viernes, 21 de octubre de 2016

Ganadores de becas de Presupuesto participativo de Belén, en GENTE de BELÉN

Ganadores de becas de Presupuesto participativo de Belén, en GENTE de BELÉN

Dos proyectos ganadores de la Comuna 16 en la convocatoria del Municipio de Medellín para Becas de Creación en Presupuesto Participativo(PP), Corpuarte y Emilio Alberto Restrepo, fueron reseñados por el periódico GENTE de Belén.El primero con "Mi cuerpo de voz" y el segundo con su libro GAMBERROS S.A., que recoge historias de picaresca:


domingo, 28 de agosto de 2016

Atravesado, como iglesia en media manga - Orlando Ramírez-Casas(Orcasas)

Atravesado, como iglesia en media manga

Preámbulo:

Debo aclarar que este escrito es más una recreación literaria que una reseña histórica, y que como se suele decir cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Este cuento es un poco Delio Ramírez Toro, mi padre. Un poco don Manuel Sierra, mi amigo de enfrente. Un poco don Quico Medina, mi vecino de los lados del parque. Un poco el entorno que en el año de 1963 marcó los comienzos del barrio Belén Altavista parte baja, un barrio en extramuros de la ciudad de entonces, contiguo a la finca del Dr. Pablo Bernal Restrepo, “Finca de los Bernal”, donde hoy se asienta el barrio Loma de los Bernal.

En límites con la Loma de los Bernal estuvo por muchos años una iglesia en construcción, abandonada e invadida por bichos de toda clase, escombros, y viciosos que buscaban ampararse en la soledad de sus altas paredes desconchadas y en la oscuridad de la noche. Muchos años después, los alrededores fueron urbanizados y convertidos en los barrios La Nubia y Aliadas; y en 1975 la iglesia fue ocupada por los padres de la comunidad española del Padre San José de Manyanet, Congregación de la Sagrada Familia, que en la actualidad tienen un colegio allí, regentan un seminario de la comunidad, y atienden la parroquia de “Jesús, María, y José”.

De esta iglesia abandonada en media manga hago mención en el libro “En Altavista se acaba Medellín”, en los capítulos 8, 16, 24, y 32.

http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com.co/p/en-altavista-se-acaba-medellin.html

El espanto de la Loma de los Bernal es mencionado por la Sra. Margarita Inés Restrepo Santamaría en artículo publicado en el blog Lo Paisa.com:

http://www.lopaisa.com/barrios/belen.html

Aunque había más fincas en el sector, la más representativa y que le da nombre es la que fue propiedad del ex alcalde de Medellín (octubre de 1949 a noviembre de 1950) Dr. Pablo Bernal Restrepo y su esposa doña Blanca Rosa Londoño Saldarriaga. La transformación de este lugar da paso a afirmar que “en Altavista ya no se acaba Medellín sino que se acaba en la Loma de los Bernal”. Llegará un día en que podamos afirmar que “Medellín ya no se acaba en la Loma de los Bernal sino que llega a las afueras de San Antonio de Prado”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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ATRAVESADO, COMO IGLESIA EN MEDIA MANGA

(Orlando Ramírez-Casas)

"Lo único permanente es el cambio
(Heráclito)

1. ¡DEJEN DORMIR, CARAJO!

Abel Bernal tenía el ceño adusto, aparentando mal genio. Repelente o repeledor de los demás, que decía su nieta. O su hijo, que también decía:

Mi papá tiene el genio más atravesado que una iglesia en un potrero: por las malas no lo convence nadie.

Para Abel la comparación tenía la validez de quien ve las cosas con propios ojos. Se sentía tierno y sabía que bastaba con que le insistieran un poco, por las buenas, para que diera el sí en los permisos. Eso lo había sabido la nieta en su momento, y lo sabía ahora la bisnieta adolescente. El hijo también lo sabía (aunque con él tuvo que ser más estricto, “para enseñarlo a ser verraco en esta vida”). Así le decía, a manera de disculpa, cuando le debía apretar riendas en la niñez. De viejos, les bastaba una mirada para entenderse. Se explica que los permisos se los pidieran al abuelo que era el patriarca y no al padre, que ya era abuelo. Los permisos los daba él allí en su casa, en donde su palabra era ley. Su hijo, heredero del terruño, debería esperar su muerte para posesionarse de la propiedad, porque Abel no se había dejado mangonear de joven y no iba a hacerlo ahora que tenía sus años. Pero desvivía por ellos, por su familia. No había en el mundo nada que amara más que a los suyos y a este pedazo de tierra en donde vivían y en donde había visto morir a su mujer. Era todo cuanto tenía. Por ellos defendía los cuatro terrones que se veían húmedos de lluvia desde el taburete en donde había estado sentado viendo llover por largo rato, con su mirada perdida en el pasado. Un pasado en otra tierra que, por más que reburujara, no tenía soles. Sólo nubes oscuras, nubes y más nubes desde cuando tuvo que venirse de su patria chica...

No me gusta llamarla así: mi patria chica. Patria es el lugar que uno quiere, el lugar por el que uno siente pertenencia. Pero yo no. No quiero ese terruño –frunció los labios. 

En su casa todos conservadores. Y en la de su mujer. Y a él, atravesado, le dio por llevar la contraria, por sentirse liberal, y no supo por qué. Ni sabe ahora que no es nada, que es antitodo. De allí tuvo que salir con su mujer casi pariendo, a vivir a otro lugar. Allí dejó a su padre, a su madre, a sus hermanos, a sus suegros, a sus cuñados, a sus amigos, a sus vecinos, a sus conocidos todos. Allí quedó enterrada su niñez llena de miedos y de fierezas. ¿Qué puede hacer un niño envalentonado, queriendo matar, frente a sus muertos? Allí están enterrados los que murieron antes y los que murieron después de su partida.

Puñados de huesos cubiertos de tierra-sangre y carcomidos por los gusanos ya no son gente. No vale la pena visitar. 

Se suponía que tenía que venirse por ser de filiación política liberal y los de su entorno conservadores. Se suponía que era por eso, pero entonces ¿por qué a ellos los mataron? ¿Por qué mataron a los que él quería? ¿Por qué lo despojaron de la tierra e invadieron su abandono? Un par de lágrimas se escaparon de su cárcel y las recogió con el borde de la ruana. No quería que nadie las viera. No quería que se supiera que él lloraba.

¿Para qué se tienen que dar cuenta los demás de que hago nudos con los recovecos del corazón?

No volvió a su tierra. Jamás. El intento por recuperar la propiedad se le quedó enredado en abogados. En razones. En peticiones de mejoras que valían más que los cuatro palos de café. Prefirió dejar perder esos derechos que seguir dejándose mangonear por leyes y leguleyos.

Había escampado. Las gotas de lluvia, como joyas engastadas en las hojas de los árboles, refulgían con el sol que las secaba en la época invernal. En verano se agostaban las hojas, resecas; se caían tostadas, traqueando las pisadas. En invierno se solazaba contemplando el verdor y viéndolas brillar en su pequeño paraíso. Y repensando la vida tal como en el verano. Pensar la vida es cosa de estar con la mirada perdida bajo el sol o bajo la luna, véanse más los astros o las nubes. En ese día sus pensamientos no eran tan desprevenidos como acostumbra. Por el contrario: ese citatorio para ir a ver abogados en la ciudad lo tenía preocupado. Desconfiaba de ellos y de su palabrerío porque a duras penas leía y escribía. Por él, vivir lejos de la ciudad era ideal. Pero más abajo de la vivienda empezaba ese otro mundo de la ciudad aborrecida. Antes quedaba lejos y había venido acercándose, sin saber cómo, y arropándolo por los cuatro costados. Aunque a distancia de diez cuadras, por el momento y mientras él pudiera mantenerla alejada. Unas pocas eran las ventajas de la ciudad: los médicos, por ejemplo, aunque poco enfermaran él y los suyos y se mantuvieran en pie con bebedizos de hierbas que él mismo preparaba. La escuela para la nieta antes, y ahora para la bisnieta. Las compras. No era más. Las visitas, no. No le gustaba visitar ni ser visitado. 

Por mí que me dejen solo, que así vivo más tranquilo.
  
Él llegó de una vereda o paraje rural en el campo. Ni siquiera de un poblado: del mero campo, del puro sector montañoso alejado de la cabecera de su pueblo. Montañero que llamaba al terruño en que nació y de donde se vino estando joven. Contratado por ese señor que vio en sus venticinco años, en su musculatura de trabajador y en su difunta mujer en vías de parir, las personas ideales para cuidar de estas tierras que en ese entonces eran fincas de afueras de ciudad. Con el apoyo del patrono puso su verraquera campesina a trabajar y lograron sacarle miles de cargas de café y miles de cabezas de ganado (debían ser miles, claro, aunque no pudiera contar bien) y miles de litros de leche. Siempre fue así, con el patrono. Hubo un momento en que su permanencia en estas tierras se vio amenazada: cuando al hijo del patrono se le dio por hacerse arquitecto y urbanizar. Convenció a su padre de que destinaran un pedazo de tierra para hacer casas. Tenía más de loco que de cuerdo, el loco Medina. Cuando le preguntaron su opinión, les dijo francamente:

Yo no creo que la gente quiera venirse a vivir tan lejos del comercio y de escuelas, de médicos y de iglesias. No hay ni siquiera transporte.

