lunes, 27 de junio de 2011

CRONICAS DE BELEN: EMILIO ALBERTO RESTREPO BAENA

CRÓNICAS DEL BARRIO (Belén en mi corazón)

EL MARISCAL
Emilio Alberto Restrepo B.

El teatro Mariscal fue toda una institución para los jóvenes de Belén de los años 60 y principios de los 70. Ubicado en toda una esquina del parque, la enorme y antigua construcción llena de un extraño encanto nos vio varias veces por semana como bulliciosos testigos de las funciones de cine continuo que sin ningún pudor mezclaban en severos dobles al “8½” de Fellini, con joyas del western spaguety, como “El Bueno, El Malo y El Feo” o “Los cuatro del Ave María”. Allí desfiló una interminable lista de películas de aventuras, empezando por los pistoleros como Dyango, Sabata, Sartana, Trinity, Ringo; inmortales, imbatibles, fumadores, sucios, con una mirada penetrante llena de desprecio y una barba de 8 días, de certera puntería, que cobraban recompensas, amaban con indiferencia a la reina del cabaret de turno y una madrugada partían por la llanura hasta la película siguiente.
Allí vimos todas las películas de chinos, las buenas y las malas; febriles producciones llenas de puños, gritos y brincos inverosímiles, mortales golpes de héroes que derrotaban sin armas a hordas enteras de enemigos quienes en tropel rodeaban al muchacho, el cual en silencio los batía uno a uno, hasta llegar al enemigo principal, a quien invariablemente derrotaba en el sangriento combate final de la película. Era interesante ver como luego de la función salíamos las docenas de niños del teatro voliando pata a lo Tribilín y chillando como condenados en una extraña posesión que nos duraba varios días. Bruce Lee fue un ícono de nuestra generación y sus afiches empapelaban nuestros cuartos mucho antes de que las imágenes de modelos y actrices en cueros o las grandes estrellas del rock lo destronaran de su pedestal.
Nunca pudimos olvidar las películas de cantantes. Era emocionante vivir las simplezas de Rocío Durcal, Marisol, Joselito, Angélica María; la superación de Enrique Guzmán que siempre era el muchacho pobre que con sacrificio enfrentaba al destino, los suplicios de Palito Ortega a quien lleno de ritmo y románticas canciones en todas las películas se le moría la mamá, que casi siempre era Libertad Lamarque. ¡Eran una nota! Sabú, Sandro, Leonardo Fabio, Raphael y hasta Julio Iglesias crearon la ilusión de un mundo lleno de canciones y emociones donde el bueno siempre triunfaba y donde todos los problemas se resolvían con música. También pasaban a los mejicanos cantando sus rancheras a grito herido en unos bodrios insufribles y pésimamente dramatizados, pero pegando con mucha fuerza en el gusto popular.
El humor era vital. Por allí desfilaron Viruta, Capulina, Cantinflas, Borolas, Tin Tan, Abott y Costello, Buster Keaton, Chaplin, Los Tres Chiflados y todos los que con gracia nos arrancaban carcajadas. Mirando hacia atrás, hay muchos que hoy no nos provocarían ni una mueca parecida a una sonrisa, pero que en su momento fueron muy graciosos. En especial, hubo varios que nunca volvimos a oír mencionar, como Pili y Mili, Los Tres Supermen, Los Loquitos, Lando Buzanca, Mauricio Garcés. A estas películas íbamos en gallada, y luego nos sentábamos en la esquina a contarnos una y otra vez los tiros, a imitarlos, a sacarles jugo.
Otro estilo que con el tiempo entró en desuso y cayó en un triste olvido, fue el género de los luchadores. Cuántas horas gastamos haciendo fuerza con las aventuras de Santo “El Enmascarado de Plata”, Blue Demon, Milmáscaras y varios macancanes mexicanos que se metían en las historias de acción más endiabladas, en unos cuentos todos retorcidos y peor actuados. Crearon una verdadera devoción entre nosotros, teníamos sus afiches, copiábamos el diseño de sus máscaras, coleccionábamos los álbumes de figuritas. El paso del tiempo acabó con ellos. Hoy sólo son un grato recuerdo. Es mejor tenerlas en la memoria, pues es claro que hoy en día no vale la pena ni siquiera intentar verlas.
Era un teatro sano. Rara vez presentaban películas de pornografía. Recuerdo especialmente una, “Las Masajistas”, la primera que vi en la vida, a los ocho años, la cual me proporcionó un complejo de culpa que me costó confesión y amenazas de infierno eterno cuando le conté al ingratamente recordado padre Villegas de la parroquia. (En una época en que todavía no se desnudaban los vicios de pedofilia y abuso de los prelados de la Santa Madre Iglesia y hablar mal de los curas era un pecado que condenaba irremediablemente al fuego eterno. Satán lo tenga en sus aposentos).
Cuando crecimos, el vacío de cine rojo lo llenó el teatro El Dorado de Envigado, en donde nos dejaban entrar sin pedirnos documentos y donde desfilaron desnudas todas las actrices y los sueños de entonces.
En el Mariscal o “Metropulgas” de nuestros afectos, nunca existió la censura; no había ningún criterio de selección de las películas. Invariablemente en el público predominaban los pelaos en manadas. Eran ensordecedores los chillidos y silbidos cuando la película se demoraba para empezar, cuando empezaba, cuando se reventaba el rollo, cuando mochaban una escena, cuando el galán besaba a la muchacha o cuando mostraban senos. Era casi un himno cuando en un coro unánime todos gritábamos “-¡Soltá al pelao!”- cuando por alguna falla técnica se interrumpía la película y el pobre proyeccionista pagaba los platos rotos con insultos que infamaban invariablemente a su madre y cuestionaban su hombría. (A propósito, nunca he terminado de entender por qué todos los encargados de las proyecciones en los teatros de barrio, así como los sacristanes de iglesia tienen irredimiblemente fama de homosexuales vergonzantes y muchacheros, ¡y es en todos los barrios!). Cuando la luz se apagaba, nos sofocaba el humo que se levantaba en el “gallinero” o parte baja del teatro, más barata y de más mala fama, pues los gañanes prendían los puchos de marihuana y empezaban a tirar objetos, comida, chitos, pedazos de salchichón etc. Las familias o las parejas de novios, o los pelaos sanos, siempre se sentaban en “Platea” en la parte más alta, o en “Balcón”, donde estaban un poco protegidos de los desmanes de atarvanería de los camajanes del gallinero. Era infaltable e irrepetiblemente gracioso cuando en medio del silencio solemne de un duelo de pistoleros, o de un apasionado beso de la pareja de celuloide, un eructo bárbaro, contundente, atronador, rompía la paz, desencadenaba la carcajada histérica del respetable y el consecuente e imparable desorden. Lo mismo cuando el gracioso de turno tiraba una papeleta explosiva en medio de una escena de suspenso que nos crispaba la tensión y los nervios.
Antes de que lo tumbaran para construir un edificio donde ahora figura una entidad bancaria, vimos por última vez “El Mártir del Calvario” con Enrique Rambal, una lacrimosa versión de la Pasión de Cristo. Recuerdo que era en función continua, la daban una y otra vez. Mientras desocupaban el teatro, nos escondíamos en los baños para volverla a ver, para hacerle nuevamente fuerza a Jesús, conservando la esperanza de que en la siguiente versión prevaleciera el bien sobre el mal, pero no, siempre lo crucificaban. Después de 4 o 5 funciones, llegábamos por la noche a la casa, con los ojos hinchados, no sé si de llorar o de ver tanto cine.
En el Mariscal era fácil colarse, pues tenía un vestíbulo muy amplio, en donde era posible turnarse con los amigos para engañar a los porteros. Era muy barata la entrada, casi a la mitad que en los teatros de La América o del Centro. Casi nunca el teatro estaba vacío; por lo que recuerdo, siempre había filas y se veía lleno de gente.
Al Mariscal lo mató el tiempo. Se lo llevó el progreso pues planeación necesitaba el terreno para un ensanche de la calle. Lo mataron los intereses del gran capital. Todos aún lo extrañamos, como en su momento lo lloramos; cuando empezaron a derrumbarlo nos parecía imposible que nuestra fábrica de sueños fuera demolida. Sentíamos que íbamos a quedar vacíos, impotentes ante la desocupación, el tedio y la falta de oficio. El tiempo ha pasado. Cuando lo perdimos valoramos en su real dimensión la importancia de un teatro de barrio. Aún hablamos de él y lo añoramos con nostalgia y gratitud.


LOS BACANES Y LA PUCHOLOGIA
(Semblanza de los marihuaneros del barrio)

