El Ingeniero Enrique Posada Restrepo es un reconocido profesional y docente universitario que se ha destacado como empresario, ecologista y autor. Conferencista de trayectoria internacional, es también coautor del libro Algunas cosas nuestras. Aquí recogemos algunos de sus aportes referentes al barrio.

El barrio y el valor de la amistad
El barrio puede ser
ese lugar mágico donde los niños aprenden los primeros pasos del caminar de la
amistad, con sus amigos en la cuadra, en la esquina, en los parques, en las
zonas comunes, pasando esos instantes siempre entretenidos de los primeros
años. O ese lugar peligroso, donde los niños están sujetos al miedo y a la
inseguridad, al mal ejemplo, al ataque de carros rápidos, conducidos por
personas acosadas e indiferentes que los pueden atropellar o atemorizar sin
aviso.
El barrio puede ser
ese lugar vibrante donde los jóvenes pueden soñar con un mundo mejor,
conversando con sus amigos en cualquier esquina o cualquier casa, en
interminables coloquios y alegatos juveniles, con energía invencible para la
cual todo es posible. O ese lugar oscuro donde se aprenden vicios y se
desgastan los sueños con la ociosidad y la negatividad.
El barrio puede ser
ese lugar familiar y cercano donde las personas pueden sentir y crear esas
fuerzas amorosas y atrevidas que las hacen temblar emocionadas y que las llevan
a formar hogares, a unirse en familias, a concebir y a criar hijos, a convivir
armoniosamente. O ese lugar donde simplemente se duerme y se soporta impaciente
y resignadamente a los demás, en medio de la indiferencia por el otro, en
espera de que llegue el turno de la separación familiar, del divorcio y de la
repartición de los bienes y de los hijos.
El barrio puede ser
ese lugar confiado y tranquilo, donde se viven la edad adulta, la madurez y la
vejez, en medio de conversaciones, proyectos comunes, visitas, celebraciones,
encuentros, admiración por el otros y acompañamiento solidario en sus
necesidades. O ese lugar que se deteriora, que se quiere abandonar, mientras la
soledad, la indiferencia colectiva, la agitación, el ruido, la basura y el
desorden se apoderan de todo y se vuelven lugares comunes, preparando el
terreno para la destrucción de los espacios.
¿Cuál es nuestro
ideal de barrio y cómo se construye, quién tiene la misión de hacer de nuestro
sitio de vivienda un lugar en el cual valga la pena vivir, un lugar acogedor,
culto, solidario, pacífico y desafiante para los espíritus? Pienso que buena
parte de ello está en nuestras mentes, en nuestras palabras, en nuestras
actividades y en el compromiso con la amistad barrial. Con nuestros vecinos, en
nuestros espacios, en nuestras cercanías, podemos aproximarnos al ideal de
barrio amistoso que todos merecemos.
Los lugares sagrados del barrio
En mis viajes por
diversos países y ciudades he podido contemplar que a través de los tiempos se
van estableciendo puntos de interés, sitios que atraen la atención de las
personas y que van adquiriendo una identidad propia, que se vuelven atractivos,
que se respetan, que se cuidan, que se vuelven valiosos.
Estos sitios que
llamaría sagrados, no en el sentido religioso propiamente, sino en el sentido
de su importancia, de su significado especial, adquieren este valor porque se
va creando una concentración de atención y de cuidado que los va distinguiendo
y que eventualmente los hace únicos. Cuando adquieren este significado, se
convierten en hitos, en patrimonios que se conservan, que se protegen, que se
mantienen y que dan valor a las zonas de una ciudad.
¿Dónde está la
importancia, quién decide que un sitio debe respetarse, conservarse, señalarse,
volverse patrimonio, quién decide que algo es valioso? Pienso que en buena parte eso está en
nosotros mismos, los habitantes del barrio, cuando nos enamoramos de los sitios.
¿Posee nuestro
barrio sitios sagrados? Claro que sí y puede poseer muchos sitios más en la
medida en que nos apasionemos por los que somos, por lo que está a nuestro
alrededor, en la medida en que seamos detallistas y observadores. Doy algunos
ejemplos:
En el cruce de la
avenida Bolivariana con la carrera 76 hay dos enormes árboles de caucho
majestuosos, únicos, verdaderos tesoros. En 50, 100 o 200 años podrían ser un
tesoro local o nacional. Pero como están en el centro de la vía, como estorban
la visibilidad, como sus hojas hacen basura y sus raíces levantan las calles,
me temo que eventualmente serán talados y de ellos solo quedará alguna foto, el
recuerdo y quizás esta sencilla crónica. ¿Qué tal si desde ya los declaramos
sagrados y se emprenden las acciones del caso para que sean protegidos,
cuidados, mirando hacia el futuro?
En el barrio
Granada está el colegio San Juan Bosco, con una hermosa capilla, con patios
frescos y amplios, de construcción generosa y digna, lugar de paso de
centenares de jóvenes del Barrio. Ojalá no termine convertido en centro
comercial o vendido el terreno para construir bloques de apartamentos. Dios
quiera que entre todos ayudemos a que se mantenga su oficio sagrado como centro
educativo, cada vez más comunitario.
Propongo que entre
todos señalemos los lugares del barrio que deben ser declarados patrimonios,
que se deben proteger: casas bellas, calles humanas e históricas, árboles
dignos y vitales, parques y jardines, escuelas, iglesias y capillas, estatuas y
monumentos sitios de reunión. Los podríamos distinguir y señalar, fotografiar,
enaltecer, dignificar, con nuestra ayuda y compromiso. El estado debe apoyar a
los propietarios y a las comunidades para que no se vean presionados por el
progreso o por la necesidad o el afán de dinero a destruir nuestro patrimonio.
El
barrio como un lugar para la práctica de la confianza en los demás
Pienso que los
seres humanos hemos ido evolucionando continuamente, desde la guerra hacia la
paz y hoy queremos que el aprecio y la tolerancia hacia los demás sean parte de
nuestras vidas, en un mundo justo y amoroso.
Pero no lo logramos
todavía. Algo que hay en nosotros se atraviesa y de alguna forma sabotea
nuestras buenas intenciones. Entonces, ¿Qué ideas tenemos en la mente que
arrastran nuestra acción, en forma inesperada, hacia la falta de aprecio por
los demás y hacia la intolerancia?
A veces nos
sentimos inseguros y con miedos y la intolerancia es una forma de ocultar
nuestras debilidades. Otras veces pensamos que nuestras ideas son las únicas
verdaderas y que las ideas de los demás son una amenaza. O sentimos que nuestro
tiempo es muy importante y tenemos miedo de que los demás nos hagan perder el
tiempo.
