jueves, 9 de abril de 2015

Un poeta en Belén:Oscar Hernández M




Un poeta en Belén:Oscar Hernández M


Experto
en muros blancos

Lucía Donadío y Alfonso Buitrago Londoño.
Fotografía: Julián Roldán


Tomado de:

/  

 

 Sin embargo mi padre en sueños me ha contado
Que es una hermosa trampa de colores
Con urnas pintadas a pistola
Y que debo quedarme en casa toda la semana.
 Oscar Hernández, “Invitación”.


**


Óscar Hernández, poeta sin ciudad y sin horario, a cinco días de cumplir 87 años, espera sentado en un sofá en la sala de su casa. De una de las paredes cuelgan los recortes amarillentos de las columnas de opinión semanal que ha publicado durante cuarenta años en el periódico El Colombiano. Papel sobrante se llama la columna y sus recortes lucen como un tendedero de ropa vieja.
El poeta espera como si en realidad le sobrara algo: el barrio, la casa, las horas; cansado de esa ciudad con la que llenó sus columnas por tantos años: de su alarde, de su caos, de su política.
“A mí las ciudades no me gustan – dice desde su sofá–. Mientras más grandes y más hermosas, peores. Son una enfermedad”.
***
Llegamos a la puerta del garaje media hora después de haberlo llamado. Nos recibe con alegría de niño. Uno de nosotros –Lucía, editora de Sílaba– lo conoce desde hace años.
Esa casa del barrio Belén Los Alpes, que compró con el sudor de múltiples oficios y modificó a medida que crecía su familia –cuatro hijas y un hijo–, la partió y les entregó su parte en vida. Alargó el muro del garaje, atravesó la sala y lo llevó hasta el patio, y se quedó viviendo solo en un garaje alargado de unos cuarenta metros cuadrados.
Al principio dejó una puerta entre ambos espacios, pero con la llegada hace siete años de una sobrina venida del Sur del país, a quien él acogió, decidió separar por completo su vida. La explicación que él da es quizás más poética. A lo largo de los años tuvo veintiocho automóviles que recibía como pago de deudas y cambiaba con facilidad, pero un día se cansó de ellos.
–En la ciudad no hay por dónde moverse, y como me quedé sin carro me metí al garaje.
***
El poeta Juan Manuel Roca, quien preparó una antología de poemas del libro Las contadas palabras publicada en 2010 por la Universidad Externado de Colombia, dice que “las nuevas generaciones, como suele ocurrir con poetas escondidos por la niebla de la falta de crítica o por la neblina pasajera de la moda, vuelven ahora sobre los poemas de Hernández y encuentran en él a un hermano mayor, despojado y humano”.
No hay un poeta en ejercicio más viejo en Colombia; Álvaro Mutis tiene 89 años y Rogelio Echavarría 86, pero hace años que no publican. A ese redescubrimiento del hermano mayor de la poesía antioqueña se suman el libro Un hombre entre dos siglos, antología de poesía y prosa publicada por Sílaba Editores y la Alcaldía de Medellín en la colección Letras Vivas (2011), y Experto en muros blancos, que hace parte del libro Dos poetas colombianos, publicado por la misma editorial y el Ministerio de Cultura (2012).
La vida de Óscar atraviesa dos siglos de letras en Medellín. Es paradójico: es quizás el poeta más aislado con la vida pública más intensa de su generación. A los doce años fue jefe de la Comisión de Hormiga Arriera en la zona cafetera del Quindío: tenía dos trabajadores a su cargo. Con un hornillo y cianuro aplicaban veneno en las bocas de los hormigueros usando un ventilador. Tuvo un taller de mecánica, un restaurante, un café, un bar. Fue secretario de León de Greiff y cofundador del diario El Sol, donde escribían Manuel Mejía Vallejo, Fernando González y otros escritores de la época. Trabajó en El Correo como cronista, columnista, traductor y jefe de redacción. En El Colombiano también tuvo varios cargos, y lleva más de cincuenta años vinculado a esa casa editorial.
Este año la Universidad Autónoma de Nuevo León, en México, les encargó a los poetas Santiago Mutis y Samuel Vásquez una selección de poetas colombianos para una antología de “los veinte del veinte”. Óscar está al lado de los grandes nombres de la poesía colombiana del siglo XX: Fernando Charry Lara, Héctor Rojas Herazo, Álvaro Mutis.
“Óscar es un poeta necesario –dice Luis Arturo Restrepo, poeta y profesor de poesía colombiana–. Su obra ha mostrado coherencia. Era muy común que los poetas mayores empezaran escribiendo sonetos, pero Óscar desde el principio tuvo una obra contemporánea. Logra ir a temas cotidianos y tratarlos con una delicadeza que a otros poetas les da miedo. No se siente artificio, su poesía es pensada, sentida, genuina, muy vital; él es así”.
Luis Arturo toma un manuscrito que ha sacado de su maletín y lee: Cuando muera el último clown / Si es que el amor permite su viaje final / Será un luto universal en colores / Llanto de niños con la nariz encarnada / Con sus trajes de retazos hechos del arco iris / Pero se dice que el último payaso / Ya no está entre nosotros.
***
El poeta no conocía a su sobrina. Ella no sabía nada de Medellín ni de su tío. Óscar hacía años que no hablaba con su hermana –“¿de qué íbamos a hablar?”–. Él tenía ochenta años y de la muchacha solo sabía su nombre bíblico, Sandra Sansón, y que venía a estudiar una especialización en Psicología. El primer día de clase la acompañó a la universidad. Tomaron un bus con un recorrido enrevesado. Sandra, curiosa, preguntaba. Con cada respuesta recibía una sorpresa: fui boxeador; otra pregunta: fui pescador y futbolista; otra pregunta: fundé el Partido Socialista de Colombia y compuse canciones.
La curiosidad de la Sansón daba para más, como si en las preguntas estuviera su fuerza. Le gustaba el cine y preguntó por Rodrigo D. Entonces Óscar bajó el telón de un recorrido de película: yo era el papá de Rodrigo y estuve también en Sumas y Restas; en total he actuado en nueve películas.
–¿Actor de cine?
–Es más fácil actuar que escribir un poema –le dijo.
La sobrina supo que se quedaría con ese tío. Vivió con él tres años, en un minúsculo cuarto al fondo del garaje. Lo veía cada día, al final de la tarde, cuando ponía una grabación del rosario y rezaba caminando desde el cuarto hasta la puerta del garaje. Óscar no solo se asume como un hombre de izquierda, sino también como un ser profundamente religioso. “La revolución rusa no hubiera perdido nada si no tocaban la religión. Habría ganado en moral. El hombre es un ser religioso por naturaleza”, dice.
El último martes de cada mes, mientras escribía las cuatro columnas de Papel sobrante que publicaría el mes siguiente –todas en una misma noche–, Sandra lo tranquilizaba cuando no encontraba las palabras; a veces lo acompañaba a la redacción del periódico para entregarlas impresas, porque no confiaba en el correo electrónico.
Hace cuatro años no vive con él, pero Óscar sigue llevando la misma rutina y Sandra sigue siendo su fiel escudera. Lo visita semanalmente, lo acompaña a los eventos literarios y coordina su último proyecto, La casa del escritor, cuya sede es tan acogedora y esquiva como un garaje: una página de Facebook.
Salimos a la calle y nos sentamos en una tienda. El poeta pide una copa de helado.
Light, por favor –dice.
Acaba y pide una más.
Light, light –dice como si quisiera estar dos veces vivo. Como si adelantara su cumpleaños para celebrarlo con nosotros. Lo invitamos a salir el sábado para escuchar tangos y celebrarlo, pero nos dice que en casa tiene más de 800 tangos. Con eso le basta. Ama a Gardel desde los nueve años.