Emilio Alberto Restrepo B.
Al Raúl
El marihuanero era un personaje típico del barrio. Era habitante permanente de la esquina, terror de las madres, obsesión de la policía, líder de la palabra y adalid de la tradición oral de la cuadra. Sin proponernos hacer una apología o exaltación de ellos, debemos reconocer que su presencia era permanente en todos los acontecimientos de la cotidianidad de nuestro barrio. ¡Y en Belén sí que pululaban, no nos digamos mentiras!
Eran los que mantenían a raya a los viciosos y ladrones de otros lugares, pues no los dejaban operar en su territorio, no atracaban ni agredían a la gente propia del barrio, montaban unos sancochos terroríficos (conocidos como “cochos bifásicos de gumarra y runcho con un buen cate” —entiéndase sancocho de dos carnes, gallina y cerdo con aguacate— hechos con leña en plena calle; molían música a todo volumen en una enorme grabadora callejera, jugaban partidos de fútbol interminables, contaban historias inverosímiles pero divertidísimas que los niños (o pelaos) escuchábamos extasiados. También eran útiles: ayudaban a llevar mercados, a desvarar carros o acarrear trasteos, siempre a cambio de una propina (o la “liga”, como decían).
Se tomaban muy en serio su oficio de marihuaneros. A la marihuana le tenían muchos nombres. Le decían La Mona, La María, La Marimba, La Maracachafa, La Cebolla. Ir a comprarla era ir a mercar o al rebusque. Normalmente se iba al “hueco” o al “chispero”, metederos donde con disimulo (con disipeto) hacían la transacción (o el cruce) y conseguían la mercancía (un diez, un cien, un paco, un tamal). Los vendedores (conocidos como jíbaros), la mantenían dentro de los pantaloncillos, en las pilas del radio, o en los rincones de las ventanas. Usualmente vendían bajo la complicidad de la policía, la cual les cobraba la protección (la vacuna). Eran muy celosos para defender el territorio (o el parche) y no dejaban entrar competencia. Al final sólo le proveían a viciosos (llamados güelengues o sopletes) conocidos y de confianza.
El efecto de fumarla era estar trabado, estar turro, estar colino, darse en la cabeza o en la torre o “estar sollado”; armar el cigarrillo (pucho, cacho, porro) era todo un arte. Primero había que conseguir un papel especial, que se llamaba “cuero” y podía ser el papel que traía la cajetilla de cigarrillos Pielroja, (o Marlboro salvaje), junto al papel aluminio. Los más criollos lo armaban con saliva (lo ligaban); los más refinados tenían una maquinita (la machín) que lo compactaba y formaba un tabaco perfecto. Para esto se conseguían cueros americanos, que los más pudientes compraban en Sanandresito o les traían de Estados Unidos (la USA). Antes, había que desmenuzar (o “rascar”) la hoja pues usualmente traía muchos palitos o semillas. Alguno de ellos, el vigía, el que servía de campanero, miraba a lado y lado pendiente de los policías (cariñosamente llamados tombos, tiras, rayas, peyes); eso se llamaba estar mosca, o estar piloso, para “no dar visaje” y no ser sorprendidos en el acto.
La de mayor calidad era la punto rojo, que no tenía tanta viruta o excedentes. La más ordinaria era la “paja” o el “colchón”, que era de mala calidad y daba trabas enloquecedoras.
Un truco para mejorarla era fermentar la yerba con un vino ordinario llamado Gatonegro; si no lo conseguían, compraban Moscatel o “Trespatadas”; la mezclaban, la dejaban remojando por medio día y luego la dejaban secando al fresco (no podía ser al sol); decían que daba una traba reposada o filosófica.
Cuando no conseguían cueros, el papel de globo también servía. Los más varados (o embalados) arrancaban hojas de las biblias de sus casas, para escándalo materno, y con ellas armaban los baretos; decían que daban trabas místicas o viajes celestiales.
Normalmente la marihuana les estimulaba los sentidos y tenían una hipercaptación de la realidad. La música se oía en notas vibrantes, los colores eran vivos e intensos, los olores muy estimulantes. Había tendencia a la hipérbole y a la magnificación de las sensaciones. Los más volados, hablaban en lenguaje que pretendía ser poético o metafórico y hasta metafísico. Decían que veían las notas musicales, mientras imitaban los movimientos de los guitarristas del rock o de los timbaleros salseros mientras sonaba la grabadora a volumen estridente. Cuando había sobredosis, llegaban incluso a alucinar. Rara vez había problemas o peleas (tropeles); generalmente hablaban de temas anecdóticos, bajo un marco de mucho humor, pues era característica que los cogiera un ataque incontrolable de risa conocida como “la risueña”. A veces le mezclaban licor, en baja cantidad, pues sostenían que era bueno “emborrachar una traba”, pero no lo contrario pues les dada “la pálida”, con mareos, malestar, vómito, cólicos. Al final de la traba (o turra) les acometía un apetito voraz (llamado la comilona, la melona o la hambruna). Casi siempre la acompañaban con coca-cola, pan de diez y salchichón (ó coctel “llenabobos”). También la saliva se volvía espesa, la boca se volvía como una polvera, se resecaba y producía una severa sed (llamada la “seca” o la “cometrapo”).
Cuando la traba estaba maluca (pasmosa, casposa), ellos la catalizaban con cigarrillo marca Lucky (o “Cinco letras”), el cual “se las bajaba”.
Los narcotraficantes (“traquetos” o mafiosos) trajeron una costumbre nociva que prostituyó, según ellos, el oficio del vicioso (lo perratió, lo putió o se cagó en él). Era mezclarle coca o bazuco para hacer un “diablito”, que daba unas trabas horribles, enloquecedoras, excitadas (colineras demoníacas, las llamaban).
Los viciosos pobres (chichipatos) mantenían las puntas de los dedos índice y pulgar de color amarillo (conocido por los médicos de la Policlínica como el signo del boliqueso) por tratar de fumar hasta lo último lo que quedaba del bareto (la patica o la chicharra); los más curiosos, tenían una pequeña pipa donde lo ponían. La llamaban matachicharra. Podía ser comprada, pero la mayoría era fabricada (hechiza) por viciosos de la cárcel (o caneros, signo supremo de prestigio en el gremio). En la cabeza del aparato les tallaban imágenes de mujeres desnudas, de caras, de demonios. Otro truco era guardar todas las chicharras pues decían que había recogido toda la esencia, toda la miel del pucho, y los juntaban para fabricar un enorme tabaco que llamaban ambil o “hachís de pobre” y que olía a llanta quemada. Dicen que producía unas trabas pavorosas. Lo cogían con una horqueta, pues dejaba mal olor en los dedos.
También era común hacer tortas de marihuana o echarle a los sancochos. (“sancocho callejero sin canabis no es sancocho” sentenciaban).
Bajo los efectos del consumo, su hablar era característico, arrastrado, cadencioso; eran enamorados y piroperos. Sus ojos eran pequeños y rojos en todo momento. Para evitar este efecto, mantenían un frasquito de un descongestionante oftálmico llamado Visina o Luz-zul. Era tan estigmático, que cuando la policía paraba un muchacho y le encontraban un frasquito de esta marca, lo detenían (lo “encanaban” o lo metían a la guandoca) por sospechas.
Decían que la marihuana fortalecía el corazón, estimulaba la creatividad, agudizaba los sentidos y mejoraba la calidad de las relaciones sexuales.
Cuando estaban muy avanzados en el vicio (cogidos o embalados) le mezclaban pastillas al consumo, todo tipo de estimulantes. Eran ya estados graves de adicción. Se conocían en este momento como Pepizos o Pastizos; vimos a varios caer en la locura. Muy pocos de los marihuaneritos clásicos del barrio usaban drogas duras como el ácido, la heroína o la morfina. En ocasiones se extrovertían comiendo hongos “boñigueros”, que revolvían con panela picada o con leche condensada, lo que les ocasionada un viaje sicodélico y delirante, una experiencia alucinante, impredecible, esquizofrénica. Casi nunca quedaban ni con deseos ni con alientos de repetirla.
En fin, estos personajes ocuparon muchos de los espacios de nuestra infancia en los barrios de Medellín y en Belén en particular; en retrospectiva les miramos con benevolencia y afecto su imagen típica y constante en las esquinas con sus poses características y su discurso lleno de fanfarronería, imaginación y fantasía.


EN PODER DE LOS ARRECHOCITOS
(LA EFERVESCENCIA DE LOS AÑOS PUNTUDOS)