Pienso que son
ideas de miedo las que alimentan la intolerancia. Propongo entonces llenarnos
de ideas de confianza. Declarar que el
otro no es amenaza. Declarar que necesitamos del otro para completarnos y que
esa es nuestra esperanza de autosuficiencia real. Declarar que las ideas de los
demás valen la pena, que son admirables y verdaderas. Que la verdad es construcción
colectiva de puntos de vista que se completan. Declarar que la unión es cosa
buena y que en el amor y en aprecio está la solución del miedo.
Propongo que veamos
nuestro barrio, lleno de gente preciosa de Belén, como el espacio ideal para la
práctica de estos contactos cariñosos con el otro, que nos permitan llenarnos
de ideas de confianza.
Hacia la construcción de un barrio más amable
Medellín tiene fama
de ser una ciudad de gente muy agradable, que trata con apertura y cariño a los
visitantes, que orienta a las personas a encontrar direcciones, que atiende muy
bien en los almacenes y centros comerciales, que es alegre y sonriente. Pero es
mucho lo que se puede mejorar para hacer de nuestro barrio, de Belén, un lugar
todavía más amable. Idealmente podríamos llegar a ser conocidos como un lugar
ejemplar, muy especial, donde lo normal es el trato cariñoso bajo todas las
circunstancias.
Al vivir en el
barrio en casas, en apartamentos y unidades cerradas, nos encontramos
diariamente con porteros, con vecinos, con personas que traen domicilios, con
vigilantes, con vendedores, taxistas y conductores. El saludo, la sonrisa, el
gesto abierto, el agradecimiento por los servicios que recibimos, la acogida y
la invitación para recibir visitas, para compartir y conversar, son
posibilidades que tenemos y que siempre serán más interesantes que la
indiferencia, la lejanía y el rechazo.
Cuando conducimos
vehículos nos encontramos con otros conductores, con peatones, con ciclistas y
motociclistas. El ceder la vía, el respetar los carriles, los semáforos, las
señales y los pares, el dar paso preferencial en las calles residenciales a los
peatones, el dar espacio a las motos, el evitar acosar, el conducir con calma,
con humildad y con atención, harán que en nuestro barrio haya menos estrés,
menos congestiones, menos accidentes y menos víctimas.
Muchos trabajamos
en lugares o en oficios donde se atiende a la gente: comercios, bancos,
tiendas, cafés, restaurantes, colegios. Siempre habrá oportunidad para dar
atención exquisita al otro, para hacerlo sentir bien, para compartir y provocar una sonrisa y un gesto
amable.
El tránsito por las calles del barrio
Las calles se
constituyen en un espacio vital para nuestro barrio. Ellas son buena parte del
área, arterias vitales de comunicación entre los habitantes, ocupan nuestra
atención, son parte de la existencia diaria. Aprender a convivir con la calles
es una tarea necesaria para todos. Necesitamos una cultura de las calles, una
cultura del paso por las arterias y las avenidas, unos principios de
coexistencia que hagan muy amables los tránsitos de todos nosotros por las
calles de nuestro barrio.
Hay unas vías
principales, como la avenida 80, la calle 30, la carrera 76, la carrera 70, la
carrera 83, la calle 33. En ellas es natural que dominen los vehículos, ya que
son pasos que usa toda la ciudad, con flujos enormes, repletas de negocios y
sitios comerciales. Pero es importante que el peatón pueda encontrase cómodo en
ellas, sin que se sienta en riesgo de muerte cuando las tiene que atravesar,
cuando camina por ellas. Ello implica puentes peatonales, semáforos que
permitan el paso de la gente, señalización adecuada, aceras amplias y
separadores entre ellas y los vehículos, sitios para descargar y recibir
pasajeros, normas y vigilancia. Cada una de estas vías debe ser designada como
tal y ser objeto de diseño, de educación, de vigilancia, de cuidado especial
por parte de las autoridades y de parte de todos nosotros.
Hay muchas vías, la
mayoría, de bajo tránsito. En ellas, es natural que el dominio sea del peatón,
ya que son las calles del barrio, las calles de las señoras, de los señores y
de los niños, de la vida diaria. Todo conductor debe transitar por ellas con
calma, pendiente del peatón. Deben contar con puntos de paso en los cuales,
cuando haya un peatón, los vehículos deben parar de inmediato, ya que el peatón
lleva la primacía.
En nuestro barrio
son cada vez más comunes las motos y debieran ser cada vez más comunes las
bicicletas. Hay gente que protesta contra la presencia de tantas motos. Pero,
¿Si es razonable protestar? Los que van en moto y en bicicleta son gente buena,
son nuestros hijos o amigos, gente del barrio que quiere llegar a trabajar o
estudiar, que reparte productos para nosotros. Gente que merece espacios de
circulación dignos, que no impliquen grandes riesgos para sus vidas, que nos
los obliguen al malabarismo. Está en nuestras mentes de conductores de carros,
volquetas y buses, el dar espacios, el no acosar, el aceptar con aprecio al
que, como nosotros, utiliza las vías. Está en nuestras mentes de motociclistas
y ciclistas, el ser prudentes y respetar las normas, evitando complicar todavía más la compleja situación
de tráfico.
¿Museos en Belén?
Los museos son
establecimientos en los cuales se aprecia la calidad de los conglomerados
humanos. En ellos se conservan y se
exhiben los tesoros que la sociedad ha producido y que tienen un claro valor
comunitario. Las obras de arte, los objetos históricos, los documentos
valiosos, los artefactos singulares que vale la pena conservar, los hitos de la
ciencia y de la tecnología, los elementos que identifican la cultura y las
costumbres de las comunidades y de los pueblos, las herencias que dejan las
personas cuidadosas que son conscientes de la importancia de las tradiciones e
hitos que marcan el paso del tiempo.
Los museos permiten
que las personas hagan viajes contemplativos por universos distintos al de la
vida diaria, constituyen rompimientos de la rutina que despiertan la
creatividad y las visiones, que enaltecen el alma. Facilitan el diálogo entre
los protagonistas destacados de la
historia, del arte, de la ciencia, de la naturaleza y las personas que llevamos
vidas más sencillas. Los Museos contribuyen a la riqueza cultural y a crear
valor social.