***


Medellín ha sido tierra de poetas y de cacharreros –como dice Hernández– y se enorgullece de tener el festival internacional de poesía “más grande del mundo”. Muchos se enloquecen por la poesía durante esos diez días. Nos apeñuscamos en auditorios y parques, nos peleamos por un puesto, aplaudimos con más fuerza al poeta que habla en otra lengua, lejana y desconocida, que a los nuestros. Óscar dice que es el circo de la poesía, y el poeta Jaime Jaramillo Escobar dice que aquí vuelan los poetas pero no la poesía.
Durante el resto del año los recitales de poesía son huérfanos. No hay multitudes para esconder el desconocimiento de la poesía que muchos llevan por dentro. A los recitales o presentaciones de libros de poesía vamos cinco o diez personas, entre los que no falta el “loquito” que no sabe en qué verso de la vida está parado. Algunos nos asomamos por la ventana para ver qué pasa entre esos muros blancos, con curiosidad y miedo; como el gamín que en una ocasión le preguntó al poeta con ojos muy abiertos:
–¿Usted fue el que escribió ese libro?
–Sí –contestó el poeta.
–Ah, yo no sabía que los que escriben libros estaban vivos.
“¿Qué sería de Medellín si toda la gente que asiste al Festival leyera poesía? ¿Qué sería del Festival si toda la gente que asiste leyera poesía? El Festival está carente de poesía, es un show”, dice Luis Arturo, quien participó el año pasado.
En los cientos de talleres literarios que hay en la ciudad se lee y se escribe poesía. La de los autores consagrados de aquí y de otras partes, y la de los jóvenes y viejos que muestran esa otra latitud de la vida en versos, anécdotas, crónicas y cuentos.
Lucía ha sido jurado de varios concursos, convocatorias y becas locales: casi todos los que se creen poetas escriben un mar tormentoso de palabras vacías o un río contaminado de besos y abrazos que ahogan el amor. Unos pocos abren la puerta de la poesía y traspasan las fronteras de lo cursi, y van construyendo en silencio una obra sin apegos por la ciudad ni por el mundo.
En estos tiempos pocos poetas escriben sobre la ciudad. Los poemas caminan por otras avenidas, quizás dormidas, como en los poemas de Óscar Hernández: Duerme la ciudad, pero no duerme la ciudad / Solamente abre los ojos / para atrapar en sus pestañas / los primeros asesinados / aquellos que de un solo golpe / perdieron sus historias sus zapatos / su beso final sellado con la amada saliva / de quien compartió sus lechos / su torta de maíz sus cuatro hijos / y todo aquello que seguirá viviendo / en un olvido al que llaman recuerdo…
–La ciudad no ocupa un plano fundamental, la ciudad ni siquiera es amada –dice Óscar–. Es el escenario y la denuncia de los muertos. Uno puede ignorar la ciudad en su poesía. No es ninguna condición ni una ordenanza. La poesía está en cualquier parte. Recuerden lo que decía Borges: “esto no lo escribo yo, esto lo escribe el Espíritu Santo”.
–Entonces, ¿qué salvaría de la ciudad?
–Ese pequeño rincón donde está uno con su mujer… Pero puede estar en cualquier parte del mundo, sin ciudad. Tanto el amor como la poesía podrían existir más calmadamente sin la ciudad. Y esa es mi idea sobre la ciudad. No le tengo ningún amor ni afecto especial. . Nací en Medellín, pero no tuve la culpa.
***
Fotos: Julián Roldán

Los poemas de Hernández brotan entre las paredes de su garaje, de espaldas a la urbe, que no para de poblarse de muros y de gente. Allí ha construido una teoría para solitarios. Dice que el encierro hace que la gente conviva mejor. No puede concebirlo de otra manera.
–Si uno está en una habitación donde difícilmente entra el sol, con tres, cuatro o cinco personas, durante mucho tiempo, terminamos por identificarnos, por amarnos…
–O por matarnos.
–Muy difícil, se lo digo por experiencia: fui soldado, interno de un colegio y estuve en la cárcel durante quince días por razones políticas, y nunca sentí malas inclinaciones por los demás ni de ellos hacia mí.
***
Dos días antes del cumpleaños visitamos al poeta. Llevamos torta dietética, vino, empanadas argentinas y helado. Las empanadas debían ser de Versalles, las más famosas de la ciudad, pero no las pudimos comprar allí; el helado debía ser light light, pero no había en la tienda adonde fuimos; acordamos no hablar de las empanadas y decirle que el helado era “mediolight”.
Salimos al patio, que está cubierto por un techo de madera y en el interior tiene una mesa plástica blanca con una sombrilla de colores. Los muros son grises, sin revoque. En uno de ellos crece una enredadera. En una esquina hay una siempreviva que sembró su hijo Óscar Luis, muerto hace cinco años. Murió a los 51, un 14 de febrero, la misma fecha que escogió su padre para fundar La casa del escritor, un lugar no lugar para tener adonde ir.
En los muros del garaje tiene colgados cuadros de sus nietos. De Tatiana, la mayor, un autorretrato y un retrato de él; de Ricardo, una silla pintada con acuarelas cuando tenía siete años.
Los cuadros no sobresalen ni pasan inadvertidos. Conviven con los recortes de Papel sobrante; con las copias de las ilustraciones que hizo Fernando Botero, cuando era un joven desconocido, para el primer libro del poeta; con las cartas que le enviaba Fernando González al leer sus manuscritos; con las quejas de Jorge Amado –sorprendido con Versos para una viajera, escritos de un tirón la noche antes de la partida de una enamorada–, quien no entendía por qué esos poemas no cruzaban las fronteras colombianas.
Es un decorado vital, sin vanidad, que le hace compañía.
Servimos el vino. Óscar se resiste, pero al final acepta una copa que mezcla con agua. Ponemos la torta y las empanadas sobre la mesa.
–¿La torta es light? –pregunta Óscar.
–Claro, es dietética –dice Lucía.
Empezamos la celebración anticipada del cumpleaños del poeta comiendo las empanadas. La carne amenaza con delatarnos, parece atún de lata.
–¿Son de Versalles? –pregunta Óscar.
–No pudimos ir hasta allá –dice Alfonso, asumiendo la culpa.
–Mmmmm.
Partimos la torta light y servimos el helado “medio light”. Alzamos las copas y brindamos por la salud del poeta.
–¿El helado es light? –pregunta Óscar.
–Es “medio light” –dice Lucía.
–¡Entonces ustedes me creen “medio bobo”!
Una carcajada juvenil retumba en el patio, en esa mesa plástica blanca cubierta por una sombrilla de colores. La noche es cálida y nosotros parecemos confinados en una playa inverosímil.
–Eso soy –dice–. Me gradué en estos muros.
 

