica de aquellos tiempos. El abuelo nos había regalado una casa modesta en la parte de abajo del barrio nuevo para estrenar con miles de modificaciones pendientes y sin dinero para hacerlas pero nos mudamos felices a nuestro nuevo paraíso.
La misa formaba parte de la recreación tan escasa, asistíamos puntuales en el fin de semana cumpliendo la obligación y en aquella época la aún presente devoción nos hacia ir tranquilos y casi felices.
En los primeros días fuimos los cuatro hermanos con mi mamá muy pegados unos a otros como los forasteros recién desempacados, tímidos y con la expectativa de lo nuevo.
En el barrio anterior había una iglesia formidable, con tres naves y alta la cúpula, con baptisterio y vitrales llamativos, quizá espejo de mejores tiempos. No nos dejaban ir solos por lo peligroso del barrio donde se estaban cocinando las primeras bandas de maleantes de la ciudad, había demasiado riesgo para los niños y aun para las mujeres que eran asaltadas sin consideración a la salida del templo.
En esta nueva iglesia la sensación fue de tranquilidad, era una iglesia pequeña, amoblada con suma humildad, carecía de toda pompa, apenas en el altar un sagrario pequeño y dorado pero se respiraba un aire de tranquilidad y limpieza
Nuestra vida en el nuevo barrio comenzó antes de una celebración de Semana Santa. Tuvimos tiempo para reconocer la liturgia y la manera como el padre Herrera desarrollaba sus predicamentos y solíamos entretenernos largos ratos escuchando las historias de la vida de los santos que nos fascinaban , esos seres tan resistentes al dolor, tan cautos ante los enemigos, tan aguerridos contra los malhechores, nos encantaba esa atmósfera de bondad que irradiaba el sacerdote que nos insistía con genuina buena intención que si nosotros nos esforzábamos un poco seriamos como cualquiera de esos santicos predestinados al gloria divina, simplemente luchando contra el pecado y, el demonio y sus tentaciones.
El padre tenía una venta de empanadas en el borde posterior de la iglesia, haciendo obras de caridad pequeñas con el producido, insignificante para cualquier parroquiano como inversión pero en conjunto un esfuerzo descomunal. Las señoras no siempre pudientes regalaban los materiales para las empanadas y mi madre recién llegada con mil obligaciones se dedicaba los domingos como muchas otras pobres a regalar su trabajo para patrocinar la consecución de fondos para la parroquia que bien lo necesitaba.
La casa cural estaba situada en un segundo piso, separada por unas escalas brillantes que despedían un olor a limpiador esa atmósfera me encantaba y me ponía a disposición mientras se hacían las fritangas para ir por cualquier cosa a la casa del padre. Compartía su casa con una hermana pulcra y silenciosa, despedía esa casa un ambiente de limpieza y orden. Lo que más me gustaba era la biblioteca con volúmenes empastados en dorados, bien organizados por tamaños, sus lomos daban cuenta de los sucesos y trámites de los legalizados ante Dios. Se leía Bautizos. Como la parroquia era joven todavía había muchas páginas en blanco. Había varias enciclopedias de tomos rojos y algunos diccionarios que me moría por abrir. De hecho en algunas veces pedía el favor de que me dejaran hojear los libros y la hermana del sacerdote se ponía al lado de lo que yo veía. Talvez cuidando de que no pasaran a otras manos.
Mi hermano de diez años tenía un alto sentido religioso y fue así como de a poco se fue metiendo en el altar, primero se sentaba en las bancas de adelante, ponía extremo cuidado en la liturgia y al terminar ayudaba al sacerdote a recoger las cosas y se apersonaba de pequeños trabajos en la sacristía.