Belén tiene madurez
suficiente para contar con varios museos: Un museo de Artistas del Barrio (al
lado del nuevo parque biblioteca); un Museo de Tradiciones Populares (en el
sector del Rincón); un Museo de Ecología con énfasis en la riqueza natural de
las montañas de Belén (en el Cerro Nutibara); Un Museo de Tradiciones
Religiosas (en el parque); Un Museo de Ciencia y Tecnología (en alguna de
las universidades o colegios); un Museo
de los Deportes (En la Unidad Deportiva); un Museo Aeronáutico (en el parque
Juan Pablo II).
Hacia un barrio más amigable para las personas
Las calles del
barrio tienen diversas funciones: sirven de medios de transporte para los
vehículos y para las personas, son lugares públicos para caminar y visitar,
para encontrarse con los demás, son lugares para la comunicación y para el
comercio. Pero nuestro barrio se va convirtiendo cada vez más en una agrupación
de unidades residenciales, sin mayor atractivo para el caminante, con espacios
de circulación diseñados para el conductor impaciente y veloz, sin mayor
intención de acoger a las personas transeúntes.
Un barrio de
calidad se construye con calles de calidad. En ellas el caminante cuenta con
aceras y zonas peatonales amigables y cómodas, que lo protejan del tráfico, que
sean seguras, sin obstáculos, que tengan continuidad, con jardines, con bancas
e inclusive con obras de arte. Belén debiera estar abierta a los caminantes que circulen por las vías del
barrio, haciendo ejercicio, visitando con comodidad los lugares públicos, el
comercio, los establecimientos educativos, los escenarios deportivos,
recorriendo y conociendo. Desafortunadamente esta no es siempre la dirección
hacia la cual marcha el barrio. Con frecuencia el caminante debe hacer piruetas
para travesar las calles, poner enorme cuidado para no tropezar, competir con
los carros por el espacio. Un ejemplo de espacios bien diseñados para caminar
que debiera multiplicarse por el barrio es de las amplias aceras que rodean al
nuevo parque biblioteca.
Así como es importante
que sea amigable caminar por el barrio, es muy importante que sea seguro y
cómodo utilizar el transporte público. Los conductores deben ser muy
conscientes de que llevan personas en sus vehículos que merecen sentirse
protegidas, tranquilas, bien atendidas.
Debería ser muy amable viajar en bus, subirse y bajarse. Es inaceptable que las
personas de edad avanzada o los que son lentos o los que están cansados después
de un día de trabajo, los fuertes o los débiles, los viejos y los jóvenes, sean
hombres o mujeres, se sientan como bultos humanos o como obligados deportistas
de alto riesgo sujetos a caídas mortales y a bruscos movimientos amenazantes y
humillantes.
La solidaridad comunitaria en Belén
Los problemas
sociales son parte importante del ambiente que rodea la vida de las ciudades y
los habitantes de Belén no podemos ser indiferentes a ellos. Estos problemas se
manifiestan en las personas que viven en condiciones difíciles en zonas de
nuestro barrio, apretujadas en pequeños espacios, sin un empleo digno capaz de
generar ingresos para sus necesidades básicas; se manifiestan en las personas
que laboran en las calles, suplicando por una moneda a cambio de un pequeño
servicio que nos altera la espera en los semáforos; se manifiestan en las personas
sujetas a violencia familiar; en los que están esclavos de las drogas y del
alcoholismo; en los que gastan su tiempo y sus ingresos limitados en los
casinos.
¿Qué podemos hacer,
atrapados entre nuestros trabajos y el encierro diario de nuestras unidades
residenciales? Salir, salir comunitariamente, descubrir a las entidades del
barrio que están trabajando por los demás y contribuir. Destinar una parte de
nuestros ingresos y de nuestro tiempo a la solidaridad. Propongo dos cosas: que
cada persona y cada unidad residencial se asocien con una obra social en el
barrio y que nuestro periódico Gente de Belén haga un inventario de las
entidades que trabajan por estas cosas en el barrio, que hable de ellas, para
que las podamos conocer y apoyar.
Los espacios para vivir con calidad de vida.
Soy una persona
casada, con más de 40 años de matrimonio estable. Considero muy importante mi
vida de pareja y trato de enriquecer la amistad con mi esposa, de forma que no
se agote con el paso del tiempo. Esto lo hemos alcanzado entre los dos, a base
de muchas acciones de vida y de una actitud de aprecio y de admiración por el
otro. Hemos creado unos espacios regulares para vivir con calidad de vida. Uno
de ellos es la asistencia semanal a una película. Sin falta vamos a cine.
Tenemos la fortuna
de vivir en Belén y de estar cerca de los cines del centro comercial de las Américas. Cuando estábamos jóvenes,
íbamos al Teatro Libia, en el centro de la ciudad; allí las películas siempre
eran buenas y contribuían a enriquecer nuestras vidas. Ahora hemos encontrado
algo semejante en las tres salas de cine de nuestro lugar favorito semanal.
Cine de buena calidad para dar calidad a nuestras vidas.
¿Qué es calidad de
vida en este caso? Saber que gozamos de una buena atención de personas jóvenes
y amables, poder tomarnos un café capuchino, con calma, antes de la película;
saber que cualquiera de las tres películas va a ser inteligente, entretenida,
desafiante, bella. Saber que se trata de un lugar calmado, donde no habrá
largas filas ni acosos. Poder compartir y conversar y apreciar cosas nuevas.
Yo quiero señalar
el esfuerzo que hacen las personas que seleccionan y presentan las películas en
este lugar, manteniendo altos estándares de calidad y de atención, a pesar de
que la asistencia es pequeña, a pesar de que las utilidades, si las hay, deben
ser pequeñas. Quiero invitar a mis lectores, gente de Belén, a que descubran en
nuestro barrio los muchos espacios acogedores y amables que existen, cafés,
restaurantes, parque biblioteca, centros comerciales, para que establezcan
programas regulares para enriquecer sus vidas familiares, de pareja y de
amistad. Eso hará que nuestro barrio sea más amable.
Agradecidos de vivir en Belén
El expresar
sentimientos de agradecimiento es una posibilidad que tenemos para inyectar
vitaminas de amabilidad en nuestras vidas y ambientes. Hoy quiero llamar la
atención hacia las muchas razones para reconocer que, nosotros, la gente de
Belén, somos muy afortunados con el precioso barrio en que vivimos.
Agradezcamos esas
bellas montañas, recostadas al occidente, tan cercanas y ondulantes, siempre
verdes, altivas y atractivas, llenas de vida, de veredas y casas campesinas.