Fotografía: Julián Roldán

BELEN EN TRES CRONICAS BREVES

BELÉN EN TRES CRÓNICAS BREVES 
(Tomadas en préstamo del periódico El Taller)

Página: http://www.periodicoeltaller.com/


La Laguna del Cafetero


Cierto día de 1966 aparecieron, en una manga que había detrás de las últimas casas del sector de sauces, hacia la calle 66 B, unas retroexcavadoras e iniciaron una excavación, bastante profunda a nuestro modo de ver. Empezaron las especulaciones, que un edificio, que Bolivariana construiría una sucursal, en fin todo lo imaginable iba a quedar allí. De pronto la verdad la Cooperativa Cafetera Central construiría un supermercado. Cual sería la felicidad de los habitantes del barrio que ya no tendríamos que ir al pedrero a hacer nuestro mercado, no tendríamos que salir del barrio para comprar nuestras viandas.
Cierto día vimos con extrañeza como se abandonaban los trabajos, dejando eso sí un enorme agujero que en pocos días se llenó de agua. Muchos curiosos que pasaban por allí o que exclusivamente íbamos a ver la enorme laguna que se estaba formando nos deteníamos por unos momentos a observar y a preguntarnos por qué se habían ido los constructores. Los adolescentes de aquella época que habitábamos la calle 32 D , que era la más cercana a la laguna, empezamos a ver en ella una gran oportunidad para jugar y divertirnos y entonces comenzamos no sólo a ir allí con frecuencia sino a fabricar barquitos de papel e incluso a hacer competencia de permanencia, carreras. O empujábamos los barcos y cuando ya estaban a cierta distancia cada uno empezaba a arrojarles piedras a los barcos de los compañeros, ganado el que quedara flotando.

Nuestro ejemplo fue seguido por muchachos de otras barras y de otras cuadras del barrio. Algunos fueron más osados que nosotros y no sólo fueron a llevar allí sus botes de papel, sino que se desvestían y se lanzaban a practicar el deporte de la natación en sus formas más rudimentarias. La noticia se regó por los barrios vecinos y venían tantos muchachos allí a nadar, que la laguna del Cafetero poco tenía que envidiarle a los famosos charcos de Barbosa en sus mejores tiempos. La única diferencia era que los charcos de Barbosa eran de agua cristalina y corriente mientras la laguna era de agua estancada y prácticamente un barrizal. Después de un clavado en la parte menos honda, la persona que lo ejecutaba salía con tierra en la cabeza y hasta en las orejas y chorreando por su espalda un agua café clara que parecía, momentáneamente, el arroyo que sale de una de mina de oro después de lavar la tierra.

Parece que la laguna tomó tales proporciones que tuvo la nota triste pues una persona se ahogó allí, y aunque no era del barrio, lleno de tristeza a todos los habitantes por lo trágico del suceso, esto hizo que se cerrara la laguna. Sin embargo muy rápido se reiniciaron los trabajos dando paso a la primera etapa del Mercado Cafetero que años después se convirtió en el ley de la 33 y posteriormente en el Éxito y otros negocios como Bodie Teck, Marión y Coomeva.


¿Incendiarios?


Por Gabriel Escobar Gaviria
Donde hoy hay un parque infantil con variados juegos fue por mucho tiempo un lote al que no se le hacía ninguna mejora. Fue allí donde comenzaron los encuentros futbolísticos Fátima - Nutibara. Los menores sospechábamos, por conversaciones escuchadas a los adultos, que ese lote no le pertenecía a la parroquia; razón por la cual ni el creativo padre Córdoba, ni el recursivo padre Lalinde habían podido adelantar labor alguna para el aprovechamiento comunitario del mismo.
Un día se confirmaron tales sospechas. Recuerdo: Llegué de la universidad y mis hermanos me contaron que en toda la mitad del lote, al frente de la casa de Belisario -¡qué cremas las que allí vendían !- hoy la tienda de Nico, habían levantado una caseta de construcción y habían echado cepas como para una casa, -¿y el padre qué dijo?, -no pues nada, como ese lote no es de la parroquia. Y el padre no dijo nada porque se trataba del bondadoso padre Álvarez, todo dulzura y mansedumbre ; pero ¡ay, si hubiera sido en tiempos del padre Lalinde ! todavía estarían buscando los bultos de cemento en los profundos infiernos.
Incrédulo me dirigí al sitio acompañado de mi hermano Jota. Y sí, allí estaban esas cepas desafiantes para iniciar la construcción de unos muros y de una casa que por donde se la mirara heriría la hermosura de la iglesia. Algún día podríamos elegir entre atender la misa o enterarnos de la vida familiar de aquella vivienda. La torre nos proporcionaría varios palcos para seguir de cerca, cual telenovela en vivo, el drama familiar de sus ocupantes.
Absorto me encontraba en esos pensamientos cuando escuche a mi lado una voz que hoy no está con nosotros y que me preguntaba mi parecer con tono de que el suyo no era nada agradable. Era mi amigo Antonio Roldán Betancur. En aquellos días andábamos por los 22 años y lejos estabamos de adivinar la exitosa y corta carrera que el destino le depararía. Él y yo éramos los amos del micrófono en la parroquia pues desde hacía cuatro años nos turnábamos para leer la epístola y no había bazar que no animáramos desde las famosas casetas de las dedicatorias. La idea nos vino a ambos al mismo tiempo, nos miramos y nos comprendimos : Teníamos que reunir a la gente y para ello usaríamos el micrófono de la iglesia. No, no le pediríamos permiso al padre Álvarez, pues no nos lo daría.
Iban a ser las ocho de la noche y don José Betancur, el sacristán, no había terminado de cerrar la iglesia por cuanto faltaba el toque de Ánimas que se hacía a dicha hora. El destino nos hizo subir por la rampa y allí encontramos a Fabio Zapata, el hijo de don Rafael, que esperaba a que fueran las ocho para hacer el llamado a la plegaria por las animas, como acostumbraba reemplazar en esa labor a don José - Fabio, le dijimos, arranque a repicar en estos diez minutos que faltan para las ocho, dé el toque de animas y después repique cinco minutos más.
Fabio no nos preguntó por qué le pedíamos eso. Inteligentemente comprendió que ante tan inusitado toque la gente saldría a ver de que se trataba. Y así fue.
Llegamos hasta la sacristía y mientras yo le explicaba a don José que nosotros cerraríamos el templo, Antonio prendió el amplificador y comenzó con las arengas. Nuestras consignas fueron inofensivas pedíamos a nuestros cohabitantes que reflexionaran y se opusieran a esa construcción porque ese espacio lo necesitábamos para un parque infantil en el jugarían nuestros hijos (todavía no los teníamos). Cómo se apropiaría la parroquia de ese terreno no era nuestro problema, ésa era cuestión de adultos y nosotros apenas estabamos aprendiendo a serlo, para eso estaba don Enrique Toro, mayordomo parroquial. Desde la sacristía no veíamos lo que en la calle sucedía; pero por lo que pasó después nos enteramos de que tanto las campanas, como nuestras voces lograron el objetivo: la gente se reunió, deliberó y obró.
Seguíamos con nuestras consignas cuando entró el padre Álvarez por la nave central de la iglesia entre trotando y corriendo hasta llegar a la sacristía. Escobarito - me dijo - no sigan con eso que afuera está la Policía preguntando quienes son los que hablan por micrófono, no demoran en subir. Váyanse por la puerta de abajo de la sacristía, esta es la llave. Antonio y yo no comprendimos al principio por qué la Policía se habría de disgustar porque nosotros llamáramos a la feligresía para que opinara sobre una construcción. Lo que no sabíamos era que la feligresía ya había opinado y en ¡qué forma!
Obedecimos y salimos por la puerta de abajo, la que da frente al negocio que era de Juan de Dios y nos dirigimos a donde estaba la gente. Quedamos asombrados al ver desde antes de llegar a la casa de los Culembias un resplandor de una llamarada inmensa : La caseta estaba en llamas ; el cemento fue esparcido para que las bolsas ardieran, al celador le permitieron sacar la herramientas y sus pertenencias; Antonio y yo nos confundimos con la gente que miraba el espectáculo, mientras nos reprochábamos esa acción que estaba muy lejos de nuestra inofensiva intención.
Una cosa aprendimos aquella noche: la masa es un animal irracional.
Lo que siguió después fue cosa de adultos: el padre y don Enrique arreglaron con la propietaria del lote en términos no desventajosos para nadie. Hoy hay un parque infantil en el que jugaron mis hijos mientras fueron niños.

