viernes, 5 de septiembre de 2014

CARLOS GARDEL MURIÓ EN BELÉN: Entre la fantasía y la verdad

Artículo de Gustavo Escobar Vélez, tomado con su permiso de:

http://primerfestivalinternacionaldeltangoci.blogspot.com/2007/04/entre-la-fantasa-y-la-verdad.html



Entre la fantasía y la verdad

Parque de Berrío, Medellín 1935, Fotografía de Obando 



Entre la fantasía y la verdad

Charla tanguera imaginaría en un recordado café de Belén con José María Aguilar, GrantFlynn y Tartarín Moreira. Invitado especial: Carlos Gardel.
Gustavo Escobar Vélez.

Siempre he sostenido, a pesar de los argumentos del arquitecto e investigador uruguayo Nelson Bayardo, que Gardel nació en Francia y murió en Belén. Así de sencillo. Sigo siendo francesista con ganas de trasladar la cuna de “El Zorzal” para Tacuarembó Uruguay, pero, eso sí, aseguro que "El Morocho" murió en mi barrio Belén o, al menos, en los límites de éste con el barrio Antioquia.
Resulta que el aeropuerto Ola­ya Herrera está ubicado a un lado de la carrera setenta, en el tramo que corresponde a esta tradicional fracción de Medellín. Es más, no hay persona nacida en este importante sector de la capital antioqueña, y que marque con el cinco, que no se hubiera dado el placer de meterse por esas mangas aledañas a la pista principal, o en las cabeceras de la misma, a ver aterrizar o decolar aviones.
Y es que, hasta comienzos de los sesentas, antes de que el progreso comenzara a llenar de urbanizaciones mucha parte del barrio Belén, estos sitios eran inmensos terrenos llenos de árboles y plantas silvestres. Y con mayor razón hace sesenta años, cuando el absurdo accidente aéreo donde murió Carlos Gardel. 

En 1935 tenía la ciudad unos doscientos mil habitantes aproximadamente. Era una aldea. Casi se conocían de memoria los vecinos y Belén ya tenia cierta importancia: contaba con "chivas" y tranvía, alguito de comercio, así fuera dominical y muchas casas-fincas. Era también parroquia importante y muchas familias comenzaban a radicarse en el sector del centro. Y, no faltaba más, ya había cafés famosos como El Excelso y otros de menor Importancia. Por cierto que en dicho café había pianola y ortofónica. La pianola la manejó unos años David Dávila Álvarez, fallecido hace poco a los 82 años de edad. Bailaban los pipiolos y pipiolas de la época los antiguos Fox-Trots como Nerón, los pasodobles como La Buenaventura y La Danza de las Libélulas, en las voces de Pilar Arcos, Tito Schipa, José Moriche y Margarita Cueto.
La Orquesta internacional y toda ''aquella pléyade de figuras de la canción popular eran la moda. Ya había tangos en las voces de Fortunio Bonanova, Juan Puli­do Pilar Arcos y José Moriche, principalmente.
Presentaban cine mudo en la capilla del Divino Rostro mucho antes del reinado del teatro Mariscal. Aun viven personas que presenciaron TANGO, en 1933, película en la cual aparece Al­berto Gómez. Años después el mismo Gómez cantaría en El Mariscal. En este mismo recinto se proyectaron películas argenti­nas con Hugo del Carril. Libertad Lamarque, Armando Bo (Pelota de Trapo) y Los Cinco Grandes del Buen Humor, verdaderos ge­nios del género, entre los cuales estaba Guillermo Rico quien fue voca­lista de la orquesta de Francisco Canaro con el nombre de Gui­llermo Coral. Tam­bién se recuerda la figura de ese genio que fue Luis Sandrini. 

Existían por los alrededores de la pla­za principal sitios tan recordados como El Murín, yendo para el cementerio, donde jugaban al billar y tocaba su tiple Tartarín Moreira. Precisamente un año an­tes del accidente, La Voz Sentimental de Buenos Aires había grabado de Tartarín y Carlos Vieco los tangos En la Calle y Son de campanas.