Al desalmado arquitecto se le ocurrió construir una iglesia en mitad de uno de los potreros. Gastándose los ladrillos que su papá sacaba de la ladrillera en el extremo más alejado de la hacienda. Pensaba que alrededor de la iglesia se construirían las casas. Dios no lo dejó hacer más locuras en su nombre y se lo llevó de un infarto fulminante. Ahí está la iglesia, solitaria, en medio del potrero. Es refugio de vacas y pastadero de cabras. Aunque no pueda llamarle pasto a las malezas desabridas que brotan en su interior. Dicen que hay dineros enterrados, o joyas, o quién sabe qué; pues se siente ruido de espantos y parecen flotar sábanas blancas y luces en las noches. Para averiguarlo habría que tumbar la iglesia y es tarea dispendiosa. Es posible que el muerto haya dejado tesoros guardados por si a alguno se le ocurre revivirla a su iglesia. O “plasmar la idea”, que dicen los señoritos de ciudad de esas tonterías. Entonces pensó el difunto, tal vez, en darle una ayuda con sus ahorros a quien quisiera seguir la cuerda de su locura. Mientras tanto ahí están sus espantos asombrando a los labriegos. Alguna vez Abel se armó de valor por fuera y salió solo (por dentro transpiraba sus miedos) con una pica y una pala para excavar en donde aparecían luces. Lo sorprendió la luz del día con un hueco como si quisiera construir un edificio de cien pisos. Y nada de tesoros. Volvió a tapar con la tierra removida.

¡Eh!, que se traguen sus oros los difuntos, que yo no estoy para que se rían de mí y de mi esfuerzo. ¡Dejen dormir, carajos, y no jodan!

2. ¡DEJEN TRABAJAR, CARAJO!

Pensó que hacer labores cerca de la ciudad era como trabajar en ella. De hecho, cuando sus familiares hablaban de él a media voz en el campo que dejó atrás, cuidados de no ser escuchados por extraños, antes de que la violencia los arrebatara, decían que se había ido a vivir a Medellín. No era cierto. Había diferencias. Entre matas y animales se sentía respirar distinto. No estaba viviendo en la selva de cemento, pero aprovechó la cercanía para entrar en oficinas a diligencias: Encargó a los abogados de rescatar lo que la muerte le había dejado con extraños. 

Se enredaron en papeleos. Me enredaron –dijo Abel–. Quisieron enfrentar machetes con tiquitiquis telegráficos y reclamar derechos a distancias. Pa´esa gracia habría ido yo. 

Fueron respondidos por abogados que tampoco quisieron venir a Medellín:

Dicen mis poderdantes que el propietario debe venir a hablar con ellos. Que hay cosas que tienen que conversar.

Prefirió dejar perder sus cosas antes que darles oportunidad de meter sus huesos en un osario. Aunque hizo un poco de repulsa:

¿Entonces vamos a dejar perder las dos finquitas, m´hija? –dijo dolido a su mujer, “su negrita” que él le decía por cariño.

Yo creo que sí es mejor. Nada tiene que ir a hacer por allá a conversar con los que mataron a su papá y a su mamá. Con los que mataron a los míos. ¿Qué voy a hacer con la vida, m´hijo, si me lo devuelven en un costal lleno de huesos?

Los abogados del Instituto de Crédito para Vivienda se habían vuelto a reunir con el propietario de la finca que lindaba con la urbanización recién construida, próxima a ocupar. El siguiente proyecto se realizaría en el terreno colindante, cuyo joven y único propietario aceptó venderles, pero había un inconveniente. Un escollo insalvable, casi. El escollo estaba entrando en ese momento por la puerta de vidrio que daba acceso a las dos oficinas y ostentaba un letrero pintado a la altura de los ojos: “Rodríguez y Pérez, abogados”. Vestidos de saco y de corbata, con sus lentes y sus calvas incipientes, uno de ellos estaba sentado en la silla giratoria detrás del escritorio. El otro lo hacía en una de las dos sillas de recibo, adelante. Cuando la recepcionista les anunció la llegada del cliente esperado, el uno regresó a la oficina contigua, y el otro tomó la bocina del teléfono, haciéndose el que hablaba, mientras oscilaba un juguete de metal reluciente y un bolígrafo. Desde el fondo de un portarretratos era observado por su joven y bella esposa y por sus dos hijos pequeños. Atrás estaba una estantería llena de libros jurídicos y un diploma enmarcado en el que se alcanzaba a leer con letras y filigranas: “La Universidad... Rodríguez... Abogado...”. El jurista hizo una seña con el dedo índice invitándolo a sentarse, y con la palma levantada otra que significaba algo así como “discúlpeme un momento, ya lo atiendo”. Unos minutos que al campesino se le hicieron largos, largos, muy largos. El abogado colgó la bocina un segundo y extendió mecánicamente la mano para saludarlo, mientras retomaba el teléfono con la otra mano:

Excúseme otra llamada, don Abel, que no demoro –salió su voz desde una gentileza forzada.

Otros minutos dilatadísimos. Abel no lo sabía, pero la llamada era para el abogado de la oficina contigua y el tema que hablaban era un montaje destinado a ablandarlo en la salmuera de la antesala: ventajas del equipo que juega de local. El visitante apretaba un pañuelo entre las manos, nervioso, para secarse el sudor. Y le daba casi por estrujar el sombrero de fieltro Stetson con el pañuelo sudoroso. El Sombrero de los domingos. Su nieta le había planchado su mejor pantalón de dril y su mejor camisa blanca y le había embetunado las botas cafés, para que pudiera atender dignamente al llamado del citatorio. Y él se había afeitado con cuidado las arrugas de sus setenta y ocho años, usando la misma barbera afilada, recuerdo de su abuelo, con la que se hacía brotar barbas a punta de deseos por los días en que iba a cumplir catorce años, que cuidaba como un tesoro y que, en alguna vez, le sirvió para mandar de estampida al compañero de convivencia de su nieta que pensó que podía golpearla impunemente, pero le salió el tiro por la culata, gracias a ese filo con que se acariciaba mañana de por medio. Sus pensamientos iban y venían entre el recuerdo de sus cuatro paredes, en donde se sentía cómodo, y la sensación de su incómoda presencia en este lugar.

Abuelo, ¿quiere que lo acompañe donde los abogados? –le había preguntado su nieta esa mañana.

No, m´hija, irán a pensar que pueden zarandearme y que preciso de refugiarme en faldas de mujeres. Yo sé a qué atenerme.

Apareció el segundo abogado en el momento en que el primero colgaba el teléfono, y los dos exhibieron su mejor sonrisa de bienvenida y el más caluroso apretón, en otra vez, de aquellas manos suaves. Apretón que lo obligó a poner a un lado su pañuelo y su sombrero y a dejar al descubierto las suyas encallecidas. Nunca se había sentido cómodo en estas oficinas. Escuchó su andanada de propuestas y dijo no. Dos suspiros y una mirada de inteligencia lo soslayaron (“¡Viejo atravesado!”). Volvieron a las andadas.

No insistan con esa propuesta, que no me interesa. Y no me hagan venir hasta aquí, que yo también soy un hombre muy ocupado. (¿Qué se creen los filistrines éstos, qué se creen?).

3. ¡DEJEN DESCANSAR, CARAJO!

Días después de la tarde del chaparrón, al lado de la ventana en el corredor, desde donde le gustaba sentarse a oír llover, el viejo Abel se instaló a mirar la llegada de la noche. Se fijaba en las faldas y pequeños cerros que se sucedían uno tras otro, cubiertos de malezas y matas enmarañadas, detrás de los matojos. Veía las eras en donde cultivaba sus verduras. Veía el cuarto construído con materiales de demolición, que había convertido en cochera para los marranos. Veía la vaquita pastando y preparándose para la próxima ordeñada. Veía las gallinas correteando y sacudiendo para tragar lombrices que descubrían a flor de tierra. Veía el perro que corría olfateando el aire cada vez que percibía la llegada de un extraño, y que ladraba endemoniado para advertirle a él de su presencia; y para advertir al extraño de que si avanzaba un paso más, tendría que vérselas con sus colmillos afilados. Veía la tierra seca: seca de polvo en el verano y húmeda de barro en el invierno, que era su solar de tender ropas. Se quedaba dormitando en el taburete recostado a la pared, mientras soñaba con sus cosas y pensaba en todo eso. 

Esto se siente solo desde que murió mi mujer. ¡Cómo quería a esa negrita que no he podido olvidar por nada... cómo la quiero!  Para mi alma es como si la suya aún viviera y se hubiera ido apenas de paseo, es como si existiera. La muerte se lleva los pellejos de los muertos, y las alegrías de uno, pero le deja las tristezas. ¡Cómo me hace de falta mi negrita!

La enterró, pero no ha ido ni una sola vez a visitar su tumba en el cementerio. ¿Para qué? Ese olor a tierra mojada le estruja el corazón como si fuera un trapo sucio de cocina. Si se trata de recordarla, estas cuatro paredes lo hacen a cada instante. Y su cama. Y su baúl. Y el retrato que tuvo que descolgar de la pared y alejar de otras miradas porque así la sentía más suya. Y el padrenuestro que le reza cada noche antes de acostarse. 