El Cerro Nutibara tiene su finca

Por Jorge Mario Escobar Gaviria
Los que llegamos a Fátima muy niños y crecimos acá, recordamos en el cerro Nutibara la "cueva del indio", que quedaba unos 120 metros a la izquierda del camino que salía de la INA y que llegaba donde hoy queda el parqueadero y donde antiguamente había un parque infantil, en la cima del cerro Nutibara, más exactamente donde están las banderas.
Abajo de esa cueva, prácticamente en la sima del cerro veíamos una casita campesina muy organizada por cierto. Hoy en día, quienes vamos al cerro a trotar vemos desde lo alto aquella casa rodeada de árboles, una finca tal y como los antioqueños entendemos que es una finca. Si por casualidad nos acercamos, los perros salen a proteger la propiedad.

En abril de 1950 llegaron a vivir en esa casa don Manuel Ángel Galeano y doña Carmelina Atehortua esperando su primer hijo.
-"Aquí vivía un señor que le decían "Costales" que era muy amigo de mi esposo y que le dijo que se viniera a vivir a esta finquita, que el estaba muy aburrido. Como nosotros pagábamos una pieza en Aranjuez preferimos venirnos a vivir acá que no teníamos que pagar arriendo."- Nos cuenta doña Carmelina.

La finquita tenía sus linderos muy bien definidos con las otras fincas, linderos que son los mismos que tiene ahora pues la familia Galeano no se ha apropiado de nada, no han tomado lo que no le pertenece. Y es que "Costales" les entregó la casa y nunca más se volvió a saber de él. "En esa época era la palabra lo que valía no se necesitaban firmas."- Dice doña Carmelina.

"Cuando llegamos - Continúa diciendo doña Carmelina - por aquí no habían vecinos, no había sino rastrojo". La primera calle que se encontraba era San Juan, entonces hubo que hacer trocha para llegar allí. Don Manuel trabajaba en el Pedrero y algunas veces también mercaban allí, entonces salían hasta San Juan y cogían bus de la América.

Para aprovisionarse de agua tenían que ir hasta la quebrada. Para ir a misa iban inicialmente a la capilla de la manga de las hermanas misioneras, al Perpetuo Socorro o cuando iban a mercar aprovechaba para ir a misa al Sagrado Corazón de Jesús. -"Luego a Fátima, a mi marido le toco lo de la primera piedra de la iglesia". Dice doña Carmelina

Muy cerca de la finca, donde hoy quedan esos edificios bonitos en conquistadores cerca al río, don Rosendo Londoño tenía una lechería donde trabajaba doña Carmnelina ordeñando las vacas.

Por el Frente del rancho pasaba los arrieros con el ganado para el Matadero Municipal que quedaba en Tenche. Les toco ver hacer la 33 y la 65 e incluso el barrio Fátima, Nutibara si existía cuando ellos llegaron en 1950.

Una de las cosas que más recuerda doña Carmelina es lo que llamamos la "cueva del indio", "era un hueco de unos diez metros de hondo. Servía de entretenimiento de todos los muchachos, era como el parque infantil, venían a jugar y a coger las pomas, pero todo era tan sano".

Siempre tuvieron muy buenos amigos entre los vecinos del barrio pero dejemos que sea doña Carmelina quien nos lo cuente "Todos los vecinos eran muy queridos en especial recuerdo a don Humberto Ochoa y a doña Miriam que venían aquí con sus hijos que eran muy amigos de los de aquí. También recuerdo a los Zuluaga a Iván, a Victoria, a Álvaro a todos, que venían a jugar con mis hijos. Recuerdo también a los de la bomba Texaco, especialmente a don Pacho que les dio trabajo a los muchachos. En esa bomba se ganaron los primeros pesos."

Y es que los muchachos Galeano, Maximiliano, Jairo, Aníbal, Javier y Juan se criaron en el mismo barrio y estudiaron en la Pedro Olarte y son amigos de los de Fátima.

Doña Isabel Madrid es la esposa de José Aníbal y hace 18 años que vive en una casa en seguida de sus suegros. Dice que ella vive feliz en esa finca y es que es una finca, con palos de mango, aguacate, naranja, pomas y guayabas.

"Aquí es muy bueno. - Dice doña Isabel - Todos los vecinos son muy importantes porque nos apoyan, nos dan ánimos y nos orientan."

"Uno de los momentos más alegres fue el día que nos pusieron los servicios hace como quince años. Eso fue mucha felicidad ya teníamos luz agua y teléfono."

"El momento más triste fue ver como lo que se construyó con tanto esfuerzo amor, trabajo y sacrificio durante 42 años se iba al suelo por una decisión arbitraria del gobierno de turno. Lo más hermoso es que seguimos acá en el lugar que amamos y que cuidamos con tanto cariño"

Don Manuel y doña Carmelina tienen además 6 nietos y cinco bisnietos. La bisnieta mayorcita tiene 7 años y con la vitalidad que tienen los viejos seguramente conocerán sus tataranietos y por qué no, los choznos.

Esa vitalidad de los viejos se la atribuyen a vivir en lo que han amado siempre, respirando aire puro, cultivando lo que se van a comer, criando sus gallinas y viendo todos los días los caballos de Berta que aparecen a pastar por allí. Todo este paraíso en medio de la selva de cemento.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Muchachos de Rosales Oscar Domínguez Giraldo

Muchachos de Rosales   Oscar Domínguez Giraldo
Perfil escrito por el destacado periodista, amablemente cedido para el blog:
(Adelante, Emilio. De ese barrio junté dos notas en una. Siguen otras notas sobre esos muchachos.o)

Esos muchachos de Rosales, modelo sesenta, aprendieron a leer y a echarse la bendición en el kínder de la señorita Amelia. Con este bagaje se le enfrentaron después al fútbol, al amor, a  la música, a Dios y a la vida, en ese desorden.

Algunas divas vendían besitos en las ventanas a cinco centavos la unidad. Ellos se iban creyendo en la existencia del amor y de  todos los dioses.

Pa pretendidas, las Londoño. En las vacaciones de julio no daban abasto recibiendo declaraciones de amor. La competencia estaba por el lado de la cocacola Beatriz Díaz, gran bailarina, y de Gloria, Marta Elena y la Negra, anfitriona de todas las rumbas.

Los noviazgos eran tan veniales que no había besitos al saludarse ni al despedirse. Las parejas llegaban intactas al altar. Si a  los novios se les iba la mano en caricias, el padre Valencia los casaba antes de que el amor empezara a notarse en el silencio mudo de la cintura.

Las serenatas se daban con los hermanos Acosta, vecinos del lugar, que se extrovertían ante las ventanas por puro amor al  amor. Cuando las tusas eran muy grandes empeñaban hasta libros para contratar a Los Romanceros que casaron más gente que los monseñores García Benítez y Botero Salazar en sus mejores momentos.

La banda musical de la época la pusieron los Beatles, Leo Dan, Palito Ortega, el “afiebrado” del César Costa, Enrique Guzmán, Oscar Golden.