Emilio Alberto Restrepo B.
AL Migüín
En esas épocas de juventud vivíamos un despertar sexual bastante interesante, agitado por una información exhaustiva y muy poco decantada, estimulado por las fantasías y alardes de los amigos mayores, exacerbada por las revistas y películas que circulaban de mano en mano. Esa revolución hormonal fue muy templada en todo el sentido de la palabra. Durante cierto tiempo todos los pensamientos, todas las conversaciones, todos los planes giraban en torno a nuestra naciente sexualidad. Recuerdo que Chumbimbo se aplicaba raspadura de casco de burro con vaselina en su miembro para aumentar el tamaño de éste y emular al de aquel; ignoro con qué resultados. Las técnicas de los más avezados nos enseñaban que el secreto infalible para que una mujer cayera en los brazos de uno, era acariciarle el seno izquierdo, (si lo permitía, bien; si no, hacerlo con disimulo) ruta inmediata hacia la entrega total; otra forma era acariciarle el cuello, cerca a la oreja izquierda. Los resultados nunca fueron muy halagadores.
En la revista Pimienta aprendimos sobre las lociones y perfumes afrodisíacos que enviaban por correo y que nunca funcionaban. Entre nosotros circulaba el mentol chino, para prolongarse notablemente en los artes amatorios y luchar contra esa tara de los años mozos: la eyaculación precoz. Esta siguió señoreando por encima de nuestro orgullo y fuera de irritación y rasquiña, nada se prolongó.
Un gran descubrimiento fue el Atinka. Todos los mayores hablaban maravillas de él. Se trataba de un polvo blanco de uso veterinario que se le administraba a las vacas para que entraran en celo y se dejaran montar del toro. Al cabo de los años aprendimos en el libro de medicina forense del Dr. César Giraldo que producía una dilatación de los vasos sanguíneos, un escozor en los genitales con congestión y deseos de rascarse, que de modo indirecto provocaba excitación femenina. Pues bien, fueron cantidades industriales de Atinka las que repartimos entre nuestras amigas y no recuerdo una sola aventura atribuible al famoso invento. La clave era aplicarle en la gaseosa la punta de la navaja del polvillo cuando la pelada se descuidara, para después echarle el ídem, pero nunca funcionó. Una vez se lo aplicamos a Mariatrapos, una sardinita lo más querida, pero cual no sería nuestro achante cuando la Coca Cola empezó a echar espuma, tuvimos que derramarla para disimular. Como pensamos que la cantidad era muy poca, a Claudia Patricia le duplicamos la dosis; pasó 3 días con diarrea y nada de demostraciones de efervescencia pasional como la que nos cañaban los amigos. Estos contaban incluso anécdotas que se hicieron famosas: que una vez un man le dio la dosis a una muchacha y que mientras el fue a saludar unos amigos y ella lo esperaba en el carro, la encontró sentada en la palanca de cambios presa de una desaforada excitación. Como anécdota no estaba mal, pero en la práctica nunca vimos su resultado. Con más pena que gloria, fue la fama de otro producto para idénticos fines, el bórax, que tampoco nos surtió efecto.
En esa época no manteníamos mucho dinero en los bolsillos; casi no había moteles en Medellín; (Solo recuerdo dos, Candó en Girardota y Amaraje en Robledo) No teníamos carro, solo cuando lográbamos escaparnos sin permiso, lo que era muy raro o cuando luego de mucho rogar nos lo prestaban para hacer alguna vuelta de la familia. Por todo eso, era difícil tener escapaditas amorosas como lo ordena la santa madre iglesia. Estas eran apresuradas, improvisadas, siempre a escondidas y de afán. Siempre con el objetivo de dar rienda suelta a ese desborde de ardor sexual (conocido como arrechera); se insistía mucho en que había que darle alguna salida porque de lo contrario, si ese furor se le subía a uno a la cabeza, se podía enloquecer o le podía dar una meningitis pues las células concentradas (conocidas como arrechocitos), acumuladas por millones se le iban a uno para el cerebro y le impedían concentrarse, pensar, cumplir los deberes etc. Esto siempre me ha intrigado y estoy en mora de consultarlo con algún médico amigo.
Que los padres se fueron para la finca o a pasear, que organizamos un bailecito a media luz, que todos están dormidos en el segundo piso y uno mirando por el reflejo de la pecera que no lo fueran a pillar, etc. Una opción era irnos en gallada para las mangas de La Nubia, cuando aún no había urbanizaciones, pero, o a las peladas no las dejaban salir de noche, o nos daba miedo por lo peligroso del sitio. Allí jugábamos “chucha americana”, “cinco minutos en el cielo”, a las escondidas por parejas, botellita, que sólo eran disculpas para tener contactos cercanos y mal disimulados con el sexo opuesto. Lo común era encomendarnos al santo patrón del juego amoroso conocido como “encarrete” llamado “San Luis Vergón”, para con suerte terminar emparejados y en el mejor de los casos “rastrojiando” en una manga. Cuando alguna amiguita se excedía en licor, corría el riesgo de terminar como víctima de un “carga-montón” o “vaca-muerta”, con todos los aprendices de galanes encima despresándole la anatomía Cuando algún “quiebre” lograba cuajar, una opción era irse para las residencias del Centro, pero ¡qué problema para entrar!. Que la pena, que nos van a descubrir, que nos van a delatar (sapiar o aventar). La más concurrida era Manhattan, que quedaba en la avenida de Greiff, abajo de las Empresas Públicas. Era el sitio preferido de los estudiantes, por barato y por central, claro que amiga que entraba allí una vez, no lo hacía dos veces. Nosotros le decíamos “urgencias” y durante la época de estudiantes fue realmente útil y sirvió para muchas “desvaradas”.
Muchas veces antes del programa, uno se iba para los bailaderos del centro para no ponernos en evidencia (o “banderianos”), pues los de Belén no eran lo suficientemente reservados o discretos. Uno de los favoritos era “Rincón 70”, enseguida del teatro Sinfonía, otro de los lugares preferidos por los pelaos de esa época. El sitio se conocía como un “cambiadero de aceite” o “el palacio del dedo” por una de esas analogías prosaicas tan comunes de nuestro lenguaje, y se podía aprovechar para pasar gratos momentos de música, trago y sexo a mediacaña. Luego se volvió muy peligroso y cuando crecimos, casi ninguno de nosotros regresó.
El parque de Belén los sábados y domingos por la noche era un hervidero de muchachas del servicio doméstico que salían a tomar trago y hacer levantes. Todos los pelaos salíamos a dar un vueltón y de paso ver que pescábamos, porque eso sí, para “mantequeros”, los muchachos de aquellos años. Como dice un amigo: “El que niega la grasa, niega la madre”, como se empeñan en hacerlo hoy prestigiosos profesionales que en esa época eran voraces sirvienteros. A la heladería La Soraya, le decíamos el Palacio del Colesterol, pues allí se encontraba la mayor concentración de sirvientas por metro cuadrado del mundo. De solo entrar allí a uno se le subía la mostaza y los triglicéridos. ¡Había que entrar con una docena de limones, para cortar el grasero! Eso fue mucho bailar, dar bomba y echar carreta. La mayoría eran coquetonas y generosas; nosotros las conocíamos como “grasas”, “coimas”, “fámulas”, “melegas”. Había amigos que tenían directorios enteros llenos de nombres y teléfonos. Por supuesto ahora lo niegan, pero en esa época era una de las mejores formas de matar el tiempo y dar rienda suelta a las volcánicas pasiones que nos atormentaron durante la adolescencia.
Otro aspecto muy común de la época era esquivar el acoso de viejos degenerados o cacorrones, conocidos como caquirris, que siendo muy amables, atentos y generosos, pretendían arrastrar a los muchachos a prácticas homosexuales bajo artimañas casi ingenuas, con trucos muy trillados y repetidos. Casi siempre fundaban un equipo de fútbol o eran líderes activos de un grupo juvenil o era el infaltable sacristán de la parroquia, o atendían en la tienda del barrio. Casi nunca eran agresivos y era muy llamativa la forma como se dejaban explotar de los pelados quienes de frente, y burlándose de ellos , les sacaban plata, bebían gratis a su costa, se iban en grandes grupos para paseos de cuenta del pobre viejo maricón; lograban su cometido con jóvenes que sin ser declarados homosexuales, con novia incluso, los escurrían a cambio de dinero o ropa o electrodomésticos; también caían las loquitas o florecitas: pelados que desde chiquitos ya mostraban su inclinación, aunque lucharan contra ella; cuando estaban eufóricos o tomando licor se hacían evidentes y “botaban la pluma”. A manera de chiste se decía de ellos, “Ese desde chiquito es dañado por el chiquito; hay una foto de los tres meses de vida que lo muestra sentado en el chupo del biberón”.
El tiempo pone todo en su sitio. Con el paso de los años casi todos nuestros contemporáneos (ya muy cuarentones) han superado ese desespero de furor genital, y por el contrario hoy la preocupación es en el otro sentido, cuando el Viagra se convirtió en un aliado incondicional.


LAS CARANGAS
Emilio Alberto Restrepo B.
Al "Torci Martín"
Una de las vivencias que tuvimos los jóvenes de Belén de la época fue la efervescencia del narcotráfico y con él, la tentación del dinero fácil y a montones. A diferencia de otros barrios más populares, entre nosotros nunca floreció masivamente el sicario, o pistoloco, ningún amigo se dedicó al gatilleo. Más bien, en un plan más operativo, más ejecutivo, menos violento, algunos muchachos cedieron al deslumbrante oropel del enriquecimiento rápido, estableciendo conexiones con mafiosos o “traquetos”, sirviendo de lavaperros, mandaderos, choferes, cuidafincas, cuidacaletas; unos pocos fueron “mulas” y llevaron mercancía a otros países, “cocinaron” en laboratorios o trajeron dólares.
Este nuevo orden económico trajo consigo la aparición de un nuevo elemento a la fauna del Barrio: La Caranga (emergente, o ascendido). Obedecía a un estereotipo físico, psicológico y social fácilmente predecible e identificable: se perdía un tiempo, volvía con bastantes kilos de más, el pelo largo atrás y motilado a ras por los lados, la camisa, costosa pero de dudoso gusto, por fuera y desabotonada hasta el ombligo mostrando el pecho en el cual lucía una enorme cadena de oro coronada con un Cristo al que no le faltaba la piedra preciosa. Con pantalón hasta la rodilla, nunca usaba medias; los zapatos eran mocasines o tenis de marca con bombillito fosforescente. Salía a la calle con dos o tres anillos en los dedos, se montaba en el carro recién comprado, el cual invariablemente estacionaba en la esquina o en la tienda, lo dejaba con la puerta abierta y el equipo de sonido a todo volumen. Allí se prodigaba (se “botaba”) en generosidad. Generalmente nos invitaba a tomar cerveza y luego aguardiente. Empezaba a contar sus rollos (sus “videos”) y sus aventuras en una versión corregida y depurada de su principal gestión económica. Todos lo oíamos boquiabiertos en una mezcla de admiración y envidia. Esto generaba un círculo vicioso de sueños que estimulaban a otros pelaos a emprender iniciativas similares. Luego, cuando ya estábamos embriagados, llamaba a varias amigas de programa y nos íbamos para la finca de reciente adquisición, suya o de su patrón, donde nos metíamos en un despelote de tragos, viejas y música. En algunas ocasiones, se consumía vicio (güelengue o soplete), mandaba traer polvo para aspirar por la nariz, (perico), o para fumar (bazuco) y poder aguantar bastante licor. Eran rumbas muy pesadas e intensas. Cada que el pisco volvía se repetían, pues una de las características, además de ser ostentosos, cañeros y demandantes, era la de ser muy amplios y gastones. También eran agresivos, sulfurados, intolerantes e intocables. No conocían ninguna norma social al conducir, eran ensordecedores con el pito y con el pasacintas, parecían y se sentían los reyes de la carretera.
A varios los mataron o se murieron en accidentes, otros fueron encarcelados en la USA o en Colombia. Uno que otro se retiró aparentemente del oficio y ahora tiene un “negocio sano”. Era muy común que compraran uno o dos taxis, o montaran una taberna, o un almacén de películas de video o un almacén de ropa. A otros les perdimos la pista, pues cambiaron de barrio, generalmente para Simón Bolívar o el Poblado.
Por un tiempo fue una fiebre en el barrio. Como antídoto, muchos interpusimos la formación familiar, los principios, la decencia, el miedo, el estudio, la novia o simplemente indiferencia o desinterés.
Estos nuevos valores influyeron notoriamente sobre la forma de ser y sobre las aspiraciones de los muchachos de aquella época, creando un nuevo orden de cosas y un sórdido y peligroso submundo lleno de tentaciones. También impactaron en forma indeleble los gustos consumistas de la sociedad; hoy como secuela de esa “cultura mafiosa”, nos quedan rezagos que han permeado incluso las aficiones y las costumbres de la llamada “gente bien” y aún de las personas con formación profesional o con cultura.
Es por eso que las serenatas con mariachis, a volumen estridente y a grito herido, con hordas de músicos borrachos y licor a raudales, sin consideración alguna por el vecindario, reemplazaron al discreto y elegante trío que interpretaba una tanda de boleros en un meloso romanticismo. También quedó la afición por los carros aparatosos, grandes y ostentosos (conocidas como “mafionetas”, “narcoburbujas”, o “narcotoyotas”), con equipos de sonido de marca y con un volumen que en todo momento pusiera de presente el poder adquisitivo del dueño; nos quedó también el irrespeto absoluto por las normas de tránsito y la intolerancia al conducir que no tiene consideración de ningún tipo por el prójimo; es así como el dignísimo profesor de ética se convierte en un energúmeno que adelanta la fila de vehículos por la izquierda, o el gerente de clínica que acciona el pito del carro como un poseído mientras insulta a los otros conductores de una forma que haría sonrojar a un arriero. La predilección por la ropa cara, de marca, pero de discutible buen gusto o elegancia, también es una tara heredada de dichos personajes. Colores chillones, horribles y vistosas camisas hawaianas, inmundas guayaberas, botas de cuero de culebra o de caimán, carrieles y sombreros usados fuera de tono, anteojos polarizados y reflectivos usados aún en la noche o en cine, únicamente por ostentar precio y marca (que en la conversación casual siempre salen a relucir), prostituyeron el glamour de toda una generación no mafiosa que se dejó influenciar por ellos. Y hablamos de ejecutivos honestos, de abogados e inspectores de prestigio, de médicos reconocidos. Quedó también la moda de las cabalgatas y el ritual que las acompaña en personas totalmente ciudadanas sin ninguna tradición ecuestre, pero siempre bajo el enfoque de la ostentación y la rimbombancia. Como otras herencias nos dejaron el lenguaje procaz, ordinario y plebeyo que no respeta edad, jerarquía, rango ni espacio; la obsesión por las cirugías plásticas con las tetas de silicona y las muchachas esculturales, teñidas y con el ombligo al aire (las inefables grillas); la desconfianza por el otro, al que miramos por definición como un vulgar timador en potencia, la sobrevaloración del bien raíz en ciertos barrios y zonas creando una inflación insostenible de las propiedades, la masificación del vallenato y de los narco-corridos, la lobería en la compra de adornos, artesanías y decoración de las viviendas. (Por ejemplo esos horripilantes teléfonos de sala en forma de animales como arañas, serpientes o gatos gigantescos que maullaban al sonar el timbre, esculturas que en una misma pieza combinan estilos griego con gótico y romano, jarrones descomunales llenos de plumas de supuestas aves prehistóricas en extinción, lámparas que desbordaban cascadas imposibles sobre mármoles importados y mil esperpentos más que son todo un homenaje al mal gusto.) También impusieron la perniciosa costumbre del soborno ante cualquier sanción o gestión, la consabida “mordida” o “untada” y el pago de comisiones por debajo de la mesa que tan diligentemente han aprendido nuestros insaciables políticos y funcionarios públicos.
Después de mucho tiempo, de narcoterrorismo, de guerras entre carteles, de miles de muertes y crímenes, ya los jóvenes no idealizan tanto ese falso sueño que tanto dolor generó entre los muchachos y la sociedad de los años 70s y 80s.