Los ladridos del perro lo despertaron. Y la nube de polvo por el camino lo alertó. Sus ojos, que a pesar de la edad no menguaban, le mostraron el campero que se acercaba y fue reconocido en la distancia: el del niño Medina, nieto del patrono, camino hacia su finca. Su padre había fallecido, como se sabe, de un infarto. De no haberlo hecho, tendría la misma edad del viejo Abel, más o menos. Habían sido amigos y compinches de aventuras aunque de los dos era Abel, un simple campesino, el mesurado. Al otro, ya un doctor, lo apodaban “el loco Medina”. Tan loco que fue capaz de matar con una escopeta al muchacho que entró furtivamente en su finca a maltratarle un pedazo de pasto recién cortado y a robar frutas o elevar cometas (de lo que hacía, el loco y su víctima murieron con el secreto). El patrono, padre del loco, ya era hombre maduro cuando contrató como agregado de la finca al mozalbete recién casado. Le permitió hacer esta casa y le asignó límites para que pudiera tener su propio cultivo y animales. De eso hace cincuenta años. Abel recuerda porque estaba por nacer su hijo, que ya es un viejo. Nunca le hizo escrituras el patrono, pero hizo prometer a su nieto, en el lecho de muerte, que respetaría los derechos del trabajador sobre el pedazo de tierra. Por haberle sido fiel toda la vida y porque ya tenía derechos de posesión y mejoras acreditadas con el tiempo. Y unas prestaciones, una liquidación, y una jubilación nunca pagadas y nunca reclamadas. Su propiedad le era incuestionable, por encima de la ley. Pero además porque la ley lo apoyaba con más veras que si hubiera un papel escrito. Es que a un contrato sobreentendido podría agregársele cualquier cantidad de cláusulas, sin restricción. Anteriormente la palabra era una escritura. Ahora dicen que no hay ley para el que se retracta de un negocio, “para el mamón”. Pero él sabía bailar al son que le tocaran. Para los abogados también hay abogados. Para todo espueludo siempre hay un gallo de pelea que sacude más hartas mañas. El niño Medina era amable con  él, ni qué negarlo. Y estaba necesitado de vender su tierra por haber descuidado de su herencia, si lo sabría el viejo. Y el pedazo de terreno de Abel era una piedra en el zapato de esa constructora, eso ya lo tenía por entendido. Pero a él no le vinieran con malabares de ciudadano a montañero. Con seguridad el niño Medina le volvía con la propuesta de que vendiera su tierrita para la nueva urbanización. “No lo voy a hacer”, se dijo en voz alta, no para que alguien lo oyera, sino para reafirmarse a sí mismo en su decisión de no vender:

¡Eh!, yo tengo el cuero rayado pero no con lápices, sino con alambre de púas, ¡no me jodan!

4. ¡DEJEN VIVIR, CARAJO!

En ese domingo llegaron en el campero del niño Medina cuatro hombres con cara de resaca: aquél, un chofer corpulento que antes no había sido necesario (¿será más lo de conductor o será más lo de guardaespaldas?), y los dos ya conocidos abogados con traje de finqueros. Observados desde un cuarto vecino por los ocupantes de la casa de Abel: su hijo, su nieta y su bisnieta, que alcanzaban a escuchar la conversación de la visita. Después de “invítenos a un café tinto” que le propusieron para limar asperezas y bajarle a la incomodidad del frío recibimiento, después de “no hay como el café tinto de finca, hecho con agua de panela”, después de “tomémonos un aguardiente del que traemos en el carro para la resaca –y, corrección, observando la extrañeza del viejo por la palabra de diccionario–: el guayabo, que decimos los paisas”, propuesta hecha para sustraerse a la disculpa agria del ¡no hay! De idas y venidas con temas intrascendentes de “cuando mi abuelo y este viejo verraco le sacaban a esto... ¿cuántas cargas de café, hombre Abel?”, sacaron el as de adentro de la manga:

No queremos perjudicarlo. Al contrario, nos interesa su bienestar.

Entonces les propusieron, a él y a los que escuchaban escondidos, que podían conservar este terreno y, a cambio de su colaboración, permitiéndoles llevar a cabo el proyecto de urbanizar el lote contiguo y dejar pasar la vía de acceso principal por éste, construirían para ellos, sin costo alguno, una casa igual a las otras, en donde podrían vivir con todas las comodidades de una urbanización. Sería suya con escrituras, y también le harían escrituras del terreno, que podrían dejar abierto a la posibilidad de que si en un futuro él o sus herederos resolvían vender, fuera una escuela con un escenario polideportivo que hasta podría llevar el nombre del patriarca. Se entró pensativo al orinal, aparentando necesidad, pero con el fin de digerir la propuesta: y se encontró con tres voces acuciosas:

Padre... Abuelo... Abelito: ¿Qué espera para decir que sí? ¡Esa propuesta está buenísima! Es la oportunidad, para nosotros, de vivir en casa decente y no en ésta que se nos cae a pedazos. ¡Vamos, abuelo!

Se dejó convencer. De su familia y de los visitantes. Se firmaron documentos de cesión en notaría y de aceptación de derechos.

Me tendieron una trampa –pensó– ¿quién puede decir no a esas miradas suplicantes de mi nieta más nieta? Es que ¡sí son bobadas! pero esta muchachita me ha cortado el ombligo, como dicen. Se parece a mi difunta mujer como si hubiera reencarnado en ella. Sus facciones, sus gestos, las cosas que dice. Yo la veo a la hija de mi nieta y es como si la viera a mi adorada. Sólo Dios sabe que no la quise sino a ella. A nadie más. No le he buscado reemplazos. Ella no lo creía. Siempre estaba viendo fantasmas. Por eso no me gustaba ir a la ciudad. Para que no pensara que mi corazón tenía otros rumbos. Era parco con las mujeres que se acercaban a la finca. Me hice fama de repeledor. No quería darle motivos. Murió pensando lo contrario, mi pobre vieja, pero ahora ya lo sabe. Sólo la quise a ella. Sólo la quiero. Si no me doliera tanto el alma cuando la recuerdo, hasta me parecería un chiste que a la hepatitis que la llevó la nombren “buena moza”. Pero no soy bueno pa´contar chistes.

5. ¡DEJEN DE JODER, CARAJO!

Dicen que los muertos se van y no vuelven. Él debería creerlo. Desde que la mujer que llenaba todos sus espacios murió, no ha hecho sino recordarla. No ha hecho sino soñar con ella. Debería verla, ella debería hablarle. Pero no ha vuelto. Se ha ido y no ha vuelto como si no le importara lo que dejó atrás.

Y yo estrujado, pensando en mi propia muerte sin saber cuándo me llegue para ir a encontrarme con ella que a lo mejor ya me olvidó. A lo mejor se dice, pero es a lo peor. ¿Qué cosa puede haber más horrible que el olvido? El olvido del otro, no el de uno. Si uno olvidara, sería un alivio. Pero el corazón no olvida. No olvida. No olvida.

Los planos, las maquetas, los componentes del proyecto urbanizador empezaron a circular ágilmente por las oficinas de la constructora. En la maqueta un espacio representaba el terreno del viejo Abel, que por fin había dado su anuencia de vender, marcado con un letrerito de “Escuela futura”. La familia del viejo se encontró recibiendo en su casa de corredor destartalado a unos ingenieros, topógrafos y conductores, que contrataron con la nieta del anciano la fabricación de sus almuerzos. Compró cajas de bebidas gaseosas, que metió en una caneca con agua, para conservarlas frescas y vendérselas a los trabajadores. Y su casa, que desde siempre estuvo alejada del bullicio, se convirtió en el cuartel de avanzada de cuadrillas que se sucedieron interminablemente.

La casa principal, la de los patronos, fue cedida por su heredero, el niño Medina, para que pudieran demolerla. No sintió dolor el último de los Medina. Se sentía incómodo viviendo solo en una casona de tal tamaño. Las locuras de su padre lo perseguían en las miradas de vecinos y extraños que se acercaban por estos lados. Le dolía también la ausencia del abuelo cuyo vacío no se acostumbraba a llenar. Había sido su abuelo y padre cuando murió “el loco Medina”. No se acostumbraba a la falta de la tía Maruchita que le preparaba golosinas y consideraban loca porque sufría de ataques epilépticos. No la dejaron ser normal. No tanto por sus ataques, como por vivir acosada por sus visiones de niñez. Decían que estaba poseída por un demonio que la ponía a hablar en lenguas muertas cuando le daban sus ataques. La exorcizaron junto con la casa y sus alrededores, pero no cesaron los ruidos ni las luces ni las sábanas blancas paseando por los corredores. La tía Maruchita se fue consumiendo hasta que murió, siendo joven, con apariencia de mujer vieja. El niño Medina se propuso no poner atención a esas bobadas pero, por si acaso, ocupó la sola pieza de la entrada y no volvió a visitar las otras instalaciones. Sintió alivio, por lo tanto, de vender la propiedad y ver que la arrasaran con tractores y palas mecánicas. Dos o tres trabajadores en ese sector. Y el Ingeniero residente que sintió accionar la palanca del maquinista y golpear la pala contra una pieza metálica. Miró si se habían producido daños en la máquina:

No sabemos qué sea, Ingeniero, vamos a despejar los lados para ver de qué se trata y le informamos.

Prefirió mirar él mismo.