VAMOS AL CAFE CHIPRE

Pero vamos al Café Chipre, en plena plaza, unos quince años después de la tragedia y participemos de la charla que sostuvieron dos de los so­brevivientes: Mr. Flynn, el guita­rrista José María Aguilar y el ex-Panida Tartarín Moreira con El brujo Carlos Gardel. Grant Flynn era el Jefe de tráfico de la SACO (Sociedad Aérea Colombiana) y se salvó de pura chiripa. Salió con el traje en llamas y, pienso yo, puso una fábrica de arepas en Belén-Rincón. Aguilar, excelente guitarrista, aunque un poco herido pero optimista, vivió en Medellín y no podía faltar a la tertulia. La suerte del gringo la ignoro. Debió entregar sus arepas y morir. De Aguilar sé que murió en Buenos Aires, Argenti­na, el 21 de diciembre de 1951 y en accidente de tránsito. El poe­ta Tartarín falleció en Medellín el 1 de noviembre de 1954. Y Carlitos no ha muerto. Me dicen que todos los días canta mejor, lo cual ampara mi creencia, y lo volvimos antioqueño de cuerpo y alma. ¿Por qué vive? Pues, "por­que se murió muy a tiempo", como aseguró un borracho en Manrique.
El Chipre ya no existe como café. Hay una agencia de abarro­tes en la ritualidad y queda si­tuada en la calle 30A con la ca­rrera 76, como quien dice en el corazón de Belén donde funcionó el café. Hasta hace unos diez o quince años perteneció a la familia Dávila Correa
El Chipre fue el típico esquinero, un poco mo­derno en su construcción si se compara con otros que existie­ron en el barrio. En el segundo piso -la edificación es de dos y se conserva igual- funcionó un res­taurante que pertenecía a Ro­berto "Cachano", todo un perso­naje del lugar. El bar sí fue de un solo dueño: el señor Antonio Es­trada quien con sus hermanos Rubén y Tulio cons­tituyeron toda una dinastía de cantine­ros. Tulio y Rubén fueron dueños del Café Plisen (que aún existe casi igual) y de El Central, frente al Chipre, respecti­vamente. En el Chi­pre había billares y "piano" que es como denominamos los paisas al traganíquel o rokola. ¡Va la ma­dre si no era un Seebur! Mesas loseadas, redondas y con bo­tella de Plisen pinta­da y vasos grandes con oreja. El ambiente era propicio para los patos, chóferes del Tax Belén y bo­hemios elegantes. Leyendas y, en serio, "muñeco" a bordo. Fue el negro "Chimbarria" a quien mató “Jugando mamá Jugando" Alberto Vélez, excén­trico escultor a quien apodaban "el secretario de la muerte". Épocas de Roberto Araque, del albañil "Pastrana", negro como la noche; Toño Montoya y Pedrito Loco con "El Mister" Cadavid, piperitos redomados pero buenas gentes. Rodrigo y Héctor Restrepo, Guiller­mo "Piojo" García y Mario Escobar (llave de oro), Arturo Salinas Pérez y Jairito Escobar (sastre y bombero respectivamente) y, en fin, como en cualquier café del barrio La Boca, un mosaico disquero fuera de serle. ¡Algunos viven, otros ya no!