Desde ellas baja el viento fresco y puro en las mañanas, hacia ellas se van en
las tardes los aires ya gastados y respirados para ser purificados de nuevo por
las humildes plantas que las tapizan. Esas mismas montañas nos regalan,
danzando con el sol, los atardeceres de Belén, con nubes misteriosas teñidas de
arreboles dorados. Quizás, algún día, debidamente agradecidos por el regalo del
agua montañera, seremos capaces de recuperar las preciosas quebradas que bajan
de lo alto, para disfrutar de los susurros musicales de sus aguas.
Agradezcamos
nuestro bello parque de Belén, con sus árboles y jardines y con los jubilados
que los cuidan y encuentran en ellos paz interior. Agradezcamos nuestras instituciones
educativas, abundantes, bien dotadas, que ofrecen visiones, educación y futuro
a nuestros hijos. Sintamos orgullo por nuestro nuevo parque biblioteca, que muy
pronto será nueva fuente de sabiduría y cultura para nuestro barrio.
Agradezcamos la riqueza de centros de culto que tenemos en el barrio y nuestra
apertura hacia las ideas d los demás, que nos permite contar con una mezquita.
Agradezcamos las muchas manifestaciones
culturales que vibran en Belén.
Apenas he
mencionado unas pocas cosas. Te invito, amigo lector, a mirar a tu alrededor
para que veas muchas más razones para dejarte inundar por sentimientos de
gratitud y para expresarlos.
El amueblamiento urbano del barrio
En nuestras casas
contamos con los muebles para realizar con toda comodidad nuestras actividades
diarias: una mesa para sentarnos en familia a comer; una sala para sentarnos a
recibir a nuestras amistades y conversar; unos electrodomésticos para hacer más
amable el lavado de la ropa y la preparación de los alimentos; unos equipos
para comunicarnos, para estudiar, para entretenernos; unos accesorios para
cuidar nuestros cuerpos y estar aseados; un rincón, por pequeño o humilde que
sea para orar o meditar; unas habitaciones para descansar y para la intimidad.
En esa misma forma nuestro barrio debe contar con lo que llamamos el amueblamiento
urbano. Es lo que da valor agregado al barrio, es lo que nos da orgullo de ser habitantes
de Belén.
Hacen parte del amueblamiento
muchos elementos que damos por sentados, quizás ni caemos en cuenta de que
existen, que han sido construidos poco a poco, con esfuerzo, con dedicación,
con cariño y buena voluntad, como resultado de importantes inversiones
comunitarias. Entre estos elementos están las calles, que permiten la
movilidad; las aceras, que permiten caminar sin riesgos; la red de teléfonos
públicos; las redes de iluminación; los paraderos de buses; los avisos y señalizaciones;
los espacios verdes, los jardines y los separadores de vías; las bancas
públicas; las barandas de los puentes; los canales que conducen el agua de las
lluvias y los desagües; las cubiertas que protegen de la lluvia al caminante;
los puentes peatonales; los recipientes de basuras.
Así como en
nuestras casas tratamos de cuidar los muebles, de hacerles mantenimiento, de
modernizarlos y embellecerlos, de usarlos con cariño, de aprovecharlos para
enriquecer la vida, así mismo tiene que ser con los muebles urbanos. Debemos
tener conciencia de que nos pertenecen, que son una extensión de nuestra casa,
de que los debemos cuidar, embellecer, construir, modernizar.
Es amable un barrio
en el cual las personas transitan por las aceras sin miedo a un tropezón y a un
accidente, sean adultos mayores o niños, protegidas y guiadas por señales bien
diseñadas y amables, iluminadas por jardines y flores en el día y por las luces
en las noches, admiradas con el cuidado y el civismo evidente hasta en el más
mínimo detalle.
Propuesta para dar nombres a las calles de Belén
Nuestra ciudad y
nuestro barrio cuentan con un sistema de nomenclatura de sus calles que es
admirable. Con el número de la calle o carrera y el número de la casa o local
(basado en la calle o carrera cercana y su distancia aproximada en metros) es
muy fácil dar con las direcciones. Respetando plenamente este admirable
sistema, quiero sugerir que a cada calle y carrera de nuestro barrio se le dé
además un nombre. Propongo asignar nombres en las siguientes formas, por
ejemplo:
·
Nombres
de flores (violeta, rosa, clavel, magnolia…).
·
Nombres
de árboles (sauce, cedro, guayacán, yarumo…)
·
Nombres
de frutas (guayaba, manzana, lima, naranja…)
·
Nombres
de esencias y sabores (canela, cardamomo, pimienta…).
·
Nombres
de ritmos musicales (cumbia, salsa, bambuco, torbellino…)
·
Nombres
de pájaros (azulejo, colibrí, mirlo, gavilán…)
·
Nombres
de personajes, ojalá cercanos al barrio.
·
Nombres
de regiones según continentes o países (Siria, Libia, Holanda…)
·
Nombres
de planetas, constelaciones y estrellas (Aldebarán, Régulo, Sirio…)
Se me ocurre que
con dineros de los presupuestos participativos se puede convocar a los artistas
del barrio y de la ciudad para que diseñen los motivos que se utilizarían en
las placas que se pondrían en cada esquina. Serían bellas placas de cerámica o
de metal o de madera, propias para cada sector, con diseños creativos que
darían identidad a nuestro barrio.
Se podrían asignar
los nombres por sectores, para dar a la vez una identidad propia, en cierta
forma como ocurre ya con los nombres de las unidades residenciales. Para estos
nombres se podría también impulsar la idea de que estén asociados a placas
bellas y atractivas, de diseño artístico o artesanal.
Para hacer de Belén el barrio de las flores
Medellín tiene uno
de los títulos más hermosos que una ciudad puede recibir: es la ciudad de las
flores. Este bello nombre se renueva anualmente con la feria de las flores y
con el desfile de silleteros. Nuestro barrio de Belén, uno de los más
tradicionales de la ciudad, enmarcado en una geografía de altivas montañas, no
debería ser inferior a esa fama de ciudad en flor que tiene Medellín. Pero,
¿realmente está Belén a la altura, realmente tenemos en el barrio una cultura
de los jardines y de las flores, de las matas florecidas en las ventanas, en
los antejardines, en los separadores de las calles, en los parques y zonas
verdes? Pienso que hay mucho por hacer y que si decidiéramos colectivamente
embellecer nuestro ambiente y colmarlo de flores, se llenaría nuestra vida de
color, se enaltecería nuestro entorno y el barrio sería mucho más amable,
fresco, valioso y acogedor.
Propongo entonces
que demos inicio a una serie de acciones individuales, familiares,
empresariales y colectivas para hacer de Belén el barrio de las flores.