DE PELAFUSTANES Y TRAGALDABAS
Emilio Alberto Restrepo B.

La vida cotidiana de los muchachos del Belén de los años 60 y 70, era más bien predecible, pero nunca monótona ni aburrida: en la mitad del día, ir a la escuela; en la otra mitad, molestar (joder), jugar, hacer maldades y comer porquerías. En otra sección relatamos los juegos y concursos con que nos gastábamos el tiempo. No todos eran benignos. Había algunos cuya filosofía principal era mortificar al prójimo, divertirse a expensas de la tranquilidad de los vecinos. Para lograr esto, la modalidad más simple era el “tun-tun-corre-corre”, consistente en tocar el timbre de las casas, a la hora de las comidas, de la siesta, de las novelas, salir corriendo a esconderse y morirse de la risa con la cara de furia de los iracundos vecinos. El pacto era no tocar las casas de los amigos de la gallada, y seleccionar la del señor más malencarado, más palabroso o más irritable: “mientras más bravo el toro, mejor la corrida”; “Hum, ese viejo se desayunó con alacranes y los pasó con vinagre”; “se levanta, se mira al espejo y se escupe”, decíamos con descaro.
En ocasiones recostábamos un tarro lleno de orines contra la puerta de la víctima, para que cuando abriera, sufriera las consecuencias del derramamiento. Cuando una vecina era insufrible, o nos quitaba balones o era muy bocona y llamaba a la policía por estar jugando fútbol u oyendo música, la retaliación se hacía quebrándole unos cuantos vidrios o pintándole en la pared con aerosoles o con materia fecal, tiernos grafitis como ¡Sapo H.P.! ¡Éramos unos verdaderos bárbaros! A una vecina muy cascarrabias y creída llamada Rebeca (le decíamos “Berreca”), cogimos el vicio de ponerle clavos a su auto (un escarabajo Volkswagen), le chuzábamos hasta 3 llantas al carro varias veces por semana o lo manchábamos con líquido de freno; fue tanto su desespero que por fin nos soltó. (Dejó de joder, de fregar, de parviar). También vendían un cordel con un explosivo en la mitad, que estallaba al traccionarlo; lo amarrábamos de la chapa, tocábamos la puerta, huíamos y al abrir, el susto era mayúsculo.
Por un tiempo fue famoso el polvo pica-pica, que se le aplicaba a los sardinos creídos en la espalda o en la nuca. Había de varias clases, uno extraído de unas almohadas americanas, que era una pelusita de color azul y producía verdaderas ronchas en la piel; había otro que vendían en los almacenes de bromas de San Andrés o Maicao y que uno encargaba; otro se obtenía del capullo de la rosa. Era una verdadera mortificación cuando a alguien le aplicaban la dosis. Uno se hacía llagas de rascarse y después de un momento no valía ni bañarse. La contra era un producto llamado “Rasquiñona”, que nunca volvimos a oír mencionar.
Eran muy populares los combates con bombas de agua para derrotar a las galladas rivales, para tirarle a los que estaban estrenando ropa, o simplemente para bombardear a los buses que pasaban. De acuerdo con el estado de ánimo, en ocasiones, en lugar de agua, se llenaban con orines.
Se acostumbraba también estrellarle huevos en la cabeza a los muchachos que estaban cumpliendo años; se adornaba el detalle con una caja de maizena (o fécula de maíz) que tiernamente se le espolvoreaba en la cara. Mientras más rancio y podrido el huevo, mejores efectos se lograban.
En una época hizo furor el “pedo químico” que era una mezcla por mitades de ácido oxálico y blanco de zinc, en agua. Uno seleccionaba el sitio: salones de clase en épocas de exámenes, el teatro al apagar la luz, la tienda de la escuela, ni la iglesia en Semana Santa se salvó. Uno destapaba el frasco, derramaba un poco del líquido y ¡piérdase! El olor era pútrido, pestilente, desesperante. Nosotros, por supuesto nos desternillábamos de risa. Se generalizó tanto, que el director de la escuela amenazó con expulsar a los que sorprendieran regando el infame líquido. Cuando los componentes se agotaban en las farmacias, o no los vendían, había un “Pedo químico de pobre” llamado también “Herbal fragance”; consistía en coger hierba, ponerla a hervir en agua, y una vez fría, cerrarla herméticamente en un frasco que se guardaba en la oscuridad por l5 días; al destaparlo, la descomposición y la proliferación de bacterias producía uno de los olores más repugnantes que recuerdo. Acostumbrábamos rociarlo con una jeringa en la ropa de los adversarios chocantes u orgullosos (conocidos como “manes picados”) que estaban estrenando pinta o “mecha” o rociarlo en los sitios concurridos o debajo de la puerta de las vecinas fastidiosas.
Cuando le teníamos bronca o rencor a una señora, cogíamos la costumbre de turnarnos para dejarle todos los días en su puerta su buena dosis de excrementos, los cuales nos dábamos el trabajo de recoger en una bacinilla(o “mica”). A unos amigos que los pillaron, los hicieron ir a la inspección y los amenazaron con internarlos en el preventorio de Belén, que era donde llevaban a los delincuentes juveniles y al cual le teníamos verdadero terror.
Otro aspecto llamativo con el que matábamos el tiempo era comiendo porquerías. Es impresionante repasar la cantidad de cosas que soporta el estómago de un pelaíto. Las madres se desgastaban en peleas inútiles y perdidas de antemano para obligarlo a uno a comer las comidas convencionales, pero en la calle nos desbocábamos a tragar una cantidad de adefesios gastronómicos. Aún hoy no sabemos cómo nuestros dientes soportaron el ataque de miles de corozos y chontas que comimos; estas últimas tenían una “carne” que se le quedaba a uno en los dientes y adquiría un delicado color verde lama. Eran la maldición de los odontólogos. Había unos pedazos de coco revestidos de panela, deliciosos, pero muy buenos para producir caries, lo mismo que los bombones de panela con coco, llamados arrancamuelas o tumbadientes por lo duros que eran.
Otro dulce clásico eran las colaciones, una almendra recubierta de almíbar duro de color rosado y que nos ponían a orinar rojo. Inicialmente servía como truco para faltar al colegio o “mamar clase” pero a lo último siempre lo pillaban a uno o lo llevaban donde el médico y le mandaban exámenes; luego lo castigaban (lo cascaban, lo maderiaban, lo descueraban).
Entre las frutas más apetecidas por los muchachos estaban la guama, que era una vaina verde y larga con una pepa adentro tierna y dulce, con la semilla nos fabricábamos aretes; la algarroba era una fruta muy seca, con olor a pecueca y no sé por que razón, muy popular; con su semilla uno tallaba esculturas y figuritas; la gran estrella era el mango verde o biche, que uno consumía con cantidades industriales de sal y limón.
Los niños amábamos el minisicuí, un polvito que lamíamos con la lengua, fabricado con ácido tartárico, azúcar y anilinas de diferentes colores. A veces lo hacíamos rendir con sal de frutas. Esta última era una delicia, pues era ácida, producía espuma en la boca, era muy barata y de venta libre. También era un buen recurso para autoprovocarse diarrea y “mamar clase”; además se le podía echar al mango biche. La competencia del minisicuí era el cofio, que se hacía con arroz o maíz tostado y molido más azúcar; ambos los vendían en unos conos de papel llamado bodoquitos. Había todo tipo de galletas, las redondas y negras se llamaban cucas, las pequeñas y crujientes eran cocaitas, las blandas dulces y enrolladas eran los rollos, las delgaditas y grandes eran las hostias y obleas; unas crocantes y con huequecitos eran las solteritas, que tenían una crema dulce, de maizena, de color anaranjado o rojo. Las sobras de todo lo anterior, y de los barquillos de cono, las metían en una bolsa y las llamaban recortes.
Los líquidos favoritos para pasar todas las anteriores eran el “moresco” y el jugosito que venían en envases plásticos con forma de muñecos y que no eran más que anilinas dulces de todos los colores. Cuando los congelaban, los vendían en bolsas y se llamaban “bolis”. Las cremas caseras las vendían en todas partes. Usualmente eran de coco, leche o moresco y estaban coronadas por un cubito de quesito o de bocadillo de guayaba. A la salida de las iglesias vendían algodón de azúcar, y crispetas (“palomitas de maíz”) que eran de consumo obligado los domingos.
En fin, nos gastamos la infancia haciendo maldades y comiendo chucherías. No sé cómo nos criamos, pero aquí estamos. No entiendo cómo los dientes y el estómago aguantaron semejante bombardeo. Los pelaos son capaces de cualquier cosa y toleran todo.