Se ganó a punta de constancia un espacio como acólito ayudante. No hubo mayor felicidad como la del día que le prestaron una túnica blanca amarillosa que le daba varios centímetros abajo del piso y cuando preguntó que si podía recortarla un poco, el padre le dijo que la parroquia era muy pobre y tenía que compartirla con otros acólitos. Le entregaron además un lazo rojo que se ajustaba a la cintura levantando la sotana evitando caerse enredado en los bordes. Mi mamá lo miraba y le parecía un ángel del cielo.
Mi hermano no se perdía ceremonia religiosa.Trabajó de sol a sol con el padre en la Semana Santa, ayudó a vestir los santos con ropajes tan pobres que las señoras del barrio arreglaban tratando de disimular. La humildad caracterizaba las ceremonias, pero me acuerdo que todos queríamos estar allá. Hicimos una semana piadosa, prometimos no contribuir la crucifixión de Cristo con nuestros pecados, promesa que duró hasta la próxima mentira o pequeño robo en casa.
Mi padre cayó gravemente enfermo por una lesión cerebral irreversible pero que no le ocasionaría la muerte según dijeron los doctores a mi madre. Las lesiones afectaron todas sus funciones de desplazamiento y alimentación sin alteración del sensorio pero los demás órganos estaban indemnes. La vida de mi padre sería larga y tormentosa sin ninguna esperanza. Mi madre se trasteó prácticamente al hospital y todos nosotros, muy pequeños, permanecíamos al cuidado de una empleada mandona y amargada.
Mi hermano se escapaba de los regaños porque tenía permiso de acolitar las misas. Hacía su escapismo con el padre Herrera que lo ascendió a monaguillo principal por ser el más constante y dedicado. En la inocencia de mi hermano decía y juraba que el padre hacía milagros y que le había visto cerrar el sagrario de lejos y que apagaba las velas todas de una vez con el mínimo soplo. Nunca hicimos caso de sus habladurías y seguíamos constantes en nuestra práctica religiosa pero sin tanto entusiasmo. Nos gustaba encontrarnos con otros niños y contábamos en nuestro interior los minutos para salir al parque a comprar cualquier chuchería.
Un día mi hermano fue arrollado por un vehículo. Permaneció en condición crítica en el hospital por varios días. En esos días íbamos a misa a instancias del padre Herrera que rogaba a Dios con una piedad sobresaliente. Ante nuestros ojos vimos llorar al padre en la prédica y rogábamos por el milagro que sería capaz de hacer el padre.
Mi hermano murió al séptimo día a pesar de todos los cuidados médicos. La tristeza de todo el barrio se hizo manifiesta. Todos lloraban en mi casa, las vecinas rezaban y en toda la conmoción nos rodeaban, nos abrazaban, y la compañía no faltó en esos días.
Mi papá en estado estable, pero sin nada de qué morirse, porque sus órganos vitales conservaban todo su vigor, se enteró del suceso y lloró sin convicción pero si reclamó al cielo por qué no era él, se lamentaba porque a su niño lo había halado prematura la muerte.
El padre Herrera visitó mi casa tres días después de la muerte de mi hermano y se dispuso a realizar una misa en el patio, acondicionado para toda la gente que iba a visitarnos por esos días.
Rogó a Dios con una fe y una entrega que ponían los pelos de punta. Todos los que estábamos allí sentíamos que el padre hablaba con una convicción profunda. Terminó la liturgia diciendo: “Señor: Tú ya sabes lo que tienes que hacer, te entregamos a nuestro mejor acólito para que te recuerde que tienes un trabajo pendiente. Él ahora te insistirá por su padre. Házle caso. Es convincente con la palabra.”
Pasaron dos días y mi padre que no tenía nada grave entró en un coma profundo y murió. Los médicos no hallaron explicación. Sólo un milagro lo explica —decían—.
Beatriz Villegas
El recuerdo de la iglesia SANTO CURA DE ARS en Belén Los Alpes se asimila con los más conmovedores de lo que significa la investidura de sacerdote. Le conocí a la edad de doce años. Hacía pocas semanas vivíamos en Belén Los Alpes, un barrio joven construido inicialmente por una entidad de crédito que solventó buena parte del precio a familias de jubilados o a trabajadores del estado a precios módicos para la época.