Debajo de una de las piedras removidas, la grande del pie de la iglesia, la que necesitó de tacos de dinamita para pulverizarla, apareció un baúl de madera podrida, resguardado por cuadernas de hierro oxidado y un candado más oxidado aún, cuyo contenido los dejó atónitos. Objetos sagrados: custodias, patenas y copones de oro. Artículos religiosos. Prendas eclesiásticas que se deshicieron al tocarlas. (“Dicen que hasta hostias consagradas, petrificadas, dicen. Esas son cosas que a la hora de la verdad nunca se saben”)

Mala suerte, Ingeniero, si hubieran sido monedas estaríamos ricos, pero con cosas de la Iglesia no se puede uno meter, traen maldición.

Cierto es: bien hicieron los abogados de la constructora en ponerlas en manos de la Curia, que a ellos corresponde.

Eso está bien y que hubiera venido el Monseñor a bendecir nuevamente los terrenos, Ingeniero, porque ya nadie quería quedarse a trabajar de noche: espantaban los ruidos. Espíritus que dejaron su corazón enterrado con los tesoros. Desde ese día no han vuelto a aparecer.

6. ¡DEJEN MORIR, CARAJO!

Los ojos del viejo Abel, acostumbrados al paisaje de su entorno, no presintieron cuando vio aparecer por el camino aquella nube de polvo entre ladridos de perro, en un domingo de hace varios meses, el revolcón que se venía encima con la urbanización de su tierrita. El de la escritura de compraventa de sus derechos en la notaría fue el primer aviso de cambio. El segundo fue el letrero. No, no el pequeño de la maqueta de la firma proyectista: otro más grande, el de la valla gigante levantada a la entrada de la finca, que se alcanzaba a ver desde la ventana de su casa y a leer en la distancia:

“Aquí se construirá la Urbanización Altamirana”

Con una cantidad de datos que él no entendía bien: “no sé cuántas casas, no sé cuántos pesos, no sé cuántos meses” y con el logotipo del Instituto de Crédito para Vivienda.

Después despejaron un pedazo de terreno frente a su casa y construyeron una caseta para guardar herramientas. Un vehículo de remolque desenganchó un furgón que, al abrir sus compuertas traseras, dejaba caer una escalerilla. Resultó ser una pequeña oficina para el Ingeniero residente con su casco protector. Aparecieron volquetas y tractores que, con sus cuchillas, sus palas y sus volcos, empezaron a remover la tierra del otro lado de la finca y a convertirla en un terreno plano. Las gallinas se fueron zambullendo de una en una en las ollas de sancocho. Igual las verduras, que la capa de polvo ya no dejaba retoñar. Y los cerditos que ya no tenían sobras de comida para alimentarse, porque los trabajadores no dejaban nada. Absolutamente nada. No había tiempo para cuidar la huerta. El tiempo a duras penas alcanzaba para atender a los comensales y para venderles bebidas y cigarrillos y prestarles el baño y guardarles la ropa de trabajo. La casa se convirtió en tienda mixta, sin permiso oficial, porque también vendían cerveza. Fría, que es como les gusta. Y salchichón cervecero, con limón. Y se abrió una libreta de cuentas para anotar los consumos y pagar “cuando llegue la quincena”. No se dieron cuenta de cuándo pasaron de ser agricultores a comerciantes. El Ingeniero les hizo instalar, desde lo alto de un cerro, una tubería negra que llamaban PVC y había sustituido a la de hierro. “Para que no les falte el agua, don Abel, porque vamos a canalizar la quebradita”. Las máquinas se iban acercando ya a la casa y todo el frente se había convertido en una gran cancha de polvo y barro donde cabría el engramado de dos estadios. Los topógrafos comenzaron a medir y medir el terreno otra vez (¿cuántas van?), y a colocar estacas. Cada cuatro estacas formaban un rectángulo de tierra. Un lotecito. Tan pequeño a la vista, que no parecería que allí pudiera caber una casa con todos sus espacios. Menos si se comparaba con las amplias casas en donde la mayoría estaban acostumbrados a vivir. Parecía un campo llano a punto de empezar la siembra del fríjol.

Un domingo fue la asignación de los lotes. Los adjudicatarios se habían escogido por puntaje. Cada hijo marcaba un punto. A más hijos, más puntos. Familias pobres y numerosas que ocuparían las trescientas casas y conformarían un grupo de aproximadamente mil quinientas personas. Era un cálculo promedio, porque algunas familias tenían más de cinco hijos, otras más de diez. Ese domingo llegaron los adjudicatarios. Con algunos o con todo su grupo familiar. Se les asignaron, por sorteo, sus respectivos lotes. El hijo de don Abel tuvo que ir dos veces al mercado, para renovar el surtido de la tenducha. De todo. Vendieron muchos sancochos, a algunos. Y mucho plátano y mucha papa y mucha yuca y mucha leña para aquellos propietarios, orgullosos y felices, que querían celebrar haciendo su primer sancocho en la casita. Casita inexistente, pero que ya veían con los ojos de sus sueños. Habían llevado ollas para eso.

“Tener casa no es riqueza, pero no tenerla es mucha pobreza” –  decían aliviados del temor de que, en cualquier momento, los dueños pidieran sus casas de arriendo con el pretexto de que “la estamos necesitando” o les subieran el valor de la renta más allá de sus posibilidades.

Por eso quisieron marcar su propiedad sobre el lote que les correspondió, con ese sancocho. Algunos hasta orinaron en alguno de sus mojones. Casi se les veía el impulso de levantar una de sus patas, como los perros, para indicar que a partir de ese momento ese rectángulo de tierra sería su dominio.

Ya iban varias semanas del sorteo, y se veía el encintado del pavimento haciendo calles y el del cemento haciendo aceras, cuando empezaron a verse los lotes con una brecha formando dibujos geométricos como de laberintos con muchas entradas y una sola salida:  el espacio correspondiente a la puerta exterior. Las brechas empezaron a verse con entramados de hierro formando parrillas. Las parrillas empezaron a llenarse de concreto. Cualquier día los lotes estuvieron con sus cimientos listos para soportar las paredes. De pronto las construcciones estuvieron a punto de techo. Algo después se vieron todas con sus techos. Todas, menos una: la segunda desde la esquina. La de don Abel. Esa fachada parecía la sonrisa mueca de un niño que acabara de perder el primer diente. El Ingeniero se rascaba la cabeza, desconcertado, frente a Abel:

No, Ingeniero, no es terquedad. ¿Para qué voy a estar cambiando techo por cemento, si lo que quiero es levantar un segundo piso?

Tenía lógica. ¿Cómo explicarle al anciano que su deber de funcionario era ponerle oficio a los millares de tejas que el Instituto ya había licitado? ¿Que la Directora de Relaciones Públicas quería tomarle una foto a la urbanización con sus techos iguales para el anuario de realizaciones? ¿Qué si abría esa compuerta los otros propietarios iban a querer hacer lo mismo? No se dejó convencer... el anciano. Al Ingeniero no le quedó más remedio que dejarlo tirar su placa de cemento y reprocharle, para guardar las apariencias:

Debería ser agradecido, como los otros, y no ponerse a regatear por algo que a usted le está saliendo gratis, porque la constructora no le está cobrando por hacer su casa.

¿Qué pendejada es esa que está diciendo? –preguntó, visiblemente disgustado– ¡Gratis no me sale!  A cambio de ella di la firma para renunciar a lo que era mío. Estoy sacrificando mi libertad, que no tiene precio. Que agradezcan los que tienen por qué. Yo no. A mí me cambiaron mi casa grande por una alcancía y mis sembrados por una escuela. Y no lo agradezco, sino que me arrepiento. Me matan los remordimientos.

Ganó esa pelea, como había ganado muchas otras en el pasado. Pero perdió la batalla con la vida. Los cambios fueron demasiado para él. Y enfermó. Se tendió en cama, cobijado por un manto de tristeza.

Hija, dé una vuelta por donde el abuelo, a ver cómo está.

Ya voy, madre –contestó la bisnieta.

Abelito, ¿quiere una arepa con mantequilla, huevo frito y café con leche, para que desayune?

No, m´hija, esas arepas plásticas precocidas no me apetecen porque no saben a maíz-maíz. Ni tampoco esa margarina de fábrica que le quieren hacer creer a uno que es mantequilla. Ni esos huevos galponeros de yema blanca...

¿Yema blanca? ¡Cómo se le ocurre!  No ve que son amarillas.

Amarillo es el sol, m´hija. Esas yemas son de color blanco sucio y no saben a nada. Ni esa leche descremada de bolsa me sabe a teta de vaca. Como a ustedes les dio por cambiar los animalitos por un botellero y unas tablas. ¡Pendejadas que no se comen! Por hacerles caso a ustedes perdimos la libertad y nos volvimos esclavos de todo el que toca la puerta a cualquier hora para comprar una gaseosa.

Echarle plata al cajón no es perder la libertad, Abelito.

Sí es perderla. La libertad consiste en que uno pueda disponer del tiempo a su albedrío.

Se fue poniendo enfurruñado, de mal genio. Llevaba varios días de mal comer y decía a su nieta que “hasta el perro, que se perdió, estará por ahí en una cañada, muriéndose de pena moral”.

¿Quiere que le llame al padre, Abelito?

¡Al padre! ¿Al del galpón que convirtieron en iglesia? Me tendría que confesar de no haber podido perdonar a las ánimas del purgatorio por ocultarme el entierro que busqué como alma en pena. Y a él se lo entregaron sin que tuviera que sudar gota. Déjeme a mí con mis remordimientos. 