LA ESQUINA, LA CUADRA
Emilio Alberto Restrepo B.

Para nuestra formación de muchachos de barrio, la esquina fue un lugar fundamental. Era el sitio de confluencia, de encuentro, de rituales de gallada. La esquina usualmente estaba coronada por una tienda mixta, donde nuestras madres ajustaban el mercado y los hombres menudeaban cerveza y aguardiente. Era el sitio tácito de reunión, a la salida del colegio, luego de la comida, después de los partidos, a la hora de salida de las peladas del colegio; era el meridiano de la cuadra, otro concepto fundamental dentro de nuestra filosofía de barrio.
En ella se ventilaba todo, se opinaba de todo, se pontificaba, se decidía, se absolvía, se vetaba. Era el termómetro calificador de las muchachas (peladas) que pasaban, pavorosa fuente de todo tipo de piropos. Allí se discutía sobre la alineación de los equipos de fútbol, se descalificaban técnicos y jugadores, se recreaba la película, se mentía sobre nuestras fantasías amatorias, se organizaban acampadas, se quitaban las broncas a golpes. Era el lugar perfecto para perpetuar una de las más hermosas costumbres del barrio: la tradición oral. Todo giraba en torno de la palabra. El discurso era el rey; una y otra vez se repetían las historias, cada vez con más aditamentos, con más sal y pimienta; la hipérbole era la norma. Allí le oímos las historias a los marihuaneros del barrio; entre ellos había jerarquías, sustentadas en el grosor de las mentiras (cañas) y en sus antecedentes; los más duros eran los “caneros”, aquellos que en virtud a su oficio de rufianes habían conocido la “cárcel” (cana o guandoca), en ese entonces la Ladera y luego “La Finca” o Bellavista. Nos hablaban del malevaje, del sufrimiento, del abuso de los jefes del patio y de los guardianes, de los sobornos, del tráfico de drogas y armas dentro del penal; nos fanfarroneaban con hipotéticas fugas y con tropeles inverosímiles, adornadas las fantasías (chepas) con una clara influencia de las peores películas. Los que estábamos más jóvenes (sardinos) entonces, conversábamos, o mejor, oíamos boquiabiertos todos estos cuentos a escondidas de nuestros padres que por supuesto, no aprobaban nuestras compañías, pero nunca pudieron hacer nada por impedir que realizáramos lo que nos viniera en gana.
Los “Chachos” o líderes de la esquina eran: “Memo Peinilla”, un pobre perdedor que había formado parte del batallón Colombia en la Guerra de Corea y al que la marihuana, el alcohol, el hambre y la frustración lo habían convertido en un costal de huesos con ojitos brillantes y lengua poderosa, todo un varón de la nostalgia, héroe de mil batallas imaginarias, conversador incansable, pedigüeño tenaz. Al principio le oíamos los cuentos entre asombrados, admirados e incrédulos, pero después de mucho repetirlos, cada vez más distintos y adornados, nos reíamos y disfrutábamos, pero no le creíamos. Otro clásico era “Frentepanela”, otro vago (pato) divertidísimo y enjuto que decía que había formado parte del Nacional cuando se llamaba Atlético Municipal; mostraba fotos y recortes de periódicos viejos y vivía recluido en la añoranza de días gloriosos que pudieron ser y nunca fueron.
A “El Gordo”, “Carechimbo”, “Bayo”, “Fastidio”, “Lunar de Puta”, “Armandito”, “Carecreisi” y otros pelafustanes típicos del barrio, marihuaneritos mediocres y ladronzuelos aún más malos, les oíamos cientos de historias, miles de chistes, reflexiones en reversa desde su orilla de perdedores, de marginales, de resentidos. Se gastaban su día en la esquina, planeando un futuro lleno de plata y de mujeres, tratando de olvidar un pasado triste y un presente peor; compensaban la falta de acción con exceso de verbo, fumándose los “cachos” de yerba (marimba) con una dignidad que los hacía echar a los niños (pelaos) sanos mientras se trababan, jugando interminables partidos de fútbol (picados o desafíos) con galladas de otras cuadras y otros barrios, de vez en cuando atracando o “colgando” borrachos y viejitas de otros lados. Sistemáticamente caía la policía a “raquetiar” o a requisarlos; se los llevaba por indocumentados, o por tener una bolita (un “diez”) de maracachafa o por jugar fútbol en la calle y quebrar vidrios con los balones. Se perdían una semana y siempre volvían a la esquina.
Recuerdo una vez que el hermano de “Papilo” se trajo por charlar un caballo de las mangas de los Medina, que eran los grandes terratenientes de Belén y por hacerse el gracioso le puso un lazo en la boca a manera de freno y lo montó a pelo (sin silla ni freno). Eso fue un espectáculo, todos los amigos le hicimos corrillo y le rogábamos que nos dejara montar. Asustado por la romería, el caballo se desbocó y echó a correr desesperado como un poseído; en el cruce de la 72 con la 27 se le atravesó un bus de Las Playas y el impacto fue espantoso. El caballo murió en el acto. Al hermano de Papilo no le pasó nada, pero desde entonces lo llamamos “el llanero solitario”. Ese día se apareció la policía (Los Polochos, o los feos, como les decíamos), nos pillaron a todos aún en la esquina comentando el tropel, nos llevaron a la inspección y nos detuvieron todo el día. En medio del susto, fueron acaso las horas más divertidas de que tengo memoria, eso fue mucho tirar risa y goce en esa encarcelada (encanada). El hecho no pasó a mayores.
La esquina era todo un derroche de melomanía. Allí aprendimos a valorar la música como una expresión sentida y sincera de lo que el alma popular tiene que decir. En las épocas en que no la tenía empeñada en la prendería (o “La Peña”), El “Mexicano” sacaba un enorme armatoste plateado, de dos bafles en la que molía tango tarde y noche. El tipo se transformaba con Julio Sossa y repetía varias veces las canciones, mientras con los ojos cerrados y la mano empuñada, imitaba los gestos del “Varón del Tango”. Una vez puso a “Cambalache” l0 veces seguidas, hasta que don Guillermo el de la tienda le quitó el alambre de extensión que le permitía conectar. Recuerdo que un día lo vi llorar con “Rencor”, nunca nos dijo por qué; también Oscar Larroca y Hugo del Carril señoreaban a través de los parlantes; nunca puso a Gardel, pues lo consideraba un marica señoritero.
Por una época la salsa fue la reina; se oía a todo volumen a Richie Ray, Bobbi Cruz, la Negra Celia Cruz, Lavoe, La Fania, la Sonora y Larry Harlow, pero su dominio fue más pasajero. No tuvo la valoración que se le daba en barrios más populares, en cambio se hizo una rápida transición al Rock. Led Zeppelin, Black Sabbath, Sweet, Rolling Stones, fueron muy importantes para nuestro oído de rockeros. Gracias a ellos tuvimos también varias visitas de la policía, alertada por vecinos que no soportaban la estridencia. En esta época íbamos en tumulto a las películas de conciertos que daban en el teatro Tropicana y en el Diana, y que casi siempre terminaban en trifulca.
Con el tiempo, la esquina se fue muriendo. Al principio, cuando conseguimos novias y amigas, gastábamos más tiempo con ellas que con los amigotes del barrio y luego ellas nos exigían que no nos paráramos mucho con “esa manada de vagos”. Sus presiones lograron lo que nuestros padres nunca pudieron. Luego con ese desafore hormonal que da el ingreso a la adolescencia, preferíamos irnos para bailes o a darles besitos (piquitos) en las escalas de la casa o detrás de las puertas o nos íbamos para las mangas del barrio La Nubia (aún sin construir) a jugar “chucha americana”, “cinco minutos en el cielo” o “botellón” que eran disculpas para poder deslizar nuestras inquietas manos o nos íbamos a tirar heladería en el Parque, al Portal o a Los Sauces, lugares oscurísimos, donde nos encerrábamos en los reservados (o confesionarios) donde dábamos rienda suelta a nuestro furor adolescente.
Muchos de los muchachos cambiaron de barrio. A varios de los patos los encanaron, a otros los mataron, Pablito murió tísico en un vómito de sangre. Varios seguimos estudiando y gastando el tiempo en otras cosas. Algunos empezaron a trabajar. En Belén aparecieron grandes almacenes como El Ley, Comfama, El Cafetero que mataron las tiendas de esquina. Muchas casonas viejas fueron derrumbadas para construir edificios y unidades cerradas que desgastaron y destruyeron el concepto y el espacio de “La cuadra”.
La esquina se consumió por sustracción de materia, por inanición. Hoy la esquina es sólo eso. Una esquina, un cruce de dos calles que confluyen, una arista. Su significado sociológico y antropológico se perdió por el urbanismo, por la violencia, por la transformación de valores, etc. Hoy los muchachos prefieren El Mall, la taberna, los centros comerciales, y eso está bien, los tiempos cambian. Pero nuestra generación mira con nostalgia hacia atrás y evoca la calidez y hospitalidad de las que fueron nuestras esquinas.
La cuadra como aglutinador también perdió su dimensión. Ya sólo existe como línea recta de casas o edificios ubicados uno a continuación del otro, que alberga familias diferentes y constituye manzanas de un barrio determinado.
En el Belén de los años sesenta y setenta manejamos el concepto de cuadra en el sentido que hoy la evocamos. Las familias de la misma cuadra constituían casi que un clan, una cofradía estrecha y solidaria con criterios unificados de pertenencia y una relación muy fraternal.
Todos en la cuadra nos conocíamos, todos nos ayudábamos; las madres se asistían unas a otras con sus enfermedades y las de sus hijos, se prestaban mercado y utensilios; los padres, conversaban de lo humano y lo divino, lavaban el carro juntos, tomaban cerveza y trago en comunidad, iban al estadio en grupo y los muchachos, el verdadero motor de la cuadra, éramos hermanos de padres distintos, cofrades, cómplices, verdaderos y fraternos amigos. Al amparo de la cuadra se gestó el concepto de gallada en su hábitat natural: la esquina.
Las actividades eran comunes, los colegios, casi siempre los mismos, las amigas de unos eran las de todos. Se organizaban severos campeonatos de futbolito callejero que eran el desespero de las beatas de la cuadra, por la algarabía, la palabrería y los balonazos que generaban. Se jugaba también Béisbol con tapas de gaseosa, golosa (o rayuela como le denominaron en otros sitios), vuelta a Colombia, también con tapas de gaseosa parafinadas o con plastilina sobre una ruta pintada con tiza en el pavimento.
Las modas iban y venían. Cíclicamente nos atropellaban con costumbres que hacían furor. Por ejemplo el uso de yoyo, hoy tan pasado de moda. Se organizaban campeonatos en los cuales se competía con florituras y figuras, al que más enredos hicieran con él. Una multinacional de gaseosas traía campeones mundiales que hacían un despliegue de destreza y en todos los colegios se hacían concursos internos. También el trompo hacía su aparición por tiempos; no faltaban los expertos, incluso recuerdo el caso de un pelao de San Bernardo que jugando con una de estos aparatos (que tenía una punta metálica) se accidentó un ojo, se complicó y terminó con una prótesis de vidrio. Otro aparato consumista para envolatar muchachos era el Hula-Hula, que consistía en un aro de tubería plástica con el que hacíamos piruetas, haciéndola girar en el cuello, en la cintura, en las piernas.
El taqui-taqui también era reencauchado por épocas; eran dos bolas unidas por una pita a un anillo. Se hacían golpear una con la otra haciendo competencia de duración y de efectos. Otro más clásico era el balero, conocido por nosotros también como perinola, que era una esfera de madera, con un huequito, que se introducía o “encholaba” en un palo puntiagudo, al cual estaba unido por una pita; venía en todos los tamaños, colores y materiales; no fueron pocos los golpes en la cabeza y en la cara por cuenta de este aparatejo. La otra perinola, o tomatodo, era un trompito de plástico para hacer girar y jugar juegos de azar.
La cuadra era todo un polideportivo informal, se hacían competencias de patinaje, deporte que algunos nunca pudimos aprender. Se jugaba “chucha”, también llamada “La lleva”, individual o en equipos, donde uno castigado, tenía que alcanzar a los otros y transmitirle la pena; la clave o el tiro era no dejarse alcanzar. Jugábamos “escondidijo” o “cuclí”, donde alguno con los ojos tapados contaba hasta cien mientras el resto se escondía; luego salía a buscar y el plan era que los otros sin dejarse pillar, llegaran hasta el cielo y se liberaran.
Un básquetbol muy rudimentario era un juego llamado “competencia”, formado por dos bandos, cada uno de los cuales debía mantener el mayor tiempo posible el balón, pero sin objetivos de puntaje como portería o canasta.
Se competía también con bombas de chicle que se hacían con la boca y con bombas de jabón que se hacían con popos de higuerilla; se jugaba a la 31, tratando de sostener un balón de fútbol en el aire con el muslo, el pie o la cabeza. Además de los campeonatos de eructos se usaba todo tipo de secreciones y expresiones fisiológicas para hacer concursos (léase chorros de orines y otras barbaridades que en honor al pudor y la vergüenza omito).
Los viernes por la noche, en alguna casa se organizaban bailes y en diciembre la calle se llenaba de adornos navideños y pasacalles. En los días claves como 7 y el 8 de diciembre, la cuadra se llenaba de velitas y el 24 y el 31, la cuadra se cerraba, se impedía el acceso de carros, se mataba marrano, se quemaba pólvora y se hacía un tremendo sancocho y fritanga callejera. Había alegría natural, sincera camaradería y verdadera participación de todos los vecinos.
Los domingos nos íbamos todos a un “paseo de olla y pelota de números” dentro del mismo barrio. Teníamos los charcos del Manzanillo, en lo que hoy es Belén Rincón, ya un barrio completamente urbanizado; los bañaderos de Aguas Frías, las caminatas a Tres Morros; hoy nadie habla de esos sitios como especiales para un día de campo.
Hoy domina la urbanización, la unidad cerrada, el edificio de apartamentos; hoy los vecinos son extraños, son un accidente circunstancial que nos tocó al lado y del cual ignoramos su nombre y filiación; realmente no nos conocemos; no nos queremos ni nos tenemos confianza.
Nuestros niños tienen que resignarse a crecer con pocos amigos espontáneos. Acaso los de las guarderías o colegios. Si quieren jugar fútbol hay que inscribirlos en una escuela o semillero, nada de partidos callejeros. Es una generación de pronto un poco solitaria, rodeada de artificios, bombardeada por la informática, absorbida por la sociedad de consumo y los medios de comunicación y sin mucho espacio para la espontaneidad y ese aire primitivo y salvaje que nos hizo tan felices.