COMIENZA LA CHARLA BACANES DE CAFETÍN
Nuestros personajes escogieron un lunes y fijaron como hora de encuentro las 3 y 5 de la tarde. Se ubicaron en una mesa situada en un rincón. Querían estar aparte. Libardo Parra Toro, Tartarín Moreira, fue el anfitrión como buen habitante del barrio y conocedor de sus gentes. Su atuendo era bien característico: sombrero "a la pedrada" esto es ladeado; ca­misa de seda a rayas verdes y blancas; corbata ancha roja y blanca, de rayas transversales; pantalón con pretina casi a la altura del pecho y de bolas estre­chas; saco senil estrecho con pa­ñuelo "floreado" de color rojo o verde claro; en la solapa “la orquídea de un dolor”. Zapatos combinados blanco y café y medio tacón. Todo un dandy. "Una culebra en traje de civil", al decir de León Zafir. Pálido, de andar parsimonioso y de hablar pausado y a bajo volu­men. Sostenía las bolas de cau­cho bajo sus carrillos con autentica maestría. Comparaba al ne­gro Celedonio Flores y a Discepolín guardando la lógica distancia.
Flynn y Aguilar estaban absortos contemplando al poeta. Al poco rato hizo su entrada Don Carlos Gardel. Su estampa, ampliamen­te conocida, causó impacto entre los clientes que Jugaban billar. Esa sonrisa única era la atrac­ción. Saludó de mano, comenzó a indagar por los tangos de Tartarín, comenzó a recordar al dueto dé Alejandro Wílls y Alberto Escobar con quienes sostuvo amistad en 1923 en Buenos Ai­res. Contó cómo había aprendido canciones colombianas de los antiguos discos de Pelón y Marín y de los cubanos Floro y Cruz; se emocionó relatando que uno de los preferidos por él era Rumores o Tras de verdes colinas y el cuál llamaban también Las aguas del Magdalena; manifestó así mismo su predilección por Mis flores negras y añoró el tiple que le entregó el compositor Emilio Murillo en Bogotá. Lamentó no poder grabar Canto fatal o Hambre la madre tenía. Habló de Mis perros, el bambuco que cantó emocionado y no olvidó tampoco "El Vagabundo" y "Asómate a la ventana".

TARTARIN SECRETARIO
Tartarín tomaba notas y rete­nía en su memoria las palabras del Zorzal y posteriormente in­terrogó a José María Aguilar, quien contó brevemente su bio­grafía así: "Nací en la República Oriental del Uruguay en 1891. Gardel pidió mi vinculación a su grupo de guitarristas y alterné esa labor con "El Negro" José Ricardo y con Guillermo Deside­rio Barbieri. Acompañé esporá­dicamente a Ignacio Corsini en los discos Nacional y estuve secundando a los dúos Vega-Díaz y Feria-Italo para las grabaciones Víctor. Como solista recuerdo las páginas Recuerdos de la Alhambra, Manuscrito Árabe e "II Trovattore". De mi autoría, en la parte musical son: Al mundo le falta un tornillo, Lloró como una mujer, Aromas del Cairo y unas sesenta obras más. Carlitos, aquí presente, debe recordar que él me grabó trece de mis canciones. De él me alejé entre 1931 y l934. Después del accidente acompa­ñé a varios cantores, muy a pe­sar de las dificultades físicas que me causaron las quemaduras. Ese es este servidor de ustedes.
Gardel recordó alguna desavenencia con el guitarrista; esto, aunque sembró una enemistad, terminó en reconciliación. Correspondió el turno a Grant Flynn, Jefe de tráfico de la SACO y además muy joven, quién recordó detalles de la tragedia y las observaciones que les hizo a los ocupantes del avión -Gardel comitiva- y no olvidó la "confianza" del cantor, quien no quiso abrocharse el cinturón de seguridad asegurando que eso eran "pavadas", es decir niñerías. Comentó que declaró ante el juez lo que recordaba -y estuvo de acuerdo con las noticias aparecidas en el periódico La Defensa cuyos reporteros hicieron un seguimiento a los heridos.
A las seis en punto se despidieron los cuatro amigos y Gardel siempre sonriente, comenzó a cantar aquello de "yo sé que en la hoguera de algún tango se quemará mi sangre el mejor día…”, Ese Viejo Rincón, el tango premonitorio que grabó “El Morocho” y repetiría después 0scar La Roca.
Desaparecieron el viejo Chipre y el Tartarín de colorines, pero queda en Belén, como en tantas, partes del mundo, la figura inconfundible de. "El Mudo.




Nota. El autor dirige unos programas de música popular en la radio, con una amplia audiencia.


Estos programas radiales son: en Radio Bolivariana los domingos de 8 a 10 A.M "Pentagrama del recuerdo" En la frecuencia 1110 A.M o bien en www.radiobolivariana virtual.com opción A.M.
El otro los domingos a las 12 meridiano a través de la emisora de la U de A (1410 A.M) Se llama "Al compás de los recuerdos".  La música es de su colección personal.

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