¿Cómo así, Abelito, se va a poner a pelear con la Iglesia? Eso sí que no lo haga. No ve que algún día se muere y le toca irse para otro lado, así no vuelve a ver a la Abuelita –le salió la bisnieta con ese argumento contundente.

Está bien, tráigalo –se resignó.

Es cierto, ha sido frío en cosas de religión, ha sido frío. Pero no soportaría alejarse de la única mujer que amó en la vida y espera encontrar allá en el cielo. Si algo tiene de bueno la muerte, será eso, el volverla a encontrar. No será cosa de dejar que lo alejen de ella. Recibió al Cura y se cubrió de bendiciones con su paz. Rezó un padrenuestro pidiendo ayuda al alma de su negra y quiso empezar otro...

Cuando la nieta sintió que le sobrevenía un nuevo ataque de asma al abuelo, corrió para auxiliarlo. A poco de medio recuperarse, todavía en brazos de su nieta, exclamó:

Yo tenía para ustedes mi pequeño cielo, pero me lo quitaron, m´hija, me lo quitaron.

Se lamentaba mientras veía a sus vecinos descolgando la curiosidad por la ventana. Los tenía encima, él que los había tenido a distancias. Sintió que ya no le quedaba el menor asomo de independencia si, hasta para escupir sus flemas en la bacinilla, tenía ojos ajenos adentro de la casa. Y entonces, sintiéndose derrotado, se puso rojo y se santiguó, como pidiendo perdón por otra de sus malas palabras. Y, antes de exhalar el último suspiro, le increpó a la nieta, dejando rodar una lágrima de impotencia:

¡Esto me lo arrebató el putas!

Su hijo quiso asumir el mando, pero ya no había qué mandar. Quiso enterrarlo en el solar de su terruño, pero no lo dejó el Cura. Quiso poner esa frase como epitafio en la lápida de Abel Bernal... pero no lo dejó el sepulturero. Perdón, abuelo, tenías razón: a esto... 

“Se lo llevó el putas”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

martes, 23 de agosto de 2016

Loma de los Bernal, historia con espanto propio - Orlando Ramírez-Casas (Orcasas)

Loma de los Bernal, historia con espanto propio

Orlando Ramírez-Casas (Orcasas)
En febrero de 2005 entré al taller de escritura literaria de la Biblioteca Pública Piloto, que en ese entonces funcionaba en el antiguo auditorio del 2º piso, antes de que construyeran el auditorio de la nueva Torre de la Memoria. Lo orientaba el profesor Jairo Morales Henao, pero por sus pasillos todavía podía presentirse el espíritu del escritor Manuel Mejía Vallejo que lo había orientado años atrás. 

Para llegar allá los miércoles en la tarde, los aprendices debíamos pasar por la oficina de don Miguel Escobar Calle. Tomé la costumbre de pasar a saludarlo antes de entrar al salón. Un día le llevé de regalo un ejemplar de mi libro “En Altavista se acaba Medellín” y él me preguntó que si era el barrio que queda contiguo a la Loma de los Bernal. Le dije que sí. “La Loma de los Bernal tiene una historia que todavía está por escribirse”, me dijo, y me sugirió hablar con la Sra. Olga Beatriz Bernal Londoño, de la biblioteca de la Universidad Pontificia Bolivariana, “que pertenece a la familia de los Bernal y tal vez acceda a contarte la historia que vos podés escribir”. Pensé en hacerlo, pero nunca lo hice después de que alguien me dijo que “eso es algo de lo que a los Bernal no les gusta hablar”. Lo dejé así.

De un suceso en la finca del “loco Bernal”, sin mencionarla, di cuenta en el libro sobre Altavista. Allí escribo que:

“(Una de las muchachas bonitas del barrio era)… Fátima Castrillón.  A Cayetano, su hermano, le dispararon con escopeta por adentrarse a jugar en finca ajena contigua a su barrio, a rodar con un carrito de rodillos, a comer frutas, a elevar cometas.  Los dueños consideraban que dañaba el pasto y le habían advertido, pero un muchacho de doce años no hace caso de advertencias, y para muchas personas un intruso es un intruso, sin importar su edad.  Su muerte pagó los daños que habíamos hecho todos”.  

La escritora Ana Cristina Restrepo Jiménez lo confirma… en parte: “Entonces, los paseos de olla y las barras de niños que robaban frutas de los árboles eran cuadros habituales alrededor de la Loma de los Bernal. Así permaneció hasta el auge de la construcción en los años ochenta”. 

Con el tiempo el dicen que dicen me habló de espantos en la finca de los Bernal, de entierros encontrados con custodias y ornamentos sagrados. De hostias consagradas incorruptas mientras los vestidos se deshacían por el tiempo, la humedad, y el moho. De una muchacha que sufría de ataques epilépticos y en un trance producido por el espanto de la finca había escrito cosas en sánscrito o en arameo, y no sé qué más; pero en la imposibilidad de verificar esas historias no pude meterle muela a esos escritos, excepción hecha del texto “Atravesado, como iglesia en media manga”, en el que cuento algunos dimes y diretes sin mencionar el lugar como tal ni a sus personajes, texto que insertaré en este blog el próximo domingo. 

Pensé que esa historia se iba a quedar sin escribir, pero resulta que la escribió el mismo patriarca de la finca, Dr. Pablo Bernal Restrepo, en un texto inédito que por el nombre de su casa tituló “La Colina”, y actualmente el borrador está en poder de una de sus nietas. A ese texto, de 241 páginas, tuvo acceso la escritora Ana Cristina Restrepo Jiménez, por ser amiga de niñez de Ana María Henao Bernal, y con base en él escribió ella el artículo titulado “El misterio doloroso de la Loma de los Bernal”, que aparece entre las páginas 247 a 253 del “Libro de los Barrios” del periódico Universo Centro, publicado con el patrocinio de la Alcaldía de Medellín en el año de 2015.


En primer lugar, de los datos consignados en el artículo puede deducirse que “el propietario original de esos terrenos era don Ángel Gaviria”, y que éste le vendió a su yerno Marcos Restrepo; que a su vez en 1919 le vendió 113 cuadras a su yerno Bernardo Bernal Bravo, casado con doña Julia “Vivita” Restrepo Gaviria, la madre del Dr. Pablo Bernal Restrepo. El Dr. Bernal Restrepo, que fue alcalde de Medellín en dos oportunidades, llega a ser propietario del terreno por la línea materna y contrajo matrimonio con doña Blanca Rosa Londoño Saldarriaga. Fueron padres de los Bernal Londoño, que componen la siguiente generación propietaria de la finca grande que, al ser dividida en fincas pequeñas, da origen al actual barrio de la Loma de los Bernal en la Comuna 16 de Belén, tal vez el más reciente barrio de la ciudad por estos lados.

En cuanto a la historia oral, transmitida de boca en boca, de los espantos en la finca, y del entierro de cosas sagradas halladas en ese predio; coincide poco más o menos con el testimonio irrefutable del libro escrito por el Dr. Bernal:

…El Martes Santo sacaron de la tierra un copón con 435 hostias; el Miércoles Santo, uno con 395. Cuando abrían el vaso sagrado, las formas incorruptas desprendían un agradable olor a nardos. Era hora de contarle al mundo lo que estaba pasando. Los peregrinos no tardaron en llegar. La muchedumbre invadió la casa, los tejados y las arboledas. El Jueves Santo, Juan Gonzalo descubrió una custodia con una hostia, también en perfecto estado… El relicario con las hostias fue entregado al padre Germán Montoya; ese domingo, los Bernal Londoño comulgaron con ellas. La custodia y los copones fueron a dar a la iglesia de San Benito…”.

Tal vez fuera hora de contarle al mundo lo que estaba pasando pero… no era posible mientras la historia contada no tuviera el aval de la curia diocesana que dijo que no:

…La Curia de Medellín tomó la determinación de enviar una comunicación a El Colombiano en la cual solicitaban no volver a publicar nada que tuviera referencia (sic) a los acontecimientos de La Colina…”.

Con el tiempo tal vez a los directivos de El Colombiano se les olvidó ese instructivo porque la Sra. Margarita Inés Restrepo Santamaría en un artículo escribió que:


EL COLOMBIANO 

Medellín

“…La romería comenzaba hacia las 5:00 p.m. del Jueves Santo; todos se dirigían al sector de Belén, a mirar una luz nocturna que salía de una tierra de don Pablo Bernal Restrepo; decían las malas lenguas que un sacrílego había enterrado allí una hostia que se había robado de una iglesia. Fue en los cincuenta, y se quedaron con las ganas de ver el fenómeno –cuentan Marta Elena y José María Bravo–. Romerías sin tumultos y con menos expectativas, pero con sabor a barrio, entre cafés, comidas y música, se suceden a diario…”.

A pesar de la cortina de humo que se quiso tender sobre el asunto, ya se sabe que no fue una hostia sino cientos, más de medio millar, y que las hostias milagrosamente y a pesar del tiempo transcurrido, y de las circunstancias de mala conservación, no estaban corruptas sino consumibles y exhalando olor a nardos. 

Como diría un montañero de pueblo: “Cogeme ese trompo en la uña”.