ÑAPA: OTRAS CRONICAS DEL BARRIO


DE PATOS Y OTROS FAUNOS( FAUNA SOCIAL DE BELEN Y OTROS BARRIOS)

Al Jipi, palmípedo tenebroso
Al Julián, plumífero feroz


Emilio Alberto Restrepo B.

Los Patos eran personajes muy importantes dentro de la vida del barrio. En el libro de Antonio Montaña, "Fauna Social Colombiana" los definen como colados, seres que sin invitación se infiltraban a todos los sitios donde hubiera algo que hacer o que celebrar.

Nuestros Patos, además de la anterior, tenían otras connotaciones. Pato no solamente era el colado, también era el pegajoso, incluso el vago. El Pato estaba en todas. Una de las características que lo definen es el oportunismo. Siempre aparece en el momento preciso, cuando el carro va a salir, cuando destapan la botella de aguardiente (“guaro”), cuando van a servir el sancocho o la fritanga. Por el contrario, siempre desaparece, como por arte de magia, en el momento de recoger la cuota ("hacer vaca") o pagar la cuenta. Él busca compensar su falta de aporte económico, tratando de aparecer servicial, incluso servil. El Pato es muy acomedido, incluso hace labores que otros rechazan: carga cajas, prende fogones de leña, sirve trago, hace mandados. Otra característica del Pato es que no genera mucho rechazo. Todos lo acolitamos, incluso fomentamos su existencia, pues generalmente es un tipo muy buena persona, chistoso, conversador agradable y buen amigo. Sin esas características no sería Pato. Acaso, si mucho, clasificaría para remedo de vulgar lagarto, ser mucho más repulsivo y fastidioso. Pero no. El pato es fundamental dentro de la fauna del barrio. Nadie como él para el trabajo sucio en los paseos, para dar lora graciosa (hacer miserablemente el ridículo) cuando está prendido (copetón o farriado), bajo los efectos de la marihuana (trabado), o para servir simplemente de fiel compañía.

Era típico que en las acampadas al Limón, a San Carlos o a Cisneros, los Patos (Recuerdo ahora a "La Roya", a "Paja", a "Pepito") se aparecieran con una media de guaro casi vacía. "Aquí traemos la cuota" decían soltando la carcajada y nosotros ya sabíamos que todo el paseo seguía por cuenta nuestra. Sobra decir que les sacábamos jugo, (los "cogíamos de parche") y tirábamos risa todo el paseo de cuenta de ellos. Hablando de "Paja", pato memorable y de excelsa categoría, fanfarroneó (también se dice cañó o chicanió) durante 2 años con que se iba para la marina, a trabajar en un crucero por el Caribe. Luego nos dimos cuenta de que el famoso transatlántico era aquel que vino a Cartagena con un cargamento de parejas de cacorros; como chiste se decía que los más varones del barco eran Juan Gabriel y Miguel Bosé. Hasta ahí le llegó la honra al pobre Paja. Aún debe tener las orejas calientes de todo lo que los lenguaraces del barrio han despotricado de su fama y de su esfínter.

Una variante muy especial de pato fue la que constituyó en Belén el "Loco Mejía", pues nunca se delimitaron con exactitud sus características de pato, vago, demente y mendigo. Marihuanero desde muy joven, hijo menor de una familia pudiente, criado y mimado por tías y hermanas, nunca sirvió para nada socialmente útil. De buena presencia física, era bebedor, bailarín, muy conversador y parrandero. De tanto "soplar" parece que se enloqueció (se rayó, se totió, se corrió) y le dio por vivir en una esquina del barrio Granada. Allí cantaba, hablaba solo, peleaba contra sus alucinaciones y cuando estaba de buen genio contaba cantidad de historias, demasiado razonables y coherentes para su supuesta locura. Hasta chistes le sacaron; Polilo (otro pato brillante) se adjudica aquel famoso chiste que luego se extrapoló a otros locos de Medellín: "Supiste -preguntaba Polilo entornando las cejas con aire de preocupación- que al "Loco Mejía" lo encontraron en una caneca? - ¿muerto!!?. preguntábamos angustiados por el sorprendente anuncio - no, ¡cagando!! respondía, mientras se reía mostrando un mueco enorme en su dentadura. Ese tiro hizo carrera y en todos los barrios se lo contaban a uno protagonizado por el bobo propio de cada sitio.

Volviendo al "Loco Mejía" se pegaba en todas las bebas de esquina, en todos los sancochos de cuadra, goteriaba en todos los bailes. Al principio la gente lo toleraba por miedo, luego se acostumbró a él. Un buen día, luego de morirse sus dos hermanas, como por milagro se alivió, se afeitó su barba de profeta, se bañó y se fue a vivir a su casa de la 76. Hoy es un ciudadano "normal y sano". Ya ni pato es...

Casi todos los patos compartían el estigma de "gotereros"(Expertos en beber a expensas de los demás). ¡Hasta petróleo tomaban si creían que era trago y si era gratis!. Recuerdo que una vez a Absalón, conocido como el Rey de los Ánades del Barrio, que olía una botella de aguardiente a l0 cuadras, le hicimos tomar un tequila asqueroso que el papá de un amigo trajo de Méjico. Lo que no le dijimos era que habíamos sacado la mitad del contenido de la botella y en su lugar le habíamos echado "agua de mípalo al 25%" (léase orines o vulgares miaos). Cosa curiosa, mientras nosotros nos sosteníamos el estómago presa de una risa desbordada, él estaba convencido de que nos reíamos de sus chistes. Facilito se tomó la botella entera, se amarró una borrachera de todos los demonios, vomitó 3 días seguidos y a la semana volvió a preguntar si todavía teníamos de ese traguito tan bueno. !Horror!.