En las recochas, fiestas de quince o bailes de bachilleres, se escuchaban en las radiolas Teen Agers, Graduados, Clave, Éxitos y Golden Boys. El que no esté endeudado musicalmente con el Loco Gustavo Quintero miente como Telma.

Fútbol y ciclismo iban de la mano. Una ruidosa minoría de estoicos eternos eran hinchas del poderoso DIM que de chiripa la ganaba al Nacional. Entonces hacían fiesta. (Claro que Sigifredo Arenas Jiménez tiene estadísticas distintas: En los años sesenta jugaron 45 clásicos de los cuales el DIM ganó 23 y anotó 76 goles. Nacional ganó 14 y metió 51 goles. El resto, empates).

La muchachada era hincha de Cochise Rodríguez. Por llevar la contraria, otras estaban con el Ñato Suárez, señor de la bicicleta.

Cuando los muchachos iban creciendo los dejaban ir una cuadra más lejos a jugar fútbol. Los jugadores más tesos eran los de la 30 C.

Las mamás les robaban tiempo a sus oficios domésticos para prohibirles a sus vástagos que se juntaran con malas compañías, entre ellos los integrantes de la llamada “Barra de los grandes” que fumaban cigarrillo, se volaban a Tenche a comprar maracachafa, decían la grande, escupían en el suelo y llegaban a la casa a las diez de la noche. Ni un segundo más tarde.

Decir que fulano era marihuanero era peor que rotular de ateo, feo y pobre a cualquiera.

Otros que clasificaban como malandros eran los hermanos Vanegas, Mario Chucha, Calavera y Físico, quien pegaba ensordecedores gritos vagabundos.

La mitad más uno estudiaban en Bolivariana. Para pertenecer a la barra de los grandes había que poner la mano sobre un hormiguero  o arrojarse contra la palma, un arbusto lleno de púas. Así adquirían un tempranero máster en hombría. Esta prueba espartana tiene la paternidad responsable del poeta Edgar Poe. Otra orden del poeta: dañar todos los bailes donde azotaran baldosa los riquitos de Laureles.

Otros de parecida calaña eran Carecrimen, Basura y Kolcana, reencarnación en vivo del crac argentino Orestes Omar Corbata, jugador del poderoso DIM, ideólogo de la zurda.

El rito del fútbol se oficiaba en las canchas de Chéforae, el Maracaná y en el parquecito. Estos lugares eran adicionalmente, ágora y parlamento de la piernipeludocracia.

Esta barra se enfrentaba con la de Los Almendros a la salida de misa de ocho de la mañana los domingos en la capilla de Jesús de la Buena Esperanza. La movida era a puño limpio. De pronto se les iba la mano y sacaban… correa.

La barra de los menores que venía empujando,  merece plato aparte. La integraban Memo Villegas, regañón y goleador,  Hugo, alias Charles Atlas, el Mocho Díaz, Pimienta, el gordo Gonzalo y Pareja el de Belén.

En los bazares que no faltaran las dedicatorias. En los reinados, la familia Gutiérrez imponía candidata disidente, importada del barrio Alameda. Esto ocasionaba peleas tan duras que la gente terminaba “brava para toda la vida”. A los dos días estaban partiendo un confite. Perdonaban y encimaban olvido.

Era pecaíto  ir a la heladería Los Almendros a escondidas de mamá. Una Coca-Cola vestida de ron se encargaba de ratificar hombrías y feminidades prematuras. También se echaba carreta en la tienda La Dulcinea, donde la Costeña o en la casa de las Villegas.

Los de Rosales se creían de mejor familiar que los de Belén aunque no dejaban de frecuentar Los Alcázares y Morival. Los domingos iban al teatro Mariscal a ver sus cintas preferidas.

Desde el púlpito el padre Humberto Bronx lanzaba anatemas contra los dueños del Mariscal por presentar películas prohibidas para todo católico los viernes. El teatro estaba parcelado en palco, luneta y galería, según el poder del bolsillo.

Don Octavio, el administrador de ese cinema paradiso, con mano tendida y linterna firme, tiene estatua propia en el corazón de los rosaleños del antier. Sacaba tallados a quienes lanzaban colillas de cigarrillos contra la nuca de la aristocracia de gallinero.

Los  lunes había doblete de películas mexicanas. Ana Luisa Pelufo y Ana Berta Lepe era las novias imposibles de muchachos como el mencionado Sergio y Lorenzo de la Torre, hermanos de María Cristina, de belleza felina.

Brigitte Bardot y Claudia Cardinale eran la cuota europea en el corazón y en la libido de los jugadores de yo-yo de la época.

En una autobiografía, Libardo Betancur Pérez, alias Kolcana, cuenta que era activista teso en las veladas de lucha libre que se celebraban en el parquecito. Dice que tenía personalidad secreta y en las noches de luna llena se les aparecía enmascarado a las Vélez.

Mención aparte merece la heladería Los Alcázares; por entonces no existía La Alameda. Vicky y Harold y otras figuras del Club del Clan hicieron tiritar de amor a más de una pareja que se daba piquitos en un descuido del candelabro o chaperona que les habían impuesto.

Pagaban escondederos a peso cuando llegaban los chinches del barrio Granada. Le corrían leguas a Goche y a Carriquí.

No se perdían procesiones de Semana Santa ni novenas de navidad. No para rezar, que quede claro: iban a tropezarse con unos ojos repetidos y pispos.

El Rosales de los años sesenta produjo gente como el sacrificado Pablo Peláez, el senador Daniel Villegas Díaz, cronista mayor del barrio y Sergio de la Torre, quien cuando estaba chiquito soñaba con remplazar al camarada Gilberto Vieira en el Partido Comunista.

Un responso apretado por Ana Cecilia Ortiz. Se exige no declararle el olvido a Olguita Vélez, “heroínas apetecidas por los tesos de las barras”, según otro biógrafo de Rosales.

Muchachos y muchachas así no le podían tener bronca a la vida.


miércoles, 8 de octubre de 2014

NUESTRO BLOG EN "GENTE DE BELÉN"


A propósito de la Fiesta del Libro de 2014 y la buena aceptación del blog de Belén, la periodista Natalia Hoyos publicó el siguiente reportaje en GENTE DE BELEN, del 3 de Octubre de 2014











viernes, 5 de septiembre de 2014

CARLOS GARDEL MURIÓ EN BELÉN: Entre la fantasía y la verdad

Artículo de Gustavo Escobar Vélez, tomado con su permiso de:

http://primerfestivalinternacionaldeltangoci.blogspot.com/2007/04/entre-la-fantasa-y-la-verdad.html



Entre la fantasía y la verdad

Parque de Berrío, Medellín 1935, Fotografía de Obando 



Entre la fantasía y la verdad

Charla tanguera imaginaría en un recordado café de Belén con José María Aguilar, GrantFlynn y Tartarín Moreira. Invitado especial: Carlos Gardel.
Gustavo Escobar Vélez.