El artículo que yo hubiera podido escribir por sugerencia de don Miguel Escobar Calle se quedó en veremos, porque lo que no es pa´uno no es pa´uno, y la suerte se lo tenía destinado a la escritora Ana Cristina Restrepo Jiménez gracias a que una dama de la familia Bernal fue su amiga de niñez. "Al que le han de dar, le guardan; y si está frío, le calientan", dice la sabiduría popular. Pero dice también esta sabiduría que "A la larga todo se sabe, y por más que quieran tapar el sol con las manos la verdad sale a flote"; y esta vez la verdad salió a flote por boca de su principal protagonista, el Dr. Pablo Bernal Restrepo, que es el que da nombre a la Loma de los Bernal.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

viernes, 4 de marzo de 2016

EL RUIDO DE LOS JÓVENES - JOSÉ LIBARDO PORRAS

EL RUIDO DE LOS JÓVENES - JOSÉ LIBARDO PORRAS  (LIBRO COMPLETO)

Acerca del escritor JOSÉ LIBARDO PORRAS, tomamos estas notas de la página de otraparte.org:
José Libardo Porras Vallejo (Támesis, Antioquia, 1959) es Licenciado en Español y Literatura de la Universidad de Antioquia. En 1996 obtuvo el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de cuento otorgado por Colcultura con el libro “Historias de la cárcel Bellavista” y el primer puesto en el Concurso Literario Cámara de Comercio de Medellín con el libro “Seis historias de amor, todas edificantes”. Además de otro libro de cuentos titulado “Mujeres saltando la cerca” (Planeta, 2010), ha publicado otras novelas: “Hijos de la nieve” (Planeta, 2000), “Happy birthday, Capo” (Planeta, 2008), “Fugitiva” (Alcaldía de Medellín, 2009) y “Fuego de amor encendido” (Universidad de Antioquia, 2010) Adentro, una hiena(Editorial Universidad Eafit, 2015).Sus libros de poemas son “Hijo de ciudad” (1994) y “Partes de guerra” (1987).

* * *
"Soy escritor. Los amigos poetas me aconsejan dedicarme a la prosa; los narradores, a escribir poemas. No entiendo a los amigos.
A mediados de los ochenta algunos me consideraban una joven promesa de la literatura antioqueña; ahora, cuando no soy ni lo uno ni lo otro, cuento con siete libros publicados, tres financiados por entidades de carácter cultural, tres por cuenta propia y uno por una editorial comercial. [...] Con Hijos de la nieve comienzo a sentirme escritor profesional, y en cierta forma un comerciante de la literatura y a la vez una mercancía. Es una sensación extraña. [...]
Al cabo estoy aprendiendo dos cosas fundamentales para un escritor: ser responsable con la obra y corregirla con verdadero juicio antes de publicarla, y leer no sólo para divertirse sino también para aprender. En consecuencia, ahora procedo según una certeza: para un escritor un año está mejor empleado si lo dedica a estudiar Crimen y Castigo que si se atropella devorando las cien novelas más vendidas de la temporada; no leo revistas; de los periódicos sólo leo la sección de avisos clasificados; así me entero de qué vende la gente, de qué compra; así sé qué tienen mis contemporáneos, qué buscan."
José Libardo Porras
En esta entrada reproducimos completo el libro  EL RUIDO DE LOS JÓVENES, una reedición corregida de su libro ES TARDE EN SAN BERNARDO, de 1984. 

http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com.co/p/el-ruido-de-los-jovenes-jose-libardo.html

En el texto se recogen una serie de viñetas deliciosas del barrio, su cotidianidad, sus personajes, sus virtudes y defectos, bajo la óptica de la pluma sensible y delicada de un autor que no deja escapar detalles que para otros pasan desapercibidos.
Agradecemos al escritor José Libardo Porras la generosidad que tuvo al compartir sus textos con nuestros lectores. En el link a continuación, se puede leer completo. Favor nos ayudan a difundirlo.

http://cronicas-belen-y-otras.blogspot.com.co/p/el-ruido-de-los-jovenes-jose-libardo.html


                                                             


lunes, 15 de febrero de 2016

Belén, entre bares y cantinas. Orlando Ramírez Casas(ORCASAS)

Orlando Ramírez Casas –ORCASAS-
(Este artículo fue escrito para la convocatoria de un libro barrial en proyecto, pero por el alto volumen de material recibido en la propuesta no fue seleccionado por el comité editorial y recibí autorización para disponer del contenido. Fue publicado originalmente en: http://postigodeorcasas.blogspot.com.co/2016/02/139-belen-entre-bares-y-cantinas.html ).

El escritor José Libardo Porras, en un relato de su libro “Es tarde en San Bernardo”, dedicado a ese barrio de Belén; habla del café Amarillo, desde donde veía pasar y soñaba con la mujer más bonita de la cuadra, que exhalaba aromas de sensualidad. El café Amarillo hace parte del arqueo, o inventario, de los recorridos por la bohemia de ese sector del occidente de la ciudad; que trajinábamos cuando no estábamos “Desengañados de bares y cantinas, /de tanta hipocresía y tanta falsedad; /de los amigos que dicen ser amigos, /y las mujeres que mienten al besar”, como cantaba Orlando “Contreras” González Soto, un cubano que vino a morir a Medellín y vivió en el sector Santa Clara de Belén La Gloria, en cercanías de la canalización de la quebrada Altavista, muy cerca del bar Coba.


Mora bar o Morabar, de don Bernardo Mora, fue un café famoso de la carrera Junín entre calles de Colombia y Boyacá, contiguo al edificio Fabricato, ese edificio donde a una agraciada mujer ascensorista la picó un portero… en mil pedazos que esparció por los techos vecinos, a cuadra y media de donde Oscar Domínguez Giraldo conoció a doña Gloria Luz, su esposa. Esto se sabe porque en “Breves historias de amor” a Domínguez le dio por hacer arqueo o inventario de sus amores que comienzan con Gloria, la de Aranjuez; pasan por Ángela, la de Envigado; por Margot, Fita, y Beatriz; e incluyen a Leticia, una chiquilla de quien dice que “La conocí cerca del parque de Belén, por los lados de la heladería Morival. A ella le gustaban las muñecas y el croché; y a mí los balones, quebrar bombillos, y montar en zancos. Nos separamos por incompatibilidad de juguetes”.

También dice Oscar Domínguez Giraldo que:


Gloria C., mi otra primera novia,  nos daba casquillo a los muchachos del barrio Belén y de Envigado, que frecuentábamos su casa. Tenía sonrisa, mirada, y caminado de mujer fatal. Su séquito de admiradores no sabíamos qué era una mujer fatal. Ella tampoco. Nos enamoraba con el misterio que sabía crear a su alrededor. La mirábamos con la ternura de Nipper, el perrito de la Víctor. Ella nos miraba con curiosidad de paleontóloga. Aun así, viéndola, nos provocaba creer en Dios, siguiendo el verso de Géraldy. Todos nos proclamábamos novios suyos... pero donde ella no se diera cuenta. Habríamos sido capaces con su amor, pero no habríamos resistido que nos rectificara en público. Nos faltó ropita, audacia y desodorante para enamorarla. A los dos más enamorados nos jugó al que bailara mejor con ella La Bonga, de los Corraleros de Majagual. El nombre del perdedor no es Óscar".

Su tocayo Oscar Hernández Monsalve, que vive por la iglesia de Los Alpes en Belén, también hizo inventario de las suyas que comienzan por:

La Zarca, que no tenía nombre pero tenía catorce años. Pequeña, como su precio en monedas. Conoció mis caricias casi niñas, y recuerdo sus besos iguales a mariposas perdidas…  María, la obrerita, se llevó mis primeros ardores, temblorosos, infantiles, rodando por la hierba; pero no vino la palabra amor. Fue solamente carne ciega al viento de la noche… De Maruja miré sus frescos pies de campesina que siguen descansando en la memoria… Lina, la breve y dulce niña, fue hada sonriente escondida en los años, suave como el sonido de la palabra alondra…”. Hernández hace el recuento de sus amores que incluyen a Bety a quien: “… encontré suspendida en las sombras, bordada en su penumbra, y quise perderme entre su pecho. Nos miramos una hora y nos perdimos una vida. Tenía en sus ojos todo el dolor del mundo, y hui a esconderme en el calor del ron…”.

El calor de los rones de Belén arropó nuestra adolescencia, y nuestro inventario de muchachos tímidos empieza en la heladería o fuente de soda Las Cocacolas, en Belén Altavista parte baja, donde Joaquín Posada nos tenía cuenta abierta de apuntes “pa´las que sea”, que guardaba pacientemente hasta que los entonces muchachos trabajadores le endosábamos la bonificación de la prima navideña. Allí nos sentábamos, porque al descender del autobús por ahí tenían que pasar las muchachas del barrio a sus hogares. 

Bueno, no diría que hubiéramos conducido carro de caballos ni que lo hubiéramos llevado de la rienda, eso no, para qué presumir de lo que no tenemos ni hemos tenido; pero en los recorridos por la carrera 76 de Belén tal cual tangueada nos pegamos en otros tiempos sentados en la primera mesa del café, con los ojos convertidos en atarrayas, para ver pasar las chicas por la acera; y de andar por la carrera podemos decir que “también carrero fui, y a mucha honra señores”.


Yo también carrero fui”, tango con letra de Héctor Marcó y música de Antonio Stacasso, interpretado por Alberto Castillo.