Los pelaos que permanecían todo el día en la esquina también eran denominados por las señoras como Patos. "Ahí va Usted a gastarse la vida haciendo nada y hablando pendejadas todo el día con esos Patos", era el reclamo materno cada que uno decía que iba "pa' la oficina"(La tienda, la esquina o la cancha). Para graduarse como Pato, en esta acepción, había que ser un vago redomado, no trabajar ni estudiar, levantarse a mediodía, vacilar sin pudor peladas del San Juan Bosco (o del colegio femenino del barrio) y para aspirar con honores al título, ser marihuanerito.

Otra alternativa para optar a la denominación de pato era ser piropero y mujeriego, enamorado y dulzarrón con las mujeres, lo que en otros barrios se conocía como "perro" o "gallinazo".- "Mucho cuidado con ese sinvergüenza, mijita, que ese tipo es muy picaflor y muy pato"-, advertían las suegras cuando algún don Juan criollo le hacía la corte (o "le echaba los perros", como decíamos) a su hija. Esta última era la acepción menos utilizada. El sueño último de todo pato para poder realizarse como tal, era trabajar poquito o nada, si ello fuera posible, mantener billetico en el bolsillo sin mucho sacrificio, que nunca falte el traguito, los cigarrillos y el bareto, no perderse ningún programa, paseo, parche, convite o furrusca, pero nunca caer tan bajo de dar la cuota y hacer todos los esfuerzos para conseguirse una muchacha joven, bonita y querendona, ojalá profesional con buen sueldo, que no sea celosa ni jodona, eso si, bien responsable y trabajadora para que en cada mesada le pase el cheque y él administrarlo conforme a su sentido de las cosas. Como a veces no es fácil conseguirlo todo, el pato fácilmente se transa por una menos joven, menos bonita, casi siempre con algunas toneladas de más, pero eso sí, que tenga casa, carro y trabajo. De quererla, adularla y empalagarla se encarga él, en virtud a sus milenarias artimañas.

Definitivamente la cuadra y el barrio no eran lo mismo sin los patos. Eran un mal necesario, un ingrediente cotidiano imprescindible para el goce y el disfrute del día a día en las lejanas épocas en que éramos un poco más jóvenes, más gozones y más irreverentes, en fin, un poco (¡Mucho!) más felices.

CODA. (Algunos apuntes de Fauna barrial)
Además de los Patos, el barrio era un hervidero de fauna de todos los pelambres, una variopinta combinación de todo tipo de bichos que pululaban y se reproducían por generación espontánea. Evidentemente no podemos pasar de largo sin mencionar al vuelo otra serie de avechuchos que desde siempre nos circundaron. Para efectos pedagógicos, empezaremos su enumeración dividiéndolos por género, empezando por supuesto por las damas:

Las Perras. Eran rechazadas públicamente, pero tenían gran aceptación en secreto. El sueño de todo Gallinazo o incluso de todo Pato era retozar con una Perra, y solazarse en ella de las dulces mieles del sexo frenético y sin compromisos afectivos, no necesariamente con intereses económicos, como sí ocurría con la Zorra o incluso con la Loba. (Mucho menos con la Grilla). La Perra era generosa con su cuerpo por el simple hecho de disfrutarlo, acompañada usualmente de rumba y licor. De naturaleza ardiente, se decía de ellas que si no fornicaban les daban ataques epilépticos o convulsiones. “Lo daban miando”, decían los mojigatos; o uno les decía, siéntense, y se acostaban. Eran unas vacas locas que les encantaba sentir y experimentar, cambiando de pareja sin ningún impedimento y en ocasiones ganándose repelos, reclamos o mechoneadas por su bien ganada fama de casquivanas sin límite.

Las Zorras. También de carácter volantón, era menos “arrecha” que la Perra, pero más interesada, siempre pendiente de sacar provecho o explotar al “pipiloco” de turno que caía en sus redes. Si la Perruncha buscaba hombres por placer, o por que no es capaz de contenerse, la Zorrilla lo hace por ver que obtiene. Si hay generosidad de por medio, no tiene ningún inconveniente en repartir sus presas y atributos como lo hace la primera, pero sin la búsqueda del disfrute, o la ninfomanía de ella. Sólo le interesa su aprovechamiento y en eso es un poco Lagarta. A medida que mejora la oferta, sin ningún problema cambia de postor y se consiguen otro amante para exprimirlo. Generalmente es un hombre mayor y casado. Las señoras las conocen como las Fufurufas o las Fufas.

La Loba puede ser un poco Zorra, un poco Perra, pero se caracteriza por que lo que más le interesa es andar en manadas con otras Lobas, en busca o de los placeres de la carne o de las ventajas del dinero o de los autos o todos los anteriores. Generalmente hablan a los gritos, en forma chillona, tratando de llamar la atención, a la puerta de un auto lujoso con la puerta abierta y el equipo de sonido prendido a volumen extravagante. La coquetería es su carta de presentación, aunque no estén siempre dispuestas a ceder. Era muy común encontrarlas acompañando a los Lobos, pero han sido peligrosamente desplazadas por las Grillas, que las tienen en un serio peligro de extinción.

Las Grillas están más vigentes que nunca, han tomado un poco de todas las características de sus predecesoras más veteranas y de pronto un poco anacrónicas para el día de hoy. Lo más llamativo en ellas es el vestir, obsesivante ceñido a los designios de la moda imperante. Pelo cepillado a diario, teñido de rubio(con las raíces llamativamente negras), o mechones rojizos, o “rayitos” de decoloración. Tetas de una silicona siempre a punto de estallar, o por el tamaño, o por el realce a la fuerza de una talla menor en una camisetita imposible. Sostenes transparentes, ombligo al aire, pantalones descaderados, bronceado en cámara, celular de colores al cinto, no siempre activado. Pululan en manadas por la Zona Rosa de las ciudades, en las corridas de toros y son infaltables en las cabalgatas con sus amigos traquetos o emergentes. Allí no les falta el sombrero blanco. Cuando se les va la mano en licor se vuelven insoportablemente intensas, y necesitan ser el centro de atracción o sino arman el berrinche.

Las Gallinas generalmente son las predestinadas a ser solteronas, pero no precisamente por castas sino por feas. Llenas de barros en la cara, usualmente usan gafas por una miopía temprana, tienen tratamiento de ortodoncia para unos dientes incorregiblemente díscolos, sufren de mal aliento. A falta de llamadas de un galán en ciernes, sus teléfonos echan humo cada que entre ellas se gastan la tarde entera echando carraca a través de las bocinas. Hacen cofradías para mantenerse juntas y hacer las tareas, ir a hacer deporte o tomar el algo mientras las Grillas están divirtiéndose con sus amigos de turno. Cuando las invitan a los bailes, calientan sofá toda la noche, o bailan entre ellas o juegan trencito donde tratan de involucrar a los que si están bailando con sus parejas. Uno las reconoce no sólo por su obviedad física, sino por el graznido que sus lenguas afiladas y poderosas generan cuando están en la mitad de los cotorreos que tanto las animan.

Además de las anteriores, hay otros que también sirven para definir la fauna femenina. Las Sardinas son en general las adolescentes, conocidas como pelaítas, usualmente menores de 18 años. Son el deleite de los viejos verdes y de los exhibicionistas de colegio. Cuando las logran contactar para casas de lenocinio, en uniforme colegial, son una verdadera sensación. Se conocen también como Pollas. Si son bonitas y de cuerpo armónico, se les dice Bagrecitos, así en diminutivo, mote cariñoso y admirativo; muy distinto a los Bagres o Iguanas o Cocodrilos, que son Sardinas feas que se creen bonitas, haciendo un grotesco contraste, a diferencia de las Gallinas, que llevan con verdadera dignidad y muy concientes de sus limitaciones, las cargas de su maldición estética. Cuando una muchacha es de baja posición social, o es o se viste como pobre, o tiene aspecto sirvientoide, se dice que es una Pisca, y tiene una connotación francamente peyorativa. Las Gallinas viejonas se conocen como Pajarracos o Cotorras.

En cuanto a los hombres, la taxonomía de barriada también los clasifica:

El Lobo, expresión suprema del ascendido o emergente social gracias al narcotráfico, tiene su propio capítulo en el apartado de Las Carangas, páginas más adelante.
El Zorro. Normalmente se denomina así al astuto para los negocios que no tiene escrúpulos ni impedimentos morales para tratar de tirar ventaja al momento de hacer algún tipo de transacción con el prójimo. Es supremamente común en nuestras calles, auspiciado por ese concepto ancestral del Paisa despierto y avispado, que no deja perder una oportunidad y que en parte explica el apogeo del narcotráfico en nuestro medio, ya que desde el hogar cuenta con la anuencia de padres y hermanos. Recordemos aquel “Si puede conseguir plata hágalo honradamente hijo; y si no puede, consiga plata hijo”.

El Gallinazo local es una especie de Pato, con obsesión enfermiza de conquistar mujeres, casi que coleccionar aventuras, para poder luego fanfarronear y despertar la envidia de sus contertulios, usualmente una caterva de Patos esquineros. Suele tener una libreta donde anota nombres y teléfonos de sus Pollas. Cuando es fetichista, les roba su ropa interior, como trofeo máximo ante sus amigotes. Cuando es atractivo o eficaz en su labor, alcanza la categoría de Gavilán, usualmente merodeando alrededor de las muchachas bonitas nuevas en el barrio, o de las difíciles para los Gallinazos locales,(Cuyas presas favoritas son las Perras o las muchachas del servicio, que cuando son Perrunchas les dicen Chuchas Mantequeras) como profesoras, secretarias o doctoras.

Los Guaches o Toches, son aquellos seres que la vida les negó cualquier asomo de clase, distinción o estilo. Generalmente son pobres y de bajo nivel cultural, y no se esfuerzan en disimularlo. Ejercen oficios físicos y materiales, a la hora de beber o comer lo hacen hasta las últimas consecuencias, sus piropos ante una muchacha bonita o decente son temibles y pavorosos y harían sonrojar a un arriero. Cuando pelean con alguien, lo hacen en la calle y no quedan contentos sino le propinan una puñalada sobaquera a su rival, o le parten el rostro con el pico de una botella quebrada. Algunos, los de más trayectoria, sobrevivientes de varias cirugías por arma blanca y ex-convictos, cuando están enfiestados libando copiosamente, moliendo música despechada o parrandera, y cuidando un sancocho callejero de carne barata y pacotilluda, alcanzan la categoría de Macacos, que luego va avanzando a medida que circula la fritanga y el trago hasta hacer mutación en Cerdos, actitud de respeto que implica que en los próximos minutos es mejor desocupar la cuadra para evitar una tragedia.