Individualmente podemos llenar de materas florecidas nuestros balcones y
ventanas; cultivar los espacios disponibles en los antejardines con especies
atractivas de flores variadas; patrocinar jardines en los parques y en las
unidades residenciales; solicitar a las autoridades que además de mantener
verdes los separadores de las vías, los mantengan florecidos. Las empresas,
comercios, establecimientos, pueden llenar de macetas alegres y atractivas las
entradas, los ventanales y los espacios interiores.
Entonces las rosas,
los geranios, las siemprevivas, las dalias, las margaritas, las azucenas, los
lirios, las orquídeas, los hibiscos, los
claveles, los alelíes, las violetas, las begonias, los anturios, los platanillos,
las flores del paraíso, las hortensias, todos esos bellos nombres y seres vivos
estarán con nosotros y harán del barrio un paraíso.
Para evitar el deterioro de Belén
La ciudad tiene
aspectos muy interesantes y es por ello que en los países las gentes del campo
tienen la tendencia a emigrar hacia las urbes. Es así como se van conformando
los barrios como conglomerados cada vez más densos de personas que se agrupan
en unidades y en edificios. Mis padres dejaron su pueblo del suroeste y se
asentaron en Belén, en aquella época también un pueblo, pero muy cercano al
centro de la bella y atractiva Medellín y nos convertimos en gente de Belén,
tan ciudadanos de ciudad como cualquier persona. Belén es hoy una ciudad dentro
de gran ciudad, con todas las ventajas y sin muchas de las desgracias que
afectan a los centros de una ciudad como Medellín.
¿Cómo lograr
mantener estas ventajas sin que nos lleguen el deterioro urbano, la
indiferencia, la inseguridad, la soledad de las personas, la falta de
solidaridad, las congestiones, la invasión de los espacios públicos, la falta
de flores y jardines, el abandono de las viviendas y la comercialización
absorbente de los espacios? Esta es una tarea que debemos acometer todos los
habitantes de nuestro barrio, pensando entre todos formas para ser más
solidarios y buenos vecinos, más amables y educados, más amigos de los jardines
y las flores y más dispuestos a cuidar y a embellecer las aceras y los límites
de nuestras unidades y casas. Si logramos que caminar por las limpias calles de
Belén sea un placer, que las personas se conozcan entre sí y se saluden y que
las unidades residenciales no sean islas en el mar de la indiferencia, es
posible que lo logremos.
Apoyemos a las personas que limpian nuestro barrio
La sociedad moderna
utiliza grandes cantidades de materiales de empaque para dar una mejor
presentación a los productos y para protegerlos. Papel, plástico, cartón,
latas, vidrio. Hemos aumentado también nuestros hábitos de consumo, en busca de
mayor comodidad y disfrute. Estos dos hechos dan lugar a la generación de
cantidades muy grandes de desechos y materiales sobrantes. Es así como cada
habitante, en promedio, produce 1 kilo diario de desechos sólidos, es decir
casi 400 kilos por año.
Afortunadamente
contamos con unos servidores públicos que se encargan de recoger regularmente
estos materiales para llevarlos a sitios de disposición final. De lo contrario
se acumularían en las calles, en los lotes, en las zonas verdes, creando caos y
aspecto sucio y maloliente, como ocurre en lugares del mundo que no están tan
bien organizados como nuestro limpio barrio de Belén.
Pero hay un aspecto
en el cual podemos colaborar mucho más: el reciclaje. Diariamente recorren
nuestro barrio decenas de personas sencillas, que eficaz y calladamente recogen
materiales que se pueden reutilizar: papel, cartón, metales, vidrio, envases de
PET, plásticos. Ellos lo separan, lo empacan, lo transportan en sus carretas
hasta sitios especiales que se encargan de facilitar su uso y contribuir a
ahorrar materiales y a evitar que se agoten con rapidez los sitios de
disposición final. Nosotros, gente de Belén, podemos separar en nuestras casas,
unidades y negocios los productos, evitar que queden revueltos y sucios, tratar
de entregarlos a los recicladores para facilitar su tarea y ayudar a que tengan
más ingresos. Seamos creativos y ayudemos. Vale la pena.
Las Montañas y las quebradas de Belén
Vivimos en
Antioquia, la tierra de las montañas y en Medellín, la capital de la montaña.
Desde pequeño, cuando vivía en Belén Terminal, sentía una enorme atracción por
las montañas de Belén. En los fines de semana salíamos con los amigos del
barrio, con mucha frecuencia, a subir a las montañas, para contemplar la ciudad
a lo lejos, para coger guayabas, moras y mangos, para sentir la libertad que se
experimenta en las alturas, para llenarse de aire limpio y saberse lleno de
energía y de potencia, para recorrer sus quebradas y llenarse de sus cantos.
Todavía hoy podemos
contemplar y apreciar esas bellas montañas. Desde ellas baja el viento fresco y
puro en las mañanas, hacia ellas se van en las tardes los aires ya gastados y
respirados de la ciudad, para ser purificados de nuevo por las humildes plantas
que las tapizan. Nuestras quebradas tutelares, como La Guayabala , La Pabón , El Saladito, Caza
Diana, Altavista, Picacha y la
Altavista , se desprenden cantarinas desde sus alturas, con
permanente inocencia y pureza, sin que importe que sean manchadas con las
basuras, con el entubamiento o la canalización forzada, con la indiferencia y
con la contaminación. Estoy seguro de que algún día caeremos en cuenta del
enorme valor de estas cuencas y las recuperaremos para convertirlas en
patrimonio de Belén.
Esa es mi llamada.
Los habitantes de Belén debiéramos dar una mirada cariñosa, atenta, acogedora a
nuestras montañas y a nuestras quebradas. Podemos pedir a las autoridades
ambientales y municipales que establezcan parques lineales a lo largo de todas
las quebradas y reservas naturales ecológicas en las cuchillas de las montañas
y en las zonas que bordean las quebradas de Belén. Serían zonas para caminar,
para meditar, para contemplar, para recibir inspiración, para conocer de las
plantas, para descansar, para sentir orgullo y llenarse de belleza. Muchas
personas podrían sacar el sustento de estos parques, sirviendo como guías, como
guardas naturales, como vigilantes y encargados de los senderos como
proveedores de servicios. Belén sería un barrio único, ejemplo de manejo
ambiental y de equilibrio.