Con mi perro a la culata
-yo silbando presumido-
no hubo amor ni china ingrata
que no prendiera en su bata
mi corazón atrevido.
Y a la vuelta de una esquina,
con un mate bien servido,
allí me esperó Manuela,
Rosa, Elvira, Inés, Leonor.
¡Y hoy guardarán todas ellas
de mi cariño, una flor!

En el Kiosko del parque de Belén, junto al cocuelo que dejaba caer sus frutos de bala de cañón, los muchachos del barrio rematábamos noches de amanecida atendidos por don Mario “Vaca”, que fue testigo de esos recorridos. Por allí cerca estaban las heladerías La Casita, y La Casona. En La Casona, cuando don Alberto Buitrago contrataba al grupo musical de Los Ayer´s, había lleno completo y se agotaban sus picadas de chorizos importados de Santa Rosa de Cabal cocidos al vapor y luego fritos a gusto crujiente. Al frente estaba la heladería Tampa. Diagonal al Kiosko quedaba la heladería El Portal, contigua a Pollos Candela el asadero cuyo consomé de pollo con menudencias curaba guayabos de amanecida y de los otros. Candela se trasladó frente a la estación de servicio de la Bolivariana a una cuadra del parque, pero El Portal se acabó. Diagonal a la iglesia estaban las heladerías Los Sauces y Los Alpinos. Diagonal a Los Sauces estaba la heladería Palmaseca, y a continuación la heladería Soraya donde la que es mi esposa de hogar, y la que fue mi amante de café, se juntaron marcando el principio y el fin de dos etapas de mi vida. “Y esa mujer, ¿Por qué te saluda y te reclama que no volviste?”. Mi voz temblorosa quizás no sonara convincente, pero me aventuré con una respuesta: “Por lo mismo. Porque no he vuelto. Es un capítulo cerrado de mi vida”. Ese encuentro bien pudo haber frustrado mis planes matrimoniales, pero logré sortearlo con dignidad. Más heladerías hubo seguramente en el Belén de mis años juveniles, pero estas fueron las que marcaron mis recorridos, quizás con algún error de ubicación en cuanto al sitio preciso donde quedaban, pero sí todas cercanas al parque de Belén. 

Tal vez la más famosa de esos tiempos haya sido la heladería Morival, cuyo nombre parece apócope del valle de las moras. No sé de dónde salió. Pudieron sus propietarios ser algún Mora y algún Valencia. Eso es posible, pues es menos posible que algún francodesciendiente de apellido Morival hubiera llegado a estas tierras. En Europa los hay, en la Commune de Neufchâteau de Bélgica.

En todos lados hubo, seguramente, salones de billares en Belén. Los del viejo Carlos, en la vía de la fábrica Vicuña hacia el barrio de Altavista, eran unos. Los de Belén Terminal, frente a la fábrica, eran otros. El Jinete y el Salón Mariscal en la carrera 76, cerca al parque, eran otros. Todavía hay billares diagonal a la iglesia, en el costado sur del parque; los hay contiguo a lo que era Conavi (hoy Bancolombia), por la calle 30-A, en donde antes estuvo el Teatro Mariscal; y los hay en la calle 30 con carrera 76-A, de don Gustavo Ramírez el dueño de la Prendería la 76 que también fue dueño del café Amarillo. En los bajos del salón de billares, de lo que fue el Teatro Mariscal, estuvo por un tiempo el famoso restaurante de “Conejo”, cuya oreja de cerdo sudada para el desenguayabe lo ponía a uno a chuparse los dedos y hacía estremecer de emoción los depósitos de triglicéridos y colesterol.


Los tiempos han cambiado, y los jóvenes se reúnen en “parches” a escuchar sus músicas que a los oídos de mi generación septuagenaria suenan estridentes. El sector de La Mota es uno donde los vecinos se quejan del volumen que sale de los bafles y altavoces instalados en sus vehículos. Compiten a cual suena más duro, sin respetar las horas de sueño y de descanso del vecindario. La calle 33, desde el puente del río Medellín hasta Santa Gema y La Castellana, se convirtió en zona rosa con música a altísimo volumen y abundante afluencia de clientes y de vehículos hasta la madrugada. La avenida 80 tiene la misma característica desde los Campos de Paz hasta Robledo. Las heladerías y cafés fueron sustituidos por parches, tabernas, y discotecas, que tienen otras características. Hacer un inventario de estos lugares no me es posible, son otro cuento, son otra generación; y eso ha hecho que se acaben los bares temáticos, como tales. No hay un bar de tangos, no hay uno de boleros, no hay uno de música andina colombiana, no hay uno de música vieja de los años 50, no hay uno de música de antaño de los años 30 y 40. Se oyen vallenatos, de los de ahora; y rancheras norteñas, de las de ahora; y los hay especialistas en música de los años 60 o en música de los 80 que para los jóvenes de comienzos del siglo XXI es “música vieja”. Los negocios existentes han derivado hacia la modalidad denominada “cross over” o todo terreno, que consiste en poner variedad de música según el pedido de los clientes que haya en el establecimiento. En algunos, antes de que uno se haya tomado el segundo aguardiente, se pasa de un bolero a un vallenato, de una balada a un merengue, de un vals peruano a un tango, en una mezcla de gustos que sabe a tanto que no sabe a nada, a diferencia de aquellos tangueros bares donde escribí muchas cuartetas “A la niña más hermosa, que en el parque conocí. Fue en tu mesa, cafecito, donde me sentí poeta y aprendí a rimar los versos…”.

En un rincón del café”, tango con letra de Francisco Laíno y música de Gabriel “Chula” Clausi, cantado a dúo por Enrique Motto “Chito Faró” Arenas y Carlos Viván:


Existe todavía el bar Coba en la carrera 76 nro. 28-80, fundado hace más de 60 años, en 1949, por don Gilberto Escobar; y hasta hace poco atendido por su hijo, John Jairo Escobar Castaño. En el portal de la Red de Bibliotecas.org hay una página de Medellín Cultural con el título genérico de Medellín es Tango, en la que reseñan los bares tangueros La Boa, Salón Málaga, Homero Manzi, La Payanca, Tarki, Patio del Tango, Adiós Muchachos, y… el ¡Bar Coba! La periodista Jenny Giraldo lo seleccionó para escribir su artículo “Bar Coba, sobreviviendo a la avalancha”. Gracias a este artículo me entero de que “cobar o dar coba” es empollar, y también adular con zalamería. 



El bar Coba se especializaba en tangos, pero acaba de ser adquirido por don Guillermo López Rodas que lo ha remodelado y piensa poner variedad de música al gusto de la clientela “porque yo soy comerciante, y la clientela es la que manda en cualquier negocio”. Por culpa de los tangueros que se han venido muriendo o encerrando en sus casas, y de los muchachos amigos del hip hop y el reguetón, el bar Coba cambiará de orientación musical. Don Guillermo y su hermano Fabio son propietarios de Bonanza, en la carrera 76-A con calle 30, y durante mi visita se escucharon principalmente boleros y música vieja. Tiene más de 40 años de existencia y fue de don Víctor Martínez antes de pertenecer a los hermanos López. Al dar la vuelta está el Club de los Tranquilos, en la calle 30 nro. 76-A 15, donde se oye principalmente música caribeña. Fue fundado sin nombre por don Octavio Villa en una esquina del parque de Belén, que se conocía simplemente como “la esquina de don Octavio”. Todavía sin nombre se trasladó a la carrera 77 con la canalización de la quebrada La Picacha, donde el municipio los obligó a inscribirse en el registro de comerciantes y pidieron a los clientes que sugirieran nombres para el lugar. Varias propuestas se oyeron, pero de la mesa de habituales jubilados que no guardaban afán ni para ir a almorzar surgió el nombre de Club de los Tranquilos, que desde 1982 se trasladó al lugar actual y es atendido por su propietario don Leonel Villa Álvarez, y por su hermano Mario, hijos de don Octavio. Frente al que fue Colegio Montini en la carrera 78 con calle 30-A, esquina, lleva muchísimos años El Buen Gusto, que fue propiedad de don Gustavo Salinas. La música es variada y va de los 50 a los 70, de los 60 a los 80. “Le ponemos lo que guste. Deme el título o el cantante, y se lo consigo”. Esto se facilita porque las discotecas ya no son arrumes de discos, casetes, o CDs, sino que están sistematizadas por computador. En Belén Granada todavía está el legendario bar El Yucal de música antigua, y en la carrera 76 con calle 21 está La Milonga donde no se oyen milongas sino música de los 60. Esta Milonga es distinta de La Milonga que había cerca al parque y era más conocida como Bar Pilsen. Cerca al parque estuvo también el bar Luka, y en Belén Miravalle hasta hace poco todavía existía el apodado “Consulado de Pácora”, de don Alonso. En la carrera 78 nro. 31-02 está el bar Peñaranda, de don Hernando Valencia Henao, que tiene más de 20 años de existencia. En la carrera 78 con calle 32 estuvo el Sol y Sombra, y en la calle 30 entre carreras 76 y 77 todavía está el Rincón de Antaño, que fue de don Mario Escobar Vélez con música, naturalmente, de antaño. Contiguo quedaba el Restaurante Ambrosia, cuyos tamales fueron legendarios para calmar la hambruna bohemia de la madrugada, y en algún momento fue propiedad de don Gerardo “Negativo” Castañeda cuyo apodo corría por cuenta del color de su piel “quemada al horno”. Muy cerca hubo un bar que en algún momento fue propiedad de un señor cuyas aventuras en el juego hicieron historia. De pronto se veía propietario de un café en una esquina de Guayaquil, un hotel, una casa, un carro, una finca. Y a la semana siguiente estaba diciéndole a su esposa: “Mija, vámonos para otra parte que perdí la casa con todo lo que hay adentro”. Enredados en la suerte de los dados, se iban la finca, el café, el hotel, el restaurante, el carro; y se veía el hombre empleado como ayudante en un negocio de tomates, mientras la suerte volvía a sonreírle. De él se decía que era capaz de jugar hasta la mujer, y que hubo momentos en que perdió hasta la camisa. Los locales del parque donde antes funcionaban cafés, bares, cantinas, y heladerías, han venido convirtiéndose en casinos. Seguramente el juego es mejor negocio que la venta de licor.