Mi familia venía de un barrio más popular y por lo tanto el cambio significaba un ascenso en la dura cuesta socioeconómica de aquellos tiempos. El abuelo nos había regalado una casa modesta en la parte de abajo del barrio nuevo para estrenar con miles de modificaciones pendientes y sin dinero para hacerlas pero nos mudamos felices a nuestro nuevo paraíso.
La misa formaba parte de la recreación tan escasa, asistíamos puntuales en el fin de semana cumpliendo la obligación y en aquella época la aún presente devoción nos hacia ir tranquilos y casi felices.
En los primeros días fuimos los cuatro hermanos con mi mamá muy pegados unos a otros como los forasteros recién desempacados, tímidos y con la expectativa de lo nuevo.
En el barrio anterior había una iglesia formidable, con tres naves y alta la cúpula, con baptisterio y vitrales llamativos, quizá espejo de mejores tiempos. No nos dejaban ir solos por lo peligroso del barrio donde se estaban cocinando las primeras bandas de maleantes de la ciudad, había demasiado riesgo para los niños y aun para las mujeres que eran asaltadas sin consideración a la salida del templo.
En esta nueva iglesia la sensación fue de tranquilidad, era una iglesia pequeña, amoblada con suma humildad, carecía de toda pompa, apenas en el altar un sagrario pequeño y dorado pero se respiraba un aire de tranquilidad y limpieza
Nuestra vida en el nuevo barrio comenzó antes de una celebración de Semana Santa. Tuvimos tiempo para reconocer la liturgia y la manera como el padre Herrera desarrollaba sus predicamentos y solíamos entretenernos largos ratos escuchando las historias de la vida de los santos que nos fascinaban , esos seres tan resistentes al dolor, tan cautos ante los enemigos, tan aguerridos contra los malhechores, nos encantaba esa atmósfera de bondad que irradiaba el sacerdote que nos insistía con genuina buena intención que si nosotros nos esforzábamos un poco seriamos como cualquiera de esos santicos predestinados al gloria divina, simplemente luchando contra el pecado y, el demonio y sus tentaciones.
El padre tenía una venta de empanadas en el borde posterior de la iglesia, haciendo obras de caridad pequeñas con el producido, insignificante para cualquier parroquiano como inversión pero en conjunto un esfuerzo descomunal. Las señoras no siempre pudientes regalaban los materiales para las empanadas y mi madre recién llegada con mil obligaciones se dedicaba los domingos como muchas otras pobres a regalar su trabajo para patrocinar la consecución de fondos para la parroquia que bien lo necesitaba.
La casa cural estaba situada en un segundo piso, separada por unas escalas brillantes que despedían un olor a limpiador esa atmósfera me encantaba y me ponía a disposición mientras se hacían las fritangas para ir por cualquier cosa a la casa del padre. Compartía su casa con una hermana pulcra y silenciosa, despedía esa casa un ambiente de limpieza y orden. Lo que más me gustaba era la biblioteca con volúmenes empastados en dorados, bien organizados por tamaños, sus lomos daban cuenta de los sucesos y trámites de los legalizados ante Dios. Se leía Bautizos. Como la parroquia era joven todavía había muchas páginas en blanco. Había varias enciclopedias de tomos rojos y algunos diccionarios que me moría por abrir. De hecho en algunas veces pedía el favor de que me dejaran hojear los libros y la hermana del sacerdote se ponía al lado de lo que yo veía. Talvez cuidando de que no pasaran a otras manos.
Mi hermano de diez años tenía un alto sentido religioso y fue así como de a poco se fue metiendo en el altar, primero se sentaba en las bancas de adelante, ponía extremo cuidado en la liturgia y al terminar ayudaba al sacerdote a recoger las cosas y se apersonaba de pequeños trabajos en la sacristía.