Para que florezcan los canales de Belén
Hace ya bastantes
años, cuando vivía en Belén Terminal, nos asombraba la quebrada La Picacha, era
un ser mítico que bajaba de la montaña y que visitábamos en nuestras
excursiones de niños, entre caminos y barrancos, al son de sus cantarinas
aguas. Hoy, ella y casi todas las quebradas de la ciudad y todas las del
barrio, están atrapadas en rectos canales de cemento, domadas para que no hagan
daños en invierno y encerradas para que no reclamen sus lechos ancestrales,
ahora convertidos en vías lineales. Pero todavía cuentan esos canales con zonas
verdes que se asoman tímidamente ante nosotros, los habitantes de Belén, con la
esperanza de que las cuidemos y las admiremos.
Quisiera proponer
que convirtiéramos estas cintas verdes en hermosos jardines, repletos de
arbustos y de flores, para que ningún habitante del barrio vuelva a arrojar
basuras, a profanar las vetustas aguas con mugrosas ofensas, para que no se
conviertan en nidos de ratas y de plagas, para que sean un regalo para la
vista, una inspiración de artistas y una admiración de los visitantes. Ese
sería un desagravio que pudiéramos hacer a las orgullosas aguas que bajan de
nuestras montañas, ahora humildes, sucias y calladas.
Desafíos para las abundantes unidades residenciales de
Belén
Belén se ha
convertido en un barrio de unidades residenciales con edificios de 20 y más
pisos, con nombres atractivos que proclaman su naturaleza verde, amigable, casi
poética. En algunos casos cuentan con jardines, zonas para caminar y para hacer
deporte, amplios accesos para las personas y los vehículos, proporcionados a la
cantidad de apartamentos; en otros casos, los constructores y las autoridades
que dan los permisos, han sido mezquinas con esta visión y han permitido un
cierto hacinamiento, una sensación de urbe neoyorquina, pasada de moda. Lo que
ha sucedido ya es realidad inmodificable. Ahora nos toca a todos, construida y
habitada la unidad, construir y habitar el barrio, que no es lo mismo.
Para construir el
barrio, los habitantes de las unidades deben sentir un enorme respeto por el
vecino, que se manifiesta en la forma en que se conducen los vehículos en las
calles del barrio, las cuales no son autopistas, sino zonas comunitarias, con
gente, con viviendas, que se sienten atropelladas por el nuevo e incesante
tráfico, veloz y ruidoso, que pudiera ser calmado y respetuoso. Para construir
el barrio hay que conocer al vecino, hay que armar relaciones entre unidades
vecinas; hay que sentirse cada vez más como gente de Belén, admirando y
compartiendo lo que tiene este barrio tan especial.
Estas personas tan importantes que
hacen la vida más amable
Caminaba
por las calles de mi barrio con mi cámara digital, distraído y presuroso, cuando se apareció frente a mí, en uno de los sencillos jardines que tapizan
los senderos, un rosal con una única rosa roja.
En un instante de magia sentí el impulso de la rosa y decidí detenerme,
observarla, detallarla, verle su belleza y cayendo en cuenta de que tenía
conmigo la cámara, le tomé una foto. Entonces me puse a pensar en las manos
cariñosas que sembraron el rosal, en los ojos atentos que lo mantienen limpio y
bello y caí en la cuenta de esas personas tan
importantes que hacen más amable la vida de mi barrio.
Estoy
hablando de los porteros y de los vigilantes de las unidades residenciales que
cada vez más inundan a Belén, con edificios altos, de presencia imponente y
apabullante, que se suaviza con sus zonas verdes y jardines y con la humanidad
vital de estos personajes que las cuidan y las vigilan. Es posible que en medio de la multitudes que
viven en las unidades, sean los porteros y los vigilantes los únicos que nos
saludan sin falta, los únicos que nos conocen a todos por nuestros nombres, los
únicos que están pendientes, de alguna forma, de los vecinos del edificio,
todos tan cercanos y tan lejanos los unos de los otros.
Portero
y vigilante, te reconocemos en esas flores que cuidas, en la impieza y en la
belleza de los jardines que cultivas, en tu saludo atento, en el cuidado que
nos protege, en tu presencia constante, en tu servicio callado y vital.
El maravilloso sentido de la vida humana
Belén congrega
miles de hombres y mujeres, que conviven y comparten espacios vitales. Nunca
debemos perder de vista que toda persona que vive cerca de nosotros, que pasa
por las calles del barrio, que trabaja en nuestras unidades residenciales, que
enseña o estudia en nuestras escuelas, que nos atiende en los almacenes y en
los negocios, es un ser humano especial. Su existencia a nuestro lado ha sido
posible luego de miles de años de evolución, en una cadena continua de padres e
hijos. Es todo un milagro de supervivencia, hemos superado en esa cadena de
vida peligros, azares, pruebas. Es una maravilla estar vivo y ser parte de esa
continua red de existencia, la cual ha
sido posible por la solidaridad y el amor de muchas personas.
Estamos acá juntos
y a veces nos llegan las noticias de gente del barrio que es asesinada por
otros seres humanos. ¿Cómo puede ser posible que en esta época de conocimiento,
de cultura, de tantas posibilidades, todavía haya personas que se atrevan a
acabar con la vida de estas personas de nuestro barrio? ¿No son conscientes,
los que se atreven a matar, de la maravilla que es el ser humano, aún el más
humilde y sencillo, sea rico o pobre, distinto o similar? ¿No se dan cuenta que
están interrumpiendo una cadena muy antigua de vida y de sabiduría? ¿Caen en
cuenta del enorme mal, de la gran injusticia, de la gran ignorancia, del gran
desperdicio de oportunidades, de las semillas de tristeza y de desesperanza que
así siembran?
Habitantes de un barrio, más allá de los límites del
tiempo
En la niñez tenemos
proyectos que sobrepasan los límites del tiempo. Sentimos que nuestros sueños
son eternos. A medida que pasa el tiempo nos vamos volviendo realistas y existe
el riesgo de que, poco a poco, abandonemos tales proyectos eternos.
Imaginemos una
siembra que trascienda los límites del tiempo. Una empresa que dure cien años y
más. Un poema que vayan a leer nuestros biznietos. Una persona que podemos
ayudar a salir adelante para que cree algo valioso y completo. Una amistad para
siempre. Renovemos nuestros sueños aunque estemos algo viejos.