Mientras hacía el recorrido me encontré el bar Donde la Guagua en la carrera 76 nro. 27-09, de don Jairo Osorno. Aunque su administrador me dijo que allí se pone toda clase de música, al gusto de la clientela, me sorprendió al pasar porque sonaba música de Silva y Villalba y de Garzón y Collazos. Esa música en un bar de la actualidad es una verdadera rareza. “Pero este bar no es nuevo”, me dijo el administrador, “porque tiene muchos años. Lo que pasa es que la dueña lo tuvo primero como tienda, después como tienda mixta, y después solamente como bar”. Recordando un viejo chiste, sonreí y le dije: “No me vaya a decir que a esa señora le decían La Guagua”. Se puso serio. “No, señor, a ella no le decían así. La Guagua era su ayudante, y por eso los clientes decían que vamos donde La Guagua”.

No es venganza”, de Santiago García, interpretado por Carmen Delia Dipiní:


Junto con el Coba, Bonanza, y el Club de los Tranquilos, que son tal vez los establecimientos más mencionados en los artículos de prensa; están los muy conocidos bares Central y el Amarillo, que ya desaparecieron. 

Hasta aquí el mapa de los recuerdos de nuestros recorridos, unos vividos y otros de oídas, por los trasnochaderos de Belén. No soy el primero en escribir sobre estos lugares. En el blog Crónicas de Belén aparece un escrito de don Gustavo Escobar Vélez titulado “Memoria de los cafés de Belén”, cuya visión invito a leer en este enlace:


Anuncia don Gustavo un nuevo escrito, referido a las heladerías del sector, y es posible que estas crónicas animen a otros a escribir sobre ese tema y aportar sus propias anécdotas y experiencias que enriquecen el acervo de la microhistoria de este rincón de ciudad, no tan pequeño. Pero es posible que al sumar los distintos aportes se sigan encontrando vacíos, como lo predice el verso ramoncampoamoriano del sainete Cuerdos y Locos, “En esta santa mansión, /como lo dice el refrán, /no están todos los que son, /ni son todos los que están”. Nosotros cumplimos la tarea y vivimos lo vivido; y, como se dice, “nadie nos quita lo bailado”.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)
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Mensajes recibido del urbanohistoriador Hugo Bustillo Naranjo:

Querido Orlando:

Te agradezco participarme el borrador con ese estupendo relato. Sin desear molestarte (me disculpo de antemano, por si algo) quisiera recordarte, muy rápidamente, de otros lugarcitos de trago, juerga y amores encendidos; en ese latifundio añorado de Belén de los Yamesíes, o San Antonio de Aburrá o como a vos te gusta, el Sitio de Guayabal. Vámonos, pues, por entre las tiendas.

Mirá Orlando, sobre la carrera Bolívar de Belén (la 76) con la calle la Pola (la 31) se adornaba de boleros y baladas ese amañadero nocturno que conocíamos como La Tía. Bajando por esta última vía mencionada, derechito hasta la carrera 70, sobre el costado norte de la iglesia de NUESTRO SEÑOR JESÚS DE LA BUENA ESPERANZA en Rosales, alumbraba un delicioso cantón llamado La Noche, atendido por sus bellas y gentiles propietarias Estela y Gloria Álvarez.

Orlando, antes de irnos al Rincón, disfrutando la arteria madre, te invito a que te tomés un trago doble (porque falta trechito por recorrer) con pasante de coco, piña y uvas, en La Bucarica; con la excelente atención de Uriel, ahí al bordito de la entrada a la Cachucha y la Armería. 

Sobre la ronda al Rincón, después de sortear la carrera 80, tomamos la antigua trocha de Cubiletes y pasamos La Virginia para reposar en Tres Esquinas. Acamalados y en confianza le pedimos a Joselito Cuervo que nos sirva otro doble (pero no del chirrinche que fabrican en Manzanillo) y ese sí lo pasamos con sodita y hielo, porque está calentando un poquito. Desde ese lugar que es la cantina de Lolo Santa, y es la más vieja de este ancestral Palenque del Rinconcho, observamos la Farmacia Blanca; para recordar que ese mismo sitio albergó a Los Claudios y las rumbas guaracheras que derretían los amaneceres. 

Antes de que nos bañe un aguacero de esos que sin pedir permiso se desploma desde el Cerro Pelao o de las Tres Cruces, como ahora le llaman, sigamos por esta senda de siempre y busquemos, en la subida que conduce al Ñeque, los cantares de Peronet e Izurieta, o mejor de Valente y Cáceres, arribita de la escuela que lleva el nombre de aquel inolvidable trovador, Ñito Restrepo. 

Ese fuerte apretón de mano de Héctor Restrepo significa que estamos en su casa, el Bar del Mono. Aquí, mi estimado Orlando, no se preocupe que los primeros dos son por cuenta de la casa. Luego de este agradable rato despidámonos de abrazo, porque tanta bondad no se la encuentra uno así como así. 

Busquemos de nuevo el camino, que también lo apodaron Real, y vámonos derechitos al solariego terminal de buses e imaginemos los encantos de aquel legendario Bosques de Viena. Dejando las nostalgias a un lado pasemos por otro ilusionador de luceros: el Rincón Estadero de Willian Correa y RIP (rece todo lo que pueda) porque, como sabés, esto ha sido bravito. Orlando, despidámonos de estos muchachos tan queridos, guardianes y colaboradores; y agarremos el próximo taxi amarillo que venga. 

“Buenas tardes amigo, por favor, ¿Nos lleva de pasada a la Gloria y después al barrio Bingo?”

“¿Cuál es ese, paisano?”

“Ah, sí, discúlpeme por favor, es el barrio Las Mercedes”.

“Está bien. Es que yo trabajo más por el Hospital General y casi no vengo por estos lados”.

El barrio Las Mercedes recibió el apodo de Bingo, porque las amas de casa en sus estrechas callejuelas jugaban bingo mientras hacían los oficios domésticos y se cantaban los resultados de una acera a la otra. ¡Bingo!

Orlando, aquí en la calle 25 y la carrera 80 doble A quedaba el negocito de mi recordado y estricto profesor de Español y Literatura en el Liceo Gilberto Alzate Avendaño, el Licenciado don Domingo Agudelo, y él jocosamente diseñó un cartel que decía El Club. Muchos de sus exalumnos lo visitábamos, sin falta, para que no nos pusiera falla.

“Muchas gracias amigo, por esperar. Por favor, ¿Nos lleva al otro barrio?

Orlando, por esta carretera se va a Aguas Frías; y por esta otra, a la izquierda, nos entramos.

“Amigo, déjenos por favor en la esquina, y ¿Cuánto es?

Estáte tranquilo Orlando que para ese billete de cincuenta el señor no tiene devuelta. “Mire, señor, y muy agradecimos le estamos”. ¡A la orden! 

Orlando, tranquilo que  acá en el Flecha Roja, te reciben hasta Lleritas, si todavía tenés de esos billeticos que te daban cuanto hiciste la primera comunión.

Con un abrazo,

Hugo Bustillo Naranjo

Orlando Ramírez Casas

Archivos adjuntos10:19 (Hace 3 horas.)
para Cco:
Hola, jóvenes:

Ayer nos sentamos en una mesa bajo un paraguas, a ver caer la tarde en la carrera 76 a una cuadra del Parque de Belén. En el momento de la foto, el alcoholímetro marcaba tercer grado. Cuando dijimos "Veee, están tumbando la que fue Heladería La Casona", ya nos habíamos tomado el primero. Cuando dijimos"Mirá, en aquel restaurante quedaba la Heladería Morival", ya nos habíamos tomado el segundo. Cuando dijimos "Y ahí donde está ese casino era la Heladería Tampa", ya habíamos pasado del tercero e íbamos para el cuarto. Nuestros recuerdos del viejo Belén fueron pasados con agua y con picadita de cábanos y quesos. Fue una buena noche, la de anoche, y la comparto con ustedes. El medio calvo, el asegurador Rodrigo Ramírez, es de los Ramírez de suroeste y no somos nada. El flaco desvertebrado es el periodista en uso de buen retiro Oscar Domínguez. El de sombrero soy yo, que soy de los Ramírez del oriente. Algún día moriremos, y quedará esta foto para el recuerdo. No somos nada.

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)

Mostrando Rodrigo, Oscar, y Orlando en Pecos de Belén.JPG
Mostrando Rodrigo, Oscar, y Orlando en Pecos de Belén.JPG
Rodrigo Ramirez, el periodista y escritor Oscar Dominguez y Orcasas, el autor