La Mula no tiene sexo específico, aunque la denominación es más común en hombres. La principal es la que transporta en su cuerpo o en el equipaje alguna cantidad de drogas para transportarlas a otros países. En el capítulo de las Carangas hacemos referencia a ellos. También cuando alguien es muy bruto, tarado, tapado y sellado por dentro, se dice que es una Mula, lo mismo cuando es muy brusco y violento para jugar fútbol o deportes de grupo.

Los Lagartos son aduladores y lambones profesionales, expertos en el arte de sobar saco, echar cepillo, colarse a todo tipo de eventos fingiendo ser importantes o conocidos del dueño; son especialistas en echar sable, en pedir favores a cambio de nada, en empalagar la vanidad del anfitrión para sacarle algo a cambio. Suelen rodear a los Lobos, a un lado de los Patos, pero sin tener la gracia ni la aceptación de éstos. Son más comunes en los estratos altos y en las encumbradas esferas sociales, su hábitat es el coctel, aunque muchos de ellos suelen salir de nuestros barrios de clase media, donde hacen un curso rápido de Babosas y Sanguijuelas y comienzan a mirarnos por encima de los hombros.

El Sapo es imprescindible y no puede faltar en ninguna reunión humana de más de tres personas. No se aguanta las ganas , (ya que en él es una necesidad biológica) de contar, de llevar y traer, de aventar, de delatar; y no lo hace por llamar la atención, pues su estilo es rastrero, hipócrita y servil. Se da en todos los estratos y en todos los oficios. A veces comparte estigmas con los Lagartos, y cuando tiene algo de Lobo, puede ser temible y peligroso. Se reconoce desde pequeñín, y desde los colegios es estimulado por curas y maestros.

Cuando uno le debe plata a alguien, se dice que tiene Culebras, y son abundantísimas en los barrios. También se utiliza cuando alguien está ofendido con uno o cree que uno le hizo algo, sea cierto o nó. Los Sapos y los Lobos suelen tener muchas culebras tras de sí, y en ocasiones tienen que andar en todo momento con suero antiofídico.

Otro personaje habitual del barrio es el Cabrón, también conocido como Cornudo; sea éste el momento para hacer claridad entre ellos y los Cachones, pues el uso y el abuso de los términos han contribuido a la confusión y al uso indistinto de los apelativos de tales Cornúpetas.

Es cierto que ambos son astados, que lucen sobre su frente unas prominencias que en ocasiones les impiden atravesar la puerta de su casa y que dependiendo del estado de calcificación de la víctima pueden alcanzar tamaño, forma y ramificaciones, a manera de simple venado o rimbombante alce, pero son distintos.

El Cornudo, tiene unas sólidas prolongaciones que provienen, más que de su voluntad, del comportamiento y generosidad de su mujer para con el prójimo. Tiene una alta prevalencia en hombres y su denominación es casi exclusivamente masculina, aún cuando no debería serlo. El folclore tradicional ha ideado varias fórmulas, si no para combatirlos, sí para disimularlos, como el "topizol" y la "cornitina" o el "descurnol" (este último no los tumba, pero les da un brillo!!). Son la gran mortificación de muchos maridos justa o injustamente celosos. El Cachón por el contrario, tiene una cierta connotación más benigna, y si se quiere más aceptada por una sociedad que en ocasiones peca por alcahueta. Este sujeto de nuestra fauna social se caracteriza porque asume con largueza los romances extramaritales y trata a toda costa, y costo, de obtener los parabienes de la cortejada con obsequios, galanterías, invitaciones, lo cual en ocasiones sacrifica la estabilidad económica del hogar. Como se infiere de lo anterior, todo acto de cachonería tiene implícito una potencial cornamenta.


LA PARLA (el parlache en Belén)
El lenguaje de los adolescentes es en sí mismo revolucionario, subversivo; rompe esquemas y enfrenta el establecimiento; no sigue ninguna regla semántica lógica ni predecible. Los jóvenes del Belén de aquellos años no éramos la excepción; ubicados en nuestro hábitat natural, la esquina, la cuadra, el barrio, la cancha, acampando, nuestro código de comunicación verbal y semiológico era muy especial. Y más que un concepto sectorial o territorial, es generacional, es decir, en todos los barrios se habla en forma similar, pero después de cierta edad o al entrar a la universidad o al abandonar un poco los grupos barriales se recupera lentamente un lenguaje más convencional y ortodoxo.

Así nosotros como grupo éramos un combo, una patota, una gallada, una barra. Las muchachas eran las peladas, las sardinas; a la madre le decíamos la cucha, la vieja; a la suegra, la cuchilla, la fiera, misia escopeta; al amigo, parcero o broder, a la novia la peladura, la chacha, la costilla, la media naranja, el quiebre. Las peladas de programa (chicas fáciles o fiesteras) eran las culiprontas, las bandidas, las lobas, las fufas, las sucias, las zorras, las fufurufas. Los policías eran los feos, los tombos, los polochos, los sucios, los tiras, los rayas, los peyes. Un flaco era un langaruto, una lángara, un alfeñique, un costal de huesos. Un avaro era una agonía, un calambre; una persona que no le gustara poner la cuota para pagar las cuentas colectivas (vacas o convites), era un pegajoso, un recostado, un chicle, un pegote, una calcomanía o un lambrañoso. Un plan o un programa era un parche o un roling. Un mal amigo era un falsete, un sapo, un falcioni, un torcido, un faltón, una chucha, una plasta. Un carro viejo y feo era una garniata, una matraca, una gorzofia, una coscorria, una recotopla. Los lambones y serviles eran conocidos como chupamedias, lavaperros, pelagatos o sobasacos. Una mujer fea era un moscorrofio, una chancleta, un zapato, un rejo, un bagre, una iguana. Un indigente era un desechable, un chirrete, un llagoso, una pellerrea. Los viciosos eran conocidos como sopletes, güelengues, esniferos, pepisos, pastizos, colinos, sollados. Una persona pobre era un chichipato, un cagalástimas.

En cuanto a los insultos, eran unas joyas; el más suave era "¡vos sos una gonorrea"! (por deformación, hoy en día los muchachos dicen gorronea); también chunchurria, pichurria, garnupéndula, garulla, gonorzofia, llagambrea, basofia y los ya citados gorzofia y garniata. Nunca nadie supo que querían decir o de adonde provenían, pero uno prefiere que le digan H.P. a que le restrieguen en la cara alguna de esas maravillas idiomáticas.

También un hombre (man o pisco) cansón era una parva, un tósigo, un sirirí, una plaga, una boleta, una bandera, un chíforo, una papeleta; un pelao orgulloso era un filipichín, un picado, un casposo, una piquiña, un chicanero. Un amante se denominaba el mozo, el mosaico, el puyón, el machacante.

En nuestra subcultura preponderaban los apodos (conocidos como las chapas) a los nombres cristianos; uno inolvidable era el de una pelada muy feita que le decíamos "necesidad" (por aquello de que la necesidad tiene cara de perro... su cara de bóxer le hacía justicia). A otra amiga de carácter alegre y piernas generosas le decíamos "Mesalina". A un barroso muy cansón le aplicamos "Fastidio". A un cachetón, mueco, negrito y con muy mal aliento, le conocían como "Boqueculo". A un flaco ojeroso y pálido le decían "Polvotriste". A un mueco con un incisivo muy díscolo lo conocíamos como "Colmillo", a un atarván muy plaga, "Pernicia". A una mujer muy alta, "La Mujer Oblea", porque "pa' comérsela hay que doblarla". A otro que le dio una especie de sarna en el cuero cabelludo, lo pusimos "La Roya".

Dentro de la expresión, además de lo verbal, se le daba mucha importancia a lo gestual. Los saludos eran todo un ritual propio de cada grupo de amigos. Además del estrechón de manos, se entrelazaban los dedos, había guiños de ojos, se chocaban los codos, en un código muy particular y reservado. Había formas de silbar características que nos servían como claves o para reconocer en la distancia a los amigos.

Dentro del lenguaje, una actividad muy especial eran los concursos de eructos, horripilante pero divertidísima manifestación de meteorismo prosaico que hacían la delicia de nosotros y la desesperación y el asco de las vecinas; la risueña era generalizada e histérica; era todo un espectáculo atragantarse con coca-cola y pan "de diez" para después dar rienda suelta a todo un festival de atronadores estertores estomacales en jornadas que se prolongaban por horas, desde los más simples y fisiológicos, hasta aquellos mucho más elaborados, verdaderas obras de arte con frases complejas y elaboradas. Recuerdo mucho al difunto Nandito que cantaba con el primor y la delicadeza de un cerdo el himno nacional...¡Asqueroso, pero brillante! (A propósito, una duda científica que siempre me ha intrigado, es porqué todos los eructos y demás estertores estomacales huelen siempre a salchichón o en forma genérica a embutidos, aunque uno no los haya engullido por mucho tiempo; lo mismo, qué explica que todos los vómitos siempre tengan zanahoria aunque uno no la pruebe desde hace años y siendo aún más incisivo, qué puede explicar que todos los bollos de materia fecal siempre tengan un capachito de fríjol y un rollito de tomate, pese a que uno niegue haberlos consumido por años. Cosas asombrosas de la naturaleza que darían para un Nóbel al investigador que resuelva estos enigmas).

Es interesante notar cómo este lenguaje tan particular abría una brecha entre las generaciones e incluso entre las regiones. Por eso la gente mayor o de otras ciudades no nos entendía y hasta se irritaba con nuestra jerga, bastante descriptiva y procaz por cierto.

Se nos quedan muchos términos en el tintero y otros ya los hemos explicado en otras crónicas. Con seguridad en el desarrollo de temas posteriores los seguiremos utilizando con su respectiva traducción.

2 comentarios:

  1. Siquiera existen desocupados con tiempo y ganas para recopilar todas estas historias del barrio. ¡Delicioso ejercicio este de rememorar el día a día de las insignificancias del barrio que nos vio crecer! Así da gusto perder el tiempo. Muy buenas sus crónicas, felicitaciones.
    Eliecer Barrientos

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    1. Muchas gracias por su comentario, sr Barrientos. Si tiene notas escritas o fotos o videos, las puede enviar para publicarlas.
      Gracias por seguirnos

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