Imaginemos que
nuestro barrio supera los límites del tiempo. Visualicémoslo con árboles centenarios, orgullo de las
generaciones que vienen; con jardines únicos de fama que trascienda los límites
de nuestras mentes; con calles de nombres poéticos y sonoros que serán
pronunciados por los años de los años; con parques, andenes y senderos donde se
pueda caminar sin afanes y sin miedos; con calles transitadas por conductores
respetuosos y amables; con cafés para conversar y oír música bella; con centros
de conocimiento y de saber que resuelvan los problemas que nos agobian; con
unidades residenciales y casas amables, en las cuales la solidaridad y la
amistad, la tranquilidad y la vida sean protagonistas eternos.
La sabiduría de los mayores
La sabiduría
ancestral nos ha sido comunicada desde siempre, en una cadena interminable de
la cual hacen parte nuestros padres, los abuelos, los maestros, los libros, las
tradiciones, los buenos amigos y la religión. Un barrio como el nuestro,
tradicional, cuenta con muchas personas que pueden decir, como el poeta:
“confieso que he vivido”. Es importante que las ricas tradiciones, las
historias, las anécdotas, los cuentos de esas
personas de experiencia, no se pierdan y hagan parte del acervo de
nuestras vidas y de nuestro barrio. Nuestro periódico Gente de Belén puede
servir como medio de expresión y recoger historias y sabiduría de vida. Eso nos
enriquecerá. Por eso debemos aplaudir la idea del periódico de hacer crónicas
del barrio.
Para todos llega el momento de apropiarnos de
la vida y de revisar el significado que tiene para nosotros. Este significado
es propio, como las huellas digitales y encontrarlo merece toda nuestra
atención. Hacemos un gran homenaje a nuestros adultos mayores si les permitimos
recoger esos textos de sus vidas, quizás escondidos, para que se hagan públicos
para ellos y para los que estemos dispuestos a leerlos y a apreciarlos. Es
también una enseñanza para las personas más jóvenes, que podrán aprender,
disfrutar, soñar y atreverse, viendo lo atrevidos y soñadores que fueron los
que ya son adultos mayores de ricas experiencias.
Lo que pensamos de nuestro barrio
Como los seres
humanos tenemos una mente tan especial, tan capacitada, tan potente, siempre
podemos explorar las posibilidades que tenemos para ponerla al servicio de la
vida. Las personas podemos buscar el disfrute de tres calidades muy importante
de la mente: que esté despierta y alerta, que esté activa y que esté creativa.
Estas formas de pensar se reflejan en pensamientos e ideas, en creencias que
tienen una influencia determinante sobre la realidad que vivimos las personas.
Nos pueden condicionar la vida o nos pueden liberar; nos pueden ordenar o nos
pueden desordenar; nos pueden generar violencia o traer paz.
Según esta forma de
ver las cosas, lo que se siente y lo que se experimenta al vivir en un barrio
tiene mucho que ver con las ideas que tenemos sobre nuestro barrio: cómo lo
vemos, cómo lo nombramos, qué esperamos de él, qué visión tenemos de su futuro
y de su historia, qué cosas decimos del barrio, qué planes tenemos con respecto
a nuestro barrio, qué relación vemos entre él y nuestras vidas y nuestras
familias. En la medida en que nos identifiquemos con una visión amable,
favorable y constructiva de nuestro barrio; en la medida en que hablemos bien
de él, en la medida en que soñemos con posibilidades y proyectos barriales,
sentiremos que en realidad vale la pena vivir en este barrio tan especial.
Los centros comerciales
Nuestra moderna
ciudad se ha ido llenando más y más de decenas de grandes unidades
residenciales de uno o más apretujados edificios de más de 20 pisos, en cada
uno de los cuales viven fácilmente 200 personas, con sus carros, con sus vidas
privadas, con sus afanes y sus tiempos estrechos que apenas si dan espacio para
un saludo en el ascensor.
En los pueblos, que
de alguna forma son el origen de todos nosotros, existía el parque, al cual
acudían las personas a caminar, a conversar, a comprar. Ahora, en las ciudades,
no hay muchos parques ni sitios similares y el centro se aleja de las personas
y de los barrios. Entonces, ¿qué los reemplaza? Los centros comerciales, que lo
tienen todo: la plaza de comidas, el gimnasio, la cancha, el casino, el banco,
la ferretería, la tienda, el almacén, la heladería y el café; y aunque no
tienen iglesias, no falta en ellos la misa dominical. Y para facilitar las
cosas, cuentan con parqueaderos amplios.
Son una nueva
realidad cívica importante que debemos acoger y poner al servicio de la
convivencia comunitaria, del civismo, de la educación, de la formación de las
personas, de la amistad, del empleo digno. Este es un desafío para todos, para
sus administradores y para nosotros, los habitantes del barrio.
Las cuencas de nuestro barrio
Belén posee varias
de las quebradas más notables del Valle de Aburrá, lugar único en el mundo por
la diversidad de aguas que bajan de las montañas. Entre ellas están la Picacha
y la Altavista. Se caracterizan por zonas altas, todavía con cierto nivel de
conservación y de vida, y zonas bajas canalizadas, casi muertas y muy
urbanizadas.
Sería un gran golpe
de astucia urbana si se tomara la decisión de prestar gran atención a las
cuencas del barrio para transformarlas en zonas de interés ambiental,
recreativo, ecoturístico y educativo, que además tendrían implicaciones
económicas y de empleo favorables. Esto como contraste a seguir canalizando sus
aguas y dejando que las invadan los edificios, los asentamientos y las calles,
y eventualmente, cubrirlas, para que no quede de ellas sino el recuerdo, algún
artículo perdido de prensa de barrio y viejas fotos nostálgicas.
Propongo crear
autoridades para cada cuenca, con la finalidad de realizar proyectos para
recuperar y negociar las zonas invadidas; repoblarlas de especies endémicas de
anfibios, reptiles, pájaros y peces (como el capitán y la sabaleta); establecer
parques lineales y senderos ecológicos; sembrar bosquecillos, arbustos y
jardines; embellecer y ampliar las orillas sin canalizarlas; crear centros de
estudio e investigación convocando a las universidades y colegios; mantenerlas
limpias de basuras y de aguas negras y generar amor y educación colectivos.
La vida comunitaria
De alguna forma la
vida moderna nos ha llevado a la fuerza a compartir con otras personas la
propiedad, como sucede en las unidades residenciales de nuestro barrio. Digo
que a la fuerza porque esto nos ha tomado de sorpresa, sin que tengamos todavía
la mentalidad bien adaptada a este estilo de vida.