Siempre he sostenido, a pesar de los argumentos del arquitecto e investigador uruguayo Nelson Bayardo, que Gardel nació en Francia y murió en Belén. Así de sencillo. Sigo siendo francesista con ganas de trasladar la cuna de “El Zorzal” para Tacuarembó Uruguay, pero, eso sí, aseguro que "El Morocho" murió en mi barrio Belén o, al menos, en los límites de éste con el barrio Antioquia.
Resulta que el aeropuerto Ola­ya Herrera está ubicado a un lado de la carrera setenta, en el tramo que corresponde a esta tradicional fracción de Medellín. Es más, no hay persona nacida en este importante sector de la capital antioqueña, y que marque con el cinco, que no se hubiera dado el placer de meterse por esas mangas aledañas a la pista principal, o en las cabeceras de la misma, a ver aterrizar o decolar aviones.
Y es que, hasta comienzos de los sesentas, antes de que el progreso comenzara a llenar de urbanizaciones mucha parte del barrio Belén, estos sitios eran inmensos terrenos llenos de árboles y plantas silvestres. Y con mayor razón hace sesenta años, cuando el absurdo accidente aéreo donde murió Carlos Gardel. 

En 1935 tenía la ciudad unos doscientos mil habitantes aproximadamente. Era una aldea. Casi se conocían de memoria los vecinos y Belén ya tenia cierta importancia: contaba con "chivas" y tranvía, alguito de comercio, así fuera dominical y muchas casas-fincas. Era también parroquia importante y muchas familias comenzaban a radicarse en el sector del centro. Y, no faltaba más, ya había cafés famosos como El Excelso y otros de menor Importancia. Por cierto que en dicho café había pianola y ortofónica. La pianola la manejó unos años David Dávila Álvarez, fallecido hace poco a los 82 años de edad. Bailaban los pipiolos y pipiolas de la época los antiguos Fox-Trots como Nerón, los pasodobles como La Buenaventura y La Danza de las Libélulas, en las voces de Pilar Arcos, Tito Schipa, José Moriche y Margarita Cueto.
La Orquesta internacional y toda ''aquella pléyade de figuras de la canción popular eran la moda. Ya había tangos en las voces de Fortunio Bonanova, Juan Puli­do Pilar Arcos y José Moriche, principalmente.
Presentaban cine mudo en la capilla del Divino Rostro mucho antes del reinado del teatro Mariscal. Aun viven personas que presenciaron TANGO, en 1933, película en la cual aparece Al­berto Gómez. Años después el mismo Gómez cantaría en El Mariscal. En este mismo recinto se proyectaron películas argenti­nas con Hugo del Carril. Libertad Lamarque, Armando Bo (Pelota de Trapo) y Los Cinco Grandes del Buen Humor, verdaderos ge­nios del género, entre los cuales estaba Guillermo Rico quien fue voca­lista de la orquesta de Francisco Canaro con el nombre de Gui­llermo Coral. Tam­bién se recuerda la figura de ese genio que fue Luis Sandrini. 

Existían por los alrededores de la pla­za principal sitios tan recordados como El Murín, yendo para el cementerio, donde jugaban al billar y tocaba su tiple Tartarín Moreira. Precisamente un año an­tes del accidente, La Voz Sentimental de Buenos Aires había grabado de Tartarín y Carlos Vieco los tangos En la Calle y Son de campanas.

VAMOS AL CAFE CHIPRE

Pero vamos al Café Chipre, en plena plaza, unos quince años después de la tragedia y participemos de la charla que sostuvieron dos de los so­brevivientes: Mr. Flynn, el guita­rrista José María Aguilar y el ex-Panida Tartarín Moreira con El brujo Carlos Gardel. Grant Flynn era el Jefe de tráfico de la SACO (Sociedad Aérea Colombiana) y se salvó de pura chiripa. Salió con el traje en llamas y, pienso yo, puso una fábrica de arepas en Belén-Rincón. Aguilar, excelente guitarrista, aunque un poco herido pero optimista, vivió en Medellín y no podía faltar a la tertulia. La suerte del gringo la ignoro. Debió entregar sus arepas y morir. De Aguilar sé que murió en Buenos Aires, Argenti­na, el 21 de diciembre de 1951 y en accidente de tránsito. El poe­ta Tartarín falleció en Medellín el 1 de noviembre de 1954. Y Carlitos no ha muerto. Me dicen que todos los días canta mejor, lo cual ampara mi creencia, y lo volvimos antioqueño de cuerpo y alma. ¿Por qué vive? Pues, "por­que se murió muy a tiempo", como aseguró un borracho en Manrique.
El Chipre ya no existe como café. Hay una agencia de abarro­tes en la ritualidad y queda si­tuada en la calle 30A con la ca­rrera 76, como quien dice en el corazón de Belén donde funcionó el café. Hasta hace unos diez o quince años perteneció a la familia Dávila Correa
El Chipre fue el típico esquinero, un poco mo­derno en su construcción si se compara con otros que existie­ron en el barrio. En el segundo piso -la edificación es de dos y se conserva igual- funcionó un res­taurante que pertenecía a Ro­berto "Cachano", todo un perso­naje del lugar. El bar sí fue de un solo dueño: el señor Antonio Es­trada quien con sus hermanos Rubén y Tulio cons­tituyeron toda una dinastía de cantine­ros. Tulio y Rubén fueron dueños del Café Plisen (que aún existe casi igual) y de El Central, frente al Chipre, respecti­vamente. En el Chi­pre había billares y "piano" que es como denominamos los paisas al traganíquel o rokola. ¡Va la ma­dre si no era un Seebur! Mesas loseadas, redondas y con bo­tella de Plisen pinta­da y vasos grandes con oreja. El ambiente era propicio para los patos, chóferes del Tax Belén y bo­hemios elegantes. Leyendas y, en serio, "muñeco" a bordo. Fue el negro "Chimbarria" a quien mató “Jugando mamá Jugando" Alberto Vélez, excén­trico escultor a quien apodaban "el secretario de la muerte". Épocas de Roberto Araque, del albañil "Pastrana", negro como la noche; Toño Montoya y Pedrito Loco con "El Mister" Cadavid, piperitos redomados pero buenas gentes. Rodrigo y Héctor Restrepo, Guiller­mo "Piojo" García y Mario Escobar (llave de oro), Arturo Salinas Pérez y Jairito Escobar (sastre y bombero respectivamente) y, en fin, como en cualquier café del barrio La Boca, un mosaico disquero fuera de serle. ¡Algunos viven, otros ya no!

COMIENZA LA CHARLA BACANES DE CAFETÍN
Nuestros personajes escogieron un lunes y fijaron como hora de encuentro las 3 y 5 de la tarde. Se ubicaron en una mesa situada en un rincón. Querían estar aparte. Libardo Parra Toro, Tartarín Moreira, fue el anfitrión como buen habitante del barrio y conocedor de sus gentes. Su atuendo era bien característico: sombrero "a la pedrada" esto es ladeado; ca­misa de seda a rayas verdes y blancas; corbata ancha roja y blanca, de rayas transversales; pantalón con pretina casi a la altura del pecho y de bolas estre­chas; saco senil estrecho con pa­ñuelo "floreado" de color rojo o verde claro; en la solapa “la orquídea de un dolor”. Zapatos combinados blanco y café y medio tacón. Todo un dandy. "Una culebra en traje de civil", al decir de León Zafir. Pálido, de andar parsimonioso y de hablar pausado y a bajo volu­men. Sostenía las bolas de cau­cho bajo sus carrillos con autentica maestría. Comparaba al ne­gro Celedonio Flores y a Discepolín guardando la lógica distancia.
Flynn y Aguilar estaban absortos contemplando al poeta. Al poco rato hizo su entrada Don Carlos Gardel. Su estampa, ampliamen­te conocida, causó impacto entre los clientes que Jugaban billar. Esa sonrisa única era la atrac­ción. Saludó de mano, comenzó a indagar por los tangos de Tartarín, comenzó a recordar al dueto dé Alejandro Wílls y Alberto Escobar con quienes sostuvo amistad en 1923 en Buenos Ai­res. Contó cómo había aprendido canciones colombianas de los antiguos discos de Pelón y Marín y de los cubanos Floro y Cruz; se emocionó relatando que uno de los preferidos por él era Rumores o Tras de verdes colinas y el cuál llamaban también Las aguas del Magdalena; manifestó así mismo su predilección por Mis flores negras y añoró el tiple que le entregó el compositor Emilio Murillo en Bogotá. Lamentó no poder grabar Canto fatal o Hambre la madre tenía. Habló de Mis perros, el bambuco que cantó emocionado y no olvidó tampoco "El Vagabundo" y "Asómate a la ventana".

TARTARIN SECRETARIO
Tartarín tomaba notas y rete­nía en su memoria las palabras del Zorzal y posteriormente in­terrogó a José María Aguilar, quien contó brevemente su bio­grafía así: "Nací en la República Oriental del Uruguay en 1891. Gardel pidió mi vinculación a su grupo de guitarristas y alterné esa labor con "El Negro" José Ricardo y con Guillermo Deside­rio Barbieri. Acompañé esporá­dicamente a Ignacio Corsini en los discos Nacional y estuve secundando a los dúos Vega-Díaz y Feria-Italo para las grabaciones Víctor. Como solista recuerdo las páginas Recuerdos de la Alhambra, Manuscrito Árabe e "II Trovattore". De mi autoría, en la parte musical son: Al mundo le falta un tornillo, Lloró como una mujer, Aromas del Cairo y unas sesenta obras más. Carlitos, aquí presente, debe recordar que él me grabó trece de mis canciones. De él me alejé entre 1931 y l934. Después del accidente acompa­ñé a varios cantores, muy a pe­sar de las dificultades físicas que me causaron las quemaduras. Ese es este servidor de ustedes.
Gardel recordó alguna desavenencia con el guitarrista; esto, aunque sembró una enemistad, terminó en reconciliación. Correspondió el turno a Grant Flynn, Jefe de tráfico de la SACO y además muy joven, quién recordó detalles de la tragedia y las observaciones que les hizo a los ocupantes del avión -Gardel comitiva- y no olvidó la "confianza" del cantor, quien no quiso abrocharse el cinturón de seguridad asegurando que eso eran "pavadas", es decir niñerías. Comentó que declaró ante el juez lo que recordaba -y estuvo de acuerdo con las noticias aparecidas en el periódico La Defensa cuyos reporteros hicieron un seguimiento a los heridos.
A las seis en punto se despidieron los cuatro amigos y Gardel siempre sonriente, comenzó a cantar aquello de "yo sé que en la hoguera de algún tango se quemará mi sangre el mejor día…”, Ese Viejo Rincón, el tango premonitorio que grabó “El Morocho” y repetiría después 0scar La Roca.
Desaparecieron el viejo Chipre y el Tartarín de colorines, pero queda en Belén, como en tantas, partes del mundo, la figura inconfundible de. "El Mudo.




Nota. El autor dirige unos programas de música popular en la radio, con una amplia audiencia.


Estos programas radiales son: en Radio Bolivariana los domingos de 8 a 10 A.M "Pentagrama del recuerdo" En la frecuencia 1110 A.M o bien en www.radiobolivariana virtual.com opción A.M.
El otro los domingos a las 12 meridiano a través de la emisora de la U de A (1410 A.M) Se llama "Al compás de los recuerdos".  La música es de su colección personal.

lunes, 18 de agosto de 2014

MEMORIA DE LOS CAFÉS DE BELÉN Por GUSTAVO ESCOBAR VÉLEZ

        
El primer café famoso del que tuve noticia por testimonio de 
mis mayores se llamóCafé Excelso”. Estaba ubicado 
en la carrera 76 con la calle 30A,  tenía acceso por calle 
y carrera.  Inicialmente fue salón de baile con pianola de 
rollo activada por David Dávila, la cuál fue reemplazada
por un moderno fonógrafo de corneta y más tarde por la 
ortofónica dela marca  “Víctor”, modelo Credence, que era 
el último grito de la moda en cuanto al sonido se refiere. 
Todas estas máquinas parlantes fueron manejadas siempre por 
el señor Dávila.

La música de moda en aquellas calendas era la bailable 
instrumental,  particularmente el vals, el charleston, el 
pasodoble el fox trot,  siendo los más escuchados: Nerón, 
Titina,  La danza de las libélulas, Ondas del Danubio,  
el pasodoble La buenaventura los tangos El Choclo, 
El entrerriano, Derecho viejo y otros.


Otro de los cafés más antiguos era “El Murín”, situado en la 
carrera 78, cerca al cementerio, contaba con un billar y varias 
mesas de juego: cartas,  dominó, dados y póker.  No contaba con 
equipos sonoros, pero regularmente acudían allí músicos populares, 
siendo famosas las veladas del poeta Tartarín Moreira interpretando 
sus canciones y  acompañándose de su tiple.  Eventualmente el tenor 
Jairo Escobar Vélez le hacía la primera voz.  Algunas de sus obras 
que aún se recuerdan:  Rosario de besos,  En la calle,  Son de 
campanas, Por ella,  Dolor sin nombre, entre otras.  Actualmente 
funciona allí una tienda mixta llamada “Sol y sombra”.


Los tres cafés más importantes por su ubicación  (por estar cerca al 
parque) fueron: “El Central”,  “El Chipre” y “El Pilsen”.  Sus 
propietarios eran los hermanos Rubén, Antonio y Tulio Estrada.   
Estos establecimientos contaban con modernos traganíqueles o
pianos de las marcas Wurlitzer  y Seeburg . 
Contaban además con dos mesas de billar y mesas para juegos.  
Mario Escobar Vélez era el encargado de surtir estos
pianos con la música de moda en ese momento,  preferencialmente
temas populares argentinos: tangos,  valses y milongas y también 
con boleros y música mexicana.  Estos sitios eran muy concurridos 
por los belemitas.  Los artistas que se presentaban en el teatro 
Mariscal, vecino de estos bares, luego de su actuación visitaban, así 
fuera fugazmente,estos tradicionales sitios de encuentro, algunos de 
ellos fueron Alberto Gómez , Armando Moreno y Andrés Falgás.
 
 Tomado de: www.tangocity.com
Otro de los bares de aquella época era  “El  Pielroja”,  frente 
al Pilsen, antes de la entrada a galería del teatro Mariscal en la carrera 76.  
La música se escuchaba en un traganíquel marca Wurlitzer el 
cuál se accionaba con monedas de 20,  10  y 5 centavos.

Después de los anteriores abrieron sus puertas al público  
“El Ambrosía” propiedad de Ernesto Ortiz, apodado  “Cepillo”, 
funcionó en un edificio de dos plantas, siendo la segunda el famoso 
restaurante del mismo nombre, reconocido por su excelente comida 
criolla.   Desapareció a raíz de la construcción del metroplús.

Otro café reconocido fue  “El Jinete” cuyo administrador  era 
conocido por el remoquete de “Picarito”. Quedaba en la 76  frente 
al Pilsen.  Enseguida de éste funcionó  el café  “El Baratón”, que en 
sus comienzos fue una tienda de abarrotes,  propiedad de don 
Francisco Naranjo.  Actualmente el primero de los nombrados 
es un moderno casino. 

Aparecieron luego  “El Club de los tranquilos”  de Leo Villa y su 
hermano,   fue fundado hace cincuenta años y aún  sigue vigente.   
“Rincón de antaño”  llamado posteriormente  “Melodías de antaño” 
como se llama actualmente,  que fue propiedad de Mario Escobar 
durante más de 25 años  y  “La Milonga” ya desaparecido.  
Los tres ubicados en la calle 30 entre las carreras 76 y 77.  
En estos bares la música se difundía  con modernos equipos de sonido.


En la carrera 76 con calle 29,  esquina, funcionó por muchos años el  
“Bar Coba” propiedad de Gilberto Escobar. La música se escuchaba en 
un piano Seeburg que brindaba a su clientela especialmente boleros y 
también un variado género musical.  Este bar pasó luego a manos de su 
hijo John Jairo, quien lo reformó un poco e instaló un moderno equipo 
de sonido suprimiendo el traganíquel y desplazando este café unos 
metros más hacia el sur.  Actualmente,  con nueva administración es un 
referente musical de Belén conservando el mismo nombre.


Siempre por la carrera 76 y siguiendo hacia el sur existieron varios cafés,
siendo los más reconocidos “ El Amarillo”   (76 con calle 25).   
Tenía piano,  billares y muchas mesas de juego.  La especialidad musical
eran los tangos y la música tropical.  Se recuerda un incidente ocurrido 
allí en el año de 1947 cuando fue asesinado  Hernando “Nando”
Vélez considerado como el mejor bailarín de tango y milonga  en aquellos 
años.


Dos cuadras más hacia el sur  quedaban los cafés  “El Azul”,  
“El San Bernardo” y  “La Milonguita”.
El “San Bernardo” se conoció también como  “ El  café de Candelaria”
porque así se llamaba su propietaria.  Estos bares eran de música 
argentina solamente y se escuchaban en los traganíqueles Seeburg en 
discos a 45 RPM.  Actualmente sólo existe  “La Milonguita” con música 
variada originada en otros sistemas de sonido.

Otros
Café  "VEREDA TROPICAL"

Estaba situado en la calle 30 al cruce con la carrera 72.   Su propietario 
se llamaba José María Ruiz, a quien conoció todo Belén como "El Mono Ruiz". 
 Este bar tenía "piano"    con música bailable especialmente grabaciones de la 
orquesta del argentino Eduardo Armani ,  de los colombianos Emilio Sierra,  
Milcíades Garavito y Efraín Orozco Morales. Ahí se escuchó por vez primera 
parte del repertorio de Guillermo Buitrago.  Temas como El vendedor de cocos,  
La buchaca,  Borrachera,  Las pilanderas y A la carga (dedicado al caudillo liberal
 JORGE ELIÉCER GAITÁN),   por la orquesta  de Armani.   De Emilio Sierra y 
su orquesta se   bailaban las rumbas criollas "Vivan los novios", "A juerguiar 
tocan", "Ceñidita más y más" y "Mañana nos casaremos", entre otras.   
De la OrquestaGaravito "La loca Margarita", "Trago a los músicos" y otras   famosas.  
De  Efraín Orozco  obras como  "Se va el caimán", "Que sí señora" y "El negro Ramón".  
Este porro es de Homero Manzi y  Efraín Orozco  quienes lo firmaron con los seudónimos 
de  Arauco y Guajiro respectivamente.   De Buitrago casi todos: "La víspera de año nuevo",  
" Dame tu mujer José",  "La araña picúa" ,  "Grito vagabundo", "Que criterio"
 y muchísimos más .  Este café lo visitaba Tartarín Moreira quien se disgustaba al
 escuchar estos temas y  dicen que  hacía apagar el traganíquel.  En este lugar era 
la parada del  tranvía que se dirigía al centro.


Café  "NUNCA"

Ubicado en  la carrera 76 con la calle 24.  Especializado en música argentina.  
Se daba gusto la clientela con los tangos y foxes de Armando Moreno y Roberto 
"El Chato" Flores con la orquesta de Enrique Rodríguez   . También  con  las  voces 
de de Alberto Gómez, Agustín Magaldi,  Hugo del Carril,  la orquesta de Francisco 
Canaro,  la  de Juan D´Arienzo y sus cantores,  en fin sólo  tangos, valses y milongas.
El  piano era un modelo moderno de La Seeburg  con discos a  45  R.P.M.   
A estos bares asistían los más reconocidos tangueros de la época  como Hernán Caro,  
José "Chepe" Rúa,   Félix Marín Mejía y otros más.



Café "ORIÓN"


Estaba situado también en la 76 pero con la calle 23.   Este sector de San Bernardo se 
conocía como "El chispero" pues sus habitantes eran muy alegres y parrandistas.   
Los sábados , domingos y festivos  se reunían  para bailar.    El "Orión" era muy
 pequeño pues apenas tenía cuatro mesitas.   La máquina parlante ocupaba buena 
parte del salón y se escuchaba solamente música argentina. 

***********************************************************************************

Es necesario aclarar que me refiero únicamente a los cafés del centro 
de Belén propiamente dicho.  Es un hecho que en los barrios circundantes 
también existieron y actualmente son vigentes estos centros de 
encuentro que tanto queremos y que forman parte del patrimonio 
histórico de la región.

También fueron y serán importantes las llamadas heladerías y estaderos
que serán tema para otras crónicas de gratas reminiscencias.


 

 tomado de: www.elortiba.org



Ñapa:

CRÓNICA: "SANCOCHO" MATÓ A OMAR POSADA

GUSTAVO ESCOBAR VELEZ

para 
Fué un lunes santo de 1961 y todo comenzó entre sorbos de cerveza en el 
Café Central de Rubén Estrada. Charlaban alegremente "Sancocho" Álvarez 
y Omar Posada. El primero hijo del patriarca don Arturo, ebanista y todo un 
señor; Omar, integrante de una familia de bien y el menor de la casa.
 A pesar de su amistad, entre trago y trago, "Sancocho" y Omar terminaron  
discutiendo por razones baladíes según testigos. Lo cierto es que los ánimos
 se fueron alterando y, en un"santiamén",  Álvarez quebró una botella y salió
 persiguiendo a Posada  con el cuello de la "Pilsen" causándole una profunda 
herida en la garganta que le interesó la yugular y práctcamente lo degolló. 
El herido cayó al pié de un poste dela energía ubicado en la entrada a luneta 
y palco del teatro Mariscal. El padre Carlos Cadavid, quien alcanzó a Omar 
aún con vida,  le dió la absolución y, poco después,  falleció.

Inmediatamente se llenó de curiosos el lugar del crimen y, dicen, "Sancocho"
 se entregó a las autoridades. Este hecho doloroso que enlutó a la familia 
Posada y que confundió el hogar de don Arturo fue comentado durante mucho 
tiempo en Belén. La noticia la publicó El Colombiano y, con lujo de detalles
 "Sucesos Sensacionales" el semanario dirigido por el periodista Octavio 
Vásquez Uribe. Ese mismo lunes santo apareció el Long Play "Taboga"
 con canciones en las voces de Margarita Cueto y Juan Arvizu.


Nota. El autor dirige unos programas de música popular en la radio, con una amplia audiencia.

Estos programas radiales son: en Radio Bolivariana los domingos de 8 a 10 A.M "Pentagrama del recuerdo" En la frecuencia 1110 A.M o bien en www.radiobolivariana virtual.com opción A.M.
El otro los domingos a las 12 meridiano a través de la emisora de la U de A (1410 A.M) Se llama "Al compás de los recuerdos".  La música es de su colección personal.