Se ganó a punta de constancia un espacio como acólito ayudante. No hubo mayor felicidad como la del día que le prestaron una túnica blanca amarillosa que le daba varios centímetros abajo del piso y cuando preguntó que si podía recortarla un poco, el padre le dijo que la parroquia era muy pobre y tenía que compartirla con otros acólitos. Le entregaron además un lazo rojo que se ajustaba a la cintura levantando la sotana evitando caerse enredado en los bordes. Mi mamá lo miraba y le parecía un ángel del cielo.
Mi hermano no se perdía ceremonia religiosa.Trabajó de sol a sol con el padre en la Semana Santa, ayudó a vestir los santos con ropajes tan pobres que las señoras del barrio arreglaban tratando de disimular. La humildad caracterizaba las ceremonias, pero me acuerdo que todos queríamos estar allá. Hicimos una semana piadosa, prometimos no contribuir la crucifixión de Cristo con nuestros pecados, promesa que duró hasta la próxima mentira o pequeño robo en casa.
Mi padre cayó gravemente enfermo por una lesión cerebral irreversible pero que no le ocasionaría la muerte según dijeron los doctores a mi madre. Las lesiones afectaron todas sus funciones de desplazamiento y alimentación sin alteración del sensorio pero los demás órganos estaban indemnes. La vida de mi padre sería larga y tormentosa sin ninguna esperanza. Mi madre se trasteó prácticamente al hospital y todos nosotros, muy pequeños, permanecíamos al cuidado de una empleada mandona y amargada.
Mi hermano se escapaba de los regaños porque tenía permiso de acolitar las misas. Hacía su escapismo con el padre Herrera que lo ascendió a monaguillo principal por ser el más constante y dedicado. En la inocencia de mi hermano decía y juraba que el padre hacía milagros y que le había visto cerrar el sagrario de lejos y que apagaba las velas todas de una vez con el mínimo soplo. Nunca hicimos caso de sus habladurías y seguíamos constantes en nuestra práctica religiosa pero sin tanto entusiasmo. Nos gustaba encontrarnos con otros niños y contábamos en nuestro interior los minutos para salir al parque a comprar cualquier chuchería.
Un día mi hermano fue arrollado por un vehículo. Permaneció en condición crítica en el hospital por varios días. En esos días íbamos a misa a instancias del padre Herrera que rogaba a Dios con una piedad sobresaliente. Ante nuestros ojos vimos llorar al padre en la prédica y rogábamos por el milagro que sería capaz de hacer el padre.
Mi hermano murió al séptimo día a pesar de todos los cuidados médicos. La tristeza de todo el barrio se hizo manifiesta. Todos lloraban en mi casa, las vecinas rezaban y en toda la conmoción nos rodeaban, nos abrazaban, y la compañía no faltó en esos días.
Mi papá en estado estable, pero sin nada de qué morirse, porque sus órganos vitales conservaban todo su vigor, se enteró del suceso y lloró sin convicción pero si reclamó al cielo por qué no era él, se lamentaba porque a su niño lo había halado prematura la muerte.
El padre Herrera visitó mi casa tres días después de la muerte de mi hermano y se dispuso a realizar una misa en el patio, acondicionado para toda la gente que iba a visitarnos por esos días.
Rogó a Dios con una fe y una entrega que ponían los pelos de punta. Todos los que estábamos allí sentíamos que el padre hablaba con una convicción profunda. Terminó la liturgia diciendo: “Señor: Tú ya sabes lo que tienes que hacer, te entregamos a nuestro mejor acólito para que te recuerde que tienes un trabajo pendiente. Él ahora te insistirá por su padre. Házle caso. Es convincente con la palabra.”
Pasaron dos días y mi padre que no tenía nada grave entró en un coma profundo y murió. Los médicos no hallaron explicación. Sólo un milagro lo explica —decían—.
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