En estas unidades
compartimos muchas cosas: las zonas comunes, los jardines, los gimnasios, las
zonas deportivas, los ascensores, las entradas, el nombre de la unidad, los
gastos de embellecimiento y sostenimiento en el tiempo, el manejo de los
desechos sólidos, la portería y el manejo de los visitantes, los lugares de
estacionamiento. En algunos casos se comparten servicios. Para lograr que todo
esto funcione bien, existen normas y reglamentos, consejos de administración,
comités de convivencia, cuotas. Pero, al final, lo más importante es nuestra
actitud de convivencia, de colaboración, de apertura hacia las personas, sus
costumbres y modos de ser.
Quisiera rendir un
homenaje a todos nosotros, los que vivimos en comunidad con espíritu
comunitario, sirviendo en los comités y juntas; saludando con amabilidad a los vecinos; pensando
positivamente del otro; asistiendo con actitud abierta y creativa, con
optimismo, a las asambleas y reuniones; hablando bien de las unidades;
imaginándolas cada día más bellas y más valiosas; aportando con generosidad y
gusto las cuotas necesarias para que haya mantenimiento y progreso.
La vida civilizada
Cuando camino por
las calles del barrio, aprecio las bondades de la vida civilizada y caigo en
cuenta de sus peligros. Agradezco los senderos bien trazados, los recipientes
para depositar las basuras, la arborización y los jardines que embellecen mis
caminatas. Admiro los letreros que me orientan. Me dejo guiar por los semáforos
y me impresiono ante la variedad de negocios que las personas han establecido;
contemplo con orgullo las calles que han dejado limpias los incansables
servidores públicos y llego a mi casa con sentimientos de optimismo y tranquilidad.
Por otra parte me
horrorizo cuando pasan los carros a altas velocidades por las calles, sembrando ruido y temor; cuando veo
arrojar papeles sin conciencia. Siento la angustia de las personas de edad
cuando atraviesan las calles congestionadas; me asusto cuando alguien ha sido
atracado al salir o venir de su trabajo, cuando hay asesinatos y violencia.
¿Cuál es la esencia
de la vida de la ciudad? ¿Qué es accidental o pasajero? Me anima pensar que lo
esencial tiene que ver lo creativo, con la energía y la naturaleza pura y
bella. La vida civilizada vale la pena en tanto que nos enfoquemos en lo
esencial: la solidaridad y el cariño entre las personas, simbolizados por el
servicio público y la vida comunitaria. Lo demás son accidentes que iremos superando
a medida que caigamos en cuenta de lo que realmente vale la pena.
El colorido de las cosas y sus nombres
Cuando recorremos
las calles, salta a la vista el hecho urbano con su variopinta multiplicidad.
Casas de todos los colores y formas: algunas de buen diseño, otras injertadas
de forma desordenada en los limitados
espacios; otras simples y grises. Negocios de infinita variedad y de nombres
inagotables: algunos creativos y sugestivos; otros repetitivos; otros que
evocan amores familiares o esperanzas; otros que convocan al comprador. Árboles
y jardines que rompen las monotonías del asfalto: algunos majestuosos; otros
humildes y solitarios; los hay bien cuidados, otros muestran abandono y
desorden. Buses adornados con avisos y colores, unos dejando estelas de humos
negros ácidos en su marcha rauda y
ruidosa; otros cariñosos y educados, que pasan con calma sin atropellar ni
amenazar al transeúnte. Motos y
bicicletas mil, conducidas por gente paciente y trabajadora que busca espacios
de prudencia en medio del tráfico y algunas por personas menos conscientes,
egoístas, que asustan y desafían.
Propongo que
desarrollemos el hábito de observar las cosas tal como son. En una primera
observación, asignándoles etiquetas y juicios como los que he utilizado en esta
nota. Luego tomamos distancia, y les
cambiamos la etiqueta por otras. Repitiendo este juego varias veces, van a
aparecer las cosas con una forma más verdadera. Cuando ello ocurra, podremos
celebrar y agradecer que nuestros ojos estén despiertos para mirar al barrio
más allá de las apariencias.
Caminatas de montaña
Los habitantes de
Belén tenemos la fortuna de vivir al pie de bellas montañas, algunas de las
cuales son utilizadas para caminatas y paseos por muchas personas. Viví mi
niñez en el barrio y las caminé todas intensamente. Las montañas son unos
símbolos muy especiales de superación y de crecimiento personal y cada vez que
subimos a lo más alto, sentimos una fuerza única y un sentido de dominio.
Ya que las tenemos
tan cerca, podemos acercarnos a una de ellas y dedicarle un cierto tiempo, por
ejemplo una hora, subiendo y relacionando los detalles que aparecen en el
camino, con distintos aspectos de la vida personal, como forma de meditación
contemplativa. Al llegar a la parte alta de la montaña, justifica contemplar el
paisaje con emoción, con alegría de vivir, recopilando durante unos minutos lo
que se sintió en la subida.
Al bajar, podemos
contemplar de nuevo los detalles del paisaje con curiosidad, sin afanes, con la
visión animada y renovada del que ha sido capaz de subir.
Si no se tiene la
montaña cercana o si hay dificultades físicas, la podemos subir con la mente o
reemplazarla por la de un sendero, por un bosque o por cualquier camino. A la
hora de la verdad, todo tiene subidas y bajadas: subir puede asociarse con ir y
bajar puede tomarse como regresar.
Contrastes en el recorrido por nuestro barrio
Me sorprende
agradablemente la variedad de árboles que crecen en las calles del barrio. Se
ven de todas las formas, de todos los verdes, de todos los tamaños. Muchos
florecen y alegran con sus colores variados la vista del caminante. Otros se
quedan verdes por siempre, como muestra de compromiso permanente con la
oxigenación del planeta.
En uno de mis
recorridos me detuve en las palmeras, que me atraen especialmente por su altiva
gracia, por su flexibilidad vertical, por su ramillete de hojas tan simétrico y
tan centrado. Me puse a contarlas en su variedad y encontré 35 distintos tipos
de palmeras. Desde las altas palmeras de la Loma de los Bernal hasta las
pequeñas que se agrupan al frente de Santa Teresita. Sentí agradecimiento por
los que las cuidan y cultivan.
Mientras recorría
el barrio me llamó la atención un bus que pasaba y el penacho de humo gris
negruzco que dejaba. Entonces decidí contar los buses que pasaban y llevar
cuentas de cuántos arrojaban humos oscuros y cuántos no. Mientras contaba
palmeras, conté 20 buses que ensuciaban y 18 que no. Esos 20 buses de sucio
penacho representan la falta de civismo; esos 18 limpios y los 35 distintos
tipos de palmeras dan fe de que hay dueños de buses cívicos y gente
comprometida con la belleza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario